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29 de marzo: dos semanas de reclusión

Sunday, March 29th, 2020

Crónica de mi primera salida al supermercado.

Las noticias de ayer no fueron alentadoras y provienen de la autoridad en salud, aunque el jefe del gobierno no atienda las instrucciones y sea su ejemplo lo que guía a la mayor parte de los iletrados que siguen sus pasos. El mensaje del subsecretario de Salud, López-Gatell, fue muy explícito y desesperado: no salgan de sus casas, es nuestra última oportunidad. Cierto, ocurre apenas unos tres días después de que ellos mismos dieran que no había que alarmarse e, incluso, que iba contra los derechos humanos pedirle a la gente que deje de trabajar para aislarse. Lo triste de nuestra sociedad es que mucha gente vive de los que hace o vende día a día, sin posibilidad real de quedarse en su casa.

Esta mañana, al despertar, el tuit de @isidrocorro, quien aparentemente da cuenta de todos tipos de asaltos y sucesos de nota policiaca en CDMX, describía el asalto a un Sanborns en las calles de Tacuba y Eje Central, frente al edificio de correos, ayer por la noche:

#CDMX.

Se suma a otros actos delictivos, organizados a través de las redes, para sembrar caos y cometer atropellos que nada tienen que ver con carencias para sobrevivir.

Como sea, esta mañana yo necesitaba dinero en efectivo, para prevenir cualquier contingencia, y algunos insumos de limpieza regular, además de sal fina. Conociendo los hábitos de esta ciudad, es poco probable que uno encuentre gente haciendo compras antes de las 9 am. Avisé a mi hijo de mi intención y salí a Walmart a las 8 en punto.

Caminar cruzando el parquecito que colinda con mi casa, cubierto de flores de colores, con naranjas agrias tiradas junto al árbol en el que crecieron, y pisar el sutil tapete de jacarandas es reconfortante. Los únicos ruidos, aún a esta hora, son los de los pájaros que ahí habitan.

Como lo esperaba, en todo el recorrido por Francisco de Goya no encontré a persona alguna, excepto por un motociclista que pasó muy rápidamente. La miscelánea que está a unos 80 m desde mi casa estaba cerrada. El parque grande también está engalanado con las flores de la temporada; solamente algunas palomas se desplazan por los prados que ya piden agua.

Casi al llegar a Walmart apareció un señor de unos 50 años cargando una pequeña bolsa del supermercado: un litro de leche y un paquete de galletas; apenas la compra del día.

El estacionamiento de la tienda estaba vacío, y solamente uno de quienes ayudan a los clientes con sus compras esperaba, sentado en una banqueta. No había clientes afuera. Los carritos del mandado atados con cadenas, excepto por una de las filas. Tomé uno de los carros con un kleenex que mojé en gel antibacterial para limpiarlo bien: mugre, no solamente gérmenes. Los cajeros automáticos de los bancos (Banamex y Bancomer) también estaban solos. De nuevo: primero desinfectar el teclado del de Bancomer, y no necesité recurrir al de Banamex adicionalmente.

Los pasillos estaban desiertos en el lado de la ropa, la cocina, etc. Poca gente buscando artículos de aseo personal. No había gente en el pasillo de los artículos de limpieza, pero se nota la ausencia de cloro, por ejemplo. Encontré lo que yo necesitaba.

En el área de abarrotes no hay sal, en cualquier presentación. Yo buscaba sal fina porque de grano, blanca y rosa, tengo buenas cantidades. No hay harina ni de maíz ni de trigo, no hay consomé en polvo o tableta, y esto sí buscaba. Pero encontré vinagre y tortillas, tanto de harina como de maíz.

La panadería se ve desierta; ni siquiera es necesario que haya empacadora: el pan que hay está dispuesto en cajitas; ni bolillo ni teleras, pero sí para hacer capirotada de temporada.

Compré los quesos que necesitaba, y solamente ahí encontré a un par de señores buscando productos; esperé a que se fueran para acercarme a la vitrina porque, evidentemente, eso de respetar distancias todavía no lo incorporan a su rutina.

Había una caja en servicio cuando llegué a formarme y una persona pagando. En ese momento se abrió otra caja y pasé ahí. No hay empacadores voluntarios, de modo que fui poniendo en mis grandes bolsas los artículos de mi compra. Nadie más tuvo contacto con ellos. Salí muy cargada, aunque no es ninguna prueba extrema, todavía.

