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10 de octubre: todavía en reposo

Thursday, October 10th, 2019

Después del gozoso viaje de 48 hora al Comic Con, 17 y 18 de julio, en la compañía del amor de mi vida, quien vino desde Dundee para que su madre lo indujera al evento (yo tengo unos 8 años asistiendo), las semanas han sido de actividad frenética.

Antes de ese viaje dejé terminados la presentación y el texto de la conferencia que impartiré en Monterrey, dentro del 52 Congreso de la Sociedad Matemática Mexicana, incluso los envié a la coordinadora del área de Matemática Educativa, quien me hizo la invitación para participar. Nomás se me ocurrió ofrecer también un taller de 8 horas, para maestros de educación básica, y replicarlo en Guanajuato en este mismo mes de octubre. Y eso nomás lo dejé esbozado.

Agosto fue de atender a la invitación para asistir a las conferencias de celebración de la Logia Masónica en Guanajuato. Yo me divertí haciendo preguntas tontas y dando las respuestas no tan obvias; a ellos creo que no les quedaron ganas de “inducirme” o algo semejante. Por otro lado, las autoridades de la Universidad Santa Fé me invitaron a impartir la Lectio Brevis para dar inicio a su ciclo escolar.

Septiembre fue de ir casi una semana a Tepic, muy disfrutable y llena de antojos y apapachos con los amigos y parientes, aunque el motivo del viaje era celebrar el cumpleaños 69 “de l’homme auquel j’appartiens” y que hace casi 40 años que no habita en este mundo; la lluvia que cayó sobre nuestro pueblo natal, en mi camino a nuestro santuario, fue una bendición.

Y regresar a preparar otras conferencias (ahora fui invitada a participar en el congreso en la Florida Global University), otros cursos y mi participación en la discusión de un libro sobre formación docente en la UNAM, en el plantel de la ENES León UNAM, el lunes pasado.

Lo que yo nunca sé, previo a esos eventos, es quiénes participan junto conmigo (sí, leí sus nombres y los puestos que ocupan, pero eso a mí no me dice nada). Me leí las 510 páginas del libro, hice 40 páginas entre copias de fragmentos relevantes y mis comentarios, y traté de reducir semejante rollo  unas 30 páginas, pero ahí tronó mi sistema. El lunes, entre la sesión previa a la presentación y discusión del libro y el final de la jornada, al terminar la comida que nos ofrecieron, pasaron 7 horas de intenso intercambio de ideas sobre el libro, sobre “personalidades” en la educación que resultaron ser conocidos comunes (y no precisamente de esos que uno quisiera invitar a tomar café, por ejemplo), sobre la política dentro de las universidades y más.

Me dejaron en la puerta de mi casa. Entré en calidad de trapo, a subirme a mi cama. Una dermatitis se extendió por mis párpados y cuello y mis ojos amanecieron enrojecidos y casi cerrados, el martes. La presión y la glucosa en sus mínimos, tomando en cuenta que soy hipotensa e hipoglucémica. Puro estrés. Reposar, comer, reducir el estrés, trabajo casi nulo.

Pero hoy amanecí determinada a hacer la limpieza que no había hecho en los días anteriores. El congelador del refrigerador guarda bastimento suficiente hasta para concluir la semana, de manera que no tengo que salir a comprar ingredientes para mis comidas. Lo que no tengo, parece, es conciencia de que mi pila continúa en proceso de recarga.

Después de barrer y trapear pisos (sin lentes primero; con lentes para las correcciones inevitables), de barrer patio y calle, de poner las cosas en su sitio y de limpiar el único baño en uso tuve que recostarme, por exigencia de mi espalda. Dormité unos 10 minutos.

Me despertó bruscamente el pregón del hombre que anuncia frutas y verduras (que ni trae en su carreta) mientras recorre la colonia calle por calle; salir a comprarle las naranjas que anuncia, hizo que descubriera que se trata de una ruidosa grabación que no concuerda con la oferta. Sin embargo, ese ambulantaje con altavoz es algo que mi hijo extraña, no importa dónde se encuentre, porque era como traerle el mercado a la puerta de la casa en su último semestre de la carrera aquí en León, cuando ya había aprendido a cocinar estando en Canadá, de intercambio (le tomó menos tiempo que a mí). El de los camotes, el panadero con el pan (que tiene rato ausente), los lácteos de Lagos, el de las escobas y, hacia las 10 de la noche, el de los tamales.

Me levanté después de mil remilgos, preparé mi comida, comí y dejé limpia la cocina. La intención era subir a trabajar un rato, pero no parece que mi cuerpo esté dispuesto a semejante cosa.

Reposo es.

7 de julio: Primera semana de julio

Sunday, July 7th, 2019

Falta exactamente una semana para mi viaje a L.A., como estaba planeado desde hace un par de meses, como lo narré aquí mismo. Llegaré a L.A el 14, veré a mi tía Lolita, a mi primísimo Ramón y a Jose, su esposa. Luego pasaré a saludar a mi amá a la puerta de su casa (el 16) antes de encaminarme a la terminal del Amtrak en Santa Ana, CA, para viajar a San Diego, a donde debo llegar antes de las 6:30 PM. Pako llegará alrededor de esa hora y dispondremos de unas 48 horas para pasear, acudir al Centro de Convenciones para recoger nuestros badges (el 17) y pasar todo el día 18 recorriendo los stands del Comic Con 50. Mi hijo regresará a Escocia a la media noche entre el 18 y el 19 de julio, yo volveré a León el 19 por la tarde.

Para Pako es la primera vez en este evento, de manera que haré lo mismo que cuando lo llevaba a un parque siendo un niño: le daré la libertad para que explore todo lo que se le antoje, para que se entretenga en lo que le llame la atención, y para que recorra el enorme Pavellón H tantas veces como lo requiera hasta que encuentre las playeras, los juguetes y los souvenirs que le atraigan. Y estaré atenta, también como antes, para acudir a encontrarlo en el momento en que quiera que lo acompañe o que quiera compartirme algo. Esas 48 horas serán el espacio para celebrar todos los festejos de este año, de enero a diciembre. Un enorme regalo como quiera que se le mire.

Las semanas anteriores, particularmente el mes de junio, parecieron alargarse como las líneas de mis pesadillas de niña: se estiraban y curvaban llenando el espacio infinito antes de colapsar, gradualmente, en un punto. Junio fue eterno, casi, y no fue por falta de ocupaciones, porque hubo de todo.

Primero, la sorpresiva invitación que recibí de la Sociedad Matemática Mexicana (SMM) para participar como conferencista invitada en su 52 Congreso, a celebrarse en Monterrey, Nuevo León, en octubre próximo. Fue César Cristóbal, amigo y compañero por 50 años, quien sugirió que me invitaran. Tarde unas 48 horas en definir la temática y en desarrollar el mapa conceptual para organizar las ideas (el inicio de cada proyecto que desarrollo). Siguió recoger la información para comenzar a “bordar” el texto sobre ese mapa: 11 páginas resultaron. Tres revisores de lujo me ayudaron a detectar algunos errores de dedo y a sugerir algún breve añadido. Una vez vuelto a revisar (la peor soy yo, que corriijo sobre lo corregido) utilicé el documento como base para la presentación en Power Point, y pedí que lo revisaran también. Apenas un par de días después de haber declarado que estaba todo terminado, llegó la solicitud de registro de la ponencia. Listo, e incluso envié el documento y la presentación a la coordinadora del área de Matemática Educativa. Para mí era importante no dejar cabos sueltos, y lo logré.

En paralelo recibí otra invitación, de la misma SMM, para ofrecer algún taller o curso. Decidí ofrecer un taller para profesores de educación básica: “Todo lo que usted siempre quiso saber de matemáticas pero temía preguntar: reflexiones en torno al planteamiento y resolución de problemas”. Registré el taller, subiendo el resumen, y ahora espero el dictamen (en este caso voy de soldado raso). Mientras, comencé a generar el repositorio para semejante tarea, recurriendo a las experiencias y ocurrencias que llevo a cabo desde que comencé mi carrera como docente y luego como investigadora. Estoy armando una caja física, llena de cajitas con recursos de todo tipo, porque ese curso será como un sombrero mágico del que podrían surgir mil cosas diversas, dependiendo de los participantes. Por lo menos así lo imagino yo.

