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25 de diciembre: Navidades

Tuesday, December 25th, 2018

Es Navidad.
Es la primera vez que me desconecto del mundo casi totalmente. No estoy presente en Facebook y decidí desconectar WhatsApp por un rato y, a la luz de la asquerosa actitud de quienes se regocijan/tratan de sacar provecho de una tragedia ayer, decidí dejar de leer Twitter. Quienes me buscan lo hacen a través de Messenger, ya sea para pedirme una receta de cocina o para enviar sus buenos deseos y compartirme sus festejos. Son pocos, pero son los que más cuentan. El teléfono permanece desconectado durante la noche y de día solamente respondo a lo que es necesario.

El año pasado mi hijo estuvo en casa, por una semana, y fueron días muy ricos en vivencias y paseos, conversaciones e intercambios. Esta vez la visita anual ocurrió en noviembre, adelantando las festividades, y más rodeados de amigos. Supongo que es lo que debe ocurrir, y creo que la muy cercana relación madre-hijo ha durado muchos más años que lo que veo que duran en otras familias.

Mantenerme alejada de las redes no ha añadido tiempo a mis días, solamente calma y paz. Colaborar con grupos de gente que se ocupa por apoyar a los que menos tienen, caminar buscando los pequeños regalos para una muy próxima reunión con amigos cercanos, deambular por el mercado para encontrar ingredientes para un platillo solamente para mí y anticipar la preparación de otros antojos, recibir a algunos amigos en casa, han ocupado los últimos días. En esas andanzas, el reencuentro con mucha gente querida, de manera inesperada, pone el toque festivo. Nos prometemos cafés, comidas y visitas sabiendo cuán improbables son en esta ciudad.

De las conversaciones que hemos tenido surgen, inevitablemente, los recuerdos de las Navidades pasadas. Algunos sufren todavía las ausencias de los padres, hermanos o hijos. Otros, por las tristezas de cuando carecían de alguna cosa o de no haber tenido algún juguete u objeto que esperaban como regalo. Hay quienes quisieran estar rodeados de familia. Y, por supuesto, no faltan los que asumen que tenemos las mismas tristezas.

Recordé mis propias Navidades, que en ocasiones debo explicitar para que no me miren con lástima por estar sola en estos días, cuando ni siquiera me siento nostálgica.

En la casa en que crecí, en el pueblo en el que nací, no se recibía a Santa Claus (supongo que esa moda la introdujo la Coca Cola). Los regalos los traía el Niño Dios y era más usual que la gente pusiera un nacimiento en su casa que un pino (artificial en la época), excepción hecha del gran pino en el frente de la casa de mi tía Cuca, de unos 12 o 15 metros de alto, que ella mandaba engalanar para la temporada. En casa podíamos armar un arbolito con una rama seca, pintada de blanco, a la que le colgábamos pelo de ángel, decoraciones confeccionadas por nosotros mismos y algunas esferitas y luces, compradas en Ferretería Pantoja, donde mis padres adquirían los regalos de muy buena calidad.

Sé que mi primer regalo, antes de cumplir un año y cuando yo ya caminaba por toda la casa, fue una muñeca. Y sé que nunca jugué con ella y que terminó guardada en el arcón de mi abuela Hilaria.

El segundo regalo fue un piano pequeño. Yo recuerdo que lo tocaba con los pies. Mi madre dice que con los talones. Antier, una terapeuta que conocí en una de las reuniones me preguntaba por qué con los talones. No tengo idea pero supongo que ya entonces mis manos hacían una cosa y mis pies otra y que, si se trataba de hacer sonar el instrumento, los pies tenían más fuerza que los dedos de mis manos tan propensas a causarse lastimaduras (tengo dos dedos rebanados y uno astillado, resultado de mi participación rebanando jamón y jitomates).

Supongo que el tercero de los regalos, antes de cumplir tres años, fue una batería de aluminio muy completa, cacerolas y ollas, con las que tampoco jugué, algunos de cuyos elementos acabaron utilizándose en la cocina de mi madre. El recuerdo viene del que tengo de la casa que habitábamos en la época.

Vino el triciclo, que luego compartí con mi hermano Manuel, y del que sí hay fotos.

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Manuel tendría ya 2.5 años y yo 4, cuando le permití conducir.

No puedo recordar el orden con el que recibí otros regalos navideños, pero muy pronto supe que los compraban mis padres y los escondían en casa de mi tía Cuca (donde yo pasaba mucho tiempo, como ya he narrado). De los que recuerdo:

  • El trenecito eléctrico que mi padre compró para mis hermanos porque era algo que él siempre quiso tener, con el cual me entretenía más yo que Manuel o Juan, los dos que siguen de mí
  • Los patines de cuatro ruedas, que dejaron recuerdos en las espinillas de mis piernas
  • El Meccano, de metal (también pensado para mis hermanos), que me entretenía por horas
  • El juego de química completísimo, incluyendo microscopio
  • La bicicleta roja, solamente para mí, a los 10 años. Ese sí es un recuerdo preciso
  • El juego de bádminton profesional, traído de Estados Unidos, a los 12 años
  • Un radio de transistores, tal vez a los 13 años
  • Patines de hielo, a los 15

Después de los 15 y hasta los 18, el regalo de Navidad para los mayores era un billete de 50 pesos = 4 dólares, que cada uno invertía en lo que se le antojara. Yo, en discos de vinil y libros.

Adicionalmente yo recibía regalos de mi tía Cuca y de mi prima Licho, como los 100 pequeños libritos de cuentos, solamente texto en letra minúscula, que conservo. Mi abuela tejía o cosía para mí (no puedo hablar por los otros cinco) alguna prenda. Mi abuela María nos daba un aguinaldo sustancioso, para ir a gastarlo a la feria.

No recuerdo que me gustara salir a jugar con los vecinos en la calle, para mostrar los regalos y jugar con ellos en la mañana del 25 de diciembre. Tampoco creo que a mis vecinitas les gustara jugar con lo que a mí me interesaba, dentro de mi casa.

En Tepic no se tenían las tradiciones del centro del país. No recuerdo a nadie en mi barrio cantando y pidiendo posada, pero si recuerdo los bailes cada noche: posada de kilo, del suéter, de blanco y negro, de Leyes, de la Prepa, y así. Bailes a los que se traía un grupo de moda, generalmente de Guadalajara, que tocaba música bailable de diferentes épocas, pero nunca música tropical. Los bailes tenían lugar, generalmente, en el Casino de Tepic, ahora convertido en plaza comercial. A mí no me gusta que me saquen a bailar, pero asistía a esos eventos por dos razones: la insistencia de mi padre, a quien le encantaba el baile, y la presión de mis amigas de la época, a quienes no les permitían asistir si no era en compañía de mis padres. Por otra parte, había que vestirse de largo y peinarse “de salón”, y tampoco se me antojaba ni se me antoja.

