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26 de febrero: ayer estuviste conmigoo

Monday, February 26th, 2018
Abordaste conmigo el autobús, a las 7:10 A.M., y me di cuenta por la música. De Club Verde a 100 años, pasando por Entrega Total. Ahí te dije que me lleves cuando quieras, y supe que será un mango verde verde que algún día alguien me ofrecerá, como si fuera la manzana para Blanca Nieves, pero que no ha llegado el día porque hasta la vendedora de la carreta, en Tepic, decide que mejor me da uno sazón.
Me acompañaste en el almuerzo, y lo supe cuando el grupo que se instaló casi recién llegadas al restaurante, comenzó cantando “Hay unos ojos”, y cerró nuestra permanencia ahí con “La negra”.
Saliste conmigo, y tal vez te encontré en el anciano con quien compartí el pan recién comprado. Y mi recompensa fue que siguieras caminando conmigo.
Llegar al Jardín de San Marcos, porque el Google Maps se empeñaba en que estaba en la ruta para ir al Museo del Juguete, que en realidad quedaba para el lado opuesto, fue la sorpresa, la emoción y el dolor intenso de la punzada en mi pecho.
Benedetti escribió en “La tregua”, y se refiere a lo que dice Blanca, su mujer protagonista:
“Dijo: “Te quiero”. Entonces me di cuenta de que era la primera vez que me lo decía, más aún, que era la primera vez que lo decía a alguien. Quizá ya no precise decirlo más, porque no es juego: es una esencia. Entonces sentí una tremenda opresión en el pecho, una opresión en la que no parecía estar afectado ningún órgano físico, pero que era casi asfixiante, insoportable. Ahí, en el pecho, cerca de la garganta, ahí debe estar el alma, hecha un ovillo.” … El deleite frente al misterio, el goce frente a lo inesperado, son sensaciones que a veces mis módicas fuerzas no soportan. …
Esa opresión en el pecho significa vivir.”
Mutatis mutandis, fuiste tú quien dijo “Je t’aime”, bajo la sombra de un árbol cerca de las canchas, en Zacatenco. Y sí, era la primera vez que lo decías.
La punzada se fue conmigo y me acompañó hasta el momento de dormir; pero fue aquí, al entrar a este jardín, donde me quebró. Tuve que desviar la mirada y hacer una pausa en mi conversación con Celeste, a quien le tomé esta foto.
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Celeste me tomó ésta, en la que una paloma negra quiso dar testimonio de que no la tengo que buscar.
Este Jardín de San Marcos, que no conocía, me transportó a la Alameda de Santa María la Ribera. Nos vi caminando, riendo, bromeando. Y sí, significa que estoy viva. Y debo dar gracias por la compañía pese a la ausencia física. Pero duele.
Te quiero aunque pasen 100 años, y es para toda la eternidad. Y apenas van 51.
Extraño tu presencia física cada día, y te lo repito cada noche.
Je t’aime.

12 de febrero: Nely

Monday, February 12th, 2018

Soñé con ella hace un par de noches. En mi sueño, compartido en Facebook el mismo día, viajábamos en un autobús por la costa de Bahía de Banderas, rumbo a Tepic. Yo había paseado con mi padre, recorriendo lugares que amábamos y que visitamos en familia hace muchos años, antes de la conversión turísticas de esas playas.

En el autobús, ya entrada la noche ¿o tal vez de madrugada?, dije “Nélida Robles, tenemos que venir a Chacala” como si mi amiga viajara a mi lado, pero simultáneamente me di cuenta de que había hablado dormida porque mi amiga estaba en otra fila de asientos, de modo que sonreí y comencé a pensar que a ese viaje deberíamos invitar a algunos amigos, mientras volvía a quedarme dormida en mi asiento.

El despertador sonó un rato más tarde, a las 6:45 A.M., para levantarme a poner el alimento para las palomas que llegan a mi patio buscando comida y agua para beber. Intenté volver a dormir, pero solamente me hice guaje un rato, acurrucada entre las cobijas; había llovido durante la noche y la temperatura andaba cerca de lo 6 grados Celsius.

Soñar con mi padre y pasear con él durante el sueño no es extraño; a veces nos acompañan, de lejos, otros miembros de la familia; a veces solamente somos él, mi hijo y yo, y puede ser para prevenirme de algo de manera muy explícita.

Lo extraordinario es soñar con una compañera de la secundaria (no de la primaria), a quien debo haber visto por última vez hace unos 30 años o algo así. Hasta recordé el número de teléfono de cinco dígitos de su casa, con lo cual es muy sencillo componer el número en la marcación actualizada. Esta mañana llamé pero solamente respondió una contestadora automática; dejé recado, identificándome y explicando brevemente la razón de mi llamada. Volví a llamar hace unos momentos con el mismo resultado.

Nely llegó a la Secundaria Alemán viniendo de la primaria del Colegio México, el único colegio católico en el Tepic de aquellos años, y creo que era solamente para niñas. Aunque yo estuve unos meses en la sección de maternal, al cumplir dos años, lo único que recuerdo eran las amenazas de las monjas porque mis vestidos eran cortos y sin mangas: “te va a llevar el demonio por descarada”. Supongo que el trauma que semejante cosa me causaba era muy evidente y rápidamente me sacaron de semejante lugar para ingresar al kinder público, mixto, cercano a mi casa, el “Rosa Navarro”.

