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3 de enero: Esperanza y fe

Thursday, January 3rd, 2019

Fue mi primera ida al centro de la ciudad después de un par de meses, por lo menos.

En el Descargue Estrella realicé mis compras, las previstas y algunos antojos imprevistos,  y luego me acerqué a una sencillísima birriería. Mientras esperaba que el taquero y su mujer, cualquiera de los dos, escuchara mi pedido de dos tacos, sentí una mano dándome una ligera palmada en la espalda. Volteé a mi lado izquierdo para encontrar la cara risueña de una chiquilla, con algunas pecas y unos dientecillos más torcidos que los míos. Cómpreme una bolsita de té de limón por diez pesos, dijo muy amistosamente. Le ofrecí un taco, como respuesta; lo pensó y aceptó. Hasta entonces le pagué la única bolsita que traía en su mano, con tres manojitos de té de zacate limón como el que mi abuela cultivaba en su jardín para prepararnos bebidas confortantes. Dijo, sin embargo, que “allá” todavía tenía mucho más para vender.

Por fin, la mujer del taquero se acercó para tomar mi orden: dos tacos para mí y uno para la niña, pedí. Antes le había preguntado si quería algo más y había negado con la cabeza. Lo que quería era conversar, definitivamente, y me eligió a mí, lo cual no es poco honor.

¿Eres de aquí?, preguntó. Le respondí que no, que soy de Tepic pero que hace un rato que vivo en León. Pregunté a mi vez y dijo que es de Don Francisco, un pueblo o rancho cerca de San Miguel de Allende. Luego, respondiendo a mis preguntas, dijo que vive con sus padres y que ellos cultivan las plantas que luego traen para vender a este mercado, en forma de tés y otras hierbas; viene y regresa con ellos a su pueblo. El lunes hay que estar en la escuela, aseguró.

Hablamos de la familia: yo conté que somos seis y que soy la mayor; ella me dijo que son siete, que la mayor es una niña (sic) de 16 y que ella es la cuarta, tiene ocho años; son cinco niñas y dos niños. Una chiquilla muy desenvuelta, muy abierta, muy honesta; recargaba ligeramente su cuerpo sobre su brazo izquierdo mientras conversaba.

Le pregunté por la escuela: sabe leer bien, dice, y no lo dudo porque se ven las chispas titilando a través de su mirada. Las miradas no se fingen a esa edad. Le gusta la escuela, va en segundo año y quiere estudiar “la secu” y convertirse en maestra. Comenté que yo soy maestra y me hizo detallarle mi trabajo y mi recorrido, si estoy de vacaciones y cómo trabajo. En su escuela, dijo, tienen biblioteca, buenos maestros y conexión a Internet. Una niña satisfecha, contenta, es algo muy precioso en estos tiempos.

Había comido su taco con lentitud, alargando la conversación (había desayunado con sus padres), pero en ese punto se levantó sin haber terminado lo que le sirvieron, dio las gracias y se fue.

Regresé a mi casa, animada por lo que representa una chiquilla que sabe lo que quiere a una edad en la que yo (creo) iba a la escuela porque me hubiera aburrido mortalmente dentro de mi casa.

Mis compras, incluido el té de limón:

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26 de diciembre: Tarea 1 del Taller 2. Mi hijo

Wednesday, December 26th, 2018

Segundo texto de mi tarea.

Cena con Pako el 24 de diciembre de 2014

A mediados de ese año se había ido a trabajar a Hyderabad, pero había venido a pasar aquí (y Guadalajara y CDMX) dos semanas de vacaciones. Primero los amigos, siempre.

Salió de casa después de almorzar, hacia el mediodía, para ayudar a Luis Alejandro en el depósito de cerveza, mientras conversaban. Llamó para avisar que Luis Alejando y su novia cenarían con nosotros. Usualmente preparo diferentes antojos para su estancia: tamales, carnitas, galletas de nata, rollitos de membrillo, tacos de pollo para dorar, ravioles, etc.; en diciembre añado buñuelos y hasta una cacerola de bacalao (para hacer tortas) más por los amigos que pueden caer a pasar la tarde/noche, jugando dominó o videojuegos, que por nosotros. Nunca hago pasteles, flanes o gelatinas. Vinos, mezcal, tequila y otros licores nunca faltan; ni los paquetes de café para cualquier tipo de preparación, en su respectiva cafetera.

Iban a dar las 6 de la tarde cuando llamó para “recordarme” que había salido muy temprano de casa y sin desayunar, respondí con un recuento de su mañana en casa. Insistió y acabé con un “OK”, sin entender. Hay dos cosas prohibidas en esta casa: las mentiras y las faltas de respeto.

Llegó a casa acompañado por la novia que todavía tenía en Guadalajara, quien había decidido “caer” sin invitación a lo que ella suponía un festejo en forma. Le expliqué que nuestra celebración, en cualquier época del año, consisten en estar juntos y disfrutar de las actividades que nos interesan: cine, música, libros y largas conversaciones. Apenas llegando, mi hijo anunció que Luis Alejandro y su novia habían cancelado la visita.

