2 de mayo: cristales rotos

Saturday, May 2nd, 2020

Hay días en que despierto con la sensación de que mi interior, la caja que contiene a mi corazón, está hecha de cristal y se ha roto en mil pedazos. Los trozos, las astillas, apuntan en todas direcciones y lastiman con cualquier movimiento, intencionado o no.

Entonces hay que guardar la calma, ocuparme en lavar con jabón cada uno de los jitomates, los limones, las manzanas, los plátanos, los duraznos y todo lo que ha llegado del Mercado, como cada sábado de esta cuarentena.

La pequeña rutina funciona por un rato. Luego regresa la opresión en el pecho y las afiladas puntas hacen que brote agua de mis ojos. Ahora desinfectemos las fresas, el perejil y el cilantro. Y sequemos cada cosa para guardarla debidamente. Una y otra vez, concentrando la energía en el trabajo manual, sin darle tiempo al cerebro para que se distraiga en sensaciones.

Las naranjas, las cebollas, los aguacates están, ya limpios, en la canasta de las frutas; la harina, el azúcar, las lentejas y las grasas para la panadería casera están en sus respectivos contenedores.

El congelador, en esta necesidad de hacer que quepan ahí las almejas y los filetes de pescado, al lado de las carnes, las preparaciones de salsas y aderezos, me tenía una sorpresa: un buen trozo de queso brie que alguna vez guardé y había olvidado por completo.

Hora de comer, dijo mi estómago, sin hacer caso de mis quebrantos. No fue complicado: había caldo tlalpeño que preparé ayer y que dio para dos comidas, agregué laminitas de queso brie sobre bolillo con mantequilla y media copa de vino blanco; el postre consistió en medio mamey, con cuchara, directamente de su envase natural. El colibrí verde como tus ojos vino a hacerme compañía, como lo hace en cada comida.

Entre la alimentación y el reposo de ayer y hoy estoy casi recuperada de la muy sensible baja en mis niveles de glucosa y presión arterial. Hasta dormí ocho hora seguidas; no he tenido ya sensación de vértigo, ni manos heladas o ansiedad. Ahora hay que restaurar un poquito el interior, al menos lo suficiente como para que no me deshidrate perdiendo líquido por los ojos.

Sin embargo, reconozco que es una buena señal: sigo viva y, conmigo, cada imagen, cada conversación, cada experiencia, cada mirada y cada sonrisa. Y las travesuras y bromas, por supuesto. Al reconocerlo es cuando llega el alivio y puedo, al fin, suspirar hondamente, sin dolor.

Mañana es 3 de mayo, día de los albañiles, como nosotros. Celebraremos.

 

 

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