Por otro lado, los últimos días de mayo y durante junio tuve visitas gratas venidas desde los dos extremos de la Baja California: Jin-ho y Kharelia vinieron desde Tijuana, mientras que Martha Márquez, Sara Carlota y Martha Drew vinieron desde La Paz. Cada visita es un placer, y uno redescubre los sitios amables de esta ciudad.

Con todo y las reuniones y eventos del Comité de Vecinos de esta colonia (hasta a misa asistí), y lo que ha significado desarrollar los trabajos para el Congreso de la SMM, junio ha sido el mes más largo que yo recuerde. Cargado de recuerdos y nostalgias y de sueños; con una necesidad de calma absoluta, de comida muy ligera, de sueño, y con una terrible añoranza paliada a ratos por la alegre visita cotidiana, varias veces al día, del colibrí verde como tus ojos que entra a la casa, vuela sobre mi cabeza, me busca en la cocina o acá arriba, instalándose en el tragaluz.

Julio trajo sorpresas en su primera semana. Tanya me invitó a la presentación del programa del Festival Internacional Cervantino 2019, en el Teatro Juárez, en Guanajuato capital, sin más datos. Resultó que estábamos entre los invitados muy especiales, en las filas reservadas para VIP.

¿Formal?, pregunté, y me dijo que sí. De modo que me puse en modo “señora seria” (casi) añadiendo el detalle importante de mi collar y aretes huichol, para mantener mi esencia; la seriedad absoluta nunca es parte de esa esencia, por cierto, y me divertí mucho en el camino al Teatro, en el interior, y al terminar el evento.

Hoy comencé a organizar mi maleta, poniendo a su lado todo lo que no puedo dejar. Falta la ropa, cierto, pero el outlet de Las Américas está muy a la mano en caso de que necesite algo. El reto es poner todo dentro de ese maletincito y mi backpack.

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Todavía tengo un par de eventos sociales, además de los asuntos que hay que atender cada mes: fumigar la casa, pagar impuestos, pagar servicios. Pero por fin he comenzado a relajarme.

25 de diciembre: Navidades

Tuesday, December 25th, 2018

Es Navidad.
Es la primera vez que me desconecto del mundo casi totalmente. No estoy presente en Facebook y decidí desconectar WhatsApp por un rato y, a la luz de la asquerosa actitud de quienes se regocijan/tratan de sacar provecho de una tragedia ayer, decidí dejar de leer Twitter. Quienes me buscan lo hacen a través de Messenger, ya sea para pedirme una receta de cocina o para enviar sus buenos deseos y compartirme sus festejos. Son pocos, pero son los que más cuentan. El teléfono permanece desconectado durante la noche y de día solamente respondo a lo que es necesario.

El año pasado mi hijo estuvo en casa, por una semana, y fueron días muy ricos en vivencias y paseos, conversaciones e intercambios. Esta vez la visita anual ocurrió en noviembre, adelantando las festividades, y más rodeados de amigos. Supongo que es lo que debe ocurrir, y creo que la muy cercana relación madre-hijo ha durado muchos más años que lo que veo que duran en otras familias.

Mantenerme alejada de las redes no ha añadido tiempo a mis días, solamente calma y paz. Colaborar con grupos de gente que se ocupa por apoyar a los que menos tienen, caminar buscando los pequeños regalos para una muy próxima reunión con amigos cercanos, deambular por el mercado para encontrar ingredientes para un platillo solamente para mí y anticipar la preparación de otros antojos, recibir a algunos amigos en casa, han ocupado los últimos días. En esas andanzas, el reencuentro con mucha gente querida, de manera inesperada, pone el toque festivo. Nos prometemos cafés, comidas y visitas sabiendo cuán improbables son en esta ciudad.

De las conversaciones que hemos tenido surgen, inevitablemente, los recuerdos de las Navidades pasadas. Algunos sufren todavía las ausencias de los padres, hermanos o hijos. Otros, por las tristezas de cuando carecían de alguna cosa o de no haber tenido algún juguete u objeto que esperaban como regalo. Hay quienes quisieran estar rodeados de familia. Y, por supuesto, no faltan los que asumen que tenemos las mismas tristezas.

Recordé mis propias Navidades, que en ocasiones debo explicitar para que no me miren con lástima por estar sola en estos días, cuando ni siquiera me siento nostálgica.

En la casa en que crecí, en el pueblo en el que nací, no se recibía a Santa Claus (supongo que esa moda la introdujo la Coca Cola). Los regalos los traía el Niño Dios y era más usual que la gente pusiera un nacimiento en su casa que un pino (artificial en la época), excepción hecha del gran pino en el frente de la casa de mi tía Cuca, de unos 12 o 15 metros de alto, que ella mandaba engalanar para la temporada. En casa podíamos armar un arbolito con una rama seca, pintada de blanco, a la que le colgábamos pelo de ángel, decoraciones confeccionadas por nosotros mismos y algunas esferitas y luces, compradas en Ferretería Pantoja, donde mis padres adquirían los regalos de muy buena calidad.

Sé que mi primer regalo, antes de cumplir un año y cuando yo ya caminaba por toda la casa, fue una muñeca. Y sé que nunca jugué con ella y que terminó guardada en el arcón de mi abuela Hilaria.

El segundo regalo fue un piano pequeño. Yo recuerdo que lo tocaba con los pies. Mi madre dice que con los talones. Antier, una terapeuta que conocí en una de las reuniones me preguntaba por qué con los talones. No tengo idea pero supongo que ya entonces mis manos hacían una cosa y mis pies otra y que, si se trataba de hacer sonar el instrumento, los pies tenían más fuerza que los dedos de mis manos tan propensas a causarse lastimaduras (tengo dos dedos rebanados y uno astillado, resultado de mi participación rebanando jamón y jitomates).

Supongo que el tercero de los regalos, antes de cumplir tres años, fue una batería de aluminio muy completa, cacerolas y ollas, con las que tampoco jugué, algunos de cuyos elementos acabaron utilizándose en la cocina de mi madre. El recuerdo viene del que tengo de la casa que habitábamos en la época.

Vino el triciclo, que luego compartí con mi hermano Manuel, y del que sí hay fotos.

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Manuel tendría ya 2.5 años y yo 4, cuando le permití conducir.

No puedo recordar el orden con el que recibí otros regalos navideños, pero muy pronto supe que los compraban mis padres y los escondían en casa de mi tía Cuca (donde yo pasaba mucho tiempo, como ya he narrado). De los que recuerdo:

  • El trenecito eléctrico que mi padre compró para mis hermanos porque era algo que él siempre quiso tener, con el cual me entretenía más yo que Manuel o Juan, los dos que siguen de mí
  • Los patines de cuatro ruedas, que dejaron recuerdos en las espinillas de mis piernas
  • El Meccano, de metal (también pensado para mis hermanos), que me entretenía por horas
  • El juego de química completísimo, incluyendo microscopio
  • La bicicleta roja, solamente para mí, a los 10 años. Ese sí es un recuerdo preciso
  • El juego de bádminton profesional, traído de Estados Unidos, a los 12 años
  • Un radio de transistores, tal vez a los 13 años
  • Patines de hielo, a los 15

Después de los 15 y hasta los 18, el regalo de Navidad para los mayores era un billete de 50 pesos = 4 dólares, que cada uno invertía en lo que se le antojara. Yo, en discos de vinil y libros.

Adicionalmente yo recibía regalos de mi tía Cuca y de mi prima Licho, como los 100 pequeños libritos de cuentos, solamente texto en letra minúscula, que conservo. Mi abuela tejía o cosía para mí (no puedo hablar por los otros cinco) alguna prenda. Mi abuela María nos daba un aguinaldo sustancioso, para ir a gastarlo a la feria.

No recuerdo que me gustara salir a jugar con los vecinos en la calle, para mostrar los regalos y jugar con ellos en la mañana del 25 de diciembre. Tampoco creo que a mis vecinitas les gustara jugar con lo que a mí me interesaba, dentro de mi casa.