En mi recorrido de regreso apenas encontré unas cuantas personas, todas caminando por media calle. La miscelánea ya estaba operando; afuera esperaba un señor con su bicicleta y el canasto de pan, asumí que acababa de entregar. Esperé en la entrada a que se desocupara el interior. Un joven con una bolsa entró presuroso, sin esperar su turno, e igualmente presuroso llegó a la caja, donde declaró que solamente llevaba una coca cola en su bolsa. Una señora se entretenía comprando churros, sin empaque, frijoles guisados y tortillas. Otra señora, adulta mayor, se instaló junto a mí y le indiqué que estábamos haciendo fila; se asomó a la vitrina del pan, sin hacerme caso. Le comenté que acababan de decir que era pan de ayer, y que yo pensaba que el señor de la bicicleta estaba esperando surtir. Respondió que no, que ese señor es el que entrega los churros y que ella solamente venía por ese antojo.

La dependienta se desocupó, compré el consomé y la sal que no encontré en el súper. Llegué a mi casa sin contratiempo, dejando los zapatos en la entrada y la ropa que traía en el bote de la ropa para lavar. Los vecinos comienzan a despertar, parece, en punto de las 10:30 am.

En este proceso de relatar el primer día de salida, después de dos semanas de reclusión completa, conversé con mi hijo, vía telefónica, quien esperaba atento mi regreso. Me contó cómo está organizado y cómo está acompañado y cómo se protege. Sus últimas compras: pechugas de pollos que le llevaron, tortillas y harina que pidió en línea. Y una batidora. Estamos bien y estamos en paz, pase lo que pase.

 

 

 

26 de diciembre: Tarea 1 del Taller 2. Mi hijo

Wednesday, December 26th, 2018

Segundo texto de mi tarea.

Cena con Pako el 24 de diciembre de 2014

A mediados de ese año se había ido a trabajar a Hyderabad, pero había venido a pasar aquí (y Guadalajara y CDMX) dos semanas de vacaciones. Primero los amigos, siempre.

Salió de casa después de almorzar, hacia el mediodía, para ayudar a Luis Alejandro en el depósito de cerveza, mientras conversaban. Llamó para avisar que Luis Alejando y su novia cenarían con nosotros. Usualmente preparo diferentes antojos para su estancia: tamales, carnitas, galletas de nata, rollitos de membrillo, tacos de pollo para dorar, ravioles, etc.; en diciembre añado buñuelos y hasta una cacerola de bacalao (para hacer tortas) más por los amigos que pueden caer a pasar la tarde/noche, jugando dominó o videojuegos, que por nosotros. Nunca hago pasteles, flanes o gelatinas. Vinos, mezcal, tequila y otros licores nunca faltan; ni los paquetes de café para cualquier tipo de preparación, en su respectiva cafetera.

Iban a dar las 6 de la tarde cuando llamó para “recordarme” que había salido muy temprano de casa y sin desayunar, respondí con un recuento de su mañana en casa. Insistió y acabé con un “OK”, sin entender. Hay dos cosas prohibidas en esta casa: las mentiras y las faltas de respeto.

Llegó a casa acompañado por la novia que todavía tenía en Guadalajara, quien había decidido “caer” sin invitación a lo que ella suponía un festejo en forma. Le expliqué que nuestra celebración, en cualquier época del año, consisten en estar juntos y disfrutar de las actividades que nos interesan: cine, música, libros y largas conversaciones. Apenas llegando, mi hijo anunció que Luis Alejandro y su novia habían cancelado la visita.

Una hora más tarde puse la mesa y enlisté el menú. Pako se sentó en su lugar habitual, la esquina derecha frente a la ventana, y procedió a servirse un tamal verde mientras hacía elogio de mis preparaciones. Al tamal siguió una torta de bacalao, y un par de buñuelos en miel de piloncillo para acompañar el café. Durante ese tiempo conversamos, como siempre, tratando de incorporar a la chica a las conversaciones.

Pako disfruta de la comida de una manera muy zen, degustando cada bocado y disfrutando de la compañía, cuando está en confianza. En su decir, si se trata de comer de carrera, vamos al Oxxo por unos tacos o por una hamburguesa a McDonald’s. Conversa mientras come, y sus ojos almendrados se entrecierran al reír o al recordar vivencias, especialmente las que involucran amigos que conserva desde la infancia y adolescencia; al color café de sus ojos se agregan destellos dorados. Un “¡Ah!, ¿Sabes a quién me acabo de encontrar?” anticipa anécdotas, risas, exclamaciones y gestos de incredulidad, sorpresa, satisfacción o, en algunos casos, pesadumbre. Ocasionalmente se chupa un dedo que acabó metido en la torta o cubierto de miel, sin que le pase por la cabeza que otros pueden incomodarse. Es también regla de la casa: cada uno come a su modo, como se sienta cómodo y no como visita formal. Nunca comemos de mal humor, de manera que la conversación es muy animada, llena de sonrisas y complicidades comunicadas con los ojos y alguna mueca elevando las rectas cejas; la boca puede acompañar el gesto, curvándola hacia abajo y, en ese movimiento, la barbilla recta se adelantará un poco.