La celebración de la Navidad o la de despedir el año tampoco era semejante a la que ocurría en otras familias o en otros lugares. Colaboraban mi tía Cuca, Licho (y luego se agregó Hermilo, su esposo), mis padres, mi abuela y mi tío Juan y mi tía Carmen, todos quienes compartíamos el gran patio/jardín/área de juegos que posteriormente sería el “Comedor Aldaco”. Alguno de mis tíos Aldaco nomás pasaba para aportar un lechón al horno, preparado por él mismo,

Mi tía Cuca criaba el guajolote y, llegado el momento, lo emborrachaba con tequila para luego darle cran, rellenarlo y cocinarlo deliciosamente. Mi abuela hacía los tamales, y mi hermano Manuel todavía extraña los de pollo, que llevaban dentro una pieza completa. Mi madre hacía los frijoles puercos o la ensalada. Probablemente Licho se encargaba de los buñuelos o de la ensalada. El tío, probablemente mi tío Chuy, llevaba el lechón. Nunca hubo pasteles. Bebidas: atole, ponche, aguas frescas, pero nunca refrescos/sodas. Para los mayores había, además, “Cuba libre”, cerveza, whisky, tequila, al gusto de cada uno.

La comida, con las tostadas y el pan para acompañar, se disponían sobre la barra entre la cocina  y el comedor en la casa de mi tía,  separada por un pequeño patio de la nuestra. Las bebidas, en la cocina. Los adultos pasaban la noche jugando dominó, conversando y escuchando música variada. Mi abuela podía sacar a bailar a cualquiera, particularmente el 31 de diciembre que era su cumpleaños. Los escuincles mayores podíamos ir a la feria navideña, instalada cerca del Río Mololoa, en aquel Tepic donde todos cuidaban de los hijos de los demás. Si alguno había sido invitado a otra casa, se iba sin problema. Cada uno comía lo que se le antojaba, cuando se le antojaba. Ir a Misa de Gallo (o algo así) era una actividad social a la que uno podía asistir con sus amigas, más que otra cosa. Nadie tenía que vestirse de gala. Conforme fuimos creciendo, algunos amigos de mis hermanos podían preferir acompañar esta tertulia. Nunca hubo en casa amigos de mi padre o de mis tíos.

Así sigue funcionando para mí. Sin reglas. Hay comida suficiente y variada, siempre, por si viene algún amigo. Pero, si estamos solos, puede ser que terminemos atendiendo una invitación o yendo al cine, o que nos subamos a la cama a comer palomitas y pizza. O así fue hasta el año pasado.

Estudiando en CDMX regresaba en cada período vacacional a estar en mi casa, la de mis padres. Después de casada algunas Navidades regresé a casa, con mi hijo. Otras las pasé en Tampico, y la verdad es que nunca fueron muy gratas.

¿Nostalgias en esta fecha? Ninguna. Tengo muchos bellos recuerdos. Por otra parte, creo que muchas de las “tradiciones” son copiadas de las películas mexicanas o gringas, con todo y los melodramas, y no se me antojan. Prefiero una verdadera noche de paz.

 

 

7 de diciembre: noviembre lleno de gratitud

Friday, December 7th, 2018

Arrancamos noviembre habiendo dado por terminado el taller para los docentes, incluido el envío del reporte final. La conferencia para la UG estaba casi lista, pero todavía había detalles que pensaba que podría agregar al texto, que de todas maneras no iba a leer, de modo que fuera una ponencia breve pero documentada, por aquello de que alguno de los profesores quisiera tener más información.

Pako llegaría a Cancún el día 8 y volaría a León el 13, llegando por la tarde. Me encargué de preparar galletas de nata, tamales, tacos de pollo listos para dorar y unas cuantas cosas más previendo los almuerzos, principalmente. Llegó, como siempre, haciendo que parezca que no ha estado ausente ni un solo día. Directo a instalarse en su recámara mientras me platicaba las mil experiencias acumuladas a lo largo del año e intercambiábamos regalos: él, la colección que armó para mí de su viaje a Moscú, al Mundial de fútbol, y a Wimbledon, incluyendo una bella Matryoska y una colección de monedas conmemorativas; yo, las playeras y objetos del Comic Con 2018 y mi reconocimiento explícito por el premio que ganó el juego en el que trabajó desde el día que llegó a trabajar a Outplay Entertainment, hace apenas un año. No fui una madre complaciente y tuvo que aprender que hay que hacer bien las cosas desde la planeación, y a ir controlando variables, supervisando cada detalle y adelantándose a los hechos siempre que fuera posible. Es una satisfacción enorme verlo en esta etapa, porque ha sido mi proyecto más preciado y cuidado; estaría muy orgullosa aún si su trabajo no fuera premiado.

Durante su estancia en la playa me había compartido fotos y videos de sus paseos y del increíble mar y sus criaturas, mientras esnorqueleaba, vía WhatsApp; como a mí, Cancún no le gustó pero Akumal, Tulum y, particularmente, Playa del Carmen, lo dejaron encantado y con ganas de regresar. Ya en casa, me compartió otros videos y me narró la aventura de instalarse cerca de Cancún, en casa de un amigo vegetariano, alejado del mundanal ruido, en una especie de retiro. Se quedó en Playa del Carmen en la primera oportunidad.

Como siempre, en cuanto llega a casa comienzan a llegar los amigos de toda su vida. El primero es Luis, a quien apoyó para la instalación de La Misión, taberna y bar, originalmente depósito de cerveza, antes de irse a India. Es una amistad de muchos años, y Luis es otro integrante de esta familia, aunque solamente aparece estando Pako aquí. Juntos son como niños; así planearon que al día siguiente comenzarían a cortar y pulir las piezas del traje de Storm Trooper que Pako compró hace un par de años, y que luego lo dejarían ya armado. Por supuesto, antes tendrían que comprar las herramientas para la tarea. Trabajaron apenas un par de días en eso, sin terminar, y tuvieron que aspirar y limpiar el desastre. Las conversaciones con ese par se alargan mientras toman cerveza, comen alguna botana, se sientan a comer y merendar en forma y luego se van con otros amigos. Hicimos las compras para la parrillada del sábado 17, que se extendió al domingo 18. El 21 festejamos su cumple con una comida ofrecida por sus amigos y el 22 voló de regreso a Londres para llegar a Dundee la tarde del viernes 23, directo a la última reunión de trabajo del mes.