Una hora más tarde puse la mesa y enlisté el menú. Pako se sentó en su lugar habitual, la esquina derecha frente a la ventana, y procedió a servirse un tamal verde mientras hacía elogio de mis preparaciones. Al tamal siguió una torta de bacalao, y un par de buñuelos en miel de piloncillo para acompañar el café. Durante ese tiempo conversamos, como siempre, tratando de incorporar a la chica a las conversaciones.

Pako disfruta de la comida de una manera muy zen, degustando cada bocado y disfrutando de la compañía, cuando está en confianza. En su decir, si se trata de comer de carrera, vamos al Oxxo por unos tacos o por una hamburguesa a McDonald’s. Conversa mientras come, y sus ojos almendrados se entrecierran al reír o al recordar vivencias, especialmente las que involucran amigos que conserva desde la infancia y adolescencia; al color café de sus ojos se agregan destellos dorados. Un “¡Ah!, ¿Sabes a quién me acabo de encontrar?” anticipa anécdotas, risas, exclamaciones y gestos de incredulidad, sorpresa, satisfacción o, en algunos casos, pesadumbre. Ocasionalmente se chupa un dedo que acabó metido en la torta o cubierto de miel, sin que le pase por la cabeza que otros pueden incomodarse. Es también regla de la casa: cada uno come a su modo, como se sienta cómodo y no como visita formal. Nunca comemos de mal humor, de manera que la conversación es muy animada, llena de sonrisas y complicidades comunicadas con los ojos y alguna mueca elevando las rectas cejas; la boca puede acompañar el gesto, curvándola hacia abajo y, en ese movimiento, la barbilla recta se adelantará un poco.

Cruza una pierna sobre la rodilla de la otra, la espalda descansando sobre el respaldo de la silla, durante el disfrute del café que siempre prepara él mismo, manteniendo en todo momento la conversación y el recuento de todo lo que ha hecho. Durante esa cena hablamos de los libros que habíamos comprado un año antes, en la FIL de Guadalajara, en la que habíamos recorrido varias veces los pasillos hasta encontrar Persépolis, como regalo para la novia, quien no nos había acompañado en ese evento. Mi hijo y yo seguimos conversando y sacó el iPad para mostrarme los avances del juego en el que trabajaba. En momentos como ese la mirada y la actitud cambian denotando concentración en los detalles, los codos sobre la mesa y la cabeza y las manos dirigidas hacia mí para involucrarme no en el juego mismo sino en el diseño. Mientras, me contaba las dificultades de la interacción con su equipo indio. Hice un alto con la mano (uno de los gestos que aprendió de mí) para señalarle la hora, y decirle que habían pasado casi dos horas desde que su chica había abandonado la mesa, y que le tocaba ir a hacerse cargo. Dejó salir un ¡Ah! acompañado de unos ojos como platos, dándose cuenta de lo abstraído que había estado; guardó el iPad, ayudó a recoger la mesa; agradeció, me dio un beso en la frente y dijo buenas noches.

Solos, sin visitantes, hubiéramos merendado algo hacia las 7 P.M. y luego hubiéramos hecho un bonche de palomitas de maíz o hubiéramos pedido una pizza, antes de subirnos a la cama para ver un montón de películas (compradas para la ocasión). Esa ha sido nuestra manera de celebrar, lo que ocurre cada vez que nos reencontramos. Netflix ha sustituido la compra de películas desde hace un tiempo.

En este momento (4 P.M del 8 de noviembre) está llegando a Cancún. El martes próximo volará para llegar a casa. Mientras, me organizo para tener los antojos listos.

 

6 de marzo: Mi única oferta

Tuesday, March 6th, 2018

Conversé contigo largamente la noche del 4 de marzo. Era la víspera del 42 aniversario de mi matrimonio, y necesitaba tu compañía.

Volví a repasar cómo llegamos a perdernos durante muchos años, y cómo volvimos a encontrarnos a través de los sueños y otras manifestaciones y coincidencias.

Regresé a la noche del 31 de diciembre de 1969, cuando entendí que tu familia nunca me aceptaría y decidí alejarme. No dije nada cuando terminaste de cantar, sentados todavía a la mesa en que tu madre nos sirvió algo para evitar que bailáramos y siguiéramos conversando, los platos en lados opuestos de la mesa. No entendí por qué esa letra pero tampoco me sentí mal por ella; te convencieron de algo que no era o se trataba de una manera de hacerme reaccionar. Me puse de pie, di las gracias y abandoné la reunión en la que coincidimos.

No soy de confrontaciones, por supuesto. Ni siquiera para defenderme de habladurías y juicios gratuitos. Mucho menos lo haría para ponerte en situación de elegir.

¿Qué podías ofrecerte yo? Entonces y ahora nada, excepto a mí misma, mi compañía y compartir contigo cualquier cosa. Tampoco podía darte certezas ni establecer plazos.

No podía ofrecerte una familia, por supuesto; hubiera sido estúpido dada la edad que teníamos, nuestra absoluta dependencia económica de nuestras familias respectivas, la etapa que vivíamos, y nuestro total desconocimiento de la vida.