En Tepic no se tenían las tradiciones del centro del país. No recuerdo a nadie en mi barrio cantando y pidiendo posada, pero si recuerdo los bailes cada noche: posada de kilo, del suéter, de blanco y negro, de Leyes, de la Prepa, y así. Bailes a los que se traía un grupo de moda, generalmente de Guadalajara, que tocaba música bailable de diferentes épocas, pero nunca música tropical. Los bailes tenían lugar, generalmente, en el Casino de Tepic, ahora convertido en plaza comercial. A mí no me gusta que me saquen a bailar, pero asistía a esos eventos por dos razones: la insistencia de mi padre, a quien le encantaba el baile, y la presión de mis amigas de la época, a quienes no les permitían asistir si no era en compañía de mis padres. Por otra parte, había que vestirse de largo y peinarse “de salón”, y tampoco se me antojaba ni se me antoja.

La celebración de la Navidad o la de despedir el año tampoco era semejante a la que ocurría en otras familias o en otros lugares. Colaboraban mi tía Cuca, Licho (y luego se agregó Hermilo, su esposo), mis padres, mi abuela y mi tío Juan y mi tía Carmen, todos quienes compartíamos el gran patio/jardín/área de juegos que posteriormente sería el “Comedor Aldaco”. Alguno de mis tíos Aldaco nomás pasaba para aportar un lechón al horno, preparado por él mismo,

Mi tía Cuca criaba el guajolote y, llegado el momento, lo emborrachaba con tequila para luego darle cran, rellenarlo y cocinarlo deliciosamente. Mi abuela hacía los tamales, y mi hermano Manuel todavía extraña los de pollo, que llevaban dentro una pieza completa. Mi madre hacía los frijoles puercos o la ensalada. Probablemente Licho se encargaba de los buñuelos o de la ensalada. El tío, probablemente mi tío Chuy, llevaba el lechón. Nunca hubo pasteles. Bebidas: atole, ponche, aguas frescas, pero nunca refrescos/sodas. Para los mayores había, además, “Cuba libre”, cerveza, whisky, tequila, al gusto de cada uno.

La comida, con las tostadas y el pan para acompañar, se disponían sobre la barra entre la cocina  y el comedor en la casa de mi tía,  separada por un pequeño patio de la nuestra. Las bebidas, en la cocina. Los adultos pasaban la noche jugando dominó, conversando y escuchando música variada. Mi abuela podía sacar a bailar a cualquiera, particularmente el 31 de diciembre que era su cumpleaños. Los escuincles mayores podíamos ir a la feria navideña, instalada cerca del Río Mololoa, en aquel Tepic donde todos cuidaban de los hijos de los demás. Si alguno había sido invitado a otra casa, se iba sin problema. Cada uno comía lo que se le antojaba, cuando se le antojaba. Ir a Misa de Gallo (o algo así) era una actividad social a la que uno podía asistir con sus amigas, más que otra cosa. Nadie tenía que vestirse de gala. Conforme fuimos creciendo, algunos amigos de mis hermanos podían preferir acompañar esta tertulia. Nunca hubo en casa amigos de mi padre o de mis tíos.

Así sigue funcionando para mí. Sin reglas. Hay comida suficiente y variada, siempre, por si viene algún amigo. Pero, si estamos solos, puede ser que terminemos atendiendo una invitación o yendo al cine, o que nos subamos a la cama a comer palomitas y pizza. O así fue hasta el año pasado.

Estudiando en CDMX regresaba en cada período vacacional a estar en mi casa, la de mis padres. Después de casada algunas Navidades regresé a casa, con mi hijo. Otras las pasé en Tampico, y la verdad es que nunca fueron muy gratas.

¿Nostalgias en esta fecha? Ninguna. Tengo muchos bellos recuerdos. Por otra parte, creo que muchas de las “tradiciones” son copiadas de las películas mexicanas o gringas, con todo y los melodramas, y no se me antojan. Prefiero una verdadera noche de paz.

 

 

5 de diciembre: Septiembre: trabajo y angustia

Wednesday, December 5th, 2018

Lo mejor de tener trabajo intenso es que permite que el cerebro controle todo, dejando muy poco al sentimiento. Para bien y para mal, es lo que he aprendido a lo largo de mi vida. El trabajo es la mejor receta para que uno disipe las penas que aquejan a la mayoría: pérdidas, malestares en cada cambio de ciclo de vida, etc.

Septiembre comenzó con el taller de formación para los docentes en el Estado de Guanajuato; a mi cargo tenía un grupo en Santa Cruz de Juventino Rosas y la coordinación administrativa de otros dos facilitadores en la misma sede. Dos sesiones presenciales, el 2 y el 9 de septiembre, y muchas horas de trabajo en línea tratando de ayudar a resolver las mil carencias que encontré, desde las que se refieren al acceso a los dispositivos tecnológicos de todo tipo, al uso de las aplicaciones en celulares, y a lo que era propiamente el taller: la planeación didáctica a la cual, aparentemente, nunca habían sido inducidos. Viajar a Juventino Rosas fue una aventura, en cada ocasión, a pesar de que es un municipio relativamente cercano a la capital del estado de Guanajuato. Constaté que en los 20 años transcurridos desde que coordiné y desarrollé un proyecto para la Secretaría de Educación del estado, desde el Tec de Monterrey Campus León, para apoyar a los docentes en el uso de las incipientes TIC, no solamente no hay cambios sino hasta algunos retrocesos. Eso será el tema de otro tipo de documento.

Al mismo tiempo, el mismo 2 de septiembre, en mi familia cercana detonó un grave problema de salud que nos tuvo en vilo por tres semanas. Cada día el panorama tornaba a ser más oscuro; muchas complicaciones, muchos indicios de un desenlace fatal. Entre todo eso, la preocupación inmediata era mi madre, quien seguramente no habría resistido un desenlace como el que preveíamos. Mi informante era mi hermana Nidia, al pie de la cama de hospital, en California, pendiente de cada signo, de cada noticia. Cuando todo parecía perdido anunció que mi hermano Juan tendría una operación a corazón abierto al día siguiente, el 24 de septiembre.

Los padres de dos queridas amigas pasaban por el mismo trance, y ninguno de los dos sobrevivió. El estado general de salud de mi hermano no auguraba nada favorable. La operación resultó bien, la recuperación también. Contra todos mis pronósticos se recupera, aunque todavía tienen que arreglarle otros aparatos.

Aprovechando los tiempos disponibles me inscribí en cursos ofrecidos por la UNAM. A la mitad del segundo, me invitaron a dar una conferencia sobre el 2 de octubre de 1968, programada para el 9 de octubre de 2018. Comencé a preparar el rollo que expondría; un mapa mental, básicamente. Posteriormente, la Alianza Francesa de Guanajuato me hizo una invitación similar, pero programada para el mero 2 de octubre. Eso ha generado otras acciones, otras invitaciones y el enriquecimiento de mi red de contactos. Hablar de esa experiencia es siempre doloroso y lo había puesto por escrito en un texto publicado en Es lo cotidiano/Tachas. Esa misma memoria, recontada y con imágenes, fue el tema de mis conferencias. Al terminar septiembre tenía listas mis presentaciones. El día de hoy Claudia Sheinbaum, al asumir el mando de CDMX, hizo desaparecer al Cuerpo de Granaderos de infame recuerdo; una de las demandas del pliego petitorio de hace 50 años. Alegría mezclada con rabia y con nostalgia.

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Los puntos de pliego petitorio, hace 50 años

El curso con los docentes, una vez pasadas las sesiones presenciales, exigió de muchas más horas de trabajo para brindarles un verdadero apoyo: apoyarlos en la reconstrucción de su ortografía, su redacción y la comprensión de conceptos que uno supondría bien establecidos. Lo maravilloso fue la respuesta: gente con ganas de mejorar, a pesar de que ya había señales de que la Reforma Educativa iba de salida. Ellos querían seguir aprendiendo. No todos pudieron terminar satisfactoriamente, cierto; la mayor parte no tuvo el tiempo ni los apoyos locales que requerían para acceder a los portales de los talleres, para aprender a utilizar una cuenta en WhatsApp o a crear documentos con fotos insertadas. Los plazos se ampliaron varias veces, pero no fue suficiente.