Nely llegó pues, procedente de ese antro deformativo. Sorprendía que era la más traviesa y malhablada de todas (yo empecé a maldecir cuando aprendí a manejar en la Ciudad de México, hacia los 32 años). Con ella y Luz Elvira Basulto (la Billy) podíamos ir a la Alameda, a veces escapadas de la escuela, para que ellas encontraran a sus novios; o a la iglesia de El Carmen, durante los ejercicios Espirituales de la Cuaresma, para jóvenes, con el mismo fin (chicos de un lado del pasillo, las chicas en el lado opuesto), para nada se trataba de devoción.

En la época yo ni siquiera consideraba a los escuincles como algo más que productores de ruido y travesuras. Con tres hermanos menores y los amigos que acudían a jugar en nuestro enorme patio, asumía que el resto no podía ser muy diferente. Ninguno era capaz de conversar por dos minutos seguidos, y nunca se me ocurrió que pudieran ser objeto de otro tipo de mirada. Seguramente era atípica (“eres rara”, ya sé) porque cuando yo regresaba a mi casa de las clases de danza, por las tardes, algunas veces me interceptaba una escuincla para preguntarme, una y otra vez, si Tony (vecino, amigo de mis hermanos, compañero de fiestas en Tepic porque no me gusta que me saquen a bailar, adoración de mi familia entera, elegido por mi hijo como protección frente a su padre cuando planteamos el divorcio, por lo cual terminó siendo un marido -muy costoso por cierto) era mi novio. La respuesta era NO, una y otra vez, pero la chica no parecía comprender que no me interesara en lo absoluto y ofrecía presentarme amigos, primos, etc. ¡NOOOOO!

Con Nely y Billy también iba al cine, ocasionalmente, incluso en las vacaciones, cuando yo ya vivía en Ciudad de México. Alguna vez fuimos a una lunada en el rancho de algún pariente de alguna de ellas. Y un 23 de mayo, 1970, fui con ellas a la Alameda. Nely había conseguido que le prestaran el carro de su hermana y ambas iban a ver a los novios, como antes.

Para mí fue una experiencia diferente, y no la esperaba. Mi vestido lo había confeccionado mi abuela, como siempre: éste era recto, sin cuello y sin mangas, largo hasta encima de la rodilla, flores blancas y rojas sobre fondo negro; llevaba sandalias de tacón, de color blanco. Tenía el pelo largo y suelto pero no usaba ningún tipo de maquillaje, labial, o cualquier otro afeite. Y seguramente llevaba los aretes de perla que mi madre me había regalado un par de años atrás.

Ellas se fueron, según la costumbre, a “los barrancos” de la Alameda (no sé si siguen existiendo y nunca he estado en ellos); yo me senté en la banca de siempre, la banca de nuestros encuentros, en la que invariablemente coincidíamos sin acuerdos previos durante nuestras vacaciones en el pueblo, dando continuidad a nuestras conversaciones en Zacatenco y los parques cercanos a mi casa, en el DF.

Habían pasado 143 días desde la noche de Año Nuevo en la que había decidido retirarme de aquella reunión a la que me había invitado Raquel, la única amiga de toda la vida que conservo todavía, y que tuvo lugar en la esquina de las calles Lerdo y Morelia. La brutal interrupción de nuestra muy grata conversación me dejó muy clara la oposición familiar con la que topaba. Con ese acto de abandonar la reunión declaraba, implícitamente, que no iba a buscar ni a responder a un enfrentamiento.

Ni siquiera pensaba en eso cuando, de repente, ellas vinieron acompañadas por los novios y me dejaron en las manos un mango verde, con sal , chile y limón, uno de los típicos snacks de todas las épocas en Tepic; luego regresaron a los barrancos sin decir nada. Seguramente pensaron que así me entretendría un rato más.

Iba a morder el mango cuando por mi lado derecho una mano lo tomó mientras lo escuchaba decir “te va a hacer daño”. Ni tuve que volver la cabeza. Se sentó a mi lado y conversamos como antes, como siempre. Duele recordar. Para mí ese lapso duró lo que un suspiro, y sin embargo debe haber pasado un rato porque supe que había estado enfermo y triste y comenzamos a reconectarnos como si no hubiera transcurrido un solo día desde nuestra última conversación, 143 días atrás, cuando yo tercamente quería una razón para aceptar su invitación a bailar, dado que ninguno de los dos disfrutábamos de semejante cosa.

También esta conversación fue interrumpida. Mis dos amigas regresaron corriendo, porque Nely tenía que regresar el carro. No pudimos más que despedirnos con la mirada.

No fue la última vez que nos vimos pero sí la última en que conversamos con palabras. Nuestros ojos siguieron conversando tanto como fue posible en los afortunados encuentros en los autobuses urbanos o en los pasillos entre nuestras escuelas. Tampoco fue la última vez que estuvimos muy cerca porque me cachó en plena caída, saliendo de espaldas de la casa de Raquel, en la Semana Santa de 1972.

