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9 de septiembre: Un día más

Monday, September 9th, 2019

Es el tercer día.

Puedo cumplir satisfactoriamente con lo que me pidan:

  • Escribir un rollo
  • Resolver un problema
  • Arbitrar un artículo
  • Revisar una propuesta para un amigo o amiga
  • Limpiar la casa
  • Lo que sea, a petición de alguien

Fuera de eso no hay nada. No hay voluntad o deseo de hacer algo personal. Ni siquiera han ocurrido insights para darle continuidad al trabajo que tengo en proceso, y tampoco me preocupa. Es como si me hubiera quedado vacía. Pero no lo estoy porque entonces no lloraría.

Al ocuparme en algo todo funciona casi con normalidad hasta que un murmullo, el piar de Alguna de las aves del parque, una nota de cualquier pieza musical, incluso si es música clásica, rompe mi concentración. Todo se deshace en pedacitos. Hay que parar, dejarse fluir y, pasado un rato, volver a empezar. Una y otra vez.

No es algo que yo controle, y tal vez ni siquiera quiero controlarlo. Lo que sé es que gradualmente recuperaré la “normalidad”. Mientras, ¡música, Google Home!

30 de diciembre: evento de cierre, en el Tec

Sunday, December 30th, 2018

Me contactaron por Messenger, cuando mi hijo acababa de llegar a casa a pasar sus vacaciones. Carla Pons quería saber en dónde andaba yo antes de enviarme una invitación a un evento del Tec Campus León. Imaginé de qué se trataba pero no quise adelantar vísperas, aunque se lo hice saber a Pako. Antes que cualquier otra cosa lo había felicitado por el premio que obtuvo el juego que estuvo produciendo para Outplay durante su primer año de trabajo en Dundee. Hacia el 16 de noviembre, me enviaron la invitación oficial:

Por medio del presente tenemos el gusto de comunicarle que usted ha sido de los profesores seleccionados por sus exalumnos como una persona que marcado su vida, siendo acreedor al reconocimiento Profesores que Dejan Huella.

La entrega de reconocimiento será el día 15 de diciembre del 2018 a las 9:00 horas en auditorio principal.

Nos encantaría que compartiera este momento con sus seres queridos por lo cual podrá asistir con 4 acompañantes al desayuno, favor de confirmar su asistencia.

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El evento

Siguieron tres mensajes de correo, uno del director del campus, para reiterar la invitación y asegurar mi asistencia. Pensé en quiénes podrían acompañarme al evento y decidí que quien ha estado siempre cerca de mí, apoyándome de muchas maneras y físicamente cerca, es mi hermano Manuel. Lo invité, junto con Alicia, mi cuñada, a acompañarme. Aceptaron. Luego me informaron que su hijo Víctor y la novia querían asistir también. Al final vino mi sobrina Daniela, la mayor de los dos hijos de Manuel y Alicia, con sus bebés, y Norita, sobrina de Alicia pero quien me ve como su tía. Por supuesto, el evento no era para chiquitos y terminaron acompañándome Manuel y Norita.

Es la segunda vez que se entregan estos reconocimientos, uno cada 5 años, y es la segunda vez que me lo otorgan. Viendo la lista de los reconocidos en esta ocasión y la de hace 5 años, comenté con algunos de mis excompañeros y exalumnos que va siendo hora de que se pongan las pilas y contraten a buenos profesores. Es satisfactorio que los exalumnos, sobre todo porque son excelente profesionistas y seres humanos y amigos, reconozcan el trabajo docente que hicimos … hace entre 15 y 25 años, pero esas listas no incluyen profesores nuevos y no es buena señal. Tristemente, mientras preparábamos las tortas para compartir con los familiares de enfermos en los hospitales públicos, el 23 de diciembre, una de las alumnas actuales de la institución, exalumna en el bachillerato del Colegio del Bosque, me comentó que no tenían buenos profesores, y no es la única que lo dice.

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La lista completa de profesores reconocidos en esta ocasión

Excepto por el que encabeza la lista, fallecido muy recientemente, muy joven y a quien no conocí, el resto pertenecemos al grupo de docentes que hizo que el campus tuviera primer lugar en calidad académica, a nivel nacional, hasta 2004. Entonces cambiaron las prioridades.

Cuatro de los trece profesores de profesional enlistados (los otros tres trabajaban en el bachillerato), yo incluida, formábamos parte del Departamento de Ciencias y Humanidades que yo creé y del que estuve a cargo hasta que renuncié a él por agotamiento, y entonces el director general desapareció esa entidad y reasignó a los docentes a otros departamentos académicos. Los cuatro, en las áreas “duras”: Muyshondt y Maritza solamente en temas de cálculo y álgebras; Garibay y yo, además de las matemáticas, en temas de estadística y sus aplicaciones, y de física. Muyshondt falleció hace unos años. Enrique Garibay desapareció en Los Ángeles después de aterrizar en esa ciudad y de rentar un carro, proveniente de Hungría, su lugar de residencia, hace unos 18 meses, sin que tengamos noticias de lo que le haya sucedido a él o al carro. Maritza vive en Estados Unidos, desde hace años. Yo salí del Tec en 2004.

Decidí portar las perlas que me regaló mi hijo en su primer viaje a la India, hace unos cuatro años, como manera de tenerlo a mi lado. Pako ya había regresado a Escocia después de sus vacaciones y de festejar su cumpleaños. Complementé mi atuendo con ropa sencilla y zapatos formales, y un rebozo guanajuatense, porque ese día amanecimos a 2° Celsius.