Te lo repetí: entonces no podía ofrecerte nada más que lo que yo era: yo misma y nada más. Y lo mismo te hubiera dicho cuando decidí buscarte, suponiendo que fueras libre (y lo eras, en todos los sentidos, cuando una o varias balas te liberaron también del resto de las ataduras), y te habría dicho que era para siempre. Lo mismo te diría ahora: no tengo otra cosa que yo misma, y es la única oferta, válida hasta el fin de todos los tiempos.

Tiene que ver con uno de mis sueños: nosotros y nuestros hijos respectivos, viajando en una carreta, sin ninguna otra pertenencia. Sonreías, sonreíamos, y era un sueño feliz.

Al día siguiente encontré, en Instagram, que alguien había escrito una oferta semejante. Agradecí la coincidencia.

Ese es nuestro pacto. Y lo acepto.

30 de octubre: Mi “anillo de compromiso”

Monday, October 30th, 2017

Fue hace muchos años, supongo que en 2006 o algo así. Íbamos mi madre, mis dos hermanas y yo, y probablemente nos acompañaba mi sobrina Jessy que ahora se llama Renee. No recuerdo cuál de los grandes malls alrededor de Los Ángeles nos mostraba sus ofertas; en alguno de los pasillos encontramos una tienda de muebles y decoración, del tipo de cosas grandes y con pretensiones que a mí nunca se me ocurriría tener; entramos porque algo llamó la atención de mi hermana menor. En un cesto se mostraban pequeños accesorios.  Escuché la voz de mi amá al mismo tiempo que mis ojos se posaban en el contenido. Ella dijo “va a llorar”, pero para cuando las palabras encontraron sentido en mi cabeza yo estaba ya llorando, como ahora que regresa la vivencia.

Muy frecuentemente me escucharán decir que mi mamá me conoce poco; lo que quiero decir es que seguramente soy a la que menos conoce de sus tres hijas porque, desde hace 52 años, solamente pasamos juntas unas cuantas semanas al año; primero, en mis tiempos de estudiante, yo iba a Tepic en vacaciones pero no me quedaba encerrada en casa de mis padres, y me recuerdo conversando más con mi abuela y con mi padre que con ella, siempre ocupada en preparar antojos y hacerse cargo de los menores. Después, cuando comencé a trabajar, los periodos de vacaciones se redujeron; cuando me casé seguramente iba un par de semanas al año.

Nunca tuvimos pláticas “de mujeres” en las que me instruyera de alguna manera; nadie tuvo conmigo pláticas al respecto. Y tampoco se me ocurrió preguntar, porque no me pasaba por la cabeza que hubiera cosas que yo tuviera que saber. Mis amigas, bastante más avispadas que yo por lo que recuerdo, seguramente pensaban que no tenía caso compartir conmigo sus experiencias, a pesar de que mi compañía fuera requerida en sus escapadas con sus novios respectivos o que me pidieran asistir a un baile para que les dieran permiso de ir en sus casas. Muchos años después, cuando mi hijo pidió un psicólogo en preparación para la separación formal de su padre, el especialista tuvo una conversación conmigo; concluyó diciendo que era increíble que yo tuviera un hijo sin entender una palabra de la vida. Tenía yo 42 años.

No me sorprendí. Recordé que nadie contaba chistes delante de mí y que las conversaciones de las secretarias y algunos estudiantes cambiaban cuando escuchaban que yo me acercaba. Nunca entendí por qué y, la verdad, no me molestaba. No preguntaba por lo que, evidentemente, la gente creía que no me interesaba. Vivía y vivo en una burbuja en la que muchas cosas no entran o, si llegan a entrar, no les encuentro significado. Todo mundo se daba cuenta, excepto yo.

Entonces supongo que en mi entorno familiar ocurría lo mismo. No teniendo primas cercanas con quienes compartir mis pasatiempos ni mis conversaciones, nunca supe lo que significaba tener novio o las costumbres en los noviazgos o lo que se suponía que había que sentir. Para bien mío, nadie sembró prejuicios al respecto. Para mi mal, tampoco supe cómo reconocer ni interpretar mis sentimientos, menos aún cómo expresarlos.

De alguna manera mi madre me observaba en los pocos ratos que pasaba en Tepic. Se dio cuenta, indudablemente, de lo que me pasaba cuando en eventos deportivos a los que íbamos ella y yo con mi padre (partidos de básquet, torneos de lucha o box) o de otro tipo se hacía presente el amor de mi vida. Nos sabíamos sin ponernos de acuerdo; coincidíamos pero nos manteníamos separados intercambiando miradas y sonrisas que mi madre supo interpretar; se dio cuenta de lo que para mí significa desde entonces.

Éramos tal para cual, sin necesitar mucho más que esos intercambios de miradas o las conversaciones y risas en los jardines de Zacatenco (IPN), debajo de un árbol, o mientras me acompañaba a mi casa al regresar de la escuela, o algunas tardes paseando por la Alameda cercana. Tampoco él sabía de qué se trataba eso de ser novios, pero nos bastaba con lo que teníamos.