Después del 23 fue tiempo de revisar, otra vez, la presentación y el texto de la conferencia y de enviarla a la UG; de asegurarme de que estuviera disponible offline, en Drive, para proyectar desde el iPad, pero también de llevarla en un USB porque uno nunca sabe qué pueda ocurrir. Pensar en el atuendo fue también una parte importante, de modo que me lancé a los outlets a buscar unos zapatos de vestir de color azul marino, clásicos; recorrí todas las tiendas, pero los encontré, a tono con mi vestido.

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Camino a la conferencia

Fue una experiencia muy agradable el compartir con los docentes. Tuve una espléndida recepción desde que llegué a las instalaciones, acompañada por gente muy amable y generosa. Fue muy grato saludar y conversar con un gran amigo y ex compañero de trabajo en el Tec, el Dr. Jesús Bernal, a quien debo la invitación para impartir esta conferencia. Del streaming me enteré cuando ya había comenzado mi charla; posteriormente, Eduardo Estala, otro gran amigo, me hizo llegar la nota de prensa. Más exposición no podía tener. Pero no terminamos ahí, para desagrado de muchos.

Mientras iba cerrando mis pendientes, mientras conversaba con mi hijo, recibí un mensaje del Tec de Monterrey Campus León: la invitación para asistir el próximo 15 de diciembre a un desayuno donde me harán entrega, por segunda vez (se otorga cada cinco años, comenzando en 2013), del reconocimiento a “Profesores que dejan Huella”.

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La ocasión anterior fue una ceremonia casi al aire libre y estuve muy arropada por varios de mis queridos ex alumnos y algunos ex compañeros de trabajo. Esta vez puedo invitar a cuatro familiares; ayer me confirmó mi hermano médico, Víctor Manuel, quien siempre está cerca de mí y atento a mis necesidades, que estará aquí junto con mi cuñada Alicia, mi sobrino Víctor y su novia, para acompañarme. Mi atuendo comienza con las perlas, collar y aretes, que me regaló Pako hace unos cuatro años; será la manera de tenerlo cerca.

Desde el inicio de noviembre le pedí a Jair que retomáramos el taller de poesía, y accedió. Tres sesiones que ya concluyeron. Mi objetivo, desde que iniciamos la primera parte de taller, era el de tener elementos para explicarme por qué algo de lo que leo me gusta o no; de paso, aprendí algunos elementos para mejorar mi redacción. No quiere decir que lo domine, conste. Comenzamos el 6 de noviembre y lo terminamos apenas el 4 de diciembre. De lo realizado me ocuparé próximamente.

La estancia de Pako fue el festejo navideño anticipado. En esta casa no tenemos más tradición que la de compartir y disfrutar cuando estamos juntos, independientemente de la época del año; no hay reglas, dijo mi hijo, y es cierto.  Él pasará la última semana de diciembre en Hamburgo, con la familia de Armando, otro de sus muy queridos amigos, desde la prepa. Yo me dedicaré a migrar lo que sea necesario a la laptop que me dejó ya lista, aunque antes tengo que limpiar la que uso todavía. Y decidí retomar el estudio del álgebra moderna (Teoría de grupos y esas cosas). Tal vez me dé una vuelta por Tepic para convivir un rato con Raquel y con mi primo Ocho, para ir a San Blas y, por supuesto, a mi sitio favorito. Por lo menos es un avance de plan.

Terminé noviembre con un dulce sabor de boca. No creo que pueda pedir más. Pero siempre hay más. Y sigo dando gracias.

 

 

6 de diciembre: octubre se llenó de satisfacciones

Thursday, December 6th, 2018

Octubre comenzó, simplemente, como la continuación de septiembre.  Las dos conferencias tuvieron lugar; comencé a participar en un grupo cerrado sobre el tema, creado por periodistas; me inscribí a otro curso de la UNAM (y olvidé la última sesión) y me pidieron ser parte de un video sobre la participación de las mujeres en el movimiento (apenas ayer me hicieron llegar el documento). Mucho ruido alrededor, lo cual ya sé que a algunos no les agrada mucho. Ese es su problema.

El trabajo con los docentes continuó a lo largo de octubre, prolongándose por las extensiones de plazo que iban solicitando desde todas las sedes; en el grupo a mi cargo se trató más que nada del deseo de profundizar en los temas, por parte los docentes, y su voluntad de aprender a mejorar su redacción. Nada de eso era el trabajo convenido, pero había que satisfacer esas ganas de aprender. Hubo textos que corregí hasta cuatro veces, y lo mejor es que agradecieron el esfuerzo realizado. Ellos estuvieron satisfechos con su trabajo, y ese es el resultado importante. Al final hubo que hacer un reporte, incluyendo testimoniales, fotos, evidencias de apoyo, etc. Lo hice a mi modo, poniendo en claro que eso nunca se estableció al inicio del proyecto y que no se entregó una rúbrica (algo que se le pide a los docentes que incorporen en su planeación) ni un plan de trabajo completo. Me negué a hacer el trabajo de captura de calificaciones, disponibles bajo cualquier filtro en el mismo portal de la institución que nos había contratado, porque eso no es mi trabajo, dije. Creo que fui a la primera que le pagaron … el 80% de lo pactado, sin recibos ni facturas.

Hacia mediados de mes recibí una invitación más que honrosa, para impartir una cátedra magistral en la Universidad de Guanajuato sobre la didáctica y la innovación educativa, el 27 de noviembre a las 9 de la mañana. La invitación venía de parte de las autoridades del Campus León de la UG y estuvo acompañada de gestos invaluables de reconocimiento a mi trabajo. La sorpresa llegó cuando supe que el Director Académico de ese campus es un querido ex compañero de trabajo, un físico notable y un excelente profesor. Comencé a desarrollar la presentación con sumo cuidado, acudiendo a dos extraordinarias docentes y amigas, Olinda Y Adriana, para que me ayudaran a revisara y me hicieran llegar sus comentarios. Cierto, el texto era solamente una guía para no divagar, pero se trataba de que fuera lo más correcto posible. Ponerlo a punto me llevó unas tres semanas.