A Nely volví a verla hacia 1988. Era el fin de año y con Pako había ido a pasar unos días con mi familia. La madre de mi amiga tenía poco de haber fallecido y el 31 de diciembre habría una misa en El Carmen, en honor de la señora; antes visité a Nely en su casa. Estaba yo realmente sorprendida: mi amiga estaba absolutamente metida en el papel de su mamá. El atuendo, los modales, los consejos y regaños a sus dos hijas, etc. Si me lo hubieran contado no lo hubiera creído. Y desde entonces no volví a verla o saber de ella.
De los tiempos de la secundaria, y hasta la graduación, tengo fotos con Billy, con Raquel, con Lupita Láscares y hasta con Sharon, incluso en grupo, pero ninguna con Nely.

Actualización, media hora después: conversé con Nely por 20 minutos. Nos veremos este fin de semana y hasta anda pensando en organizar reunión de ex compañeras de secundaria. Aparte de la Billy, no recuerdo a ninguna de las que mencionó, pero no importa.

17 de septiembre 2016: La zarzamora

Saturday, September 17th, 2016
No me recuerdo llorando
Ni siquiera cuando me llevaron para vivir, sola, en Ciudad de México;
ni siquiera después de la masacre de Tlatelolco:
entonces quedé aturdida, dolida,
incapaz de comprender el tamaño y la fuerza del odio.
Tampoco lloré al dar por terminada la más bella relación;
esperaba que fueras feliz,
sin conflictos con tu familia,
pero esperaba también verte cada día, aunque fuera a lo lejos;
que tu mirada y la mía se quedaran enganchadas
aunque fuera un instante;
No lloré nunca … hasta que me rompieron el corazón con tu muerte.
Con la noticia de tu muerte.
Entonces sí lloré, mucho, y me quedé muda para cualquier cosa;
muda excepto para permitirme funcionar en cada uno de mis roles.
Fui aceptando que era irremediable,
pero nunca me resigné.
Después de que me dieran la noticia regresé sobre mis pasos a la Alameda;
no podía ser cierto, tenían que estar mintiendo, pensaba.
Se acercaron dos evangelizadores a hablarme de Dios y exploté:
era y es injusta y estúpida la circunstancia de tu muerte.
Blasfemé, dirían los creyentes, y lloré en medio de la Alameda.
Mi hijo me preguntó la causa de mi llanto,
ni siquiera recuerdo la respuesta que le di
pero no volví a llorar en público.
Mi fuente de alegría ha sido Pako, y más desde entonces.
A partir de ahí me volví llorona, estoy segura,
aunque durante mucho tiempo lo controlé:
ocupándome más, sintiendo menos.
Gradualmente fui largando lo que me impedía manifestar mi sentir.
Ayer hice conciencia de esto;
hablar con mi tía Lola destrabó mi memoria;
la luna llena de septiembre hizo el resto.
Aprender a reconocer mi sentimiento llevó mucho tiempo,
aunque el mundo -mi mundo- supiera mi sentir
a través de mi explícita obsesión, desde el inicio de esos tiempos.
Para mostrar mi sentimiento he recorrido un muy largo camino,

el hacer conciencia de mis trabas es parte de lo que hago apenas ahora.

Tal vez mi madre o mi prima Licho -las únicas personas vivas que acompañaron mi crecimiento desde el día en que nací- recuerden mejor mi naturaleza “desprovista” de la parte emocional; por mi parte recuerdo a una de mis hermanas diciéndome que yo no tenía sentimientos y a alguna compañera que pensaba que la ausencia de manifestaciones afectuosas comunes, entre nosotros dos (iguales en muchos aspectos), era síntoma de falta de interés.

Postdata: Hace un par de noches, ante la recurrente palabra “soledad” escuchada en varias canciones y comentarios, llegué a la conslusión de que lo que más me duele es saber (porque así me lo contaron) que estabas solo en el momento en que ocurrió. Nadie cerca de ti para escucharte, para interponerse, para sostenerte. Eso es lo más terrible. (23 de octubre 2016)

17 de febrero: Al corte

Wednesday, February 17th, 2016

Dice Wolfram Alpha que hasta este momento llevo:

65 años, 11 meses y 27 días = 3443 semanas y 4 días = 240105 días. En breve: 66 años.

Mucho tiempo en el que ha habido de todo. Lo mejor: las amistades y los afectos de todo tipo. El amor ha estado presente en todas sus manifestaciones (más o menos) y solamente un dolor inmenso, involuntariamente causado e impensable, me ha quedado. Por lo demás, no puedo quejarme.

Decidí comenzar a celebrar hace una semana, viajando a mi tierra, visitando a la única amiga que tengo en Tepic, la que tan cuidadosamente evita que los recuerdos me lastimen –como si fuera posible. La que comienza como a desvariar, hasta que caigo en cuenta que eso solamente ocurre si yo toco el tema, aunque sea de rozón. Por lo demás es capaz de acordarse, mejor que yo, de anécdotas de la escuela, de mi familia, de la academia de mi padre, etc. y mantener una conversación de dos horas con total coherencia.  Platicamos de mis paseos y caminatas, desestructurados y sin rumbo, y confiesa que ella no podría viajar conmigo. Necesita certezas y mantener sus costumbres; para que luego uno crea que todos los Acuario somos igualmente vagos. LOL

Platicando sobre su casa, muy deteriorada pero muy bien ubicada, le pregunté si no le convendría venderla para cambiarse a algo más cómodo y a la medida de sus necesidades. “No”, respondió. La casa ya está asignada a alguien para cuando ella falte, y mudarse equivaldría a dejar todo lo que conoce. Al despedirnos, después de partir la rosca de su cumpleaños, me pidió que la siga visitando cada vez que vaya a Tepic y me acompañó para hacerme dar la vuelta por el parque Juan Escutia impidiendo que pasara frente a la casa que él construyó y en la que lo asesinaron, “al cabo puedes bajar por la Zapata” me dijo. Tuvo razón, seguramente; si el recuerdo duele desde acá, caminar por su acera hubiera sido terrible.