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Norita y mi hermano, acompañándome

A mi mesa llegaron a saludar muchos excompañeros y algunos exalumnos que ahora laboran en este campus, y hasta el director, a quien no conocía. Mis queridas Cony y Anita habían pedido acompañarme en mi mesa, lo cual fue una gratísima sorpresa.

Después del desayuno vino la entrega de reconocimientos (idénticos a los de hace 5 años). Saludé con mucho cariño a Aceves, a las hijas del Lic. Muyshondt, a Gerardo (quien además fue el orador por parte de los profesores reconocidos), y a otros más. Solamente evité a uno.

Las fotos del evento y mi agradecimiento se encuentran el álbum que publiqué en Facebook.

Después del evento regresamos a la casa, cambié mis zapatos por unos “de caminar”, para usar con calcetines, y la familia completa nos fuimos a recorrer los outlets de calzado, completitos. Comimos en el recién inaugurado Panteón Taurino, en los outlets, por la tarde recorrimos los locales de calzado y bolsas frente a la Central de Autobuses de León, y todavía hicimos un recorrido en camioneta por la Calzada de los Héroes, la calle Madero y luego la Pedro Moreno, para atravesar todo el centro y mostrarles los monumentos y edificios representativos de la ciudad. Era un hervidero de gente y salmos tan rápidamente como fue posible para regresar a casa. Ellos pidieron una pizza para cenar, la Norita y yo trabajamos sobre algunas dudas que tenía con su curso de matemáticas en la universidad a la que recientemente ingresó. Terminamos alrededor de las 11 de la noche.

Ellos regresaron a Guadalajara y Amatlán el domingo 16, muy temprano. Yo seguí empijamada todo el día, comí en mi cama, y todavía el lunes fue de acciones mínimas.

El martes retomé el estudio formal de la Teoría de grupos y compré un libro de Cédric Villani, Birth of a Theorem, que ha resultado un deleite a pesar de que la introducción podría desanimar a cualquier persona. El jueves 27 fui a la Librería del FCE y compré La tregua, de Benedetti, que terminé de leer en dos días; ayer, leyendo las últimas páginas lloré mucho; impensable que encontrara una descripción tan cabal de mi caso.

la tregua

Mañana será día de recogimiento. Se cumplen 49 años de que yo me alejé pensando en evitarle un conflicto, creía yo, pero también por ignorancia y estupidez de mi parte. Y son 37 años de su muerte a manos de uno de sus estudiantes. Sigue siendo todo, para mí.

El martes, comenzaré a poner en un disco duro externo todo el contenido útil de esa laptop para migrar a la que me dejó mi hijo.

Mucho por agradecer en este año. Y muchas conversaciones que han comenzado, augurando un excelente inicio del 2019.

Una vez más, ¡Gracias a la vida!

5 de agosto: Días de agosto

Sunday, August 5th, 2018

Días cargados de nostalgias, de buscar en las sombras, de sentir intensamente las ausencias. Días en que es mejor no estar muy expuesta al mundo. A ratos me asomo, cuando me siento un poco aligerada y la curiosidad me gana; generalmente caigo en cuenta, muy rápidamente, de que no hay mucho que valga la pena en las múltiples ventanas que se abren en cuanto enciendo uno de los muchos aparatitos que tengo al alcance. Retirarme definitivamente todavía no lo considero, porque hay asuntos de vida y familia que solamente se vehiculan por alguno de esos medios. Los teléfonos han dejado de cumplir esa función y, de cualquier manera, el sonido del timbre siempre me ha molestado, alterando mi estado, cualquiera que sea en ese momento; no suelo responder cordialmente porque preferiría que no sonara.

Antes, hace mucho tiempo, era el telegrama breve, no más de diez palabras, el que llevaba o traía el mensaje necesario o urgente; ni una palabra de más ni, mucho menos, adornos de cortesía. La comunicación cordial, afectiva, llena de detalles no necesariamente explícitos pero entendidos en el contexto y entre líneas era ideal para comunicarse con algún ser particularmente querido. Cada noche retomo esa práctica escribiendo pequeñas notas, a veces no tan pequeñas, a quien sigue ocupando mi alma y mi mente.

Pero los días de agosto parecen demasiado largos, las horas transcurren como con modorra y la noche tarda en llegar. Sin Importar en cuantas actividades de todo tipo me involucre, me sobran horas. Coso, leo, cocino, hago jardinería, barro, organizo,… y hay mucho tiempo antes de que el sol se ponga. Algunos días comienzan con tal carga emocional que el ritmo al que hago todo es muy intenso, para aturdirme, para no pensar ni, mucho menos, dejarme llevar por el sentimiento.

Hoy fue uno de esos y decidí huir, engentarme, responder a las incidencias de andar en el mercado grande, en día y horas de mercado, cuando el gentío se aglomera en algunos lugares impidiendo el paso de los transeúntes, entre empujones y cuidando el monedero y las compras. Toda la atención se concentra en deambular por los pasillos mientras hago una selección de lo que se ofrece en venta tomando en cuenta lo que creo que puedo necesitar durante la semana, en buscar un par de antojos que solamente ahí encuentro, en cuidarme de los carros y de la gente que carga bolsas grandes o de los comerciantes que cargan costales o cajas de productos buscando paso.

Antes de ir al mercado, al descender de la oruga, fui a dar de lleno al costado de Catedral, cuyas campanas repicaban llamando a misa de 12 o algo así. El antojo me hizo detenerme en la esquina de enfrente y pedir un tamal oaxaqueño de costilla (muy bien servido) y un atole de cajeta; luego busqué un lugar para sentarme a comer bajo un arbolito que no ofrecía mucha sombra, en la placita aledaña. Llegué a la esquina de la plaza principal; en los portales que la encuadran hay múltiples vendedores de esa ilusión llamada Lotería Nacional y recordé que tenía un cachito, comprado en el supermercado hace unos días: tiene un premio neto de 139.50 pesos, dijo la vendedora en el primer puesto que encontré, entrando al portal más cercano. ¡Loteria!, dije al recibir mi premio.