Cruza una pierna sobre la rodilla de la otra, la espalda descansando sobre el respaldo de la silla, durante el disfrute del café que siempre prepara él mismo, manteniendo en todo momento la conversación y el recuento de todo lo que ha hecho. Durante esa cena hablamos de los libros que habíamos comprado un año antes, en la FIL de Guadalajara, en la que habíamos recorrido varias veces los pasillos hasta encontrar Persépolis, como regalo para la novia, quien no nos había acompañado en ese evento. Mi hijo y yo seguimos conversando y sacó el iPad para mostrarme los avances del juego en el que trabajaba. En momentos como ese la mirada y la actitud cambian denotando concentración en los detalles, los codos sobre la mesa y la cabeza y las manos dirigidas hacia mí para involucrarme no en el juego mismo sino en el diseño. Mientras, me contaba las dificultades de la interacción con su equipo indio. Hice un alto con la mano (uno de los gestos que aprendió de mí) para señalarle la hora, y decirle que habían pasado casi dos horas desde que su chica había abandonado la mesa, y que le tocaba ir a hacerse cargo. Dejó salir un ¡Ah! acompañado de unos ojos como platos, dándose cuenta de lo abstraído que había estado; guardó el iPad, ayudó a recoger la mesa; agradeció, me dio un beso en la frente y dijo buenas noches.

Solos, sin visitantes, hubiéramos merendado algo hacia las 7 P.M. y luego hubiéramos hecho un bonche de palomitas de maíz o hubiéramos pedido una pizza, antes de subirnos a la cama para ver un montón de películas (compradas para la ocasión). Esa ha sido nuestra manera de celebrar, lo que ocurre cada vez que nos reencontramos. Netflix ha sustituido la compra de películas desde hace un tiempo.

En este momento (4 P.M del 8 de noviembre) está llegando a Cancún. El martes próximo volará para llegar a casa. Mientras, me organizo para tener los antojos listos.

 

5 de marzo: rumiar

Saturday, March 10th, 2018

Pedazos de sueños, trozos de escritos, escenas de películas que nunca veo completas, sincronicidades, etc., tardan en organizarse en mi cabeza. Miles de piezas acumuladas sin orden a lo largo de los años y que de pronto se reúnen y organizan, como piezas de un enorme rompecabezas, para formar una imagen. Pueden pasar 42 años en este proceso, por ejemplo.

Hace unos meses soñé la fecha del 5 de marzo en varias ocasiones consecutivas; era como si la leyera en un calendario de oficina o en la pantalla de un reloj despertador, sin ninguna referencia adicional, ni siquiera la que sería obvia en mi caso. Escribí mis sueños, como siempre, y seguramente Facebook se encargará de recordármelo en algún momento.

Comencé marzo rumiando recuerdos y experiencias: alegrándome por tener a Pako, dándome cuenta de la forma en que la aceptación de un matrimonio “por compatibilidad de horarios” (el trabajo comenzaba a las 7 AM, y terminaba después de los periodos de estudios, pasadas las 10 PM; coincidíamos en el curso de francés, de 7 a 9 de la noche, cada día) definió/direccionó mi camino para bien y para mal. Agregué un comentario al álbum de fotos de ese día:

No aposté a nada; no necesitaba nada. Simplemente no encontré una razón para negarme. Tampoco surgió espontáneamente, sino como respuesta a las preguntas de los conocidos en CDMX (nadie en mi familia hubiera sugerido semejante cosa, y nadie lo aceptó gustoso; pero nunca nadie se opuso a mis decisiones).
A la gente (y lo acabo de constatar con las ex compañeras de secundaria, hace tres semanas) le parece que si uno sale con alguien durante un rato, el paso natural es el matrimonio. A eso respondió la pregunta (no propuesta en sentido de romance) de ¿Y si nos casamos?. Y no había razones lógicas para decir no.
No aposté a nada, no esperaba ganar nada y confié en que tampoco perdería; pero gané un güerejillo de ojos traviesos, cosido a mano y como por diseño. El amor de mi vida.
Algunos raspones en el juego, porque nada es gratis. Y un final prolongado que me hizo llegar tarde a mi juego perfecto.

Tornó en algo menos agradable; y sin embargo no fue mi peor experiencia. La deconstrucción de la segunda resulta en algo mucho más amargo, aunque haya sido la solución para el problema en turno: la seguridad emocional de mi hijo y, de paso, el aprendizaje que me hacia falta, según dijo su psicólogo. No se da lo bueno sin lo desagradable. Pero eso es otro trozo de vida por contar.