Pero parte de la ida a Tepic es ir al mismo lugar de tantos encuentros que el azar dispuso, en la Alameda. Ahora está en remodelación total, aunque están respetando los árboles y las plantas. Desde la banca de siempre le escribí, como lo hago desde hace años. No podía quedarme mucho tiempo pues en el sitio solamente había albañiles, y casi lo escuché diciéndome que buscara un espacio más seguro. “Te espero siempre, en cualquier lugar y a cualquier hora, como siempre”, escribí para despedirme. Caminé hasta el café Chilindrón y escogí el rincón menos visible: una mesita para una persona, entre una columna y una maceta, apenas una rendija dando a la calle. Hasta esa rendija llegaron dos trovadores a cantar “Cien años” (llevo ya 49) y “Sabor a mí”. Forever.

Ir a Tepic también es visitar a mi hermano Saúl y a mi cuñada Cata (siempre trabajando), pasear por el centro, comer antojos que solamente ahí encuentro y, esta vez, cumplir la fantasía de conocer y alojarme en el “Hotel Sierra de Álica”, que es un año más joven que yo. Ese y el “Bola de Oro” eran los hoteles reconocidos en Tepic, en la ciudad que yo conocí antes de ir a vivir a la Ciudad de México. Pude también entrar, por primera vez desde 1968, a la escuela Amado Nervo, en la que estudié la primaria; no ha cambiado en lo absoluto, y seguramente el esqueleto  aquel sigue estando en los baños del colegio. Esta vez también pude convivir con mi primo Alonso, con quien raramente había conversado en el pasado, y hasta me tocó cenar con Arturo Gutiérrez que iba de paso, trabajando para Flexi, y coincidió conmigo.

De Tepic a Amatlán, donde no hay prisas, donde uno puede ir al mercado cuatro veces en menos de media hora y donde mi hermano Manuel y mi cuñada Alicia me atienden muy bien también. ¡Esta vez hasta me dejaron cocinar!

De entonces para acá han sido días de una sensación de dejarme ir, de absoluta debilidad, de querer dormir y no saber más. Hasta que el hijo me marca para saludarme, mandarme los avances del diseño estadístico y financiero del juego que está produciendo, las consultas sobre el caso del empleado de News Republic y la necesidad de contactar al contador. En esos momentos me siento muy activa. Luego regreso a la melancolía, la punzada, y algunos signos fuera de mí que me llevan nuevamente a mi estado de languidez.

Pako me felicitó hace unas horas, cuando la mañana del 18 llegó a Hyderabad. Le recordé que eso significa que hace 37 años mi impresora 3D (dijo la Lore, a propósito de los úteros) produjo una obra maestra de precisión basada en algunos requerimientos técnicos de mi parte, indispensables dadas mis escasas habilidades y conocimientos sobre la crianza de un escuincle. La respuesta cuando lo elogio o le digo que estoy orgullosa es siempre “eh?”, y me cambia la conversación.

Así que fui a atender los asuntos de la contabilidad, caminé mucho, comí pizza, cambié de zapatos y regresé a casa cansada pero con casi todos los pendientes del mes ya resueltos.

Y mañana, me voy de paseo.

 

 

 

25 de julio: Bodas de oro con la Ciudad de México

Saturday, July 25th, 2015

El pretexto para el viaje era asistir a la exposición “Leonardo y Miguel Angel”, en Bellas Artes. Muy anunciada, muy concurrida, con muchas limitantes para los deseosos de admirar a estos artistas. Desde que la anunciaron, el plan era estar en Ciudad de México en este fin de semana. Entre otras cosas, porque preveía trabajo en un curso para el mes de agosto. Luego, Marychuy y familia anunciaron que estarían también en estas fechas. Judith vendría en agosto. Decidí ir del 22 al 24 para, además, recorrer los barrios de mis recuerdos en la ciudad que me abrió los brazos hace 50 años.

Casi coincidimos Marychuy y yo en la llegada al hotel Plaza Revolución, a unas cuantas cuadras del monumento y casi en la esquina de las avenidas Reforma y Juárez. Apenas instaladas, decidimos salir a comer algo para luego ir a ver lo de los boletos de acceso a la expo. De camino al hotel, desde la Central de Autobuses del Norte y viajando en metro, como siempre, pude ver el deterioro de la avenida Puente de Alvarado. Llena de puestos de todo tipo de comercio, mayormente comida, al punto de ocultar completamente la entrada del Templo de San Hipólito, que está en un nivel más bajo que la banqueta. Muchas suciedad y mucha prostitución a plena luz del día.