En ese lapso, mi hijo anunció su plan de viajar a León durante el mes de noviembre. A finales de octubre concretó su pan de viaje: Londres a Cancún, donde pasaría unos días conociendo y esnorqueleando, para luego viajar a León y pasar aquí unos diez días; el vuelo de regreso seguiría la ruta inversa. Se iría en cuanto festejáramos su cumpleaños. Eso determinó la siguiente actividad en mi lista de pendientes: ir de compras para preparar anticipadamente los antojos que pudiera tener, de manera de no perder mucho tiempo en la cocina. Y prepararme para navegar sin reloj y sin brújula (lo cual no me cuesta mucho trabajo), siguiendo sus planes y apoyando sus actividades.

Terminamos octubre en ese tono, realizando trabajo muy satisfactorio, recibiendo reconocimientos y esperando al hijo.

 

17 de julio: Tepic 2017

Monday, July 17th, 2017

Tepic: el lugar donde reside mi alma, el lugar de mi santuario y cuyo ambiente me devuelve la paz. La ciudad en la que nací y en la que circulo sin que nadie me reconozca, después de tantos años viviendo fuera y visitando solamente de cuando en cuando; antes, durante las vacaciones escolares de 1966 a 1975, más o menos, porque luego vinieron los años en que estudiaba una maestría de tiempo completo y trabajaba 20 horas además de las que empleaba como asistente de investigación sin sueldo pero que sirvieron mucho para mi formación. Después de esos años las visitas combinaron breves encuentros con la familia y trabajo (creé, junto con Shirley Bromberg y Papini, la Maestría en Matemática Educativa/Educación Matemática para la Universidad Autónoma de Nayarit, coordiné el primer año y fuimos los primeros profesores, antes de que cayera en otras manos). Escasearon los viajes cuando mi madre y mis hermanas se establecieron en Los Ángeles.

En lo que va de este año he ido tres veces, las tres ocasiones por cosas relacionadas con mi madre. La primera, en febrero, convocada por ella al igual que la última, apenas hace unos días. La de mayo para celebrar el Día de las Madres yendo a la playa, a San Blas, y para correr como loca por varias dependencias recolectando documentos para las formalidades de mi curso en Chihuahua.

En las tres ocasiones el apoyo de mi primo Alonso ha sido invaluable. Aunque lo conozco desde que éramos niños, nunca habíamos conversado o compartido una comida o un café; yo, porque soy una despistada y me mantengo generalmente alejada del mundo, particularmente de esos entes que jugaban a patear botes, a hacer travesuras, a conseguir víboras de agua para llevarlas a la casa -o sea mis hermanos y primos y sus amigos; él confiesa que yo le daba miedo, y no es algo extraordinario en mi vida. Ocurre con alumnos, con familiares y con otras personas. En algunos casos ese temor se desvanece cuando comprueban que medio me sé comportar y que hasta puedo conversar, excepto cuando las personas de plano pertenecen a una esfera que no tiene intersección con la mía.

En las tres ocasiones he podido compartir más de un momento con Raquel, la única amiga de infancia con la que tengo contacto y a quien de verdad quiero fraternalmente y sé que soy correspondida. La amiga que rehuí por 30 años y que siempre me recibe como si nos hubiéramos visto horas antes. Esta vez me contó que otra ex compañera de primaria y secundaria había estado justo antes de que yo llegara pero que había regresado a Guadalajara para una intervención quirúrgica. Lo ridículo es que no tenemos manera de comunicarnos, en estas épocas. 

En este viaje encontré y compartí el desayuno con Atzatiani, una paisana y ex alumna del Tec que radica cerca de Houston y a quien no veía desde hace unos 18 años, aunque nos encontramos frecuentemente en Facebook.

Las familias de los primos de mi madre forman un gran grupo, pero yo no puedo decir que los conozco, particularmente a los que son menores que yo. En este último viaje reencontré a mi prima Amparo después de alrededor de 52 años;  conocí a su hermana menor, Esperanza, aproximadamente de la edad de mi hermana Irma, la menor de mi familia; conocí también a dos sobrinas y dos sobrinos Aldaco y a la familia de Alonso. Prometieron contactarme con los otros primos, los descendientes de mi tío Pedro Aldaco, fundador de las mejores panaderías de la ciudad, para que me enseñen a hacer algunos de los panes cuya receta solamente ellos conocen bien. Digamos que éste viaje fue familiar, y hasta cociné y comí en casa de mi tía Esperanza. El motivo del viaje, por otra parte, no llegó a concretarse aunque estuve tres días (iba solamente por una noche) esperando por la solución.

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Ir a Tepic es reencontrar mi paz, poder caminar la ciudad vieja, lo que ahora se llama centro, de lado a lado,  o recorrer en autobús urbano las calles en las que nací y crecí; recorrer los mercados y las calles aledañas con las carretas de fruta de temporada, churros, lácteos que nunca me hacen daño, y comer antojos que tampoco me provocan agruras o indigestión sin importar la cantidad o la hora en que los coma. En cada viaje encuentro nuevos recorridos. En este último, el paseo en el turibús me permitió darme cuenta del crecimiento de la ciudad, desde el Mirador Zitacua o Rey Nayar y, desde ahí mismo, admirar un bello atardecer que no hubiera imaginado sin hacer esa subida, pues la ciudad está rodeada por cerros.

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Disfruté mucho una breve caminata bajo la lluvia, cruzando la plaza principal: recordé mi infancia durante las vacaciones de verano (julio y agosto) en las que la lluvia nos convocaba a jugar haciendo barquitos de papel para ponerlos a navegar en la corriente frente a la casa que habitábamos, o a bañarnos en los chorros de agua que bajaban de las azoteas, por ejemplo. El agua se siente tibia y no hay manera de que uno pesque un resfriado.

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En cada ocasión encuentro aretes, morrales, blusas y medicamentos producidos por las culturas Cora y huichola (más de esta última) y que se expenden afuera del mercado principal y, en esta ocasión, en una muestra extraordinaria en la plaza principal. La sorpresa fue encontrar un establecimiento que expone plantas de peyote con los frutos en diferentes etapas de desarrollo, pero que no están a la venta; dijeron que tienen ahí 50 años, y yo nunca había pasado frente a esas vitrinas.

La blusa guinda, aunque me costó casi una hora de negociación (su dueña no quería venderla), ¡es mía!

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Cada viaje a Tepic es también un viaje a mi santuario, en la Alameda; un lugar al que siempre acudo sola excepto por la respetuosísima compañía de Pako hace dos años, a petición de él. Son ya 4 años de acudir a ese lugar, haciendo el viaje a Tepic a veces de manera expresa, para conectar con mi alma y con quién amo a pesar del tiempo y las inconveniencias de estar en diferentes dimensiones. Aunque normalmente le escribo desde cualquier parte y a cualquier hora, los “encuentros” ahí tienen un carácter especial. Algunas de las experiencias las he relatado en estos espacios, otras se quedan entre los dos. En cada ocasión mi llamado tiene una suerte de respuesta. Instantes y experiencias que atesoro.