Terminamos septiembre en la esperanza de recuperar a algunos, a través de la red de apoyo y colaboración que ellos mismos comenzaron a crear. Y esa es una de mis satisfacciones.

 

28 de noviembre: Pardavé y familia que lo acompaña

Wednesday, November 28th, 2018

Ayer por la tarde, después de regresar a casa y ponerme en modo comodidad y relax, y después de un almuerzo/comida tardío, y de un par de cosas de orden mínimo, anuncié:

El relax ha comenzado a invadir mi cuerpo. Me dará hambre a deshoras, por lo cual es muy bueno que haya croissants (hice un montón), pain au chocolat, jamón serrano, quesos, vino. O sea: me voy a instalar frente a la tele. Y veré cualquier película de comedia, no importa si es Don Susanito Peñafiel y Somellera por n-ésima vez. Para cualquier mensaje, queja, o lo que sea, háganlo vía WhatsApp.

Abur!

Me subí a mi cama y en ese momento, antes de que encendiera la tele, recibí un mensaje vía LinkedIn: “Blanca Margarita, perdí tu número de teléfono; mándame un mensaje por Whats”. Marco Antonio Pardavé. De esas coincidencias con la gente que ha estado conectada con uno por 51 años. Porque resulta que Marco fue compañero mío desde el segundo año en Voca 3, y en la carrera; como todos mis amigos de ESFM, optó por la especialización en física. La rara soy yo.

Siempre es gratísimo reencontrarnos a través de las redes, no importa el tiempo que transcurra entre dos conversaciones. Esta vez me platicó que había estado impartiendo un curso en CDMX, de Auditor Líder en Calidad, Ambiente, Seguridad e Higiene, y durante ese lapso festejó su cumple; envió foto del festejo, organizado por sus amigos. Marco vive en Miami pero es viajero muy frecuente. “Ve cómo cambiamos BM”, dijo, refiriéndose a su aspecto. Y la verdad es que, aparte de las canas, no ha cambiado mucho. Correspondí con la foto de ayer por la mañana, vestida de gente seria para ir a impartir una conferencia a la Universidad de Guanajuato. Y le describí mi intención de ver una película de su tío, Joaquín Pardavé, en ese momento. Coincidentemente, también, transmitían “Los viejos somos así”, con el personaje querido.

Buscó fotos de su tío, pero también de su padre, José Pardavé, también actor, y a quien seguramente todos los que hemos visto películas de esa época recordamos como el hombre que entra y sale de su casa diciendo “Ya vine vieja, ya me voy vieja”, corriendo de un empleo a otro, en la película “Qué te ha dado esa mujer”.

Benito Taibo tiene una nota respecto a este personaje.

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Ya vine, vieja; ya me voy, vieja

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Pardavé: Joaquín y José

 

La chorcha derivó sobre the way we were, hace 51 años, y la diferencia entre lo que significaba viejo en la época de esas películas y en la actualidad. Porque Joaquín Pardavé encarnaba siempre a viejos, según los propios relatos de esas películas, cuando los personajes tendrían no más de 50 años. “Es correcto, BM”, me dijo; “el tío falleció a lo 55 años”. Respondí que a mí ni siquiera me han salido las muelas del juicio (lo cual es verdadero) y que mi foto del after, ayer, mostraba que la seriedad y serenidad que caracterizaba a esos viejos todavía no me llega.

Y en cuanto a cómo éramos, le recordé que a Norma (mi roommate desde principios del 68 y hasta que ella se casó, hacia 1971) y a mí, nos embromaba diciendo que éramos “malas, con M de malas” haciendo énfasis en las m’s, y que éramos coquetas, porque nos reíamos mucho; éramos bobas, en realidad. Pero en esas bromas, en todos los momentos compartidos, nunca cruzamos las líneas del respeto y el afecto de amigos entrañables. Marco era, y sigue siendo a pesar de muchos trancazos que la vida le ha dado, un muchacho alegre, cooperativo (todos cooperaban para que yo entendiera los cursos de física, particularmente, porque los profes de esa áreas no eran muy buenos, en general).

Como mucho de mis compañeros, Marco trabajaba y estudiaba; el Actedrón (accesible libremente en las farmacias de la época) le daba la energía para hacer tareas por la noche; algo que nunca estuvo en mi repertorio, a pesar de que un par de veces me regalaron un par de pastillas, porque nací floja y, como dije ayer, en eso sí soy muy cartesiana. Concordamos en una deficiencia, recordando nuestras clases en ESFM:

[9:51 PM, 11/27/2018] Blanca Parra: Y no tengo desarrollado el hábito de escuchar, ni siquiera las letras de las canciones. O los nombres de las personas

[9:51 PM, 11/27/2018] Marco Pardavé: Igual que yo

[9:51 PM, 11/27/2018] Marco Pardavé: Todo era deducción o inducción

Para variar, no tenemos fotos que nos incluyan a los tres, y ninguna de Norma.

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Afuera del edificio de ESFM, hacia 1979, acompañados por Silvia Ponce

Marco no está en Face, pero nos encontramos y conversamos también vía Skype, además de las redes ya citadas. Yo estaba cansada, así que cerramos nuestra charla:

[10:02 PM, 11/27/2018] Blanca Parra: Me estoy durmiendo. Me encanta conversar contigo y espero que sigamos haciéndolo.

[10:03 PM, 11/27/2018] Marco Pardavé: La idea es vivir cada día lo que mejor se pueda! Por que la vida no regresa

[10:03 PM, 11/27/2018] Marco Pardavé: Ok estamos en contacto

Para las 10:30 ya me había quedado dormida. Y así transcurrió mi tarde de relax, con un Pardavé, vía WhatsApp.

5 de agosto: Días de agosto

Sunday, August 5th, 2018

Días cargados de nostalgias, de buscar en las sombras, de sentir intensamente las ausencias. Días en que es mejor no estar muy expuesta al mundo. A ratos me asomo, cuando me siento un poco aligerada y la curiosidad me gana; generalmente caigo en cuenta, muy rápidamente, de que no hay mucho que valga la pena en las múltiples ventanas que se abren en cuanto enciendo uno de los muchos aparatitos que tengo al alcance. Retirarme definitivamente todavía no lo considero, porque hay asuntos de vida y familia que solamente se vehiculan por alguno de esos medios. Los teléfonos han dejado de cumplir esa función y, de cualquier manera, el sonido del timbre siempre me ha molestado, alterando mi estado, cualquiera que sea en ese momento; no suelo responder cordialmente porque preferiría que no sonara.

Antes, hace mucho tiempo, era el telegrama breve, no más de diez palabras, el que llevaba o traía el mensaje necesario o urgente; ni una palabra de más ni, mucho menos, adornos de cortesía. La comunicación cordial, afectiva, llena de detalles no necesariamente explícitos pero entendidos en el contexto y entre líneas era ideal para comunicarse con algún ser particularmente querido. Cada noche retomo esa práctica escribiendo pequeñas notas, a veces no tan pequeñas, a quien sigue ocupando mi alma y mi mente.

Pero los días de agosto parecen demasiado largos, las horas transcurren como con modorra y la noche tarda en llegar. Sin Importar en cuantas actividades de todo tipo me involucre, me sobran horas. Coso, leo, cocino, hago jardinería, barro, organizo,… y hay mucho tiempo antes de que el sol se ponga. Algunos días comienzan con tal carga emocional que el ritmo al que hago todo es muy intenso, para aturdirme, para no pensar ni, mucho menos, dejarme llevar por el sentimiento.

Hoy fue uno de esos y decidí huir, engentarme, responder a las incidencias de andar en el mercado grande, en día y horas de mercado, cuando el gentío se aglomera en algunos lugares impidiendo el paso de los transeúntes, entre empujones y cuidando el monedero y las compras. Toda la atención se concentra en deambular por los pasillos mientras hago una selección de lo que se ofrece en venta tomando en cuenta lo que creo que puedo necesitar durante la semana, en buscar un par de antojos que solamente ahí encuentro, en cuidarme de los carros y de la gente que carga bolsas grandes o de los comerciantes que cargan costales o cajas de productos buscando paso.