Decidimos comer en un Toks cercano, para luego caminar hasta Bellas Artes. De paso, le mostré la esquina donde estuvo Larín, anexa a los departamentos a los que llegué a vivir antes de cumplir los 16 años, sobre Puente de Alvarado. A través de la puerta entreabierta, percibí la especie de vecindad que construyeron en su lugar. El jardín del Panteón de San Fernando está descuidado y sucio, como toda la zona. Cruzamos por la Alameda Central, donde un contingente de granaderos estaban a la expectativa de las acciones de un grupo de unos 50 manifestantes del PT en el Hemiciclo a Juárez.

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En Bellas Artes ya no había venta de boletos, aunque los revendedores tratan de engañar a la gente, ofreciendo algunos sin advertir que los boletos se venden solamente para el mismo día y tienen ya una hora asignada, que ni siquiera es seleccionada por el cliente y que solamente depende del orden de llegada en la fila. Los que se compran por Ticket Master son para el mismo día y exclusivamente para ingresar a las 7 P.M. Tuvimos que preguntar a tres de los policías asignados al espacio, para saber que:
1) La venta de boletos inicia a las 8:30 A.M., pero la fila se forma desde antes de las 8:00 A.M.
2) Solamente ingresa una persona y no puede comprar más de cinco boletos.
3) En la fila que inicia en la puerta principal y  progresa hacia la izquiera del edificio se forman los “regulares”. Cuesta 46 pesos por persona.
4) En la puerta situada al lado derecho del edificio se forman dos filas: una a la izquierda,  para tercera edad y minusválidos, y una a la derecha para maestros y alumnos. Las credenciales deben estar vigentes, en cualquiera de los casos. Es gratuito. Y sí: un adulto mayor puede obtener los de sus acompañantes maestros o alumnos, y viceversa, portando las credenciales respectivas.

Regresamos al hotel al que recién llegaban los Ricardos, marido e hijo de Marychuy, desde Veracruz. Salimos a encontrar a David Fernández en la Librería El Péndulo, un lugar muy agradable para cenar y tomar café y para que se nos antoje tener mucho dinero para gastar en libros, películas y unas cuantas cosas más. Llovió, pero eso refrescó la tarde.

El jueves salimos a las 7:30 A.M a comprar los boletos para ingresar a Bellas Artes, con apenas un café del Oxxo. La fila menos larga era, por supuesto, la de tercera edad y minusválidos. Me formé ahí, con las credenciales de todos, esperando que accedieran a venderlos. Y así fue. De cualquier manera, Ricardo se había formado en la de maestros, por si las dudas. La de los regulares ya daba vuelta completa al edificio. Cuando llegué a la ventanilla eran casi las 9 A.M. y me darían los boletos para ingresar inmediatamente. Propuse que me los dieran para las 11 A.M. “No se puede” dijo el empleado., mientras veía nuestras credenciales. “¿Vienen desde Tijuana para ver esto?”, preguntó. Y añadió: “Se los daré para las 11, pero no lo comente con nadie”. Tendríamos tiempo para almorzar en el Sanborns de “Los Azulejos”, que era el plan. Bello e histórico edificio cuyo restaurante está repleto después de las 10 A.M.

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Y luego, caminar por el centro, hasta que dieran las 11. En contraste con Puente de Alvarado, las avenidas Reforma, Juárez y Madero están muy cuidadas. Ningún tipo de indigente, por lo menos a esas horas. Madero es totalmente peatonal, y está repleta de comercios bien establecidos. El Zócalo es “Territorio Slim”, como casi toda la avenida Madero.

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Y luego el Mercado de Jamaica (para mis conjuros próximos) y el de peces, en Mixhiuca.

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Regresamos al centro de la ciudad, en principio hacia el mercado de San Juan, para comer, pero se atravesó una especie de restaurante cantina justo en donde comienza la zona de cafés y restaurantes de chinos, en la calle de Dolores. Y de ahí a comprar café a Villarías, recorrer la calle de Ayuntamiento recién bañadita en una bella tarde, y caminar hasta el Monumento a la Revolución, cuyo entorno frontal muestra a los jóvenes en actividades de danza y juego, mientras que en su parte posterior aloja al plantón de los maestros de la CNTE. Subimos al mirador y al terminar el recorrido nos sorprendió la lluvia.
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Un día que terminó a las 8 P.M. 12 horas de caminar y de recuperar mi esencia chilanga.

¿La expo? Fue lo de menos: unas cuantas obras de Miguel Angel y otras tantas de arte mexicano inspiradas en ellas. Fotos de la Capilla Sixtina y una réplica de La Piedad. Y soamente un salón con agunos de los bocetos de Leonardo y algunas citas de sus escritos. Ni siquiera había una selección interesante de souvenirs. Adentro no se pueden tomar fotos. La gente entra en grupos, en recorridos de aproximadamente 45 minutos. Afuera hay algunos audiovisuales.