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En mayo, en mi mensaje dije que “cada día estoy atenta a cualquier cosa que pueda indicarme que estás y acompañas mi camino.” Al día siguiente encontré una estrella, inesperada, inusual, justo en mi camino al bordo del mar, en San Blas.

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En esta ocasión la convocatoria simplemente decía “añorando tu presencia, buscando tus ojos, tratando de encontrar tu sonrisa.”  Luego caminé hacia la salida cercana a la biblioteca, rumbo al Café Chilindrón. Ahí estaba la fruta, perfecta, madura, en su punto. La guardé para comerla en privado y le agradecí la muestra de cercanía (el mango tiene un significado especial, relacionado con el cuidado que siempre tuvo hacia mí):

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“Apenas esta mañana lo saboree plenamente. Dulce, dulcísimo, como imagino sería besarte, poniendo todos mis sentidos en el disfrute, pensando absolutamente en ti, en el antojo de tu boca. Todavía tengo el sabor en mis labios. Cuánto me gustaría repetir ese placer una y otra vez.”

El más dulce desayuno que haya tenido. Único, por supuesto, que remite a otros momentos únicos e inolvidables. El éxtasis de la degustación del dulcísimo fruto solamente se compara con el momento de gozo que experimenté hace unas seis semanas justo al mirar hacia mi patio bañado por la  luz del medio día. Lo que sigue es una placidez extraordinaria.

Hay por lo menos una nueva visita, en agosto. Y será, como siempre, un disfrute. Llevaré una maleta, para traer el frijol, el café, los bolillos, y los muchos antojos y regalos de mi madre.

 

P.D. Hace un mes, el 16 de febrero de 2018 regresé a Tepic para celebrar mi cumpleaños.  Tenía en mente tres cosas:

  1. Acudir a mi santuario, para mi festejo personal, conversando con mis ojos verdes;
  2. Festejar el cumpleaños de Raquel, ocurrido el día 9;
  3. Volver a ver a mi prima Amparo, porque en ese breve encuentro dijo que acababa de salir del hospital porque la habían desahuciado (cáncer); yo no la veía próxima a la muerte

Los primeros dos puntos se cumplieron más que satisfactoriamente; el tercero ya no pudo ser. Mi prima falleció en noviembre. Lo supe al llegar.

 

21 de febrero: De convivios y encuentros

Sunday, February 21st, 2016

Anuncié mis planes para el día, como siempre, a través de Facebook.
Se trataba de una salida a comer acompañada de mi madre, mi hijo y mi sobrina. Nada extraordinario, pero compartir la comida es uno de los placeres de toda mi vida, aprendido en mi familia.

Cuando era muy pequeña mi tía, hermana de mi madre, aparecía en nuestra casa trayendo la comida preparada por ella que tenía una sazón mágica, independientemente de lo que mi madre o mi abuela hubieran preparado.  Años más tarde vivimos todos en casas separadas por pequeños patios y compartiendo un enorme patio/jardín/corral. Ir de una casa a otra para comer lo que más se nos antojara o degustar todos juntos  los antojos preparados por mi abuela o la comunidad era lo más natural. Algunas veces se unían al clan los amigos de mis hermanos y algunas de mis compañeras de clase y de vez en cuando otros parientes. Incluso tuvimos a la mesa  migrantes que bajaban en la Estación del Ferrocarril, a 650 m de nuestra casa, en busca de comida a cambio de trabajo.

La ocasión para compartir, más frecuentemente, era la hora del café. O. mejor dicho, las múltiples ocasiones en que se tomaba café en casa. Alguien podía entrar preguntando si ya estaba el café y ese era el momento de prepararlo para acompañarlo, siempre, del buen pan de alguno de los tíos Aldaco, especialmente mi padrino Carlos.

Así que mi familia y yo nos hicimos presentes en el restaurante seleccionado y anunciado, que parecía bien ambientado. Al entrar noté su presencia, acompañado de un par de amigos que yo no conocía. Me sorprendió darme cuenta de que parecía menos avejentado de lo que yo hubiera supuesto después de tantos años sin vernos. Sonreí para mí misma reconociendo que no era casual, porque vivimos en ciudades muy distantes. Me esperaba, seguramente, y me di cuenta de que me miraba buscando que lo reconociera y lo saludara. Lo bueno es que mi cara de despiste total es permanente y  no me cuesta mucho trabajo hacerme pasar por distraída.

El servicio tardaba, de modo que me levanté a buscar a quien fuera necesario para que nos atendiera. Me enviaron a la entrada a buscar a quien nos había conducido a nuestra mesa para que nos dijera quién era el mesero a cargo de nuestra mesa y lo enviara inmediatamente. En ese momento me alcanzaron mi madre y mi sobrina; mi hijo se había ido, me informaron, con el hijo del dueño de una escudería a ver los carros y las instalaciones de prueba. Lo conoció, mientras yo deambulaba en busca de atención, a través de uno de mis primos con quien el joven se encontraba comiendo en otra mesa cercana. Seguramente lo disfrutará, pensé, y me alegré por la oportunidad que se le presentaba.

Ya no volvimos a la mesa, y desperté sin saber qué había motivado a mi viejo amigo a buscarme.

 

Libros y relatos.

Friday, March 20th, 2015

Libros.

Relatos.

Han estado presentes en mi vida desde que tengo memoria, por lo menos. Y mi memoria más completa comienza alrededor de los tres años de edad. De alguna época anterior solamente tengo imágenes como si fueran fotografías: mi abuela narrando algo, mis padres juntos, un pasillo, unas plantas.

Mi abuela era contadora de historias. Mucho tiempo después reconocí algunas de ellas en Las mil y una noches, por ejemplo. Historias y canciones de su juventud, relatos de su pueblo y del mío. La palabra se cultivaba en mi casa a través de esas narraciones; era un lenguaje rico, con muchos términos que ahora no se usan. Hace unos días dije que estaba entrapajada, un modo de describir a la persona envuelta en trapos. Quevedo la usaba, pero está “descontinuada”, digamos. Me hablaban en lenguaje completo y correcto, nunca en ese lenguaje “infantilizado” con el que muchos se dirigen a los bebés.