Antes de ir al mercado, al descender de la oruga, fui a dar de lleno al costado de Catedral, cuyas campanas repicaban llamando a misa de 12 o algo así. El antojo me hizo detenerme en la esquina de enfrente y pedir un tamal oaxaqueño de costilla (muy bien servido) y un atole de cajeta; luego busqué un lugar para sentarme a comer bajo un arbolito que no ofrecía mucha sombra, en la placita aledaña. Llegué a la esquina de la plaza principal; en los portales que la encuadran hay múltiples vendedores de esa ilusión llamada Lotería Nacional y recordé que tenía un cachito, comprado en el supermercado hace unos días: tiene un premio neto de 139.50 pesos, dijo la vendedora en el primer puesto que encontré, entrando al portal más cercano. ¡Loteria!, dije al recibir mi premio.

Decidí ir a la tienda de telas a buscar el material para un pantalón casi de tubo, pero lo que busco parece inexistente en esta ciudad. Al salir del local escuché la banda municipal, instalada en el quiosco de la plaza. Corrí para llegar a escuchar la siguiente melodía, que resultó ser el vals “Sobre las olas”. Encontré un lugar justo frente a la escalinata de acceso al quiosco y comencé a transmitir en vivo el evento. Soy muy despistada pero hay algún sentido que se activa de manera automática para percibir una especie de sombras.

Mientras grababa, sentí la mirada sobre mí; sin dejar de grabar me puse de pie para hacer una toma que incluyera los extremos de la plaza a ambos lados, pero observando el entorno a ojo limpio, por debajo del celular. Ahí estaba, observándome. Saludé con un gesto (intenté que fuera cordial, no sé qué resultó) y seguí con mi grabación. Se asumía, aparentemente, como una más de de las personas de la tercera edad, solitarios, sin otra cosa en qué emplear su tiempo, comiendo pepitas de calabaza y dejando que el día pase sobre sus cabezas.

No, no me causan tristeza, pero tampoco se me antoja ser parte de ese grupo al que parece que se le terminó el interés por la vida. Y no soy buena para escuchar la conmiseración que se tienen a sí mismos. Justamente ayer hablaba, con los amigos que vinieron de visita, de esa persona y de su manera de observarme casi obsesivamente, tratando incluso de inmiscuirse en mi vida. Me subí a la banca para hacer una toma de 360 grados de la plaza, mientras la banda tocaba íntegramente el vals. Cuando finalmente terminó busqué la mirada, que sabía que encontraría, para despedirme con un gesto similar al primero. Terminé de cruzar la plaza, pedí un café en el portal y, ahora sí, me dirigí al mercado.

Debo haber tardado un par de horas en todo mi recorrido, hasta regresar a mi casa.

Barrí el frente de la casa, cambié el agua de los bebederos, lave las fresas, guardé mis compras, comí, recogí la cocina, revisé mi proyecto de pantalón que ahora decidí que será falda, escribí este rollo y todavía le quedan unas cuatro horas de luz a este día.

El objetivo de mi huida se logró casi en su totalidad.

12 de junio: la cartera que encontré

Tuesday, June 12th, 2018

He ido dejando cosas que pensaba relatar, con pequeñas notas para recordar cada asunto, pero el tiempo ha transcurrido sin que me ocupara de esas historias.

  1. La cartera que encontré en el baño de la Central de Autobuses de Guadalajara, unos minutos antes de salir para León, hace unos meses.
  2. Las sorpresas divertidas de mi encuentro con mis excompañeras de secundaria
  3. Lo que esas historias trajeron sobre mi historia personal y, particularmente, sobre mi relación con mi madre
  4. Lo que las vueltas y vueltas sobre mi reconstrucción personal aportan a mi visión del pasado que añoro
  5. Mi inscripción a ESFM, hace justo 50 años, descartando ya la arquitectura y, sin saberlo, definiendo aspectos de mi vida futura que nos llevarían a alejarnos. Y comprender que en tu poema de enero ya lo anticipabas sin que yo entendiera tu queja.
  6. Y vuelta reconstruir mi historia sobre mí misma.

Vueltas y vueltas.

  1. La cartera.

Me parece que era negra, con un cierre alrededor y tres o cuatro departamentos que contenían una tarjeta de débito, una muy pequeña libreta de notas, arracadas de fantasía envueltas en papel de china, un celular muy sencillo con unos tres contactos en su memoria, unos 200 pesos y una tarjeta de Coppel.  La encontré sobre el dispensador de papel sanitario en uno de los baños de la Central de Autobuses de Guadalajara, minutos antes de salir para León. Los números telefónicos de los contactos eran de León, de CDMX y de Tijuana; la tarjeta de Coppel era de León; asumí que la dueña viajaría en el mismo autobús que yo o que la encontraría en los alrededores.

Pedí que vocearan a la dueña, a partir del nombre en las tarjetas; primero en el mostrador de Primera Plus y luego dentro del mismo autobús en el que yo viajaría a León. La gente me miraba con cara de fastidio y sin entender por qué quería yo encontrar a la mujer. De todas maneras, nadie respondió a los llamados.

Comencé a marcar a cada uno de los contactos registrados, sin éxito, hasta que la batería del telefonito se agotó. Llegué a León pasadas las 10 de la noche, esperando dedicar parte de la mañana siguiente a encontrar  a la mujer de la que solamente tenía el nombre y los tres contactos. La señora Silvia tampoco entendía mi empeño en encontrarla. En la libretita encontré el NIP de su tarjeta de débito y lo destruí antes de que a alguien se le fuera a ocurrir algo. Nada pude saber a través de Coppel. Seguí llamando a cada uno de los contactos, sin éxito. Al cabo de unos días desistí: destruí las tarjetas, le di a la señora Silvia la cartera con todo su contenido, excepto por la libreta y una pequeña bolsa de plástico con imágenes. Luego destruí las tres hojas que tenían algún escrito.

Recuerdo uno de los escritos, en el que se marcaban fechas de encuentro con uno de los contactos telefónicos, alguien dedicado a hacer sanaciones, limpias, amarres y todo ese tipo de “trabajos”. Revisé la bolsita con imágenes y encontré oraciones a San Cipriano, al “ánima sola de Juan Minero”, al “Espíritu Intranquilo”, una “oración Atrayente” y una de “Amarre Total”. Adicionalmente, cinco recortes con otros tantos conjuros para asegurar el amor y la permanencia de alguna persona.

Una mujer sola y rogando por el cariño de un hombre, evidentemente. Más que por el cariño, por la posesión completa de la persona, a juzgar por lo que se pide en las oraciones y conjuros. Por ejemplo, la oración de Amarre Total reza:

Por los poderes de San Cipriano y de las tres Almas que vigila: Él viene ahora sobre mí. Enamorado, lleno deseo por mí. Cualquier mujer que esté en su cabeza se va. Que Él tenga la certeza de que soy la mujer de su vida. Que al comer piense en mí, que al dormir piense en mí; que sólo quiere verme, olerme, tocarme. Que sólo quiera besarme, abrazarme, cuidarme, protegerme las 24 horas de todos sus días. Espíritu de Rosita Alvirez, del Caballo Prieto y de Santa Inés del Monte Perdido: que sin mí se sienta perdido; que se sienta perdidamente enamorado de mí. Te agradezco, ¡Oh, San Cipriano! por interceder en mi favor para enamorar a __________ y traerlo cariñosos, derrotado, dedicado y fiel, lleno de deseo a mis brazos. Amén. (Rezar tres días consecutivos).

El refuerzo viene con un conjuro, en uno de los recortes:

Espíritu dominador que dominas en los planes terrenales y espirituales, te llamo tres veces para que vengas y te manifiestes en este Polvo de Amor y Cariño y que, por medio de Él, me concedas el amor y cariño de __________________________
ven pronto y rápido que dominado te tengo, por el poder y meditación del Espíritu Dominador.

Espíritu de Juan Minero, tráelo

Espíritu de Caballo Prieto, Ciégalo de amor por mí.

Espíritu de Juan Perdido, Búscalo y tráelo a las puertas de mi casa.

Espíritu de Rosita Alvirez, enamóralo y nunca lo dejes, hasta que rendido y humillado venga a las puertas de mi casa.

