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30 de octubre: Mi “anillo de compromiso”

Monday, October 30th, 2017

Fue hace muchos años, supongo que en 2006 o algo así. Íbamos mi madre, mis dos hermanas y yo, y probablemente nos acompañaba mi sobrina Jessy que ahora se llama Renee. No recuerdo cuál de los grandes malls alrededor de Los Ángeles nos mostraba sus ofertas; en alguno de los pasillos encontramos una tienda de muebles y decoración, del tipo de cosas grandes y con pretensiones que a mí nunca se me ocurriría tener; entramos porque algo llamó la atención de mi hermana menor. En un cesto se mostraban pequeños accesorios.  Escuché la voz de mi amá al mismo tiempo que mis ojos se posaban en el contenido. Ella dijo “va a llorar”, pero para cuando las palabras encontraron sentido en mi cabeza yo estaba ya llorando, como ahora que regresa la vivencia.

Muy frecuentemente me escucharán decir que mi mamá me conoce poco; lo que quiero decir es que seguramente soy a la que menos conoce de sus tres hijas porque, desde hace 52 años, solamente pasamos juntas unas cuantas semanas al año; primero, en mis tiempos de estudiante, yo iba a Tepic en vacaciones pero no me quedaba encerrada en casa de mis padres, y me recuerdo conversando más con mi abuela y con mi padre que con ella, siempre ocupada en preparar antojos y hacerse cargo de los menores. Después, cuando comencé a trabajar, los periodos de vacaciones se redujeron; cuando me casé seguramente iba un par de semanas al año.

Nunca tuvimos pláticas “de mujeres” en las que me instruyera de alguna manera; nadie tuvo conmigo pláticas al respecto. Y tampoco se me ocurrió preguntar, porque no me pasaba por la cabeza que hubiera cosas que yo tuviera que saber. Mis amigas, bastante más avispadas que yo por lo que recuerdo, seguramente pensaban que no tenía caso compartir conmigo sus experiencias, a pesar de que mi compañía fuera requerida en sus escapadas con sus novios respectivos o que me pidieran asistir a un baile para que les dieran permiso de ir en sus casas. Muchos años después, cuando mi hijo pidió un psicólogo en preparación para la separación formal de su padre, el especialista tuvo una conversación conmigo; concluyó diciendo que era increíble que yo tuviera un hijo sin entender una palabra de la vida. Tenía yo 42 años.

No me sorprendí. Recordé que nadie contaba chistes delante de mí y que las conversaciones de las secretarias y algunos estudiantes cambiaban cuando escuchaban que yo me acercaba. Nunca entendí por qué y, la verdad, no me molestaba. No preguntaba por lo que, evidentemente, la gente creía que no me interesaba. Vivía y vivo en una burbuja en la que muchas cosas no entran o, si llegan a entrar, no les encuentro significado. Todo mundo se daba cuenta, excepto yo.

Entonces supongo que en mi entorno familiar ocurría lo mismo. No teniendo primas cercanas con quienes compartir mis pasatiempos ni mis conversaciones, nunca supe lo que significaba tener novio o las costumbres en los noviazgos o lo que se suponía que había que sentir. Para bien mío, nadie sembró prejuicios al respecto. Para mi mal, tampoco supe cómo reconocer ni interpretar mis sentimientos, menos aún cómo expresarlos.

De alguna manera mi madre me observaba en los pocos ratos que pasaba en Tepic. Se dio cuenta, indudablemente, de lo que me pasaba cuando en eventos deportivos a los que íbamos ella y yo con mi padre (partidos de básquet, torneos de lucha o box) o de otro tipo se hacía presente el amor de mi vida. Nos sabíamos sin ponernos de acuerdo; coincidíamos pero nos manteníamos separados intercambiando miradas y sonrisas que mi madre supo interpretar; se dio cuenta de lo que para mí significa desde entonces.

Éramos tal para cual, sin necesitar mucho más que esos intercambios de miradas o las conversaciones y risas en los jardines de Zacatenco (IPN), debajo de un árbol, o mientras me acompañaba a mi casa al regresar de la escuela, o algunas tardes paseando por la Alameda cercana. Tampoco él sabía de qué se trataba eso de ser novios, pero nos bastaba con lo que teníamos.