Instagram me trajo un trozo de texto: Siempre recuerda que el esfuerzo de alguien es un reflejo de su interés en ti.

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Sé que tuviste que caminar más de 20 veces del Casco a Tlatelolco para ahorrarte el pasaje del camión y poder juntar para invitarme al cine. O para ir a despedirme a la terminal de Omnibus de México cuando yo me iba a Tepic y tú te quedabas en CDMX. Eso dice tantas cosas.

Mi Tetris se organizó. Las piezas se acomodaron para dejarme ver la bella imagen. Escribí al calce: Y hasta ahora se me ocurre que tanta coincidencia en los camiones a Zacatenco desafían al cálculo de probabilidades.
Por eso y muchas cosas más … te sigo queriendo, como hace 51 años.
Y añadí que reconozco que soy muy despistada, muy tonta para darme cuenta de eso que, sin embargo, era un conocimiento sólido basado solamente en tu mirada.

Me ha tomado 42 años darme cuenta de que muchas coincidencias las provocaste tú.

Sears Lindavista, mis dos hermanas conmigo. Recuerdo hasta el top casi pañuelo, estampado en verde, atado a mi cuello y mi cintura, y algún pantalón de campana.
Nos entreteníamos revisando los casetes en un botadero. Levanté los ojos y te vi del otro lado del mismo, no más de un metro cuadrado entre nosotros.  No supe en qué momento llegaste y tardé unos segundos en darme cuenta de que estabas acompañado por una chica que, según mi recuerdo, llevaba un sombrero de sol.

Tu mirada hacia mí era elocuente: “que no me miras rodeado de flores, y nuevos amores me sabrán querer”. La canción la habías cantado completa aquel 31 de diciembre de 1969, y no sé si me sorprendió semejante mensaje o que fumaras y cantaras tocando la guitarra, evidenciando el trabajo de tu familia para convertirte en un “soltero deseable”, como si fuera necesario, para las jóvenes consideradas aceptables para ellos.

Para la charla en “Casa Cuatro”, en Guanajuato, hace unos meses, había seleccionado un texto de Lady Murasaki (CA. 978 – 1025): It wasn’t long before I repented of having distinguished myself. Even boys become unpopular if it’s discovered they are fond of their books. For a girl it’s worse. Eras el menor y tu madre tenía una idea muy clara de lo que era aceptable; así te transformaron en un soltero a modo, para casarte con quien habían decidido; yo crecí en otro entorno, en el que nadie me obligaba o manipulaba para que me comportara como lo que no era/soy. Duró muy poco su gusto, dice Raquel.

Vámonos, dije a mis hermanas, y salimos rápidamente. La única vez que el alacrán de los celos mordió mi corazón. Nada que reclamar.

Unas semanas antes un periódico de nuestro pueblo había publicado que habían pedido mi mano. En realidad solamente fue el anuncio del matrimonio civil a mis padres, notificado ya a los amigos más cercanos en invitaciones poco convencionales: la fecha fijada era el 5 de marzo. La nota del periódico no daba cuenta de las razones para llevarlo a cabo, obviamente.

Por eso los sueños de hace unas semanas, reiterativos, repitiendo esa fecha sin que apareciera cualquier otra referencia. Marcaba un cierre definitivo, o eso pareció.

Nos habíamos desencontrado unos tres años antes, después de cambiarme a vivir a Lindavista, perdiendo así los encuentros en el camión a Zacatenco -subías en la primera parada sobre Av. Politécnico y te quedabas de pie junto al par de asientos en los que viajaba acompañada; y supongo que te dabas cuenta del efecto.

Quedaron los encuentros a medio pasillo entre tú escuela y la mía, pero luego nos graduamos y también perdimos eso. Hasta ese encuentro en Sears, el último en el último lugar que compartíamos: la vida en este universo en el que permanezco de día, a ratos.

Apenas entendí que tantas coincidencias desafían el cálculo de probabilidades. Apenas entendí que aunque sí ocurrieron muchos muchos encuentros casuales, otros tantos los creaste tú para mí. Y de que te quiero, nomás así, lo tengo muy claro, aunque nunca haya sabido expresarlo.

Anoche, de casualidad, topé con una vieja película mexicana, “Azahares para tu boda”, y me atrapó la interpretación de “Un viejo amor” tocada en un organillo; la interpretación se repite una y otra vez. Llegué justo a la escena donde el galán pide permiso para visitar a la pretendida, pese a las objeciones de los padres por tratarse de un socialista (liberal, de izquierda, diríamos) y un soñador sin nada (material) para ofrecer. La negativa a que se casen los enamorados porque él se declara no creyente.