Estos dos elementos concentran el resto de las peticiones. Se deduce que aparte de pagar por las sesiones con el “sanador” -y probablemente el viaje en cada ocasión-, hay que comprar las estampitas plastificadas de las oraciones, las velas y los polvos de amor a los que hacen referencia. Más que pensar en los niveles de credibilidad de la dueña de la cartera, de su necesidad de aferrarse a algo, me pregunto: ¿de qué tamaño tiene que ser la soledad de uno para ir a confiar los anhelos y pesares a una de estas personas?

En mi visita a Guadalajara, en febrero, después de almorzar con mi prima Licho y su cuñada Lupe, me dejaron en el centro de la ciudad; buscando pitayas, ciruelas y nanches llegué el remodelado mercado Corona, que recorrí de arriba a abajo (encontré los antojos en los puestos externos). En el segundo piso tropecé con el área de hierbas, veladoras y elementos para sanaciones, conjuros y demás. Leen cartas, hacen limpias, etc. A la mitad de uno de los estrechos pasillos, al pasar, me llamó una mujer que para mí había estado invisible; me sobresalté, y algo en mí y mis muy breves respuestas la llevó a decir alguna cosa respecto a mi estado real, no visible, que me sorprendió; pero no quise indagar ni darle elementos adicionales, y ella no insistió. Es seguro que se dan cuenta de la fragilidad de las personas y que insisten con aquellas en quienes reconocen la necesidad de escucha o de compañía, o la desesperación ante algún desastre en sus vidas. Pero una cosa es que yo cuente mi vida en las redes sociales, y otra, muy distinta, que cuente mis secretos a desconocidos.

 

 

 

 

 

 

24 de marzo: Aprendiendo ando

Saturday, March 24th, 2018

El jueves pasado, 22 de marzo, comenzó mi taller de poesía con Jair Cortés. Tres sesiones de alrededor de 90 minutos cada una, vía Messenger, absolutamente personalizadas. Mi objetivo es, simplemente, tener elementos para mi afición favorita: criticar.

Primera sesión, de exploración.
1) Jair me pregunta por mi poeta favorito. Evidentemente tengo uno y todo mundo lo sabe, aunque apenas conocen unos renglones de las poesías que escribió para mí. Jair, por su lado, se refería a poetas con obra conocida/reconocida. El asunto es que son muchos y muchas, y que la poesía como la música dependen de los momentos y circunstancias. Mencioné a algunos: Benedetti, Cernuda, Sabines, Neruda, poetas clásicos, Verlaine, Prévert, y Sor Juana, Alejandra Pizarnik, …

2) La siguiente pregunta fue si tengo conocimientos de métrica y retórica. Lo que sé de métrica se lo debo a Sor Juana y a algunos clásicos, comenté; en cuanto a la retórica, dije que el Quadrivium ya no estaba en uso en los años en los que fui a la escuela. Pareció bastar.

3) “Uno de los mayores obstáculos para comenzar a escribir poesía es el prejuicio a ser juzgado por los demás e, incluso, por nosotros mismos.”, me comentó. Respondí con un “Ok. Eso no me preocupa mucho. Para comenzar con mi familia, las descalificaciones públicas son muy frecuentes. Y las mentadas. Y es por lo que escribo en mi blog, particularmente.”

Pareciera que no me conocen, aunque algunos han vivido a mi sombra y a mis espaldas, sabiendo que soy inmune a los insultos y descalificaciones de cualquiera y de cualquier tipo y que no vivo ni pienso ni escribo para complacer a nadie. Mi compromiso es siempre conmigo misma, y eso se lo debo a mi padre. Por otro lado, mis recuerdos son eso, recuerdos, y pueden no coincidir con los de los demás; y de lo que doy testimonio es de lo que veo desde mi perspectiva que es absolutamente diferente a la de cada uno de los otros. No me niego a reconsiderar, siempre y cuando haya elementos para hacerlo. Recordé mi interacción en línea con el Chanano, hermano de una de mis excompañeras de escuela obligatoria, quien encontró mi blog de pura casualidad, leyó algunas cosas en que mencionaba a su familia y me pidió cambiar “pasturería” por “caballerizas y pasturería” en mi descripción de su casa. Después seguramente encontró algo que no podía cambiar, y que le molestó, y me envió un mensaje para dar por terminadas nuestras conversaciones. Su rollo.

4) Siguió la solicitud de escribir sobre mi infancia, en unas diez líneas. El resultado, por supuesto, excedió el límite:
“Un poco a la manera en que Serrat se refiere a su infancia, yo me he referido a la mía.
La vida en Tepic, desde que nací y hasta que me expulsaron del paraíso, cuando me enviaron a estudiar a Ciudad de México, a los 15 años, fue plácida.
Cuando nací, fue casi como si todos los dioses se reunieran en torno mío para llenarme de dones (excepto Venus): era yo y un mundo de gente honesta, combativa, valiosa. Mi abuela Hilaria, contadora de historias; mi padre y su padre, entregados a la luchas por los derechos de los trabajadores, y soy la hija y nieta consentida; mi tía Cuca, cocinera mágica, gustadora y patrocinadora de fiestas en los pueblos y quien fungió como madre desde que nació mi hermano, año y medio después de mí, y mi tío Gonzalo, ferrocarrilero comunista y luchador social, con ellos recorrí el Pacífico en tren, varias veces; mi prima Licho, su hija, portadora de la corona de reina que, literalmente, me cedió. Y mi madre, quien influyó mucho menos que el resto.”

Y el asunto es que al salir de la escuela me llevaban a casa de mi tía Cuca, y de ahí, en algún momento de la tarde, alguien me llevaba a mi casa. Mi hermano, el que mencioné en el párrafo anterior, nació cuando yo cumplí 18 meses, y mi madre tenía que hacerse cargo de él y de la familia que estaba formando, auxiliada por mi abuela. Sin las comodidades de la vida moderna, para mi madre significaba cocinar con carbón (y había que salir a comprarlo, lloviera o relampagueara, acompañada de mi padre en ocasiones), lavar a mano, planchar, ir al mercado todos los días, ir a la lechería y a la panadería hasta dos veces si era necesario, etc.; adicionalmente ponía inyecciones y sueros a quienes conocían su experiencia y buena mano, para ayudarse con los gastos familiares. Mi abuela hacía costuras y tejidos y sobaba a quien se lo solicitara para tener una entrada de dinero. No fue una infancia de pobreza y nunca experimenté la sensación de que careciera de algo, pero tampoco hubo lujos ni excesos. Por mi parte, fui suficientemente independiente desde que nací como para poder estar lejos de ellas, arropada por el cuidado y cariño de mi tía y mi prima. La llegada de cada uno de los siguientes cuatro hermanos hizo que mi madre tuviera más exigencias a pesar de la migración a la estufa de petróleo, primero, y a la de gas muy posteriormente. Yo resulté beneficiada: tal vez hubiera sufrido mucho cuando me enviaron a Ciudad de México si me hubieran criado pegada a las faldas de mi amá.

Las fotos de mi infancia, que he compartido en Facebook, me muestran con mis padres, dos meses después de nacida, en el parque, a los 6 meses, dentro de la casa familiar hasta alrededor de los 2 años. A partir de ahí las fotografías fueron tomadas en las escuelas, desde el kínder, o dentro y en los alrededores de la casa de mi tía, cuando todavía no compartíamos el terreno. En algunas fotos de esas aparecen mi hermano y mi abuela, al pendiente de nosotros. Después, cuando ya éramos seis hijos y mi padre había construido la casa “provisional” en el terreno de mis tíos, aparecemos en diversas fotos dentro y fuera de la casa, con parientes y amigos, o en paseos familiares.