Mientras que yo administraba el dinero que mis padres me mandaban mensualmente para la renta y todos mis gastos, él vivía con sus dos hermanos teniendo la visita frecuente de su madre. Controlaban completamente sus acciones, excepto lo que ocurría en la escuela -los edificios contiguos de nuestras escuelas-, al no proporcionarle más que el dinero de los camiones del día (un camión de ida y uno de vuelta) y era imposible que lo destinara a otra cosa. Por mi parte, nunca cruzó por mi cabeza proponer salirnos de la ruta, irnos de pinta, tomar un refresco o un café o cualquier otra cosa.

Una vez me invitó al cine, y eso debió costarle un buen número de caminatas para ahorrarse lo del camión. No sé qué película vimos porque pasé el tiempo en suspenso, sin saber qué podría pasar; y supongo que le ocurrió lo mismo. No conversamos sobre la película, por supuesto; lo hicimos como siempre, sobre nosotros, sin un antes ni un después. Lo que importó siempre, en cualquier parte y en cualquier punto en el tiempo en que coincidiéramos, era el momento presente y nosotros dos de manera exclusiva.

No hubo regalos comprados, y no creo que hubiéramos gastado en ellos. Apenas alguna foto sobrante de los trámites escolares, cartas cuando uno estaba en Tepic y el otro en el D.F., una flor de plúmbago cortada al pasar, poemas sin más pretensión que dar cuenta del cariño, una pulsera amarilla de plástico encontrada en la caja del Fab …

Así llegó a mis manos el único objeto tangible que representa lo que nos une.

Mi madre guardó los poemas todo el tiempo que estuve casada. Me los entregó justo cuando puse fin al último compromiso, sin que yo esperara semejante regalo o intuyera su existencia. Supuse entonces que habría guardado también las cartas, la foto, la pulsera, pero no; eso desapareció en alguno de sus cambios de residencia, supongo. Ella conservó también la certeza de que nunca nadie ha significado para mí algo comparable a ese único, primer y definitivo amor. Y tal vez no me conozca mucho más, pero sabe lo más importante de mí y lo entiende. Y por eso estaré siempre agradecida. Por cierto, el otro gran amor de mi vida, mi hijo, también lo sabe y lo entiende.

Hace unos dos o tres años fui invitada al festejo de cumpleaños número 15 de una amiguita; antes de salir de su fiesta me entregó un cucurucho con dulces que abrí al llegar a mi casa. Había una delgada pulsera amarilla al fondo, misma que uso permanentemente desde entonces. Lilí se disculpó por la sorpresa cuando compartí el hallazgo en Facebook; al contrario, le dije, era para mí y te lo agradezco.

La pulserita se ha ido resquebrajando y era momento de pensar en el reemplazo. Ayer encontré en el Mercado de San Juan de Dios, en Guadalajara, cinco ejemplares. Como las del Fab, sencillas y sin más valor que el que yo les concedo, que es muy grande.

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La quinta la tengo puesta. Mi “anillo de compromiso”.

15 de noviembre: De los vericuetos en la mente de cada uno

Tuesday, November 15th, 2016

Después del curso taller en Aguascalientes, hace poco más de dos semanas, y mientras disfrutaba de una excelente comida con César, Carmen y Elías, conversando como hace mucho tiempo no lo hacíamos, Elías comentó respecto a lo que yo narraba: “¿por qué a mí no se me ocurre eso?”

Uno va creciendo, generando sus propios códigos mientras va separando lo que le gusta de lo que no, lo que está dispuesto a compartir con el mundo, lo que comparte con muy pocas personas y lo que es privado. Al mismo tiempo aprende a respetar el derecho de los otros a su privacidad. Bueno, eso es lo que a mí se me ocurre y es una de mis construcciones y uno de mis códigos. Lo otro, la intromisión en la vida y el pensamiento de los otros, es algo que simplemente no se me ocurre hasta que resulto afectada. Y sí, hago un gran escándalo de lo que para algunos, con toda seguridad, no es más que un incidente.

Alguna vez tuve un diario, seguramente regalo de alguna de las pen pals que teníamos en las clases de inglés, en la secundaria. Era rojo con un par de líneas doradas y tenía llave. No recuerdo qué escribí en él, en una época en que ni siquiera prestaba atención al mundo ni, mucho menos, a esos seres de los que había tres en mi casa y que se reunían con otros similares y con los que ocasionalmente tenía que convivir. Conservaba el diario guardado en el cajón de mi ropa, en la cómoda compartida con mis hermanas, un cajón para cada una. Un día descubrí que la cerradura había sido violada; me deshice de él y nunca volví a escribir mis pensamientos, hasta la creación de mi blog personal en WordPress, hace unos seis años.

Mientras leo Nadie me verá llorar, de Cristina Rivera Garza, me queda claro que uno puede dedicar una parte de su vida a indagar sobre los orígenes y la vida de una persona de la que se ha obsesionado o que lo ha fascinado, en un afán de conocerla a fondo y tratar de comprender lo que la ha llevado a ser lo que es; y que la investigación puede ser profunda y cuidadosa, al modo de un investigador que se documenta para escribir una biografía, un hecho histórico, y similares.