Mientras que yo administraba el dinero que mis padres me mandaban mensualmente para la renta y todos mis gastos, él vivía con sus dos hermanos teniendo la visita frecuente de su madre. Controlaban completamente sus acciones, excepto lo que ocurría en la escuela -los edificios contiguos de nuestras escuelas-, al no proporcionarle más que el dinero de los camiones del día (un camión de ida y uno de vuelta) y era imposible que lo destinara a otra cosa. Por mi parte, nunca cruzó por mi cabeza proponer salirnos de la ruta, irnos de pinta, tomar un refresco o un café o cualquier otra cosa.

Una vez me invitó al cine, y eso debió costarle un buen número de caminatas para ahorrarse lo del camión. No sé qué película vimos porque pasé el tiempo en suspenso, sin saber qué podría pasar; y supongo que le ocurrió lo mismo. No conversamos sobre la película, por supuesto; lo hicimos como siempre, sobre nosotros, sin un antes ni un después. Lo que importó siempre, en cualquier parte y en cualquier punto en el tiempo en que coincidiéramos, era el momento presente y nosotros dos de manera exclusiva.

No hubo regalos comprados, y no creo que hubiéramos gastado en ellos. Apenas alguna foto sobrante de los trámites escolares, cartas cuando uno estaba en Tepic y el otro en el D.F., una flor de plúmbago cortada al pasar, poemas sin más pretensión que dar cuenta del cariño, una pulsera amarilla de plástico encontrada en la caja del Fab …

Así llegó a mis manos el único objeto tangible que representa lo que nos une.

Mi madre guardó los poemas todo el tiempo que estuve casada. Me los entregó justo cuando puse fin al último compromiso, sin que yo esperara semejante regalo o intuyera su existencia. Supuse entonces que habría guardado también las cartas, la foto, la pulsera, pero no; eso desapareció en alguno de sus cambios de residencia, supongo. Ella conservó también la certeza de que nunca nadie ha significado para mí algo comparable a ese único, primer y definitivo amor. Y tal vez no me conozca mucho más, pero sabe lo más importante de mí y lo entiende. Y por eso estaré siempre agradecida. Por cierto, el otro gran amor de mi vida, mi hijo, también lo sabe y lo entiende.

Hace unos dos o tres años fui invitada al festejo de cumpleaños número 15 de una amiguita; antes de salir de su fiesta me entregó un cucurucho con dulces que abrí al llegar a mi casa. Había una delgada pulsera amarilla al fondo, misma que uso permanentemente desde entonces. Lilí se disculpó por la sorpresa cuando compartí el hallazgo en Facebook; al contrario, le dije, era para mí y te lo agradezco.

La pulserita se ha ido resquebrajando y era momento de pensar en el reemplazo. Ayer encontré en el Mercado de San Juan de Dios, en Guadalajara, cinco ejemplares. Como las del Fab, sencillas y sin más valor que el que yo les concedo, que es muy grande.

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La quinta la tengo puesta. Mi “anillo de compromiso”.

8 de marzo: Sueño y sueños

Sunday, March 8th, 2015

Desperté y tenía mucho sueño. 

La noche anterior me había dormido temprano, antes de las 11 P.M., cansada del ajetreo. Habían sido doce horas entre trabajo y caminatas, subiendo y bajando escalones, cargando mi backpak y mi bolsa/portafolios. El único espacio libre totalmente había sido el de la comida, sin apresuramientos y sentados cómodamente, recuperando algunos de los detalles de la sesión de trabajo.  

Al terminar los pendientes, al filo de las 8:30 P.M., caminé hasta mi hotel envuelta en la luz de la luna llena, asomada entre los nubarrones que habían hecho presentir una lluvia que nunca llegó, y acompañada por el aullar de un viento que con violencia había enfriado una tarde amable; solamente paré para cenar unos tacos. 

