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28 de agosto: la ausencia que duele y Modiano

Friday, August 28th, 2015

Y hay días, como éste, en que es terriblemente dolorosa. Aunque intente trabajar, aunque ponga música alegre, aunque me ponga a chatear. Es constante, persistente, obsesiva. Cualquier cosa hace que regrese a ella; ni el pensamiento de preparar algo de comer me distrae. Y sí, termino por hacer algunas cosas de manera mecánica: regar las plantas, cambiar el agua a los bebederos, recoger y ordenar la cocina o mi cuarto, pero con los ojos húmedos y el quebranto a flor de piel. Termino por dejar que fluya.

Escribí algo para descargar mi sentimiento y, según yo, lo copié a Evernote; borré el archivo de Word. Todo desapareció de alguna manera. Tal vez llegó a su destino. Mucho rato después, cuando la calma se instaló en mí, me puse a leer a Modiano: Una juventud.

Es una novela corta, y la terminé más rápidamente de lo que me hubiera gustado, contada en tercera persona y en una época no precisada aunque seguramente anterior a la que yo viví en París. Sin embargo la lectura me llevó por lugares conocidos y muy apreciados no solamente en la ciudad.

Cuando recién llegué a Francia pasé las primeras semanas en Grenoble, porque el entonces marido había necesitado de un curso de inmersión total de tres meses, previo a su ingreso al doctorado. De paso, y tarde, supe que si uno no aprendía lo que debía en el curso de un año en el Consulado en México (Centro Científico y Técnico, se llamaba), el “castigo” era esa estancia que permitía pasear por los alrededores de Grenoble, vivir en esa bella ciudad y convivir con muchos estudiantes de diferentes culturas. Pero yo sí había aprendido 😦

Como quiera, estando ahí viajamos justamente a Annecy y de ahí al Mont Blanc y sus alrededores; el siguiente viaje sería a Provence y la Costa Azul, hasta Mónaco, siempre viajando en grupos de estudiantes. De manera que el paseo por Annecy de Louis y Odile, los personajes principales de la novela, podía imaginarlo. Hasta recordé el vin du pays, las frutas y jamones de los mercaditos y el buen pan, que hicieron nuestras comidas. De manera semejante puedo recorrer el “camino” hasta Londres porque viajamos allá en la Semana Santa de 1979, junto con un buen amigo que conocimos en México en los cursos del Consulado, estudiante en el doctorado de Geología y también egresado el Politécnico (IPN).

En Grenoble estuve unas tres semanas, en total, y me fui a París a buscar departamento mientras el don terminaba su curso, y a iniciar mi trámite de inscripción en la Universidad Paris VII o Paris Diderot, parte de la Facultad de Ciencias de la Universidad de París. Porque mi inscripción original y mi carta de aceptación estaban en Burdeos, con Brousseau,  aunque también tenía aceptación en Estrasburgo, directo a hacer la tesis, dado que su director (el querido Georges Glaeser) conocía mi trabajo en México y desde entonces me había “adoptado” en una amistad invaluable que duraría hasta su muerte. Pero en términos de lo que yo creía que era mi deber, necesitaba cambiarme a París.

En París tenía ya alojamiento en una casa de estudiantes, pero contacté a Guillermo Arreguín (amigo de mucho años y profesor en Matemática Educativa, en su segundo año del mismo doctorado al que yo iba a ingresar) porque, entre otras cosas, vivía en la Casa de México, en la Cité Universitaire, y podía ayudarme a investigar si era posible encontrar alojamiento ahí. Resultó que no. Hicimos un tour por los restaurantes y cafés de la Cité, mucho mejores que los de la universidad en cuanto a la calidad y variedad de la comida, puesto que hay un restaurante en cada una de las casas; de ahí que cuando era posible uno fuera a comer “hasta allá”. Conocí, por supuesto, el Parc Montsouris que tanto disfrutaría mi escuinclito posteriormente:

“Un matin dans le lumière de l’hiver
Au parc Montsouris
À Paris
À Paris sur la Terre
La Terre qui est un astre”

cantaría Montand.

Pero el relato de Modiano nos lleva también por muchos de los barrios y lugares muy reconocibles de esa ciudad que me encanta … pour flaner. Definitivamente la Plaza de Jussieu que describe, donde está la Facultad de Ciencias (Paris VI y Paris VII), no se parece a la que yo conocí entre 1978 y 1980 y, mucho menos, a la que vi en el año 2000.

En suma: me gustó el paseo, y esa idea de ir buscando la memoria de los que ya no están (los padres de Louis, en la ocasión), pero también tratando de conocer a los amigos y socios que se van consiguiendo mientras se crece. Por lo menos es algo que yo hago cuando vuelvo a los sitios en los que crecí.

Al terminar la lectura la tormenta interior se había despejado. Vamos a ver qué nos trae el sueño.

 

2 de mayo: La memoria

Friday, May 2nd, 2014

No sé la de los demás, pero mi memoria no hace lo que yo quiero. Digo que soy desmemoriada pero recuerdo cada situación por la que me preguntan. Nombres, apodos, situaciones y hasta imágenes. Por supuesto que la mayor parte de todo eso está guardada en algún lugar al que no me asomo con frecuencia.

Ayer recordaba los cursos en ESFM en los que aprendí a programar en Fortran, primero. Y la máquina en la que se perforaba cada línea de código para armar el programa y llevarlo a correr al Centro de Cómputo de Zacatenco. Y las desventuras cuando:
a) dos días después nos entregaban la “corrida” con mensajes de error, y había que repetir el proceso
b) en el camino alguien tenía la mala suerte de tropezar, revolviendo las tarjetas

Recordé también mi primera clase con Cristóbal Vargas. Su ejemplo de algoritmo fue una receta para un pastel de chocolate. Recordé al profesor MacIntosh (la ortografía del nombre puede no ser esa) y su departamento en Lindavista (fuimos algunos de sus alumnos) lleno de libros por todas partes, incluso en el baño.

El asunto es que esos recuerdos están ahí pero no se activan más que cuando en alguna conversación surge algo que los relaciona.

Sin embargo hay recuerdos que aparecen cuando se les pega su gana, y eso es a cada rato, sin que pueda precisar su frecuencia y sin que tenga que haber un escenario propicio. Puede ser que yo haga por llamarlos y sí, voluntariamente voy jalando hilitos, cada uno con una imagen, una palabra, un sonido, pero no pasa nada, es como acercarse a ver una colección de fotos lindas, y nada más. En cambio, puede ser que a media clase o a media comida o mientras camino en el parque o en cualquier otra situación, en pleno medio día o justo cuando pongo la cabeza en la almohada, el conjunto de imágenes aparezca completo bajo un único significado que, generalmente, duele mucho pero que necesito.

En esos casos no hay nada que yo pueda hacer sino dejar que fluya el sentimiento y que la presencia se vuelva casi tangible, dolorosamente real. Y dejar que pase, que se recoja y se vuelva a guardar, hasta la siguiente irrupción incontrolable.

Cuando ocurre en el sueño es mucho más placentero porque da lugar a conversaciones completas con mucho sentido. Entonces las imágenes se organizan en situaciones muy reales que desearía poder hacer que continuaran. Pero tampoco mando en mis sueños.

Para bien o para mal, así funciona. Sí alguien me ve en uno de esos extravíos, que no pregunte. Simplemente estoy viviendo en otra realidad.