Cierto que a mí eso no se me ocurre, ni siquiera para conocer mis orígenes. Ocurre en ocasiones que, conversando con mi madre y mi familia cercana, particularmente los mayores que yo, descubro que tengo parientes cercanos de los cuales nunca había sido consciente -como los otros hijos de mi abuelo paterno, a los que conocí seguramente en su propia casa, con su madre y mi abuelo pero que nunca integré a mi familia hasta que me lo hicieron ver. O el nombre completo de ese mismo abuelo, o la personalidad que fue mi abuelo en la vida política en mi ciudad natal.  Hay cosas sobre la vida de mi propio padre, particularmente sobre su vida como docente y como defensor de los derechos de los trabajadores, de las que me he enterado por aquellos que fueron tocados por él y he agradecido mucho las historias compartidas que refuerzan mi conocimiento de su valor como persona dentro de una amplia comunidad que lo reconoce. Pero nunca pregunté sobre sus vidas, sobre sus amistades, sobre sus motivos, y ni se me hubiera ocurrido ponerme a hacer cábalas al respecto. Sé solamente lo que me ha sido confiado de manera directa y lo que resulta de mi observación.

Nada de la vida personal de los otros estaba en la conversación de mi abuelo (un hombre muy callado, amable y discreto, por cierto) o en la de mi padre que nunca se metía en los asuntos de los demás. Del lado femenino de mi familia desconozco las historias, en general. Mi madre me ha venido enterando de algunas, cuando se acuerda de algo que le parece significativo. Mi abuela cantaba y contaba historias pero no chismes, y tampoco se entrometía en las vidas ajenas.

Y yo no pregunto, sencillamente porque odio que me interroguen. Cuento todo lo que se me ocurre y me ocurre a lo largo del día; cuento mucho de mi actividad docente y profesional; desnudo mi sentimiento en muchas de las publicaciones en mi blog, en mis historias -cuentos, les llaman, aunque yo no sea realmente cuentista, en las canciones que comparto, etc. Pero nadie tiene derecho a interrogarme sobre lo que no comento. Y a nadie le concedo el derecho a escuchar/leer lo que no le está destinado.

Mi hijo aprendió que las puertas cerradas indican privacidad y solamente se llama si hay un motivo válido; que la correspondencia solamente puede ser abierta por su destinatario; que las aplicaciones en los dispositivos electrónicos, etc. son privados aunque se encuentren abiertos y abandonados; y que uno no hurga en las pertenencias de los otros, por ningún motivo.

Intervenir la correspondencia y las conversaciones y/o darse los medios para hacerlo, de cualquier manera, es o debería ser un delito. Denota, a mi parecer, la falta de seguridad y el consecuente deseo de control de quien lo comete. Y me recuerda a esas personas que son las últimas en abandonar una reunión con la esperanza de que nadie se quede comentando algo sobre ellas. Enfermos, además de delincuentes.

De las relaciones de mis amigos, sus familias, sus amores, sus errores, etc., me voy enterando cuando me lo van contando. Hay muchas cosas que no sé ni de ellos ni de las vidas de mis hermanos. Lo mismo con la vida de mi hijo: conozco aquello que me ha querido compartir o lo que sus amigos sueltan en alguna conversación. Y, de todos, lo que observo y de lo que derivo algunas conclusiones que a veces resultan muy acertadas, a la luz de los acontecimientos siguientes.

Pero no indago sobre las vidas de las otros. De repente veo que dos de mis amigos están comentando algo y que se han vuelto amigos (lo que eso significa en las redes sociales). A veces me sorprende y generalmente es grato, pero nunca me pregunto cómo es que surgió esa amistad o lo que está detrás de ella. No me interesa saber quiénes son los amigos de mis amigos ni sobre sus familiares o lo que conversan entre ellos. Ni siquiera si conversaran sobre mí (de lo que ni me entero).

Lo dije ayer: lo peor que me puede suceder es que no encuentre una manera segura de conversar con la gente que más quiero, pensando en que lo que escribo o digo puede ser leído o escuchado por alguien a quien no está destinado porque se ha dado los medios para hacerlo. Y no, no hay complots ni planes contra alguien en esas conversaciones (esos los hago públicos). Se trata, simplemente, de conversaciones privadas. Y detesto la idea de que puedan ser intervenidas.

Mucho ruido y pocas nueces, dirán algunos. Para mí es crucial.

1 de febrero: La bendición que es Pako

Sunday, February 1st, 2015

Sé que la mayoría de las madres, si no es que todas, creemos que nuestros hijos son lo máximo; y sé que todos los que nos ven y nos escuchan se quedan con las ganas de decirnos que somos madre cuervo y que no todo es miel sobre hojuelas. Y algunos hasta quisieran salpicarnos con algunos cuentecillos para que le bajemos al elogio.