Oraciones completas, instrucciones claras que debía seguir cuando me solicitaban algo. “Muchacha, tráeme el ___ que está encima de la caja del Fab”, me diría mi abuela, sentada frente a su máquina de coser, en el tiempo en que todavía no se suponía que supiera leer. Pero uno aprendía a identificar los nombres impresos en los empaques de las pocas cosas que se compraban en caja o bolsa en una época y un lugar en que ir al mercado cada día, para llevar productos frescos para el almuerzo y la comida, era lo normal. Ir al mercado, por otra parte, era y sigue siendo un disfrute. En Tepic, ir muy temprano supone encontrar tejuino fresco, churros recién hechos, jocoque y muchos más antojos, todavía.

Era innecesario almacenar productos y carecía de sentido refrigerar frutas y verduras que uno cortaba de los patios propios y de los vecinos. Tampoco había refrigeradores salvo, tal vez, en las casas de la gente adinerada, pero no me consta. Uno iba a comprar la leche a la casa del lechero, y el pan recién hecho a la panadería de alguno de los tíos, y mejor si era de con mi padrino.

A través de esas sencillas y muy claras indicaciones de cualquiera de los adultos que me rodeaban aprendí también las relaciones espaciales entre los objetos (topología, diríamos de manera formal): abajo de, enfrente de, detrás de… Ser parte de la familia y de la comunidad,  integrándome desde el principio en actividades cotidianas, gradualmente más complejas y relevantes, resultó ser una excelente manera de prepararme para la vida. Al mismo tiempo, me volvió observadora de mi entorno, para poder responder rápidamente… y que me dejaran disponer libremente de mi tiempo 😉

Mi padre, con el apoyo de mi madre, procuró interesarnos en la lectura y de que comprendiéramos lo que leíamos. Yo no sé cuándo aprendí a leer, pero mis primeros documentos impresos, que conservo, me los regaló mi prima cuando cumplí seis años. Supongo entonces que leía desde antes. Recuerdo las fábulas de Esopo, pero no recuerdo cómo llegaron a mí.

Más adelante mi padre nos compraba historietas y libros de manera regular; él los seleccionaba y no recuerdo que hubiera pensado en que tal vez había otros que deseara. Cuando leí La misteriosa llama de la reina Loana, de Eco, me maravilló la idea de recuperar la memoria a partir del encuentro con las lecturas de infancia y juventud. Recuerdo a mi padre llegando con una veintena de “cuentos” que podían incluir “Vidas ejemplares” o “Archie”, por ejemplo.

Nunca me interesé por la botánica o la floricultura, tampoco jugué con muñecas y “trastecitos”, pero muy pronto requerí de libros de ciencia y algo de esoterismo. Hasta una Ouija tuve, al mismo tiempo que el tradicional juego de química, el Meccano, los patines, la bicicleta, etc. Pero lo que más ocupaba mi tiempo era la lectura. Leía hasta los pedazos de periódico de los envoltorios del cuarto (de kilo) de arroz, o el medio de frijol. La cabeza, entonces como ahora, siempre en la luna.

Con el tiempo, mientras seguía aprendiendo de los relatos de mi abuela, de las tradiciones de los pueblos con mi tía Cuca, de los viajes en tren con ella misma y mi tío Gonzalo, del fútbol al que asistía con mi padre, del béisbol y las cartas y los toros con mi tía Cuca, del box y la lucha libre con mi padre y mi madre, comencé a interesarme en la discusión de las ideas y la participación social. Mi abuelo José, mi padre y mi tío Gonzalo eran muy activos, y tuve el privilegio de asistir a algunas tertulias con líderes ferrocarrileros y obreros. Mi padre y yo comenzamos a intercambiar ideas y a liarnos en discusiones.

Crecí, aprendí, y me lanzaron al mundo.

Solamente un aspecto no desarrollé en esos años. Y me ha costado mucho superarlo.

 

 

 

 

20 de mayo: Viaje a mi tierra

Tuesday, May 20th, 2014

Regresé de mi viaje a Amatlán. Comenzó porque me ofrecí a llevar a Pako de regreso a Guadalajara, para recortar tiempos, cuando vino a traer su camioneta y sus triques antes de irse a vivir por un rato al D.F.  Pero Pako tenía mucho que dejar arreglado de sus proyectos que seguirá monitoreando, esperando regresar a establecerse a Guadalajara, y necesitaba estar con su novia. Por mi parte, no hay mucho tiempo para vacaciones y tampoco muchos recursos monetarios, al mismo tiempo que la ida a Amatlán ofrece muchos atractivos: el campo, los antojos, la familia, los amigos, los paseos.

Llegamos a comer a Guadalajara, dejé a mi hijo en la oficina y enfilé rumbo a Ameca para seguir hacia Ahualulco de Mercado (tierra de mi abuelo materno), Etzatlán, San Marcos y Amatlán. Los paisajes, el clima, los árboles cargados de ciruelas todavía verdes, … el chiflido de los “aigres”.

Llegar al pueblo es integrarse a la vida de la comunidad, sin más trámite. Una de las cosas que me gustan es que la gente está muy bien enraizada. Muchos son emigrados, pero viven acá y mantienen sus costumbres. Se mueren y los traen de regreso, a donde pertenecen. No son ostentosos en modo alguno. Se organizan y comparten y se divierten jugando cartas, organizando reuniones para comer la variedad de platos que aportan, o las cubetas llenas de mangos de sus corrales, o los elotes recién cocidos, de su milpa. Ni los hombres ni las mujeres se visten “socialmente”. Es una maravilla sentirse libre para ser uno mismo.

Esa tarde fuimos a casa de Lupita, una amiga de mi hermano y su esposa, donde todas las tardes se reúnen a jugar cartas. Café, antojos y risas. Luego cayó un aguacero que agradecimos. Regresamos a la casa bajo la lluvia y yo descalza, recuperando sensaciones de mi infancia.

El sábado acompañé a mi hermano y dos de sus compañeros a Tepic. Iban a una reunión del Instituto Nacional Electoral, porque las elecciones municipales están en puerta. Mi cuñada se iría a Guadalajara a comprar algunas cosas. Mi plan era visitar a mi hermano Saúl y su esposa Cata. Salimos temprano y en el camino, a media sierra,  se tronó una llanta con una de las piedras de los deslaves provocados por la lluvia de la noche anterior. Piedras muy filosas que invaden la estrecha carretera que va de Amatlán a Ahuacatlán, en un camino lleno de curvas. La entrada por Ameca es mucho más plana y sin esas sorpresas. Poco más de una hora estuvimos detenidos, hasta que la llanta de refacción llegó.