La habitación invitaba al descanso y me quedé dormida tan pronto apagué las luces, pero desperté a las 2:50 A.M. en el silencio absoluto; vi la hora en el celular que me sirve de reloj. El espacio estaba tan iluminado como si hubiese encendido la lampara del buró; supuse que mi fantasma había decidido acudir para velar mi sueño, viajando en alguno de los rayos de luna, y me volví a dormir. Desperté a las 6:30, lista para organizarme y regresar para ir a trabajar.

Pero desperté con sueño. El café del Starbucks, el único lugar abierto aparte de los OXXO, apenas me ayudó a llegar a clase. Ya en casa, medio organicé las cosas que traía cargando y me  dispuse a dormir de nuevo. Aunque generalmente no puedo dormir de día, en esta ocasión ni el sol entrando a través de la persiana ni los ruidos del vecindario lo impidieron.

Me estiré, el brazo izquierdo sobre el derecho, y sentí que alguien  tomaba mi mano. Me incorporé molesta al ver al visitante sentado tranquilamente al borde de mi cama, como si ese lugar le perteneciera. ¿Qué estás haciendo aquí? Pregunté casi en un grito. “Decidí que valdría la pena volver”, dijo el visitante. ¿Decidí? ¿Y a quién le importa lo que tú decidas? ¡Vete! Esta vez sí fue un grito. 

Mientras se ponía de pie observé que estaba menos acabado de lo que yo hubiera esperado, pero me irritaba sobremanera su presencia y ese jodido pensamiento de creer que si lo decide, es un hecho. Ni al caso. Todavía trató de “hacerme entender” que valdría la pena reintentar vivir juntos. ¡Vete ya! ¡No quiero verte cerca de ninguna manera! dije mientras abría la puerta para que saliera. Ni siquiera se me ocurrió preguntarle cómo había entrado a mi casa, a mi recámara. 

Entonces escuché el grito del que vende agua, y los toquidos en todas las puertas. Miré el reloj del celular: eran las 2:50 P.M. y había dormido por poco más de una hora. 

No todos los fantasmas son bienvenidos.

16 de diciembre: días de amigos y de relax

Sunday, December 16th, 2012

Es el inicio de la temporada navideña ¡las posadas comienzan hoy! Y en tres días estaremos totalmente de vacaciones. Los amigos se van para estar con sus familias, otros están llegando a la ciudad y  comenzamos a organizar las reuniones en pequeños grupos. ¡Han comenzado las fiestas realmente!

Me he reunido con los amigos que apenas he conocido “en vivo” y que participan en el área cultural de la ciudad. Una muy agradable velada, en mi casa. Luego, con mis ex alumnas y ex compañeros del Tec, para recuperar la amistad, recordar otros tiempos y actualizarnos, en restaurantes. Aunque las redes nos han permitido estar al tanto de los cambios en nuestras vidas, nada como la conversación fresca, en vivo, para una verdadera reconexión. Hay algunas amigas a las que todavía no veo, ocupadas en sus trabajos.

Tenemos a favor los días de las próximas dos semanas, pero cuando Pako esté en casa seré madre al 100%… aunque con la independencia de cada uno, por supuesto.  Será divertido, agradable y muy relajante. De hecho, el relax ha comenzado. Sí, hay muchas cosas que quiero hacer, mucho que quiero aprender y muchas lecturas a medias, pero esta semana me muevo a otro ritmo, paso más tiempo en la cocina, organizo mis cosas, hago alguna siesta, camino… y salgo con mis amigos!

En mis caminatas encontré unos hermosos muebles antiguos, y una especie de botica en la que venden aceites y extractos de plantas, entre ellas esencia de azahar (para hacer madeleines)! Hoy encontré botellitas de grappa (hecha en Celaya), unas cajitas hermosas y muchas más cosas en el mercado de Granjeros de la ciudad. Es bueno estar aquí, aunque extrañe tantas cosas y a mis amigos de Tijuana.

Mañana participo en una reunión con el grupo de cultura y seguro será una buenísima experiencia. Claro, también tendré que calificar los exámenes finales de las niñas del Colegio para entregarlos el martes, y subir las calificaciones. Y el miércoles tendremos el cierre del semestre. Pero luego será puro tiempo libre!

Por lo pronto es hora de dormir, para estar muy despierta en estos últimos días de trabajo.