5) Siguió escribir sobre sexo, mis vivencias. Algunos detalles solamente los he conversado con mis amigas cercanas, nunca con mi familia. Ahora serán públicos.
“En el ambiente en el que crecí nadie hablaba explícitamente de sexo, excepto el cura cuando mi madre se atrevía a mandarme a confesar, contra la voluntad de mi padre. Recuerdo las preguntas acerca de si había cometido pecados, y su explicitación de los que él pensaba que podía cometer. Nunca me interesó explorar lo que sugería.
Hace un año me cayó el veinte de algo que escuché al pasar cerca de la mesa en la que mi padre, mi madre y mis tíos jugaban dominó; mi padre se refirió al “Pájaro Madrugador” y siempre pensé que se refería al satélite, reciente en aquellos años. Sí, a los 67 años caí en cuenta de que la intimidad de mis padres ocurría en las madrugadas.
Yo no me interesé sexualmente por nadie; el amor de mi vida y yo solamente compartíamos caminatas y conversaciones a la sombra de un árbol, excepto por una vez que me pidió un beso, se lo di en la mejilla y entré a mi casa cerrando la puerta, a punto de desfallecer.
Entendí, por los comentarios de las compañeras alrededor, que en un noviazgo suele haber otros contactos. Intenté aprender con un novio pero era, primero que nada, un excelente amigo. Luego me puse de novia del papá de mi hijo (por compatibilidad de horarios), y un par de años más tarde me inicié sexualmente, un año antes de casarnos, sin que hubiera más interés que el de entender. Pako es consecuencia de una botella de Beaujolais Nouveau en mi cumpleaños 29, tres después de casarnos, como estudiantes recién llegados a Francia. El psicólogo que mi hijo solicitó cuando pidió el divorcio de su padre, dijo que no se explicaba cómo había tenido yo un hijo si no entendía nada (entonces tenía 40 años)”.

6) Entrada a Memory lane. Jair dijo “Quiero que escribas cuáles son los aromas, sonidos, texturas y sabores que te recuerdan a tu abuela y a tu tía Cuca.
(Si te das cuenta no incluí el sentido de la vista).
Trata de ser lo más detallada posible.”

Contuve el aliento y escribí de un tirón:
“Mi abuela: su voz cantando “Collar de perlas”, su voz narrándonos historias, subidos en una cama, mientras caía la lluvia intensa de los veranos en Tepic, y mientras nos iba pelando cacahuates como snack; su voz calmada, explicándome que lo que me había sucedido esa mañana en la secundaria era algo muy natural en una mujer de mi edad y que tendría que aprender a “sobrellevar” por muchos años. Sus pájaros y su perico. Texturas, las de todos los vestidos que me confeccionó hasta mis 22 años, cuando pude comprar mi primera máquina de de coser; las de los tamales (siempre para mi cumpleaños, hasta los 15) y las gorditas de asientos; la de sus manos, cuando curaba mis dolencias con ungüentos y mezclas que ella preparaba; aromas, los de sus plantas medicinales y de ornato, sembradas en el gran jardín compartido con la casa de mi tía Cuca. Los sabores de todos los antojos citados, que he tratado de recrear para mi hijo, y el café que ella recolectaba, secaba, tostaba, molía y preparaba, para acompañar con pan dulce salido de la panadería de su hermano Pedro y de los hijos de él.
Mi tía Cuca: el sabor de sus guisos, comenzando con los frijoles refritos que hacían que dejáramos el almuerzo de mi madre en cuanto ella anunciaba “ya están los frijolitos”, pero también el guajolote de Navidad, que ella criaba, emborrachaba, mataba y cocinaba. Los licores de nanche (para los adultos, en principio); las ensaladas de callo de hacha y de abulón que se le ocurría mandar a comprar a la carreta de la esquina de la casa, como antojo antes de la comida. Texturas: las de su cama; pasaba grandes ratos en su casa porque, en mi primera infancia, vivíamos en otra calle, pero al salir del kinder y de la primaria era a su casa a donde me llevaban. Y a alguna hora me recogía mi madre y me llevaba a nuestra casa, o dormía con mi tía. La textura del pullman, en los frecuentes viajes en el Ferrocarril del Pacífico, acompañados por los sonidos del tren y de lo que ocurría en las estaciones y en los pasillos. La textura de su guayina (así la llamaba ella), en la que íbamos de viaje a su pueblo natal; ahí, el sonido de las bandas y la música de los bailes, populares o familiares, y el cueterío de la celebraciones religiosas. La pólvora festiva. Los aromas son los de la comida, los del campo, los del mar de Mazatlán donde mis tíos tenían una casa y en donde pasé algunos veranos. Y los sonidos del carnaval en esa ciudad, del cine al que había que llevar una silla y que no tenía techo; la textura de la lona del catre, indispensable en un clima semejante.

6) La tarea. “Ahora, de tarea, vas a escribir un texto sobre uno de esos vestidos que tu abuela te confeccionó. Quiero que escribas detalles, ¿cómo era? ¿de qué color? ¿Qué tipo de tela? ¿cuándo lo usaste por primera vez? ¿dejaste de usarlo? etc.; pero que involucres los cinco sentidos.” Respondí “Y voy a llorar mucho al respecto”. “Es parte de la escritura y de eso se trata. A a todos nos pasa”, replicó Jair.
“Yo: Hay un antecedente de ese vestido, en mi blog.
Jair: Velo también como un homenaje a tu abuela y a ti misma.
Yo: es parte de un proyecto que debo completar antes del 23 de mayo: rehacerlo y usarlo en esa fecha
Jair: Muy bien, mira qué grata coincidencia; rehacerlo y escribirlo
Yo: Sí. Es algo que nomás requiere de que encuentre la tela correcta”

La tarea la envié ayer por la tarde; la tela, no igual ni de la misma calidad que la del vestido de mi recuerdo, la compré ayer por la mañana; hace un rato traje el papel para el trazo (algo que mi abuela no necesitaba), y la semana siguiente estará dedicada a ese proyecto especial.
La segunda sesión del taller está por comenzar.

6 de marzo: Mi única oferta

Tuesday, March 6th, 2018

Conversé contigo largamente la noche del 4 de marzo. Era la víspera del 42 aniversario de mi matrimonio, y necesitaba tu compañía.

Volví a repasar cómo llegamos a perdernos durante muchos años, y cómo volvimos a encontrarnos a través de los sueños y otras manifestaciones y coincidencias.

Regresé a la noche del 31 de diciembre de 1969, cuando entendí que tu familia nunca me aceptaría y decidí alejarme. No dije nada cuando terminaste de cantar, sentados todavía a la mesa en que tu madre nos sirvió algo para evitar que bailáramos y siguiéramos conversando, los platos en lados opuestos de la mesa. No entendí por qué esa letra pero tampoco me sentí mal por ella; te convencieron de algo que no era o se trataba de una manera de hacerme reaccionar. Me puse de pie, di las gracias y abandoné la reunión en la que coincidimos.

No soy de confrontaciones, por supuesto. Ni siquiera para defenderme de habladurías y juicios gratuitos. Mucho menos lo haría para ponerte en situación de elegir.

¿Qué podías ofrecerte yo? Entonces y ahora nada, excepto a mí misma, mi compañía y compartir contigo cualquier cosa. Tampoco podía darte certezas ni establecer plazos.

No podía ofrecerte una familia, por supuesto; hubiera sido estúpido dada la edad que teníamos, nuestra absoluta dependencia económica de nuestras familias respectivas, la etapa que vivíamos, y nuestro total desconocimiento de la vida.

Te lo repetí: entonces no podía ofrecerte nada más que lo que yo era: yo misma y nada más. Y lo mismo te hubiera dicho cuando decidí buscarte, suponiendo que fueras libre (y lo eras, en todos los sentidos, cuando una o varias balas te liberaron también del resto de las ataduras), y te habría dicho que era para siempre. Lo mismo te diría ahora: no tengo otra cosa que yo misma, y es la única oferta, válida hasta el fin de todos los tiempos.

Tiene que ver con uno de mis sueños: nosotros y nuestros hijos respectivos, viajando en una carreta, sin ninguna otra pertenencia. Sonreías, sonreíamos, y era un sueño feliz.

Al día siguiente encontré, en Instagram, que alguien había escrito una oferta semejante. Agradecí la coincidencia.

Ese es nuestro pacto. Y lo acepto.