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8 de mayo: Es mayo y estoy aquí

Friday, May 8th, 2015
Y me haces falta.
El mismo sol brillante, los mismos árboles centenarios tal vez.
El mismo sentimiento de hace casi 50 años, quien lo diría.
Los mismos cantos de los pájaros, la misma calma.
Pero todo es diferente, porque faltas tú.
No habrá sorpresas que lleguen por mi lado derecho
de manera inesperada pero deseada
No está tu sonrisa, ni tus amorosos ojos verdes 
Y sin embargo estás porque vives en mi corazón y en mi recuerdo
Porque al evocarte siento lo mismo que si estuvieras a mi lado
Es mayo, y deberíamos encontrarnos sin citas, como siempre
Es mayo, y sigo teniendo 17 o 22 años, da lo mismo.
A través de tu mirada supe quién soy,
A través de tus palabras construí mis sueños.
Ahora vives en mi sueño y en mi alma.
Esta vez no vine sola, te darás cuenta. Mi escuinclillo quiso estar cerca, tal vez intrigado, haciendo como que lee desde una banca cercana. Pero no pregunta nada. De alguna manera sabe, y respeta.
Volveré una y otra vez, hasta que sea tiempo de volver a caminar juntos, en esa orilla tan lejana.
Te quiero. Je t’aime. 

4 al 15 de diciembre: Tu ausencia

Tuesday, December 16th, 2014
Un amigo le dio “Like” a mi foto de portada, decía una notificación en Facebook. Como siempre, entré a ver la foto, como sí no supiera que mi foto de portada es el escenario donde tú y yo nos encontrábamos cuando el azar lo decidía.  Ver el espacio vacío en el centro de la Alameda de Tepic dolió más que cualquier golpe en la cabeza. El dolor de tu ausencia lo volví a sentir como el día mismo en que Raquel me dijo de qué manera te habían arrancado para siempre de mi vida; justo cuando fui a buscarte.
Más de treinta años y todavía no lo supero, todavía lloro como entonces. Ni siquiera es provocado por la nostalgia; llega así, intenso, peor que la peor de las migrañas, sin aviso, en cuanto algún detalle escapa del control. Recordé el miedo que le tenía a las víboras, ¿te acuerdas? La misma reacción instintiva, pero ahora no es temor sino dolor intenso. Me quiebro, no puedo contenerme por más que la razón, o cualquier cosa que dependa de la voluntad, intente llevarme al otro lado de ese río de llanto, de tristeza infinita, de aullido sofocado.
Intento distraerme, sí, con alguno de los programas que regularmente me entretienen, con los comentarios de lo amigos en las redes. Todo lo observo detrás de mis lentes que necesitarían una especie de limpiaparabrisas para despejar mis lágrimas. Te necesito. Necesito tus palabras, tu caminar junto a mí, tu risa, tus ojos, tu tranquilidad y tu cuidado por mí.
Y mira que el día iba terminando en paz. Con el golpe que me provocó un chichón en la cabeza, con el ajetreo de trasplantar y re acomodar las plantas en mi patio, con la visita sorpresiva de montones de colibríes en parejas y tríos sin que mi presencia los ahuyentara. Ocupada en mil cosas, que es la manera de no ocuparme de mí, de lo que me turba, de lo que me duele.
Estás aquí, en mí, y no quiero que te alejes. No importa si lloro, no importa si me duele, te necesito. Necesito sentirte cerca, a mi lado. Como en aquel poema que me escribiste: no quiero sentirme tan triste al no verte, quiero contemplarte dulce amada mía. Pero es a ti a quien quiero contemplar, aunque sea en mi sueño.
Necesitaba decirte todo esto, y muchas más cosas que de todas formas sabes, porque las has sabido siempre. Eres mi única debilidad, lo único que ha logrado hacerme temblar sin que me hayas tocado ni una sola vez. El punto donde mi supuesta fortaleza, se derrumba.
Y después de decirte cómo me siento y la falta que me haces encuentro un poco de paz. Me calmo, pero no me resigno. Sé que me escuchas mientras escribo; sé que, de alguna manera, me harás sentir que sigues conmigo. Y entonces hasta vuelvo a sonreír, anticipando una sorpresa que sé que llegará pronto.
Te quiero, y será así por siempre.
Postdatas:
1.  Antes de irme a dormir, la luz de mi Android se enciende, como si hubiera entrado un mensaje. Lo abro y quito el “candado”:
Bonjour      Je       Merci
Tres palabras que aparecen en Twitter, como sí estuvieran esperándome. Nunca escribo en francés en esa red, y nunca desde ese celular que solamente se conecta a Internet cuando estoy en casa.
Gracias a ti ❤
Un beso.
(Después quise mostrarle a Alma Rosa lo que había visto, y tuve que llevar a cabo unos tres o cuatro pasos para mostrarle el tipo de pantalla, que ahora mostraba palabras en español).
2.  Diez días después, encuentro este poema de Marguerite Yourcenar, quien sabía de este sentimiento:
Absent, ta figure se dilate au point d’emplir l’univers. Tu passes à l’état fluide qui est celui des fantômes. Présent, elle se condense; tu atteins aux concentrations des métaux les plus lourds, de l’iridium, du mercure. Je meurs de ce poids quand il me tombe sur le coeur.
En Feux. Gallimard.
3. Apenas ahora lo puedo poner acá.