A Tepic llegamos alrededor de las 9 :20 A.M. Había que cruzar la Alameda para ir al centro de la ciudad. De todas maneras, es la peregrinación obligada por/para mí.  Me senté en la banca de siempre y escribí una nota a mi ausente interlocutor. Estuve un rato y llamé a Saúl para preguntarle si estaba disponible. Iba saliendo al mercado de abastos, dijo, y se tardaría unas dos o tres horas. Nos comunicaríamos entonces para que pasara por mí o me fuera yo a su casa.

Almorcé, me puse al corriente en mis mensajes y decidí ir a buscar, otra vez, a mi amiga Raquel. El camino corto era recorrer la calle Morelia, que había evitado por casi 40 años. El Parque de la Madre, la “Secundaria Justo Sierra” (en la que estudiaron mis hermanos varones), la casa de Lupita Láscares (en remodelación), la casa que él reconstruyó y donde vivió (solo) hasta el último momento, para llegar a la calle Lerdo. Hacia la izquierda la casa de Raquel y luego la que fue de mi abuela María (paterna); hacia la derecha la escuela “Amado Nervo” donde mis hermanas y yo cursamos la primaria, frente a la que fue la academia de inglés de mi padre (que atendía por las tardes, después de su trabajo oficial), y luego el centro comercial de la ciudad.

Pregunté por Raquel a los vecinos, dado que la ocasión anterior no parecía que siguiera viviendo ahí. Una vecina me dijo que sí, pero que tenía que tocar fuerte y llamarla. En efecto, ahí estaba. Ella no me reconoció, a mí me costó trabajo asumir su deterioro. Empequeñecida físicamente, pero no en su afecto. Me dijo que cada que era su cumpleaños se acordaba del mío y ofrecía la misa por mí. Hay cosas que no recuerda, y es mejor. Pero sigue en tratamiento, con una ridícula pensión por orfandad cuando le negaron lo que le correspondía como hija única de sus padres. Tenía más de 30 años de no verla, y lo lamenté. Me contó de Lupita Láscares,  jubilada ya y que andaba de paseo en Europa; me contó de las Villalobos (Carmelita, que fue nuestra compañera, vive en Estados Unidos) y de Rosario Contreras de quien me dijo que vive en León. El resto de lo que queda de aquel grupo de amigas/compañeras de primaria y secundaria, parecen haberla excluido de cualquier actividad social. A mí me buscaron al iniciar el 2000 que para festejar que todas cumplíamos 50 años,  pero a Raquel (que vive en Tepic) no la contactaron. Yo no asistí porque no se me antoja convivir con gente que ha crecido de otras maneras y con otros estándares y preocupaciones. Con Raquel la amistad se prolongó a lo largo de todos los años que siguieron a la secundaria y conocí muy de cerca sus penas. No la busqué después de que me dio aquella noticia.

Después me fui al mercado, a llenarme los ojos de los colores de las frutas de mi pueblo y a buscar tejuino. Se me antojaba una torta del Flamingos pero había almorzado muy bien. Compré un par de bolsas huicholas y pomada de peyote en los puestos afuera del mercado. Entonces me llamó Manuel para decirme que ya era hora de regresar. Volví al Instituto Electoral y ahí me llegó el mensaje de Saúl, para vernos. Ya no hubo tiempo. Pero iré en la primera oportunidad.

Durante la jugada en casa de Lupita, esa tarde, se organizó la ida a El Salto (uno de los balnearios cercanos) para el día siguiente. Comunicación de boca en boca, el domingo éramos unas 40 personas a la sombra de los árboles disfrutando de un variopinto menú, con lo que cada quien decidió llevar. Tuvimos música de banda, nos refrescamos en las albercas llenadas por el arroyo, caminamos entre los árboles  del cerro, conversamos en grupos y me sentí muy relajada.

El lunes necesitaba estar sola. Me fui a caminar por la calzada que corre paralela al río y que se alimenta de los mantos sulfurosos que hay en Amatlán. Prudencio, el perrito de mi sobrina, fue mi compañero. Caminamos como 50 minutos tomando fotos de las flores, sentada a ratos en alguna piedra, antes de regresar. Mi hermano estaba en su consultorio, al lado de la casa, y mi cuñada en su trabajo. Me llené de la presencia de siempre, y me subí a la cama, como siempre. Cuando Manuel terminó su jornada, alrededor de las 3 P.M. fuimos a comer camarones y tuve un quiebre en público, al escuchar un pedazo de la canción. Mi hermano no dijo nada, la chica que nos atendía no supo qué hacer. Me controlé tanto como pude para terminar de comer. Pero el resto de la tarde lo pasé en aislamiento, leyendo un poco, y no fui a casa de Lupita.

Hoy tomé el camino de regreso. Al llegar a Guadalajara decidí continuar por la carretera libre a León, por los Altos de Jalisco. Solamente me detuve en San Julián a comprar algo de quesos. Poco menos de cinco horas de camino, pero llegué cansada y me dormí un rato.

Ya se acabó el día. Mañana Alma Rosa y yo iremos a la ópera, a ver/escuchar La Traviata. El viernes planeo ir a Celaya al Festival de Palabras al Viento y el sábado viene Martha Márquez, de regreso de San Luis Potosí rumbo a La Paz. Un fin de semana muy atractivo.

Me podría ir el domingo a Tepic para regresar el martes por la tarde, porque el miércoles 28 comienza el curso de verano en la universidad. Veremos si mi energía alcanza.

17 de marzo: paseo a Aguascalientes

Sunday, March 17th, 2013

Pues ya terminé mi tour! Alma Rosa y yo nos fuimos a Aguascalientes a comprar bordados, aprovechando mis puntos Banamex que no había gastado porque según yo la tarjeta estaba vencida. Lo bueno de ser tan distraida: ahorré de manera involuntaria 🙂  Afortunadamente más de la mitad de las tiendas de la calle Nieto estaban cerradas, porque hubiéramos terminado endeudadísimas!

El paseo fue muy agradable, con un clima parecido al de ayer: soleado pero no caliente. Nos fuimos por la carretera libre, sin problemas y sin correr. Llegamos directamente al centro de la ciudad a tomarnos un café en el Sanborns, en un edificio muy bonito. En la plaza principal se desarrollaban actividades diversas para animar a las familias. Un domingo muy provinciano en una ciudad muy tranquila.

Nos fuimos a la calle Nieto, que Alma Rosa recomendó como el mejor lugar para hacer las compras. Y sí encontramos muchas cosas hermosas y nada caras. Hasta un mantelito conseguí para mi mesa, a un precio ridículo. Muchas cosas  se me antojaron pero no las compré, como las sombrillas bordadas (para los próximos días de calor y sol) o los abanicos, y los rebozos.