Decidí ir a la tienda de telas a buscar el material para un pantalón casi de tubo, pero lo que busco parece inexistente en esta ciudad. Al salir del local escuché la banda municipal, instalada en el quiosco de la plaza. Corrí para llegar a escuchar la siguiente melodía, que resultó ser el vals “Sobre las olas”. Encontré un lugar justo frente a la escalinata de acceso al quiosco y comencé a transmitir en vivo el evento. Soy muy despistada pero hay algún sentido que se activa de manera automática para percibir una especie de sombras.

Mientras grababa, sentí la mirada sobre mí; sin dejar de grabar me puse de pie para hacer una toma que incluyera los extremos de la plaza a ambos lados, pero observando el entorno a ojo limpio, por debajo del celular. Ahí estaba, observándome. Saludé con un gesto (intenté que fuera cordial, no sé qué resultó) y seguí con mi grabación. Se asumía, aparentemente, como una más de de las personas de la tercera edad, solitarios, sin otra cosa en qué emplear su tiempo, comiendo pepitas de calabaza y dejando que el día pase sobre sus cabezas.

No, no me causan tristeza, pero tampoco se me antoja ser parte de ese grupo al que parece que se le terminó el interés por la vida. Y no soy buena para escuchar la conmiseración que se tienen a sí mismos. Justamente ayer hablaba, con los amigos que vinieron de visita, de esa persona y de su manera de observarme casi obsesivamente, tratando incluso de inmiscuirse en mi vida. Me subí a la banca para hacer una toma de 360 grados de la plaza, mientras la banda tocaba íntegramente el vals. Cuando finalmente terminó busqué la mirada, que sabía que encontraría, para despedirme con un gesto similar al primero. Terminé de cruzar la plaza, pedí un café en el portal y, ahora sí, me dirigí al mercado.

Debo haber tardado un par de horas en todo mi recorrido, hasta regresar a mi casa.

Barrí el frente de la casa, cambié el agua de los bebederos, lave las fresas, guardé mis compras, comí, recogí la cocina, revisé mi proyecto de pantalón que ahora decidí que será falda, escribí este rollo y todavía le quedan unas cuatro horas de luz a este día.

El objetivo de mi huida se logró casi en su totalidad.

17 de septiembre 2016: La zarzamora

Saturday, September 17th, 2016
No me recuerdo llorando
Ni siquiera cuando me llevaron para vivir, sola, en Ciudad de México;
ni siquiera después de la masacre de Tlatelolco:
entonces quedé aturdida, dolida,
incapaz de comprender el tamaño y la fuerza del odio.
Tampoco lloré al dar por terminada la más bella relación;
esperaba que fueras feliz,
sin conflictos con tu familia,
pero esperaba también verte cada día, aunque fuera a lo lejos;
que tu mirada y la mía se quedaran enganchadas
aunque fuera un instante;
No lloré nunca … hasta que me rompieron el corazón con tu muerte.
Con la noticia de tu muerte.
Entonces sí lloré, mucho, y me quedé muda para cualquier cosa;
muda excepto para permitirme funcionar en cada uno de mis roles.
Fui aceptando que era irremediable,
pero nunca me resigné.
Después de que me dieran la noticia regresé sobre mis pasos a la Alameda;
no podía ser cierto, tenían que estar mintiendo, pensaba.
Se acercaron dos evangelizadores a hablarme de Dios y exploté:
era y es injusta y estúpida la circunstancia de tu muerte.
Blasfemé, dirían los creyentes, y lloré en medio de la Alameda.
Mi hijo me preguntó la causa de mi llanto,
ni siquiera recuerdo la respuesta que le di
pero no volví a llorar en público.
Mi fuente de alegría ha sido Pako, y más desde entonces.
A partir de ahí me volví llorona, estoy segura,
aunque durante mucho tiempo lo controlé:
ocupándome más, sintiendo menos.
Gradualmente fui largando lo que me impedía manifestar mi sentir.
Ayer hice conciencia de esto;
hablar con mi tía Lola destrabó mi memoria;
la luna llena de septiembre hizo el resto.
Aprender a reconocer mi sentimiento llevó mucho tiempo,
aunque el mundo -mi mundo- supiera mi sentir
a través de mi explícita obsesión, desde el inicio de esos tiempos.
Para mostrar mi sentimiento he recorrido un muy largo camino,

el hacer conciencia de mis trabas es parte de lo que hago apenas ahora.

Tal vez mi madre o mi prima Licho -las únicas personas vivas que acompañaron mi crecimiento desde el día en que nací- recuerden mejor mi naturaleza “desprovista” de la parte emocional; por mi parte recuerdo a una de mis hermanas diciéndome que yo no tenía sentimientos y a alguna compañera que pensaba que la ausencia de manifestaciones afectuosas comunes, entre nosotros dos (iguales en muchos aspectos), era síntoma de falta de interés.

Postdata: Hace un par de noches, ante la recurrente palabra “soledad” escuchada en varias canciones y comentarios, llegué a la conslusión de que lo que más me duele es saber (porque así me lo contaron) que estabas solo en el momento en que ocurrió. Nadie cerca de ti para escucharte, para interponerse, para sostenerte. Eso es lo más terrible. (23 de octubre 2016)

21 de marzo: Memory lane

Monday, March 21st, 2016

Uno debería aprender, desde la primera infancia, a tomar distancia de sí mismo para observarse con los ojos de los otros. Se requeriría, por supuesto, del conocimiento que tienen los otros para entender lo que se dice a través del mero lenguaje corporal, de las miradas, de las sonrisas. Eso sería un arte esencial.