Lloré. Maldije cuando la vieja madre está muriendo y agradece a la hija, a la que le jodió la vida, por ser tan “buena”. Catarsis. Sentimientos nunca exteriorizados.

Dormí bien, amanecí llorando.

lorar en este dia

28 de enero: Sueños y despertares

Wednesday, January 28th, 2015

Primero fue esa sensación de la que di cuenta en Facebook: despertar estando como en dos espacios diferentes de manera simultánea. Dije que estaba “desajustada” para explicar lo que experimentaba. Para comenzar mi madre, y luego los familiares y amigos, que pensó que no había comido suficientemente o no había dormido o estaba enferma. Pero no. En plena conciencia estaba viviendo y moviéndome en dos “niveles” distintos.

Yo creo que me he acostumbrado pero no me he “ajustado”. Lo más evidente es el desfase en el tiempo. Para mí estamos ya a fines de febrero, y me doy cuenta porque constantemente hago referencia a fechas, celebraciones y eventos en el día correcto del mes equivocado. Y lo posteo, claro. Luego alguien hace que me dé cuenta del error… y a veces simplemente lo dejan pasar.

Por supuesto que cumplir con los asuntos de trabajo cuesta más que de costumbre. Alarmas y notificaciones desde cualquiera de los dispositivos y aplicaciones, marcas en el calendario físico que cuelga frente a mi mesa de trabajo, y la revisión constante de Edmodo para lo de las clases. Requiere más esfuerzo que lo usual, y el desgaste me obliga a comer al menos cuatro veces al día.

Luego vino el sueño con Mely, que dijo estar preocupada por “los movimientos”, lo que yo interpreté como mareos; mandé un mensaje a mi comadre para asegurarme de que estaban todos bien. En la conversación me contó sobre los movimientos y cómo están siendo afectados, especialmente el pequeño, la mayor preocupación de su madre y la familia.
Anoche, antes de decidir que me iba a dormir, llevé a cabo, como siempre, el ritual de limpiarme la cara: primero con cold cream y luego con agua y jabón. Mientras me lavaba observé que mi cara había cambiado. Parecía menos oriental del norte de Nayarit (me lo dijo así un paisano de Mexcaltitán, en el CECUT, en una feria de Nayarit) y más india de la India. Me pareció curioso y pensé si eso era consecuencia de estar envejeciendo y darme cuenta, de repente, de lo que el tiempo ha hecho en los últimos meses. Me pareció divertido, simplemente.

Regresé a mi cuarto y, antes de apagar las luces entró un mensaje de Pako, con la foto de una conversación que acababa de tener. Se va a la India. Por lo pronto es por unos días y, si todo sale como esperamos (sí, es por lo que he estado pidendo), se irá a trabajar allá uno o dos años. Me emocioné.

Anoche tuve otro sueño, esta vez mi padre, inusualmente serio y enérgico, exigiéndome salir de la casa en la que me encontraba con mi abuela (su madre) y un pequeñito rubio de pelo lacio. Y Pako que me alcanzaba a decir que alguien había “falleci…” sin terminar la palabra.

No es la primera vez que tengo sueños o “anuncios” de tipos diversos, pero espero que este último sea solamente producto de la cena a deshoras. 😉

Y sí, ya aclaré que sí estoy loca, no tengan preocupación.

31 de diciembre: cambio de calendario

Wednesday, December 31st, 2014

Termina 2014. Para muchos efectos es solamente cambiar el calendario a media semana. El que todavía hoy cuelga de mi pared fue uno de los regalos de mi hijo, la Navidad de 2013. El nuevo lo compramos juntos, en la FIL de Guadalajara, hace casi un mes. Se trata, simplemente, de cambiar la decoración de la pared frente a mí y recordar escribir 15 en lugar de 14 en cualquier documento.

2014

2014

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Mi abuela

Mi abuela

Pero hoy es el cumpleaños de mi abuela Hilaria, la mujer de quien aprendí una gran parte de mi lenguaje cotidiano, mi primer ejemplo de mujer trabajadora, habilidosa, fuerte e independiente.