23 de mayo: día del estudiante

Friday, May 23rd, 2014

Y recordé el último, en Tepic. Vacaciones de mayo en las que uno regresaba al pueblo.  Las del 67, por ejemplo, viajamos juntos por pura casualidad en los asientos 3 y 4 de un Omnibus de México. Dijiste que me dormí en tu hombro y ahora deseo que haya sido cierto. Al regreso a la escuela, en el grupo A del segundo año, comenzamos a conversar en cada uno de los recesos y tiempos libres. De una columna a otra, hasta que no quedaba espacio por recorrer. Y en la biblioteca del Casco de Santo Tomás. Volvimos a viajar en asientos contiguos, ahora 5 y 6 y otra vez por pura casualidad, en las vacaciones largas. ¿Qué tanto hablamos durante las 12 horas del viaje? Porque no quería dormirme, me apenaba la idea de invadir tu espacio nuevamente. Comimos trozos de naranja cubierta, de las que le llevaba a mi padre, eso sí recuerdo.

Los encuentros aleatorios se sucedieron en Tepic, principalmente en la Alameda. Era mucho más tranquila que ahora, con la barda que la rodeaba, con los barrancos a los lados. Siempre fue uno de mis sitios preferidos de la ciudad y en eso coincidimos. Por eso estábamos ahí el 23 de mayo del 70.

Yo llegué con algunas de las pocas amigas que todavía tenía. Vestía el vestido recto y sin mangas, flores sobre fondo negro, que me hizo mi abuela, y sandalias blancas con tacón. Me quedé en la banca de siempre y ellas se fueron buscando algo en los barrancos. Regresaron con un mango verde con chile,  para mí, y volvieron a irse. Entonces te hiciste presente y tomaste el mango para ponerlo en la basura. “Te hace daño” dijiste. Nadie, nunca, se tomaría la molestia y el atrevimiento de impedirme hacer algo para evitarme un dolor de estómago, o cualquier otro percance. Ni antes ni después. Y a nadie más, nunca, se lo hubiera permitido.

Yo te escuchaba, prendida de cada palabra mientras me platicabas de lo que te había enfermado. Justo entonces aparecieron mis amigas que tenían urgencia por volver: debían regresar el carro que les habían prestado. Una mirada de despedida. Y no hubo más conversaciones aunque sí muchos encuentros aleatorios.

Volviste a sostenerme cuando salía de casa de Raquel, caminando de espaldas, y se me acabó el pasillo. Era la Semana Santa del 72, mis amigos esperándome y tus hermanos expectantes. Un instante de eternidad entre tú y yo, hasta que te jalaron y me llamaron. También recuerdo el vestido y los zapatos que usaba yo ese día, y el detalle de la calle con la guayín prestada por mi tía Cuca y conducida por Luis Ceja, con Lucas, Silvia y su hermano y otra chica parados al lado.

Hoy recordé cada detalle, y hasta el sol que se colaba entre los árboles. Con la tremenda tristeza vino una somnolencia pesada; dormí alrededor de una hora y desperté tranquila (me ha estado ocurriendo en cada uno de estos eventos). Que así siga.

21 de diciembre: Mi viaje relámpago a Guadalajara

Friday, December 21st, 2012

Pues me fui a Guadalajara el jueves 20, o sea ayer. Tres horas de viaje para llegar allá a las 12 de mediodía y tomar un autobús urbano para acercarme al centro de la ciudad. Se trataba de ver a mi sobrina Daniela, quien mañana viaja a Los Ángeles, de modo que pudiera llevar unos encargos.

Hacía mucho que no iba al centro de la ciudad, pero recuerdo mucho sus calles y sus parques. Me gustó estar un rato recorriéndolo, aunque haya sido a paso veloz; tanto que mi almuerzo fue en un 7 Eleven, para no perder tiempo. Es una maravilla que vendan esos taquitos al vapor.

Después de los edificios emblemáticos, al dar la vuelta encontré una calle llena de jugueterías que venden al mayoreo pelotas de colores, muñecas, carritos, futbolitos, etc. Me sorprendió lo económico de los juguetes que ofrecían. Pasé varias calles antes de volver a preguntar por el Hospital Civil Nuevo. Primero me habían dicho que eran como siete cuadras, en ese momento me dijeron que eran un poco más. Pasé un mercado y llegué a la calle del Hospital, donde se encuentra la Escuela de Medicina y un hermoso parque que me recordó la Alameda de Tepic, en los tiempos en que sus jardines y veredas invitaban al paseo… y a la conversación con alguien especial.

Después de caminar alrededor de una hora llegué al Hospital que buscaba. Mi sobrina Daniela, quien hace trabajo voluntario con los chiquitos con cáncer, bajó a recibirme y me invitó a entrar al festival navideño que los voluntarios prepararon para los enfermitos. Estaban reunidos en el auditorio, excepto los chicos a los que la enfermedad obliga a estar recluidos. Familias completas que disfrutaban de la pastorela, la comida y los regalos como cualquier otra familia. Las edades de los pacientes van de los 4 meses a los 18 años. Algunos ya tienen su pelo crecido, muestra de la etapa de recuperación en la que están; otros, usan gorros para cubrir sus cabecitas pelonas. Todos llevan brazaletes que los identifican como pacientes.

Los voluntarios no paraban ni para comer, atendiendo a las familias, reencontrándose con algunos de los chicos y tomándose fotos con ellos, asegurándose de que cada uno tuviera sus tamales, sus tacos, su pastel, su nieve… y sus juguetes. Las caritas al recibir lo que pidieron en sus cartitas (que los voluntarios les ayudaron a escribir) eran de felicidad pura. Nadie estaba triste ni se quejaba, todo lo contrario. Al ritmo del Gagnam style bailaban incluso en silla de ruedas, de las manos de los voluntarios que se habían disfrazado de diablos, ángeles y pastores. Una experiencia de vida!