El Viernes de Dolores me encaminé al centro de la ciudad para buscar los altares de la Dolorosa que en otros años vi sobre la calle Madero y las paralelas cercanas, con sus garrafas de agua fresca y sus flores para regalar a quien pregunte si “ya lloró la virgen”. Pero caminé desde el Arco de la Calzada hasta el Templo Expiatorio sin éxito. Decidí entrar al templo suponiendo que ahí habría, al menos, una imagen de la Virgen de los Dolores. Era pasadito del mediodía y había misa; no estaba lleno siendo todavía día hábil, aunque por el camino vi estudiantes comenzando sus vacaciones en grupos más o menos numerosos, alegres y despreocupados, aparentemente.

Me paré apenas cruzando la puerta principal. Definitivamente conozco poco de la organización de estas celebraciones y mi memoria no da para recordar las iglesias de mi pueblo en los días previos a la Semana Santa. No había Dolorosa pero me quedé atrapada observando a un par de estudiantes en la última fila; tendrían unos 17 o 18 años. Presencié el final de la celebración y ahí mismo escribí la experiencia de ver desde afuera el drama que significa una despedida. Se lo envié a Leopoldo vía Evernote.

Lloré mientras escribía y mientras caminaba hasta la plaza principal y de regreso. Terminé en el Forum Cultural, apenas recuperando mi calma.

El año 67 había sido de conversaciones que iniciaron en las primeras vacaciones (segundo año de vocacional) justo por estas fechas, viajando en asientos contiguos a Tepic; luego conversamos todos los días entre clases y al salir de clases  y nos sentamos juntos mientras los maestros llenaban de letras y signos los pizarrones o mientras aprendíamos el arte del dibujo técnico en los restiradores, hasta que terminaron los cursos. Juntos reprobamos química y física y juntos aprobamos los extraordinarios. Después de conocer los resultados (sendos 6 para cada uno) me acompañó a la casa en la que me rentaban un cuarto y a la que nadie más podía entrar, en Santa María la Ribera, y me pidió que fuera su novia. Me confundí y dije que le escribiría con mi respuesta. Él se iba a Tepic inmediatamente, yo me iba a cambiar de casa.

Esperé a los primeros días de enero para enviarle la carta; dije que sí, por supuesto, y decidí no entrar a Arquitectura para que no pensara que lo seguía (mis problemas mentales eran más grandes que ahora).  Casi simultáneamente regresé a Ciudad de México y antes de inscribirme a cualquier carrera fui a Zacatenco a consultar con la psicóloga del I.P.N. buscando orientación en la elección; una semana de psicométricos que culminaron con un “puedes estudiar lo que tú quieras” que no ayudaba en nada. Decidí ir a Física y Matemáticas como oyente mientras terminaba el semestre, para luego sí ingresar a Arquitectura, con un periodo de diferencia.

Iniciamos el semestre de enero estrenando noviazgo pero nuestro comportamiento no cambió para nada: al salir de clases (edificios 5 y 6 de Zacatenco) nos reuníamos para conversar mientras caminábamos o sentados cerca de las canchas, bajo un árbol, sin tocarnos. Yo me había mudado a una casa de huéspedes cerca de Monumento a la Revolución y él solamente podía acompañarme en el autobús de Zacatenco a Tlatelolco donde vivía, dado el control que ejercían sobre él sus hermanos mayores… y su madre, supe luego. Un peso al día para sus camiones era todo. Por lo demás, cada uno tenía sus amigos y sus actividades y no interferíamos de ninguna manera.

Y sin embargo mientras conversábamos tan tranquilamente, siempre había creído yo, no faltaba quien nos gritara al pasar algo como “busquen un cuarto” de lo cual hacíamos caso omiso. La mirada de otros con más experiencia o malicia veía lo que nosotros simplemente ignorábamos.

Apenas conocí el ambiente y ubiqué a los personajes que habitaban la E.S.F.M. me fui a Tepic por un par de semanas. Fue a despedirme a la terminal de Ómnibus de México, contra esquina del edificio del PRI. Antes de que abordara el autobús me entregó un papel doblado y me pidió que no lo leyera hasta que el camión hubiera arrancado. Lo abrí en cuanto me senté, justo cuando el chofer cerraba la puerta. Sonreí todo el camino. Sonrío cada que lo recuerdo o lo abro y, al mismo tiempo, me lleno de tristeza por todo lo que por escrito podíamos expresar pero que quedaba oculto al encontrarnos.  Son dos poemas, uno de los cuales es un acróstico, y era el 16 de enero de 1968. Del primero, uno de los cinco grupos de versos que seguramente se inspiraron, como diría Serrat, en esas tres frases hechas que entonaba un trasnochado galán:

“Quiero enamorarte, quiero ser tu guía

No quiero perderte sin aun tenerte

No quiero sentirme tan triste al no verte

Quiero contemplarte, dulce amada mía”

La firma al calce con su nombre de pila completo, en el tipo de letra que aprendimos en los cursos de dibujo. Teníamos casi 18 años y una madurez emocional de escuincles de 15.
Nada cambió durante el 68 excepto que me quedé en Física y Matemáticas, pero seguimos disfrutando tanto como era posible de nuestros ratos libres. La vida se complicó y se destruyó durante el segundo semestre. Un año trágico.

Todo eso pasó por mi cabeza mientras observaba a la pareja en el Expiatorio y mientras escribía mi vivencia. Por eso lloré. Por eso lloro siempre. Por eso querría ser capaz de observarnos como nos ven desde fuera.