A Pako lo conozco casi mejor que a mí misma, y hasta puedo anticipar muchas de sus respuestas y reacciones. Conozco sus debilidades y la mayor parte de sus defectos; muchos de ellos son copia de los míos y cuando me he reconocido, al renegar de alguno de los que observo, no puedo menos que aceptar que lo ha heredado y lo ha aprendido. Dulce (aka La Morra) dijo que platicar con ambos es como platicar conmigo dos veces.

Por supuesto que no es mi copia, sino un refinamiento interesante. Mucho más generoso que yo, recuperando características de mi madre; mucho más capaz para aprender y desarrollar habilidades, recuperando las de mi padre. También es más terco, más radical, menos consecuente con la estupidez, y más paciente, tolerante y atento con los que ama de alguna manera. La amistad es lo que más valora, y la formalidad y las apariencias lo que menos le importa. Su sueño: tener dinero suficiente para impulsar una regeneración de la cultura nacional a través de la música y el arte.

Tenerlo en casa es la celebración. Puede ser en la temporada de fiestas, como Navidad o Semana Santa, o cuando decide tomarse el tiempo para compartir conmigo -como ahora, previo a su viaje a la India. Celebrar, para nosotros, es compartir alimentos, videos, películas, lecturas, caminatas y, sobre todo, conversar. Hacer planes a corto y a largo plazo, y llevarlos luego a la práctica, aunque algunos no se realizan porque las circunstancias cambian.

Y no, no estamos juntos todo el día porque cada uno necesita su espacio, desde siempre, y no interferimos. Ahora yo estoy tranquilamente en mi cama, leyendo, escribiendo y checando los avances del partido de tiempo en tiempo; Pako se fue con sus amigos después del café de la sobremesa.

Si todo va como se espera, estará una semana en India y regresará para organizar su estancia allá por dos años, al menos. Ayer conversábamos sobre lo que puede interesarles, además de sus habilidades y la experiencia en su trabajo. Primeramente, creo yo, la disponibilidad y facilidad para moverse de un lugar a otro, sin ataduras ni cargas; luego, el que no tenemos costumbres ni tradiciones que nos hagan viajar para regresar a casa en fechas críticas, ajenas a las costumbres de aquel país; también, la voluntad para aprender de otras culturas y disfrutar las diferencias. No es poca cosa haber aprendido a lidiar con una madre terca y exigente. Y no es poca cosa saber que en ninguna circunstancia lo presionaría de manera alguna para hacerlo regresar a cuidarme o atenderme. Así fue en mi casa y así es con él.

Al inicio del año habíamos planeado que lo acompañaría a San Francisco, en un viaje de trabajo para él, para celebrar allá mi cumple. El plan cambia, por supuesto, en términos de sus nuevas perspectivas y de mis nuevas actividades. Ahora el plan es ir al D.F., visitar algunas exposiciones, ir a comer al Mercado Roma y regresar a León. Será cuando vuelva de su viaje y suponiendo que sí se vaya a trabajar a aquella parte del mundo.

Pero lo seguro es la compañía y el disfrute de estos días. Y a eso me dedicaré, sin dudarlo. El tesoro que son estos momentos es mi mejor regalo.

24 de diciembre: disfrutando de la compañía del hijo

Wednesday, December 24th, 2014

Llegó el domingo en la noche, y se puso a trabajar. El lunes platicamos durante el almuerzo, luego en mi cuarto de trabajo, después en los trayectos de ida y vuelta a La Gran Plaza, a donde fuimos a ver la última entrega de El Hobbit. Muchas opciones, muchos proyectos y a saber por cuál se decidirá al final.

El martes continuamos conversando sobre los avances de sus proyectos, sin saber todavía para donde apuntará la perinola, cuando la suelte. Surgió la posibilidad de viajar a San Francisco, como mi regalo de cumpleaños. Dependerá de lo que haya como trabajo pero, de entrada, es un entusiasta sí.

Un proyecto que define cada vez más claramente es el apoyar la creación/re creación de una cultura nacional a partir de experiencias artísticas. La música, particularmente, sería su apuesta si consigue los medios. Y me siento muy recompensada. No le interesa tener dinero o tener una gran casa o un gran carro. Es generar ingresos suficientes para apoyar la creación de ese tipo de música no comercial. Y claro, hablamos de la música y los músicos; de la canción de protesta a los cantantes actuales, productos comerciales sin propuestas significativas. Hablamos del valor de la canción y los cantantes mexicanos; y me sorprendo agradablemente: Pako no tiene esos prejuicios que me acompañaron (y ni siquiera estoy segura de que sea pasado) por muchos años, impidiéndome valorar mucha de la música popular.

Hoy salí a comprar pan para las tortas de bacalao, y a la librería del Fondo de Cultura Económica. Al entrar me encontré a Jorge Jáuregui y platicamos seguramente por más de una hora: libros, vivencias, películas. Él acababa de comprar un libro sobre la música mexicana: Mi vida, mis viajes, mis canciones, y me pareció el regalo ideal para mi hijo, en función de ese interés manifiesto.