 

 

Una mujer con mucha sabiduría cuyos mimos, como los de mi amá, eran obras y no siempre palabras: las gorditas de asientos, el cafe que ella recogía de la planta y tostaba y molía, los tés curativos, las tardes de lluvia en las que nos contaba historias mientras nos repartía “ruido de uña” (cacahuates y pepitas), el vestido hecho a la medida en su máquina instalada bajo la bugambilia o tejido a gancho, y tantas otras cosas. Alegre, hoy estaría cantando desde temprano las viejas canciones de su juventud o escuchando a Lorenzo de Monteclaro. Por la noche, comenzaría la fiesta sacando a bailar a cualquiera de los mayores, reunidos en la tertulia de la familia extendida. Antes, habría preparado los tamales para compartir en la abundannte y variada cena informal que acostumbrábamos. Estaba a punto de cumplir 100 años cuando murió, en 1992. Muchas cosas aprendí de/con ella, muchas otras debí de haberlas aprendido.

 

Tu recuerdo   Es también el recuerdo de la Noche Vieja de 1970. Una canción, mi terquedad sheldoniana (entonces no tenía calificativo) de alegar sobre y rehusarme a lo que para mí no tiene sentido, sin dar cabida a lo que deseo.  Ese año debí terminarlo bailando y experimentando una cercanía que añoro.

Anoche vi Diario de una pasión, por si me hacía falta saber que en algunos momentos hay que dejar la racionalidad de lado.

 

 

 

 

Al mismo tiempo, al cambiar el calendario estaré dando inicio a un año lleno de posibilidades de trabajo, de viajes, de amistades, de nuevos proyectos. Lo que está surgiendo tiene un aspecto muy bueno. Estas dos semanas con mi hijo en casa, compartiendo proyectos y realidades, me proporcionan mucho material para tener la confianza en lo que el nuevo año traerá para nosotros; de entrada, la estancia de Pako es de lo mejor que traen estas fiestas.

Por otro lado, hay que prepararse para continuar en la exigencia de justicia y de legalidad en este país y para ayudar en donde y como se pueda a mejorar el nivel de educación y participación de las personas en las comunidades menos privilegiadas, comenzando en esta misma ciudad y colaborando de los amigos ya involucrados. Y ahí tenemos un montón de trabajo que, estoy segura, será muy disfrutable.

El año que termina ha sido rico en experiencias y aprendizajes y ha traído nuevos y valiosos amigos; la familia permanece, y ya eso es una bendición que hay que contar, entre tantas otras.

Por lo pronto mi lectura para este día es Desobediencia Civil, de Thoreau, uno de los dos textos que me quedaban por leer, de los que compramos en la FIL. Hoy no hay que cocinar, no hay prisas, no hay “tenemos que…”; solamente estar.

La generosidad de mi amá

Friday, August 22nd, 2014

Un día mi hijo me preguntó la razón por la cual alguien (uno, una, ninguno de sus hijos) que fue educado por mi madre, en la misma casa y rodeado de los mismos cuidados que el resto, actuaba de una manera, a sus ojos, tan absurda. Mi hijo no creció ahí pero le queda clara la generosidad de su abuela, el apoyo familiar y la decencia general en que crecimos.

Mi madre ha sido y es muy generosa, ciertamente. Ninguno le llegamos siquiera a la altura del dedo chiquito. Son su tiempo, sus tesoros puestos a la venta para generar un ingreso necesario para los suyos, su preparación de los antojos y las comidas “personalizadas” en función de las aversiones de cada uno, su compartir desinteresado de lo que hay con los que tienen menos, la paciencia y el amor infinitos con que se hace cargo de los que enferman  incluso si significa vivir con un pie en una casa (la casa familiar, con los hijos más jóvenes) y el otro pie en otra (la de mi abuela paterna, incapacitada para moverse a raíz de una caída a edad avanzada, y  más terca que yo acerca de estar en SU casa, sola) y correr de una a otra de manera que a ninguno le faltara lo necesario. Es también su devoción, pidiendo y haciendo penitencias por la salud de un hijo, de una sobrina o de cualquiera otro de los que ama. Es el amor manifestado en el cuidado de mi abuela materna hasta el último momento y en el cuidado de mi padre (“su amor, su cómplice y todo”) también hasta el último momento, manifestando esa complicidad en el ocultarme su enfermedad y posterior muerte para  evitarme una pena durante mi embarazo.

La familia en la que crecí era también muy generosa, incluso con los que no eran de casa. Los vecinos estaban siempre dispuestos al apoyo y al cuidado de los otros, lo pidiera uno o no. Claro, alguna excepción habría. Pero esos ni los incluyo en mi memoria (por eso digo habría). Y por supuesto que cada uno tenía y tiene sus sombras.