Al salir del templo, en un estacionamiento cercano, encontré en proceso de instalación el único altar de la calle Madero; todavía no estaba lista el agua para ofrecer a los preguntones.

Yo sigo en un tour por el laberinto de mis recuerdos documentados gracias a que mi hijo me pidió copia de sus papeles oficiales, guardados en diferentes carpetas. Encontrarlos fue encontrarme otra vez.

17 de febrero: Al corte

Wednesday, February 17th, 2016

Dice Wolfram Alpha que hasta este momento llevo:

65 años, 11 meses y 27 días = 3443 semanas y 4 días = 240105 días. En breve: 66 años.

Mucho tiempo en el que ha habido de todo. Lo mejor: las amistades y los afectos de todo tipo. El amor ha estado presente en todas sus manifestaciones (más o menos) y solamente un dolor inmenso, involuntariamente causado e impensable, me ha quedado. Por lo demás, no puedo quejarme.

Decidí comenzar a celebrar hace una semana, viajando a mi tierra, visitando a la única amiga que tengo en Tepic, la que tan cuidadosamente evita que los recuerdos me lastimen –como si fuera posible. La que comienza como a desvariar, hasta que caigo en cuenta que eso solamente ocurre si yo toco el tema, aunque sea de rozón. Por lo demás es capaz de acordarse, mejor que yo, de anécdotas de la escuela, de mi familia, de la academia de mi padre, etc. y mantener una conversación de dos horas con total coherencia.  Platicamos de mis paseos y caminatas, desestructurados y sin rumbo, y confiesa que ella no podría viajar conmigo. Necesita certezas y mantener sus costumbres; para que luego uno crea que todos los Acuario somos igualmente vagos. LOL

Platicando sobre su casa, muy deteriorada pero muy bien ubicada, le pregunté si no le convendría venderla para cambiarse a algo más cómodo y a la medida de sus necesidades. “No”, respondió. La casa ya está asignada a alguien para cuando ella falte, y mudarse equivaldría a dejar todo lo que conoce. Al despedirnos, después de partir la rosca de su cumpleaños, me pidió que la siga visitando cada vez que vaya a Tepic y me acompañó para hacerme dar la vuelta por el parque Juan Escutia impidiendo que pasara frente a la casa que él construyó y en la que lo asesinaron, “al cabo puedes bajar por la Zapata” me dijo. Tuvo razón, seguramente; si el recuerdo duele desde acá, caminar por su acera hubiera sido terrible.

Pero parte de la ida a Tepic es ir al mismo lugar de tantos encuentros que el azar dispuso, en la Alameda. Ahora está en remodelación total, aunque están respetando los árboles y las plantas. Desde la banca de siempre le escribí, como lo hago desde hace años. No podía quedarme mucho tiempo pues en el sitio solamente había albañiles, y casi lo escuché diciéndome que buscara un espacio más seguro. “Te espero siempre, en cualquier lugar y a cualquier hora, como siempre”, escribí para despedirme. Caminé hasta el café Chilindrón y escogí el rincón menos visible: una mesita para una persona, entre una columna y una maceta, apenas una rendija dando a la calle. Hasta esa rendija llegaron dos trovadores a cantar “Cien años” (llevo ya 49) y “Sabor a mí”. Forever.

Ir a Tepic también es visitar a mi hermano Saúl y a mi cuñada Cata (siempre trabajando), pasear por el centro, comer antojos que solamente ahí encuentro y, esta vez, cumplir la fantasía de conocer y alojarme en el “Hotel Sierra de Álica”, que es un año más joven que yo. Ese y el “Bola de Oro” eran los hoteles reconocidos en Tepic, en la ciudad que yo conocí antes de ir a vivir a la Ciudad de México. Pude también entrar, por primera vez desde 1968, a la escuela Amado Nervo, en la que estudié la primaria; no ha cambiado en lo absoluto, y seguramente el esqueleto  aquel sigue estando en los baños del colegio. Esta vez también pude convivir con mi primo Alonso, con quien raramente había conversado en el pasado, y hasta me tocó cenar con Arturo Gutiérrez que iba de paso, trabajando para Flexi, y coincidió conmigo.

De Tepic a Amatlán, donde no hay prisas, donde uno puede ir al mercado cuatro veces en menos de media hora y donde mi hermano Manuel y mi cuñada Alicia me atienden muy bien también. ¡Esta vez hasta me dejaron cocinar!

De entonces para acá han sido días de una sensación de dejarme ir, de absoluta debilidad, de querer dormir y no saber más. Hasta que el hijo me marca para saludarme, mandarme los avances del diseño estadístico y financiero del juego que está produciendo, las consultas sobre el caso del empleado de News Republic y la necesidad de contactar al contador. En esos momentos me siento muy activa. Luego regreso a la melancolía, la punzada, y algunos signos fuera de mí que me llevan nuevamente a mi estado de languidez.

Pako me felicitó hace unas horas, cuando la mañana del 18 llegó a Hyderabad. Le recordé que eso significa que hace 37 años mi impresora 3D (dijo la Lore, a propósito de los úteros) produjo una obra maestra de precisión basada en algunos requerimientos técnicos de mi parte, indispensables dadas mis escasas habilidades y conocimientos sobre la crianza de un escuincle. La respuesta cuando lo elogio o le digo que estoy orgullosa es siempre “eh?”, y me cambia la conversación.

Así que fui a atender los asuntos de la contabilidad, caminé mucho, comí pizza, cambié de zapatos y regresé a casa cansada pero con casi todos los pendientes del mes ya resueltos.

Y mañana, me voy de paseo.