Hace un rato cenamos tortas de bacalao y tamales; yo tomé atole, él prefirió agua de melón. Luego intercambiamos regalos y le gustó su libro 😉 Como siempre, la sobremesa es de lo mejor. Del análisis de Sim City a los resultados de la liga NFL (video juego) en la que participa anualmente con varios de los amigos que tiene desde la prepa. Pero también la inflación, los excesos de Barbarita, el saqueo que llevan a cabo todos los frentes de gobierno, la miseria que observamos…

Pero se acaba el día y yo estoy agradablemente cansada.

Que sea una verdadera Noche Buena.

9 de noviembre: terminó la gripe

Sunday, November 9th, 2014

Terminó una semana de gripe fuerte, producto de un descuido y de no atenderme a tiempo. El domingo pasado, estuvimos  en Guanajuato mi amiga Alma Rosa y yo cerrando  la conmemoración del día de muertos en Casa Cuatro, presenciando Poética Muerte de Theatron Ensamble, al que fui invitada por su director, Hugo Almanza. Antes había estado en casa de Angélica en un agradable convivio en el que disfrutamos de una variedad de platos de la temporada, incluyendo pan de anís con cajeta de camote que son típicos de Guanajuato. Eso llegamos buscando Alma Rosa y yo, justo antes de que comenzaran a levantar los tapetes de aserrín de colores dispuestos en la calle principal del centro, y de que levantaran también los puestos de pan, cajeta y figuras de azúcar.

Tapetes de aserrín de colores

Tapetes de aserrín de colores

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La puesta en escena de Poética Muerte tuvo lugar en la terraza de Casa Cuatro. Muy bella la vista al caer la noche, pero un viento helado. Los 50 minutos que duró el evento se pasaron volando por la calidad del trabajo actoral y por los textos. Pero fueron 50 minutos en los que mi incipiente gripe terminó por declararse irremisiblemente.

Guanajuato desde la terraza de Casa Cuatro

Guanajuato desde la terraza de Casa Cuatro

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La semana transcurrió entre la cama y mi cuarto de trabajo, para terminar los pendientes del proyecto con al SEG y apoyar  a Noel con su concurso de mate. Afortunadamente disfruto de la soledad  y hay suficiente comida en el refrigerador como para que no tenga que salir, pero estar encerrada por obligación lo hace aburrido a ratos. Entre otras cosas, no pude asistir a ninguno de los actos de protesta de la semana.

El sábado salí, por fin, para asistir  y apoyar al concurso de matemáticas. Un gusto encontrar amigos, ex colegas y ex alumnos  y conocer en vivo a Luis Fernando, además de reencontrar a una docena de ex alumnas del Colegio del Bosque, ahora estudiantes del Tec. Y luego regresar a casa para tratar de atender algunas de las ponencias en el Congreso Virtual de Educación en el que fui invitada a participar como ponente.

Detalles previos me decían que debía entrar tempano al sitio del Congreso para asegurarme de que mi presentación se desarrollaría sin contratiempos. Pero para eso está Murphy. Dado que en las interacciones de los días anteriores  nuestros horarios  coincidían y que mi presentación estaba prevista para las 3:00 P.M., entrar alrededor de las 2 P.M. para resolver los detalles de conectividad no era mala idea pero, cuando por fin pude tener acceso, recibí un comunicado de que llevaban 20 minutos esperando por mí. Resulta que en Perú tuvieron cambio de horario y no me enteré.

Entre mi hablar acelerado y que mi rollo original (lo que para mí es usualmente una ponencia) se había traducido a una presentación en Power Point, no fue difícil terminar a tiempo para el inicio de la siguiente conferencia, sin afectar a los participantes. Eso sí, solamente hubo una pregunta. Y luego mi garganta y yo pudimos descansar.

Hoy amanecí relajada y descansada. Sin prisas organicé mi día, hice mi mandado y me dispuse a volver a la casa de Angélica para la segunda parte del guateque. Una de las delicias es, por supuesto, la comida. En la ocasión anterior había probado un delicioso kepe charola, preparado por una amiga de Angélica que resultó ser la sobrina de la autora de mi libro de cocina libanesa, La cocina de Ventura. Una delicia. Esta vez nos llevó pastel de berenjena y dedos de novia,  mmmmmmmmmm. Por su parte, hace una semana  Angélica preparó empanadas potosinas, desde cero, y nos explicó cómo hacerlas; esta vez eran unas gorditas de masa quebrada mezclada con salsa de chile, rellenas de queso y carne. Deliciosas. Y a todo eso se agregan, en cada ocasión, las aportaciones del resto de los asistentes. Vino, agua de Jamaica, café, pasteles, ensaladas,…

La otra delicia es la compañía y las conversaciones. Además de los mencionados, en esta segunda sesión estuvieron Lirio Garduño y su esposo, Laura Lozano y su esposo, Leopoldo, Malú Cortes (quien nos  describió muy bien a través de la numerología, por turnos), Martha Margarita, y, atendiéndonos excelentemente, el joven hijo de Angélica. Gente que se dedica a escribir, a editar, a producir, a la música. Esta otra vida es muy rica en esas interacciones. Nos faltaron Tanya González Frausto  y Toño Falcón y Ada, lo cual dará lugar, seguramente, a un nuevo encuentro.