17 de julio: Tepic 2017

Monday, July 17th, 2017

Tepic: el lugar donde reside mi alma, el lugar de mi santuario y cuyo ambiente me devuelve la paz. La ciudad en la que nací y en la que circulo sin que nadie me reconozca, después de tantos años viviendo fuera y visitando solamente de cuando en cuando; antes, durante las vacaciones escolares de 1966 a 1975, más o menos, porque luego vinieron los años en que estudiaba una maestría de tiempo completo y trabajaba 20 horas además de las que empleaba como asistente de investigación sin sueldo pero que sirvieron mucho para mi formación. Después de esos años las visitas combinaron breves encuentros con la familia y trabajo (creé, junto con Shirley Bromberg y Papini, la Maestría en Matemática Educativa/Educación Matemática para la Universidad Autónoma de Nayarit, coordiné el primer año y fuimos los primeros profesores, antes de que cayera en otras manos). Escasearon los viajes cuando mi madre y mis hermanas se establecieron en Los Ángeles.

En lo que va de este año he ido tres veces, las tres ocasiones por cosas relacionadas con mi madre. La primera, en febrero, convocada por ella al igual que la última, apenas hace unos días. La de mayo para celebrar el Día de las Madres yendo a la playa, a San Blas, y para correr como loca por varias dependencias recolectando documentos para las formalidades de mi curso en Chihuahua.

En las tres ocasiones el apoyo de mi primo Alonso ha sido invaluable. Aunque lo conozco desde que éramos niños, nunca habíamos conversado o compartido una comida o un café; yo, porque soy una despistada y me mantengo generalmente alejada del mundo, particularmente de esos entes que jugaban a patear botes, a hacer travesuras, a conseguir víboras de agua para llevarlas a la casa -o sea mis hermanos y primos y sus amigos; él confiesa que yo le daba miedo, y no es algo extraordinario en mi vida. Ocurre con alumnos, con familiares y con otras personas. En algunos casos ese temor se desvanece cuando comprueban que medio me sé comportar y que hasta puedo conversar, excepto cuando las personas de plano pertenecen a una esfera que no tiene intersección con la mía.

En las tres ocasiones he podido compartir más de un momento con Raquel, la única amiga de infancia con la que tengo contacto y a quien de verdad quiero fraternalmente y sé que soy correspondida. La amiga que rehuí por 30 años y que siempre me recibe como si nos hubiéramos visto horas antes. Esta vez me contó que otra ex compañera de primaria y secundaria había estado justo antes de que yo llegara pero que había regresado a Guadalajara para una intervención quirúrgica. Lo ridículo es que no tenemos manera de comunicarnos, en estas épocas. 

En este viaje encontré y compartí el desayuno con Atzatiani, una paisana y ex alumna del Tec que radica cerca de Houston y a quien no veía desde hace unos 18 años, aunque nos encontramos frecuentemente en Facebook.

Las familias de los primos de mi madre forman un gran grupo, pero yo no puedo decir que los conozco, particularmente a los que son menores que yo. En este último viaje reencontré a mi prima Amparo después de alrededor de 52 años;  conocí a su hermana menor, Esperanza, aproximadamente de la edad de mi hermana Irma, la menor de mi familia; conocí también a dos sobrinas y dos sobrinos Aldaco y a la familia de Alonso. Prometieron contactarme con los otros primos, los descendientes de mi tío Pedro Aldaco, fundador de las mejores panaderías de la ciudad, para que me enseñen a hacer algunos de los panes cuya receta solamente ellos conocen bien. Digamos que éste viaje fue familiar, y hasta cociné y comí en casa de mi tía Esperanza. El motivo del viaje, por otra parte, no llegó a concretarse aunque estuve tres días (iba solamente por una noche) esperando por la solución.

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Ir a Tepic es reencontrar mi paz, poder caminar la ciudad vieja, lo que ahora se llama centro, de lado a lado,  o recorrer en autobús urbano las calles en las que nací y crecí; recorrer los mercados y las calles aledañas con las carretas de fruta de temporada, churros, lácteos que nunca me hacen daño, y comer antojos que tampoco me provocan agruras o indigestión sin importar la cantidad o la hora en que los coma. En cada viaje encuentro nuevos recorridos. En este último, el paseo en el turibús me permitió darme cuenta del crecimiento de la ciudad, desde el Mirador Zitacua o Rey Nayar y, desde ahí mismo, admirar un bello atardecer que no hubiera imaginado sin hacer esa subida, pues la ciudad está rodeada por cerros.

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Disfruté mucho una breve caminata bajo la lluvia, cruzando la plaza principal: recordé mi infancia durante las vacaciones de verano (julio y agosto) en las que la lluvia nos convocaba a jugar haciendo barquitos de papel para ponerlos a navegar en la corriente frente a la casa que habitábamos, o a bañarnos en los chorros de agua que bajaban de las azoteas, por ejemplo. El agua se siente tibia y no hay manera de que uno pesque un resfriado.

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En cada ocasión encuentro aretes, morrales, blusas y medicamentos producidos por las culturas Cora y huichola (más de esta última) y que se expenden afuera del mercado principal y, en esta ocasión, en una muestra extraordinaria en la plaza principal. La sorpresa fue encontrar un establecimiento que expone plantas de peyote con los frutos en diferentes etapas de desarrollo, pero que no están a la venta; dijeron que tienen ahí 50 años, y yo nunca había pasado frente a esas vitrinas.

La blusa guinda, aunque me costó casi una hora de negociación (su dueña no quería venderla), ¡es mía!

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Cada viaje a Tepic es también un viaje a mi santuario, en la Alameda; un lugar al que siempre acudo sola excepto por la respetuosísima compañía de Pako hace dos años, a petición de él. Son ya 4 años de acudir a ese lugar, haciendo el viaje a Tepic a veces de manera expresa, para conectar con mi alma y con quién amo a pesar del tiempo y las inconveniencias de estar en diferentes dimensiones. Aunque normalmente le escribo desde cualquier parte y a cualquier hora, los “encuentros” ahí tienen un carácter especial. Algunas de las experiencias las he relatado en estos espacios, otras se quedan entre los dos. En cada ocasión mi llamado tiene una suerte de respuesta. Instantes y experiencias que atesoro.

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En mayo, en mi mensaje dije que “cada día estoy atenta a cualquier cosa que pueda indicarme que estás y acompañas mi camino.” Al día siguiente encontré una estrella, inesperada, inusual, justo en mi camino al bordo del mar, en San Blas.

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En esta ocasión la convocatoria simplemente decía “añorando tu presencia, buscando tus ojos, tratando de encontrar tu sonrisa.”  Luego caminé hacia la salida cercana a la biblioteca, rumbo al Café Chilindrón. Ahí estaba la fruta, perfecta, madura, en su punto. La guardé para comerla en privado y le agradecí la muestra de cercanía (el mango tiene un significado especial, relacionado con el cuidado que siempre tuvo hacia mí):

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“Apenas esta mañana lo saboree plenamente. Dulce, dulcísimo, como imagino sería besarte, poniendo todos mis sentidos en el disfrute, pensando absolutamente en ti, en el antojo de tu boca. Todavía tengo el sabor en mis labios. Cuánto me gustaría repetir ese placer una y otra vez.”

El más dulce desayuno que haya tenido. Único, por supuesto, que remite a otros momentos únicos e inolvidables. El éxtasis de la degustación del dulcísimo fruto solamente se compara con el momento de gozo que experimenté hace unas seis semanas justo al mirar hacia mi patio bañado por la  luz del medio día. Lo que sigue es una placidez extraordinaria.

Hay por lo menos una nueva visita, en agosto. Y será, como siempre, un disfrute. Llevaré una maleta, para traer el frijol, el café, los bolillos, y los muchos antojos y regalos de mi madre.

 

P.D. Hace un mes, el 16 de febrero de 2018 regresé a Tepic para celebrar mi cumpleaños.  Tenía en mente tres cosas:

  1. Acudir a mi santuario, para mi festejo personal, conversando con mis ojos verdes;
  2. Festejar el cumpleaños de Raquel, ocurrido el día 9;
  3. Volver a ver a mi prima Amparo, porque en ese breve encuentro dijo que acababa de salir del hospital porque la habían desahuciado (cáncer); yo no la veía próxima a la muerte

Los primeros dos puntos se cumplieron más que satisfactoriamente; el tercero ya no pudo ser. Mi prima falleció en noviembre. Lo supe al llegar.