 

 

 

13 de febrero: de cumpleaños, amistades y carnavales

Friday, February 13th, 2015

Y el clima cambió ayer. En lo que llegué a Guanajuato para la junta del IEEG, hacia las 2 de la tarde, habíamos pasado de una mañana soleada y fresca a una tarde progresivamente fría y lluviosa. Para las 6 de la tarde el frío calaba los huesos y la humedad lo hacía peor.  La conferencia de Julieta Fierro sobre Astronomía Mesoamericana daba inicio a las 7 y no parecía que las cosas mejoraran. Decidí quedarme a dormir en Guanajuato; Poncho Embriz me sugirió un hostal a la vuelta del Teatro Principal, lugar de la conferencia, y me dispuse a disfrutar de una charla muy animada y divertida en la que terminé ganando una moneda nuevecita de 10 pesos (lanzadas a los asistentes para observar la Piedra de sol grabada en ella) y un par de chocolates.

Aunque había pensado salir de la rutina yéndome a San Miguel de Allende este sábado, a la Bodega Dos Buhos, como paseo cumpleañero, la agradable velada y la muy confortable estancia en Cuévano, con el amanecer nublado de regalo, me hicieron sentir más que satisfecha.

Lluvia en Guanajuato. Imagen pueblerina

Lluvia en Guanajuato. Imagen pueblerina

Una ciudad que duerme a las 7 A.M.

Una ciudad que duerme a las 7 A.M.

Hasta el panadero espera a que el comercio despierte

Hasta el panadero espera a que el comercio despierte

 

El fin de semana se anuncia relajado y sin necesidad de salir de mi cama -que ni se antoja, por el clima-: leyendo, escribiendo, comenzando a colaborar en el semillero, leyendo la tesis de Karim y los avances de la de la Morra, revisando materiales para el asunto de los conteos rápidos y produciendo pequeños storyboards con los conceptos básicos. Mientras, sigo al pendiente de las novedades del viaje de Pako.

Mañana es Sábado de Mal Humor, como el día en que nací hace 65 años. Inicio del Carnaval. Esta vez el carnaval terminará el martes 17 y mi cumple ocurrirá en el inicio de la Cuaresma. Recuerdo los carnavales en Mazatlán, cuando mi tío Gonzalo y mi tía Cuca tenían casa allá. Y recuerdo cada uno de los festejos de cumpleaños que mi familia organizó para mí hasta que cumplí 15: compañeras de la escuela, vecinas y algunos familiares reunidos para disfrutar de los tamales hechos por mi abuela. No recuerdo ni los juegos ni las piñatas que deben haber habido, porque sí recuerdo la manufactura de las canastitas para los dulces; tampoco recuerdo regalos. No hay memoria de que bailáramos, ya en la adolescencia. En cambio recuerdo muy bien la culebra viva, enredada en un palo, que mi hermano Manuel y Fierros me llevaron el día que cumplí 15, antes de los tamales. Y una caja de lombrices vivas que el mismo Manuel me regaló en algún cumpleaños previo.

No hubo festejos ya, hasta los 19 años. Norma (mi roommate en casa de Juanita) inventó que festejaríamos mi cumple con un único objetivo: hacer que Arturo asistiera. Los convocados eran solamente amigos que estudiaban Arquitectura pero el objetivo no se logró, como yo lo anticipaba aunque tenía la enorme ilusión de equivocarme. No recuerdo los aspectos de la reunión aunque sí la presencia de algunos amigos sinaloenses, compañeros de Norma.

La más memorable de las celebraciones de mi cumple, sin duda, fue la de 1979: una botella de tinto, en el mini depatamento que rentábamos en el 20ème Arrondissement, pa lo que alcanzaba la beca. 276 días después nació Pako. Mi mejor regalo.

Aquí en León celebramos mis 3 x 15 en la oficina de Blanca Elías, en el Tec. Corsage, vals, mini pastel quinceañero decorado en fondant por la Maluca -que justo hoy cumple años y que entonces era mi alumna. Otros festejos fueron en comunidad. Pako organizó dos festejos sorpresa, uno en el Antares de Plaza Mayor que ya no existe: convocó a mis amigos, llevó flores y el pastel, y se aseguró de que todo estuviera listo cuando él y yo llegáramos a comer como si fuera un día cualquiera; tengo muy buenos recuerdos de las dos reuniones.  En Tijuana los compañeros se encargaron de festejarme en el comedor de empleados: Magui Saucedo, Dulce, Oliva, Lety, Ketta, Magui Amézquita, Paty, los amigos de Intendencia, y mis alumnos/amigos; gente que me hizo sentir apreciada realmente.

Creo que más que pensar en todas esas ocasiones como en festejos de cumpleaños, para mí han sido festejos de amistad, de afecto y de solidaridad. Y no, nunca he celebrado el 14 de febrero excepto por los chocolates que suelo regalar a mis alumnos, de la misma manera que les regalo dulces en Halloween.

Ahora Pako está lejos por una excelente razón -aunque regresará pronto-, yo me fui de parranda ayer, me siento relajada y muy afortunada por todas las sorpresas y todos los proyectos que trajo este año, conservo un montón de los buenos amigos de toda la vida y de los que se han ido agregando a lo largo de todos estos años y en todos los lugares por los que he pasado, y mi familia. Estoy llena de muy buenos recuerdos, y aquel que no asistió a una reunión está siempre presente y no solamente en mi recuerdo. Más afortunada no puedo ser.