Hallazgos en Aguascalientes

Hallazgos en Aguascalientes

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Recorrimos toda la calle hasta que se terminaron los puntos y el efectivo que llevábamos (no aceptaban tarjetas, gracias a Dios). Terminamos en una dulcería comprando antojos: dulces de guayaba y nueces garapiñadas.  Y nos fuimos a comer, frente a la catedral, un delicioso pozole.

No había mucho más que hacer y regresamos a León pasando por Lagos de Moreno. Eso sí: platicamos todo el viaje.  Y prometimos ahorrar para volver.

Han sido dos días divertidos, relajantes y llenos de amistad. Mañana es día de trabajar en mis pendientes y de preparar una botana salada que debo llevar al Colegio. Por lo pronto, es hora de descansar!

16 de marzo: paseo en Guanajuato

Saturday, March 16th, 2013

Pues sí, me fui a Guanajuato como lo tenía previsto aunque el viaje fue mucho más divertido y animado de lo que esperaba. Porque iba a irme en mi carro, sola. Planeaba hacer mis recorridos, comprar los dulces, ir a la Feria del Libro y regresar temprano. Pero por la mañana me llamó Alma Rosa y se ofreció a pasar por mí, pues ella iba a un compromiso con sus amigas. Pasó como a las 11 de la mañana, acompañada por una de sus amigas (que resultó ser la cumpleañera) y luego fuimos a recoger a otra antes de salir a carretera.

Conversamos todo el camino y solamente paramos para cargar gasolina. Alma Rosa escogió la carretera libre que yo no había transitado. Llegamos al centro de Guanajuato a reunirnos con la amiga que faltaba. Ellas se fueron a atender su compromiso y yo a realizar mis recorridos. Quedamos de vernos en el estacionamiento a las 5 P.M.

Crucé el Mercado Hidalgo nomás por los colores y olores, y luego por el Parque de San Fernando para llegar a la Universidad, dando un paseo. La Feria del Libro se desarrolla en el edificio anexo, el Ex Hospicio de la Compañía de Jesús. Practicamente no había más gente que los expositores, lo cual es triste. Encontré una edición bastante decente y económica de Rayuela (otro de los libros que tenía que recuperar), y compré un par de separadores para regalar. Hay muhos libros para niños y lo que se ofrece está a precios accesibles, aunque no hay una gran cantidad de títulos o temas.

Caminé por el centro para llegar a un cajero (porque en algún momento perdí parte del dinero que llevaba) entrando a los comercios para bobear. Encontré cosas interesantes pero no compré nada. Tomé un delicioso café turco acompañado por un dedo de novia en el Falafel de la calle Truco y recorrí la zona de la plaza principal antes de regresar al mercado.

Compré muchos dulces: los alfajores y la fruta cubierta para mi mamá, los enchilados para Jessy, los rollos de guayaba, de higo y de coco, los arrayanes en azúcar, las cajetas, y unos cuantos más. Una muñeca (vestida de azul) de cartón para mi má, para que recuerde su infancia. Luego me comí una muy buena torta de carnitas con un Boing de mango (mmm) en el mismo mercado (el bolillo de la torta es excelente, casi como un birote de Guadalajara) y salí rumbo a la dulcería fina que se encuentra a unos metro, para completar mi carga de dulces.

Regresé al parque de San Fernando a revisar mis mensajes y relajarme viendo pasar la tarde y la gente, y a las 4:30 me encaminé al estacionamiento. Alma Rosa y sus amigas estaban llegando también. Nos fuimos a la casa de Tere (la amiga que vive ahí) a conversar y tomar un refresco. Un rato muy agradable en un grupo que me hizo sentir como si fuera miembro habitual. Pero había que regresar a León.

Fue un día soleado aunque no caluroso, caminé mucho, comí deliciosamente, tengo nuevas amigas, y mi librero recuperó un libro importante. Mañana yo pasaré por Alma Rosa para irnos a Aguascalientes.

Ahora a descansar y dar gracias por tantas cosas buenas.

8 de diciembre: la cocina y yo

Saturday, December 8th, 2012

Mientras preparo la miel para los buñuelos, la masa reposa y las guayabas para un atole están casi en su punto. Subo por mi laptop, para darle forma a un proyecto que en dos años no ha encontrado el momento de inicio. Al bajar a la cocina me envuelve el olor de la canela, el clavo y las guayabas. Recordé la novela de Jorge Amado “Gabriela, clavo y canela” pero también los olores de la cocina de mi casa. Debo decir las cocinas: la de mi casa propiamente dicha y la de la casa de mi tía Cuca, que también era mi casa; las dos casas eran un gran espacio comunitario, con los corrales y patios en los que jugamos tanto como quisimos y en los que encontrábamos frutas y flores, la gran pila bajo los limos, y la resbaladilla en la que me rompí el cóccix, jugando a subirnos de espalda.

Antes, cuando partía en trozos el piloncillo (así será más fácil hacer un café de olla) el gusto de la melaza me recordó dos cosas: los costales de azúcar y las botellas de “melado” que los trabajadores del Ingenio de Menchaca le regalaban a mi papá, y el trapiche del rancho de mi tía Margarita (hermana de mi abuela Hilaria), lugar donde pasamos varios veranos viviendo la vida simple y tan tranquila del campo (sin electricidad ni cualquier aparato moderno), en la que querer la fruta era estirar la mano para cortarla, tener sed era acercarse a un ojo de agua para saciarla y tener calor era meterse al Charco Largo a nadar. Otra vida, otros tiempos.

Volviendo a la cocina, no encuentro un momento en que no haya habido algo rico preparado por mi madre, mi abuela o mi tía. Nosotros, mis hermanas y yo, nunca cocinamos ni aprendimos a hacerlo. Yo he recuperado algunas cosas a través de mi memoria del antojo. Así nacieron los tamales, el lomo en salsa de coca cola o de cerveza, la carne con chile, los chilaquiles, etc. en mi cocina, por la pura memoria. Luego, he tenido la fortuna de que mi madre me comparta algunas de sus recetas: el pollo en blanco, la capirotada, el rompope, las galletas de nata y el coffee cake, por ejemplo. Otras cosas provienen de mis antojos, recogidos en las tantas partes en las que he vivido, y de las recetas que se comparten en línea o en los libros que compré hace 33 años, cuando Pako nació, y que me permitieron alimentarlo de manera más o menos razonable y prepararle los pasteles de cumpleaños.

Creo que por eso me meto a la cocina, para recuperar las memorias de mi familia y recuperarme yo misma.