Entre la comida, la conversación y el buen ambiente, la gripe termino por desaparecer.  Y ahora a descansar, porque seguramente la semana va a estar movidita con asunto de trabajo.

9 de agosto: Let it be

Saturday, August 9th, 2014

Escucho el disco The Beatles 1, en You Tube. Tantas canciones que me traen tantos recuerdos. La música con la que fui creciendo después de que salí de Tepic para vivir en el D.F. Las primeras baladas bailables.  Los títulos incorporados en algunas cartas. Me siguen gustando, siguen haciendo que salte de mi asiento y baile a mi modo, sin que importe si me ven o escuchan los vecinos.

Hace una semana que regresé de un viaje agotador en más de un sentido. Una semana en la que he organizado todo alrededor mío, en la que he resuelto algunos problemitas con Banamex,  derivados del viaje. Ahorita podría pasarme casi una semana sin salir de mi cueva, escuchando música, leyendo, esccribiendo, dándole la palabra a mis fantasmas. Claro que hay cosas por hacer, proyectos, reuniones, etc. Pero fuera de eso puedo ser y hacer exactamente lo que más me gusta: despertar cuando mi organismo dice que es hora, comer cuando tengo hambre y dormir cuando la pila se me acaba. En ese lapso, hacer cada una de las cosas que realmente disfruto. Las que ya mencioné y salir a caminar sin rumbo. O chorchear en línea con gente que entiende y hasta disfruta de mis tonteras.

Esta mañana el seminario “La sonrisa de la inteligencia” en la Librería Efraín Huerta, del Fondo de Cultura, fue una oportunidad para “practicar” esas conversaciones en vivo. Cinco participantes y el coordinador/facilitador del grupo. Ameno, entretenido. Tres horas que se pasaron volando. Como anticipo, ayer por la noche había entrado a la página en Facebook de este seminario y, al responder a algunas preguntas planteadas ahí por el facilitador, inicié con él una conversación sobre lo que considero que es el humor, lo que me hace reír o sonreír, y algunas fuentes de ese humor. Fue muy grato para cerrar un día que había comenzado con el encuentro con gente que quiero o aprecio. Uno no puede pedir mucho más en un mismo día.

Y hoy va por el estilo. La mañana de conversaciones, la tarde de música y lectura. Al rato, tal vez, conversaciones en línea.

Que así siga 🙂

15 de marzo: bienvenido el puente!

Friday, March 15th, 2013

Hacía falta un fin de semana largo para estar en casa. Aunque tengo planeados dos paseos, confío en que tendré tiempo suficiente para revisar tareas y descansar antes de los cuatro días de trabajo (y menos) previos a la Semana Santa.

La mañana del sábado seguramente iré a Guanajuato a comprar los dulces antojos de mi má, y a ver que hay en la Feria del Libro que anuncian ahí, y no mucho más. Y por la tarde revisaré tareas. El domingo iré a Aguascalientes a comprar algunos bordados para llevar de regalo. Es un viaje un poquito más largo pero planeo irme en autobús, comer algún antojo, bobear un rato y regresar temprano.

El lunes será de relajamiento total. Tal vez cortarme un poco las mechas, caminar sin prisa y organizar mi semana. Tengo trabajo pendiente y una reunión importante para el miércoles. Además, anuncié que el siguiente periodo escolar no estaré ya en el Colegio, y ahora toca ponerlo en limpio y conversar con los coordinadores para que vayan organizando el relevo. Y es que esta mañana sí me quedó claro el efecto de la manejada tempranera. En algún momento grité porque un imbecil se atravesó de lado a lado de la avenida, y comenzó a dolerme la cabeza. Con un par de detalles extra ya tenía la contractura del cuello!

Hoy tenía planeado ir a Sapica y aprovechar los masajes que promociona Betty Galván, pero Banamex me hizo perder el tiempo.  Eso y tener que regresar al Colegio para que me entregaran el cheque de este mes, porque por la mañana el contador “salió y quién sabe dónde ande” dijo molesta la señorita cajera (“no soy recepcionista” aseguró) que no conoce lo que es el espíritu de servicio, evidentemente. La misma falta de espíritu de servicio que exhibió el cajero de Banamex, diciéndome que “no se puede verificar al propietario de la cuenta antes de hacer el depósito”. Sí, claro: uno hace un depósito con el riesgo de que cualquiera se equivoque y el dinero vaya a parar a otra cuenta, ¿no? Y no es que todos los cajeros padezcan del mismo mal, porque en la misma sucursal del banco me han atendido muy bien en otras ocasiones. Tal vez era mal día.

Como sea, al regresar de mis vueltas pasé un buen rato dedicada a preparar mi comida vegetariana (comí carne por la mañana): sopa tarasca (de frijol negro) y capirotada. Eso sí es relajante. Y con lo frío del día sí se antojaban la sopa y el postre calientes.

La tarde no está para salir, así que chateo desde mi cama (como lo hacía en Playas), y me voy relajando para domirme temprano. De las cosas buenas: una breve conversación con Pako y unos mensajes de intercambio con mi má. Y ya es hora de cerrar todo!