Del 12/12/1912 al 12/12/2014

Friday, December 12th, 2014

José Guadalupe Parra Ramos decía su acta de nacimiento y sus papeles oficiales como trabajador… y lo fue, intensamente, toda su vida. En cada espacio en el que se movía, y haciéndolo con altos niveles de eficiencia, eficacia, excelencia. Es también el nombre que aparece en mi segunda acta de nacimiento, cuando me volvieron a registrar, esta vez en Xalisco, a los 27 años 🙂

José Ruiz Parra (Jr.) decían todos sus papeles de la escuela, las escuelas, en Los Angeles, donde vivió y estudió desde los 2 años y hasta que mis abuelos decidieron regresar a México, después de que mi padre había concluido sus estudios. Es el nombre que aparece en mi primera acta de nacimiento.

La historia de los nombres cambiados comenzó con mi abuelo, cuyo nombre era José Parra Ruiz; la cacofonía lo motivó a invertir sus apellidos, y así lo conocía toda la gente. En la escuela, en los Estados Unidos, a mi padre le pusieron el nombre de su padre, con el Junior, para distinguirlos. Supongo que eran usos de la época. Mi abuelo organizó la primera huelga en Bellavista, Nayarit, en marzo de 1905. La historia me la contó Emilio M. González Parra, mi tío, en una visita a sus oficinas en la CTM en la ciudad de México, hace unos 25 años. Por eso mi abuelo se vio obligado a agarrar a su familia e ir a refugiarse en Los Angeles, hasta mediados de los años 30. El nombre de mi abuelo ahora lo tiene una calle en Tepic, último homenaje de Emilio a quien, reconocía, lo había formado.

Mi padre se convirtió en el familiar Profe Parra o Parrita, para la gente de la comunidad. Cuando Daniel Alvarez (Jarocho) comenzó a llamarme Parrita, lo agradecí 🙂 Sin embargo, de manera formal la gente lo identificaba por el nombre en sus diploma. De ahí que cuando me registraron (la primera vez) el juez ni siquiera preguntó por el nombre del padre; asentó José Ruiz Parra, y yo me llamé Blanca Margarita Ruiz Mosqueda. Entregada la copia original del acta (a máquina, recuerden que hablamos del siglo pasado) el error fue notorio.”No hay problema”, pensaron: en cada copia que necesiten, corregimos y escribimos Parra en lugar de Ruiz, pequeño detalle. Y funcionó muy bien… hasta que el juez murió, y murió la secretaria del juez, y yo iba a sacar mi título de licenciatura. Y a Xalisco fuimos (7 km desde el centro de Tepic), donde mi padre tenía la mayor parte de sus amistades, y donde estaba la Escuela Normal Rural en la que impartía clases de inglés por las tarde, por el puro gusto, después de su jornada como responsable de la Oficina de la Secretaría del Trabajo en Nayarit.

En documento oficial

En documento oficial

con mi apá

Aunque no fue su día más feliz :

Por las calles de Tepic

Por las calles de Tepic

Nunca aceptó regalos por su trabajo, nunca aceptó las diputaciones u otros puestos que le ofrecieron y que le hubieran dado una seguridad económica de la cual, por otra parte, no sentía necesidad. Tengo amigos y no quiero perderlos, decía. Y entre sus amigo se contaban los taxistas, los trabajadores del Ingenio El Molino, de la tabacalera, y los trabajadores de las otras empresas en el estado, a quienes apoyó siempre.

Exigía de sus hijos que hiciéramos bien las cosas, desde el principio. Si van a ser barrenderos, aprendan a barrer bien, y ponía el ejemplo. Que nos expresáramos con propiedad, dentro y fuera de la casa, era otra de sus urgencias. La exigencia escolar no tenía que ver con calificaciones sino con aprendizajes, y nos ponía a prueba en cuanto tenía oportunidad. Aprendiz incansable, había estudiado toda la física presente en la Enciclopedia Británica, herramienta de consulta que ponía a disposición de sus alumnos, para poder conversar conmigo cuando regresé en mis primeras vacaciones largas de la Vocacional. Cuando me fui a Francia, y a pesar de la enfermedad que lo aquejaba, aprendió francés del Larousse para poder escribirme en un francés que reta al de muchos que pasaron por cursos y diplomados.

Deportista y conocedor de cuanto reglamento había; ampayer, réferi y árbitro cuando se lo solicitaban; redactor de notas para un periódico local; poeta de mi madre; dibujante. Pero, sobre todo, amante y enamorado de mi amá, tal como lo declara en esa última carta, escrita en francés.

Lo que me dio, lo que me dejó, está implícito en lo ya dicho.  El ejemplo es muy difícil de superar, o de igualar por lo menos.

Feliz cumpleaños, profe. Me siguen haciendo falta las conversaciones, las discusiones, las idas al fútbol a ese estadio que Ney destruyó. Te quiero.

16 de julio: Nuestra Señora del Carmen

Wednesday, July 16th, 2014

La virgen de mi devoción a partir de la escuela secundaria y por muchos años. El templo de Nuestra Señora del Carmen, en Tepic, estaba en construcción en aquellos años, muy cerca de la escuela secundaria “Presidente Alemán”, a la que asistí.

A ese templo íbamos en bola a los ejerciciios espirituales de cuaresma, para jóvenes. No es que a mí me interesaran particularmente, pero andar en la bola con mis amigas, sí. Y los intereses de mis amigas no eran muy espirituales, recuerdo. El asunto es que los ejercicios eran para jóvenes hombres y mujeres: ellos del lado izquierdo de la nave del templo y las mujeres al lado derecho. Muchas de mis amigas tenían ya novio o estaban interesadas en alguno de aquellos jóvenes, y era la ocasión para cruzar miradas y alguna palabra. Nada más. A esa edad yo ni siquiera volteaba a verlos como sujetos de interés, como no fueran mis hermanos o los amigos de mis hermanos que iban a nuestra casa a pasar las tardes jugando en el patio.

