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26 de diciembre: Tarea 1 del Taller 2. El amor

Wednesday, December 26th, 2018

Tercera parte de la tarea, la que duele.

Vivir con el alma aferrada
A un dulce recuerdo
Que lloro otra vez.

Volver. Tango
Carlos Gardel.

Una naranja cubierta en mayo de 1967

Era la segunda vez que el azar nos hacía viajar juntos en un Ómnibus de México, yendo a Tepic a pasar vacaciones; esta vez eran las de mayo y viajábamos en los asientos contiguos 5 y 6. La primera vez había sido en Semana Santa, en las primeras vacaciones del ciclo escolar, iniciado en enero; entonces habían sido los asiento 3 y 4, y ese había sido el inicio de nuestra amistad, el momento de conocernos reamente, a pesar de ser del mismo pueblo y de muchos otros detalles. En enero de ese año nos habíamos encontrado al iniciar los cursos en el grupo A de segundo año en Voca 3, en el Politécnico. El azar y sus caprichos.

Entre los dos viajes habíamos ido convirtiéndonos en amigos de tiempo completo … dentro de la escuela. No había manera de que nos encontráramos fuera de ella, dadas nuestras restricciones económicas.

Habiendo llegado de Tepic a CDMX en enero del año anterior, y viviendo casi en la esquina de Puente de Alvarado y Guerrero, mi diversión consistía en salir a caminar por el centro de la ciudad sin tener que gastar gran cosa. Así conocí y recorrí las librerías de viejo de Donceles y pude comprar lo necesario para entretenerme. En los cafés de chinos, de comida económica, encontré unos bisquets buenísimos. Al transitar por las calles de Madero y de Tacuba encontré una dulcería tradicional.

Preparando ese viaje de mayo había gastado mis últimos centavos en comprar algunas naranjas cubiertas de la dulcería de la calle de Tacuba y unos bisquets de los cafés de chinos, para llevarle a mi padre.

El autobús salía a las 5 de la tarde de la central de Ómnibus de México, situada en contra esquina de las oficinas del PRI. El viaje duraba entre 13 y 15 horas, de manera que uno llegaba a Tepic al clarear el día siguiente.

Instalada en el asiento 5, me sorprendió verlo aparecer y sentarse a mi lado, otra vez. Sonreímos y retomamos la conversación que habíamos iniciado por la mañana, en la última hora de clases. Solamente las cabezas se inclinaban ligeramente, una hacia la otra, mientras conversábamos; los brazos de cada uno dentro del espacio asignado, sus largas piernas extendidas. El autobús se detuvo en algún restaurante sobre la carretera, para que los pasajeros descendiéramos a cenar. No teníamos ni un centavo, de manera que nos quedamos arriba del autobús para seguir conversando. Recordé las naranjas y los bisquets que llevaba en el pequeño maletín de mano. Me ayudó a bajarlo y saqué mi carga para ofrecerle. Dijo no al pan, pero aceptó compartir una naranja.

En la penumbra del autobús, los cuerpos girados uno hacia el otro, comenzamos a cortar pequeños trozos con los dedos, para llevarlos a la boca, reconociéndonos. Una comunión. Sus ojos verdes reflejaban las luces exteriores que entraban por la ventanilla, a mi espalda. La figura delgada se recortaba en la sombra mientras conversábamos quietamente, relajadamente, mordisqueando los pedacitos de cáscara dulce. Un mechón de pelo lacio caía sobre su frente, al inclinarse hacia mí. Media hora, tal vez, antes de que el autobús reemprendiera el viaje. Retomamos nuestras posiciones de viajero sin dejar de conversar hasta llegar a nuestro pueblo. No dormimos, pero vimos el amanecer mientras cruzábamos el puente de San Cayetano.