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13 de diciembre: 22 años de la nevada en León

Friday, December 13th, 2019

Hoy hace 22 años de la nevada en esta ciudad (1997). El preaviso de un cambio significativo en mi vida.

La caída de nieve emocionó a chicos y grandes en León el sábado 13 de diciembre de 1997.(Archivo.)

Plaza pincipal de León, el 13 de diciembre de 1997. Foto del periódico am

Era sábado. Al abrir la ventana de mi recámara noté la inusual estampa de los techos blanqueados de las casas vecinas. La capa de nieve que los cubría no era muy densa, pero suficiente para ser notada. Después del desayuno Pako y yo salimos a pasear para ver/capturar algunas postales alrededor de la ciudad. Plaza Mayor estaba llena de amigos y conocidos, justamente para rencontrarse y comentar la bella sorpresa. Los jóvenes ya estaban de vacaciones, pero los docentes no, de modo que nuestro paseo de vacaciones comenzaría una semana más tarde. Iríamos por primera vez a El Paso, TX, donde el ex, ahora difunto, llevaba ya un par de años trabajando; de ahí a Ruidoso, NM, para que Pako aprendiera a esquiar. Mi hijo acababa de cumplir 18 años, había terminado la prepa y había tenido su primer trabajo formal, como profesor de un curso de computación para alumnos de nuevo ingreso a profesional, en el Tec de Monterrey Campus León. Estaba más que listo para comenzar a volar sin red protectora y ya libre de temores.

A El Paso debimos haber llegado el viernes 19, por la tarde/noche. Del aeropuerto fuimos directamente a las tiendas para comprar ropa adecuada para la aventura: botas de nieve, chamarras, guantes y gorros, e inmediatamente enfilamos rumbo a Ruidoso, a donde llegamos en la madrugada. Después de desayunar, el 20 de diciembre estuvimos muy temprano reconociendo las pistas y las instalaciones del centro Ski Apache y el parque de nieve. Pako adquirió el equipo necesario para esquiar por primera vez. Llevaba, además, una cámara recién comprada para la ocasión; sí, pretendía tomar fotos mientras descendía la montaña (es hijo mío, por si tenían dudas). No quiso instructor; mi hijo Sheldon había aprendido a esquiar de la misma manera que ha aprendido otras cosas: en Internet. Ahora dice que no fue así, pero él mismo seleccionó la pista más larga y difícil.

Nosotros (el ex y yo) caminamos, tomamos chocolate y perdimos el tiempo observando a los esquiadores. Pako apareció cubierto de nieve y sin cámara, evidentemente. Mi niño estaba aturdido, helado y preocupado por su cámara. Había esquiado un rato sobre los esquíes, pero también de espalda, sentado, etc.; una moto lo encontró sentado bajo un árbol, en el camino de regreso, y lo trajo hasta la base. Seguía insistiendo con lo de la cámara. Lo hice tomar un vaso de chocolate caliente y le mostré el depósito de objetos perdidos. Mira, ahí dice “objetos perdidos”, anda a ver qué te dicen, le sugerí, asumiendo que no iba a encontrar nada pero que se quedaría más tranquilo. La cámara estaba ahí.

Después de la aventura del hijo regresamos al pueblo a comer, a pasear por las calles nevadas (unos 30 cm de alta la capa de nieve que las cubría), mirar escaparates llenos de arte de los pueblos nativos y de artistas locales; compramos algunos objetos. Por la noche, después de la cena, regresamos a la cabaña. A mitad de la noche me despertó la luz encendida y el ruido que hacia el señor. ¿Qué pasa? pregunté. Tú has de saber, respondió. No sabía, por supuesto, así que me tapé la cabeza e intenté dormir. Pero el ruido continuó y volví a preguntar qué pasaba, enderezándome sobre la cama. Misma respuesta, pero ahora vi que estaba empacando sus ropas. Te dejé una carta, dijo, y me voy.

OK, dije, y me levanté. Tomé mi cartera y saqué la tarjeta de Amex que me había dado cuando nos instalamos aquí, en la casa que yo compré; quité una medalla con mi nombre (su primer regalo) de la cadena de la que pendía y se la entregué también. La cadena me la regaló mi madre, dije, y no tengo nada más tuyo; cierras bien al salir, pedí con más sueño que amabilidad. Y me dormí. La carta que dejó también decía que yo debía saber la razón de su decisión. Pero no, yo no tenía ni idea aunque supuse que habría hablado dormida, cosa que es normal en mí desde que comencé a hablar, hace más de 60 años. Lo que no podía saber era el tema de mi conversación en sueños.

Esa noche fue, exactamente, el punto final de una relación que duró realmente unos tres años (el ex tenía ya dos años viviendo en El Paso) en los cuales hubo muchos viajes de trabajo a EU, en fin de semana, por parte del señor. Una relación necesaria para darle a mi escuincle el respaldo físico que necesitaba ante los temores que lo acosaban acerca de mi seguridad y la de él, una decisión que tomé con el respaldo del psicólogo que mi niño había pedido al exigir la separación de su padre. Duró cinco años, a contar desde que yo llegué a cohabitar aquí, en León en agosto de 1992. No fui consciente de eso hasta hace unos meses, cuando el señor que me leyó el café hizo énfasis en que había yo tenido una relación que había durado exactamente cinco años. Más o menos, dije yo en ese momento; NO, dijo con energía, exactamente cinco años. Sin embargo, formalmente, para conocimiento de todos, eso terminó el mismo día que mi hijo se graduó en la Ibero León, en 2006, viviendo en ciudades diferente todo ese tiempo.

Por la mañana, cuando mi hijo despertó, le dije simplemente que las vacaciones las continuaríamos solamente él y yo, a donde quiera que él quisiera ir. Vamos a Roswell, dijo, quiero ir a conocer el museo. Buscamos un medio de transporte seguro, tomando en cuenta la cantidad de nieve en los caminos, y nos dispusimos a partir en un viaje de ida y regreso en el mismo día.

El hombre reapareció para disculparse e intentar el regreso. Mi hijo y yo seguimos nuestro paseo solos. En los últimos días de diciembre tomamos el Chepe para disfrutar el viaje en tren por la sierra de Chihuahua, hasta Mochis, y ahí nos subimos a un autobús para viajar hasta Tepic, estar con la familia en la celebración de Año Nuevo y regresar a León.

A principios de este mismo año, 2019, escuché la voz del amor de mi vida, en mi sueño, diciéndome que hacía 21 años que nos habíamos vuelto a conectar, conversando en sueños. Al despertar yo no entendía lo de los 21 años. Con la lectura posterior del café, y lo de los cinco años, caí en cuenta: otoño (agosto-diciembre) de 1992 + 5 años = otoño de 1997; diciembre de 2019 -21 años = diciembre de 1997.

21 años, dijo mi dulce fantasma. Y ahora sé de qué trataba mi conversación en sueños. Saberlo fue una enorme alegría. La pregunta es ¿por qué tardaste tanto?