El asunto es que ahora hay más sombras que claros 😦

31 de enero: mi madre

Thursday, January 31st, 2013

Hace casi tres años que comencé con el proyecto de escribir sobre el papel de mi madre en mi formación, en mi carácter, en mi definición como persona. Nada fácil. Durante el taller en el que participé en el Centro de Posgrado y Estudios Sor Juana (Tijuana) con Vianett Medina y un grupo de entusiastas mujeres, todas con mucha más experiencia en estas artes que yo, me sugirieron entrevistar a mi mamá para contrastar y corroborar mis recuerdos. Lo hice de camino a visitar a mi tía Lola, en Los Ángeles. Mis recuerdos y los de ella coinciden, igual que la mayoría de los recuerdos de mi hermano Manuel, el segundo de la familia.

Pero algo no me cuadraba y he intentado escribir pedazos, tratando de hacer un patchwork con ellos, pero no resulta. La clave la tuve esta mañana, mientras chateaba en Facebook.

A propósito de un pensamiento atribuido a Einstein, sobre el valor de leer cuentos de hadas a los niños, y recordando las lecturas que hacía para Pako aun antes de que naciera, comenté que conservo un volumen con los “Contes de Grimm” y otro con los de Andersen, ambos en francés. Leopoldo Navarro, mi amigo editor, comentó al respecto y dije yo que por eso Pako se dedica a lo que hace: juegos para iPhone e iPad. Comenzó a escribir historias desde los 5 años, dedicadas a sus amigos, aunque antes escribió cartas para su padre, poemas para mí, ilustraciones de problemas y de historias que se le ocurrían, y pretendía estudiar Ingeniería Electrónica para tener bases para escribir ciencia ficción.

Para Pako es transparente lo que yo he hecho y lo que hago como madre. Hace un par de años, viajando de Los Ángeles a Tijuana, me decía muy seriamente que todos los jóvenes deberían hacer lo que él hizo: dejar una carrera a medias (Ingeniería Electrónica, en el Tec de Monterrey) para dedicarse a lo que realmente le gusta (Mercadotecnia, en la Ibero). Le comenté que pocos jóvenes tienen una madre que pueda pagar semejantes cosas y que si hubiera tenido un hermano hubiera sido difícil que le costeara esos lujos.

Entonces comentó que todos deberían estudiar inglés desde el principio, como lo hizo él. Corrección: “tu mamá decidió que estudiarías en una escuela 100% bilingüe, desde el jardín de niños”.  ¿Y la natación? Ídem.  Hace unos días me preguntó si seguía en el SNI y solamente le comenté que dejé todo eso cuando abandonamos el D.F. Me contestó que su papá es Nivel III (no, no es cierto; verificado). Y ni siquiera se le ocurre que tomé esa decisión para que pudiera crecer en un ambiente más libre y más seguro.

Mucho de mí misma lo he aprendido a través de Pako. No en balde ha vivido conmigo toda su vida. La Morra (Dulce Karina) dice que hablar con los dos es como hablar conmigo dos veces. Y sí: he visto mis reacciones a través de las reacciones de él. Mis “moditos”, mi habla, etc. Y me sorprendo. Y eso exactamente ocurrió esta vez.

He estado buscando la influencia de mi madre en mí y no había caído en cuenta que es mi primera influencia. He dicho que soy la hija de mi padre y es cierto en muy buena medida. Pero la primera infancia, la que dicen que nos marca, la pasé con mi madre y esa “comunidad hippie/matriarcado” formada por mi abuela Hilaria, mi madre, mi tía Cuca y mi prima Licho (mi tío Gonzalo era ferrocarrilero y estaba pocos días en casa). Los primeros años mi papá nos visitaba pero no vivía con nosotros y trabajaba todo el día (de lo cual yo nunca fui consciente, hasta que me lo contó mi hermano), aunque no me faltó nunca su apoyo y siempre estuvo cuando lo necesité.

Entonces, los primeros aprendizajes, las primeras palabras, las primeras lecturas (y los primeros conjuros), deben haber provenido de ese clan. Yo no supe que mi madre era lectora sino hasta que Pako tenía unos 5 años y estábamos en el cumpleaños de alguno de sus amiguitos. Un señor me comentó “qué interesante es esa señora” refiriéndose a mi madre, quien había ido a atender un llamado del nieto.  ¿Mi mamá? pregunté. Sí, me dijo, estábamos conversando sobre “La insoportable levedad del ser”, de Kundera. ¿Mi mamá? repetí. Y me sorprendió saber tan poco de ella.

Si veo lo que mi má escribe en Facebook, o las notas que nos manda, o sus cartas; encuentro que tiene muy buena ortografía, con escasísimos errores; que escribe muy ágilmente y de manera muy concreta, organizada y oportuna. Y mi experiencia docente me dice que eso lo adquirió leyendo.  Ahora sé que lee mucho porque compartimos algunas lecturas. El año pasado le regalé “Siddhartha”, y lo leyó más de una vez.