Luego fue hora de decir adiós, y me encaminé (en taxi esta vez) a Plaza del Sol para comer, recargar la batería del cel y descansar. Por eso me gusta Sanborns. Esta vez, además, descubrí que tengo un 10% de descuento por el INAPAM! Ventajas de la edad dorada. Desde ahí le avisé a Pako (que estuvo en junta casi todo el día) que regresaba a León.

Tomé el autobús frente a la Plaza, con rumbo a la Central. El recorrido tomó como una hora y media, y eso que el chofer no hacía más paradas que las que los que iban a descender exigían. La verdad es que no me animaría a manejar al lado o delante de un camionero como ese. ¡Vaya agresividad! Eso sí, el recorrido es muy agradable: todo López Cotilla, pasando por la zona de restaurantes very nice, hasta Chapultepec, para entrar luego a la zona del Carmen donde alcancé a ver librerías de viejo y otras maravillas. Va por Prisciliano Sánchez y luego entra a Aldama y sigue por Medrano hasta llegar a Avenida Patria para, finalmente, llegar a la central de Autobuses.

En ese largo (y sinuoso) camino vi barrios donde venden ropa nueva al mayoreo, en otros se ofrecen zapatos al mayoreo también, o ropa de segunda, o aparatos para carros (alarmas, estéreos, etc.), o piñatas, o celulares y accesorios (incluido el servicio de Internet sin necesidad de Wi-Fi, para cualquier celular), o tapicerías que se anuncian como “muy chingones” porque en dos horas hacen las cubiertas para los asientos de cualquier carro o avión (dicen ellos).

Me gustó observar que la gente en esos barrios mantiene la costumbre de sacar sillas al frente de sus casas y sentarse a ver pasar el mundo. Eso se hacía en el Tepic que me tocó vivir. Es otro el universo cuando uno solamente pasea por los centros comerciales y las grandes avenidas del Guadalajara moderno. Descubrí mi lado andariego y aventurero (Mosqueda, pues) porque más de una vez me hubiera gustado bajarme para recorrer y explorar algunas de las zonas por las que pasé, pero necesito ir más ligera de equipaje para hacerlo. Lo bueno es que ya sé a dónde quiero ir y cómo llegar.

Llegué a León a las 10 de la noche. Fue un excelente día.

16 de junio: Tepic

Saturday, June 16th, 2012

La visita de día a la ciudad de Tepic tuvo sus claroscuros.

La Alameda volvió a ser remodelada en los últimos 30 años, aunque no sé cuántas veces. De nuevo está cerrada a los automóviles, pero ahora los jardines están cercados por tremendos bloques de cemento pintados de rojo, que crean un sentido de estrechez, semejante a la que debió tener en su mente quien propuso la idea y ordenó la alteración. Pero el centro de mis recuerdos permanece casi inalterable: aunque las bancas de piedra fueron cambiadas por otras, de metal, la fuente está intacta, si acaso grafiteada. El espacio de intimidad  me sigue haciendo falta, como entonces. Algún día se dará el encuentro y no habrá interrupciones, aunque sea en otra vida.

Caminar por la calle Lerdo nos llevó frente a la antigua casa de mi abuela paterna y, enseguida, a la casa cerrada de mi amiga Raquel. Mi mamá me detallaba quienes habían vivido en la calle Morelia, al doblar la esquina, pero yo solamente podía recordar una persona (ninguna de las que ella mencionaba). Más adelante, por la misma Lerdo, la escuela primaria a la que asistí, entonces solamente para niñas y en horario de 9 a 13 y de 15 a 17 horas, todos los días. Frente a ella se encontraba la academia de inglés que mi padre tenía y en la que ofrecía una clase de una hora diaria por $30 al mes, y que atendía de 6 a 9 P.M., después de su trabajo en la Oficina de la Secretaria del Trabajo y Previsión Social (de 8 a 15 horas) y de la clase de inglés que impartía en la Normal Rural de Xalisco, lugar que realmente amaba.

Al llegar al Mercado Principal, junto a la Plaza, encontramos los puestos de los huicholes, quienes confeccionan y ofrecen sus artesanías vestidos en sus trajes típicos, su atuendo cotidiano. Ahí compré la pomada de peyote que ayudó a aliviar los dolores del cuello provocados por el accidente en que nos vimos involucrados el día que llegamos a la ciudad.

De día, la Plaza Principal se ve bien, aunque en las jardineras se nota el descuido municipal. Poca gente cruzándola, con el sol del mediodía, pero algunos tomaban el fresco bajo los árboles.

Con todo, me gusta la ciudad vieja. O lo que queda de ella. Porque al último gobernador, Ney González, le dio por derribar los dos estadios (béisbol y fútbol) que marcaban el límite norte de la ciudad, en la salida a Mazatlán, y que conectaban con la Alameda. Que iba a construir la ciudad de la cultura, dicen que dijo.

Espero que no tengan que pasar otros 30 años para que yo recorra sus calles de nuevo.