Mis amigas de la época comprendían el grupo con el que había crecido, desde el jardín de niños (Rosa Navarro, se llamaba) hasta la secundaria, las amigas que se agregaron en la primaria, y algunas dos o tres que se unieron en la secundaria. Una docena de escuinclas de diferentes estratos sociales, mayormente clase media, siempre en escuelas públicas (aunque la Alemán era de cooperación entre el Estado y los padres de familia). Las aventuras y travesuras se daban dentro de la escuela misma, con la excepción de las escapadas a la Alameda para acompañar a las que ya tenían novio.

Recordé todo esto a propósito de la festividad del día. Una de mis amigas desde el jardín de niños, además vecina, con quien compartí 12 años de escuela (ella y su prima Paty) era la Yuya Rosales. De las familias adineradas de la ciudad de entonces, poseedora de carros en una ciudad que se caminaba de lado a lado en media hora, un rancho, y las caballerizas  y la pasturería que incluían un palenque al que iba a cantar Tony Aguilar en algunos festejos, situado en la parte posterior de la casa construida en un gran terreno entre dos calles. La riqueza provenía de la fábrica de tequila “Santa Elena”. Ella cumplía años en este día y la fiesta era de lujo. En aquella época, en aquella ciudad, las diferencias económicas o sociales no eran obstáculo para la convivencia entre los escuincles. Ella solía comer en mi casa y yo en la de ella (caldo de pollo, diario, para los niños).

Al terminar la secundaria ella y su prima se fueron a estudiar a Guadalajara y yo a la ciudad de México. Al reencontrarnos en las primeras vacaciones terminó nuestra amistad. Las diferencias sociales les cayeron de golpe. Además yo ¡no saludaba de beso! y parecía vago en pantalones (era la única mujer en mi grupo de primer año de Voca 3).

En 68 “perdí” a algunas de las amigas que hice en la primaria. Era comunista, dictaminaron, pues andaba en la revuelta de los jóvenes. Y un año más tarde me desprendieron de lo que quedaba del grupo porque yo platicaba con los muchachos en las fiestas en lugar de bailar con uno solo, impidiendo que la cacería se llevara a cabo conforme a las reglas (que nadie me dijo que existían, y que yo desconocía porque era uno más, creciendo y aprendiendo con ellos).

Mi única amiga siguió y sigue siendo Raquel, a pesar de la “ausencia” de 30 años que yo decidí, aún cuando no he dejado de ir a Tepic.

Y así sabe una quiénes son las verdaderas y verdaderos amigos. Quiénes entienden que crecemos y vamos cambiando sin perder la esencia y quiénes son simplemente conocidos y conocidas que al menor desacuerdo o diferencia de estilos de vida o pensamiento se alejan. Y damos gracias por esos que nunca piden nada y siempre piensan en nosotros y nos apoyan y se alegran con nuestras alegrías y sufren nuestras penas, aunque no nos veamos ni nos llamemos por teléfono ni a través de las redes. Aunque pasen 30 años.

Gracias pues por esas amigas y amigos. Gracias, Raquel (aunque nunca vas a leer esto).

2 de mayo: La memoria

Friday, May 2nd, 2014

No sé la de los demás, pero mi memoria no hace lo que yo quiero. Digo que soy desmemoriada pero recuerdo cada situación por la que me preguntan. Nombres, apodos, situaciones y hasta imágenes. Por supuesto que la mayor parte de todo eso está guardada en algún lugar al que no me asomo con frecuencia.

Ayer recordaba los cursos en ESFM en los que aprendí a programar en Fortran, primero. Y la máquina en la que se perforaba cada línea de código para armar el programa y llevarlo a correr al Centro de Cómputo de Zacatenco. Y las desventuras cuando:
a) dos días después nos entregaban la “corrida” con mensajes de error, y había que repetir el proceso
b) en el camino alguien tenía la mala suerte de tropezar, revolviendo las tarjetas

Recordé también mi primera clase con Cristóbal Vargas. Su ejemplo de algoritmo fue una receta para un pastel de chocolate. Recordé al profesor MacIntosh (la ortografía del nombre puede no ser esa) y su departamento en Lindavista (fuimos algunos de sus alumnos) lleno de libros por todas partes, incluso en el baño.

El asunto es que esos recuerdos están ahí pero no se activan más que cuando en alguna conversación surge algo que los relaciona.

Sin embargo hay recuerdos que aparecen cuando se les pega su gana, y eso es a cada rato, sin que pueda precisar su frecuencia y sin que tenga que haber un escenario propicio. Puede ser que yo haga por llamarlos y sí, voluntariamente voy jalando hilitos, cada uno con una imagen, una palabra, un sonido, pero no pasa nada, es como acercarse a ver una colección de fotos lindas, y nada más. En cambio, puede ser que a media clase o a media comida o mientras camino en el parque o en cualquier otra situación, en pleno medio día o justo cuando pongo la cabeza en la almohada, el conjunto de imágenes aparezca completo bajo un único significado que, generalmente, duele mucho pero que necesito.

En esos casos no hay nada que yo pueda hacer sino dejar que fluya el sentimiento y que la presencia se vuelva casi tangible, dolorosamente real. Y dejar que pase, que se recoja y se vuelva a guardar, hasta la siguiente irrupción incontrolable.

Cuando ocurre en el sueño es mucho más placentero porque da lugar a conversaciones completas con mucho sentido. Entonces las imágenes se organizan en situaciones muy reales que desearía poder hacer que continuaran. Pero tampoco mando en mis sueños.

Para bien o para mal, así funciona. Sí alguien me ve en uno de esos extravíos, que no pregunte. Simplemente estoy viviendo en otra realidad.