Por mi parte, la primera carta que escribí fue para ella, a los tres años, desde Mazatlán (y tengo la evidencia, LOL). Mi tía Cuca (con quien viajaba en el ferrocarril y quien era mi segunda madre) escribió en los márgenes la traducción. Conforme crecía iban llegando los hermanitos, cinco después de mí, y mi papá se integró al clan y fue más evidente su participación en mi formación y la de todos mis hermanos (porque lo que llevaba era para todos aunque algunos ni se enteraran). Al mismo tiempo, mi madre tenía que dedicarse más a los pequeños. Mi carácter de gato independiente hizo el resto: recibo lo que necesito y me alejo a leer y a escuchar música en solitario, alejada de los chiquillos y sus amigos que ya comenzaban a invadir la casa.

Con un lenguaje bien desarrollado, con una mente alimentada con las historias de mi abuela, los cuentos que mi padre nos compraba mensualmente, las novelas que llevaba a la casa y mi interés en leer cualquier cosa que cayera en mis manos (tengo que dar gracias porque no existían ni la tele, ni el TV Notas ni similares), la relación con mi padre se fue fortaleciendo con el paso de los años. Discutíamos de libros, de futbol  o de política. Conversábamos en la mesa o mientras íbamos camino yo de la escuela y él de su trabajo. Se nutrió con sus lecturas de física y su aprendizaje del francés como muestra del afecto y el orgullo que sentía por su oveja descarriada.

Y en todo ese tiempo mi madre se puso en un segundo plano, apoyando todas las decisiones de mi padre, animándome en el camino que me presentaron y alentando cualquier tontera que me cruzara por la cabeza. Apenas en la entrevista supe del temor y el dolor de llevarme a la Ciudad de México a vivir sola, para estudiar el bachillerato, cuando tenía 15 años, por decisión del Profe.

Mi madre nunca se ha quejado de lo que le haya tocado vivir, aunque le tocaron pruebas muy duras con cada uno de sus hijos, por diferentes razones. En la entrevista me cuenta algunos de esos dolores, que ella minimiza. Ni siquiera recuerda nuestras travesuras, a pesar de que yo recuerdo algunas muy bien (mías y de mis hermanos). Solamente lamenta que uno de los seis no la quiera. Por lo menos es lo que ella siente, y eso es lo que importa.

Escuchando la entrevista me doy cuenta de que también hablo como ella, cuento cosas a su manera. Comienzo en un lado, divago y de alguna manera regreso al punto de partida. Y a veces el divague me lleva por sitios que parece que a nadie le importan. Pero todo está conectado.

Así, me cuenta de la flor que mi padre le llevaba cada día. Me dice que cuando entró a estudiar inglés a la academia del Profe (año 1948 o 49), sus amigas le decían que ella le gustaba al Profe. Y me dice muy seria: “pero claro que no”. Mi turno: Amá, ¡tuvo seis hijos con el profe! Y sí, al Profe Parra le gustaba Margot, como la llamaba por escrito. No solamente le gustaba: la amaba. En su última carta, mi padre me escribió en el francés que aprendió en el Larousse (bastante bueno, por cierto):

Votre mère et moi dans nôtres relations sommes comme mes maladies. Les questions de votre frère qui boit et de votre sœur qu’elle croit qu’est la reine, sont motif  de très difficiles moments, qui aussi donnent à votre mère des mauvais jours.  Mais j’aime avec tout mon cœur votre mère et je vivrais à son côté tout ce que j’ai de vie devant moi.

No pudo volver a escribir. La enfermedad lo desgastó tanto que ni siquiera puedo imaginarlo. En los meses que siguieron apenas pude escucharlo alguna vez por teléfono. Luego mi madre, otra vez con su entereza, se encargó de decirme que se estaba bañando, que había salido al médico, que estaba dormido, etc. de agosto a diciembre de 1979. Mi padre no quería que la gravedad de su enfermedad alterara mi embarazo. Mi madre no quiso que supiera de su muerte hasta que el chiquito estuviera ya en casa y yo me hubiera recuperado.

Esa es mi madre. Muchas cosas de ella reconozco ahora en mí. Las renuncias, las angustias, las tristezas que le causé y le causo, y las que le causamos todos, ella las ha borrado… casi todas.  Pako me ha ayudado a ver muy claramente que yo no sería quien soy si mi madre (apoyada por su hermana Cuca, por mi abuela y por Licho) no me hubiera ayudado a desarrollarme.

Solamente me queda darle las gracias por todo ese apoyo, por creer en mí, por apoyar mis luchas, por solidarizarse con mis causas (incluida la del 68), por estar siempre cuando la necesito, y por respetar mi carácter y mi independencia.

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Gracias, Maggie Mosqueda!