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26 de diciembre: Tarea 1 del Taller de Poesía 2. Mi padre

Wednesday, December 26th, 2018

Mis tareas de la primera sesión salieron así. No precisamente lo que esperaba Jair, que había pedido descripciones. La primera, sobre la frugal cena cotidiana de mi padre.

Noche de un día cualquiera, en la vida de mi padre

Mi padre era el primero que se levantaba, hacia las 5 de la mañana, para asearse antes de irse a su clase matutina en una preparatoria. Las clases iniciaban a las 6 de la mañana para secundaria y preparatoria, y uno regresaba a desayunar a su casa de 8 a 9. De 9 a 2 trabajaba en la Oficina de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, en Tepic, de la que era responsable. Comíamos de 2 a 3 de la tarde y él se iba a dar una clase a la Normal Rural en Xalisco y estoy más que segura de que era lo que más disfrutaba del día. Al regresar a Tepic, hacia las 6 de la tarde, abría las puertas del local donde tenía una pequeña academia de inglés, 30 pesos al mes por una hora de clase al día. Cerraba después de que los alumnos que iban de 8 a 9 de la noche abandonaban el lugar. Todos los días hábiles excepto, tal vez, Semana Santa y las vacaciones de Navidad.

Llegaba a casa pasaditas de las 9:30 de la noche. Un hombre fuerte, de complexión robusta pero atlética gracias al ejercicio del tenis todos los fines de semana y al caminar incansable, a paso veloz, en sus recorridos por la ciudad; solamente abordaba el camión suburbano en el que se trasladaba a y desde Xalisco.

Mi madre tenía bien medido el tiempo y tenía casi servida la taza de leche caliente en la que mi padre disolvería una cucharada de Nescafé, con algo de azúcar. El pan fresco, traído de la panadería de mi padrino Carlos, estaría ya dispuesto sobre la mesa. Adicionalmente habría una cacerolita con guayabas o plátanos o camote o calabaza en almíbar, según la temporada o el antojo. Era la merienda regular de mi padre, todos los días, casi a la misma hora.

La entrada de esa casa “provisional” (y lo fue por más de 20 años) era por la cocina/comedor/estancia, pasando el pequeño patio que la separaba de la casa de mi tía Cuca, situada el frente del terreno. Nomás entrar, se lavaba las manos en el fregadero antes de sentarse a merendar. De paso jugueteaba con mi madre, a veces secándose las manos en las enaguas de ella, y conversaban sobre los hechos del día. Se sentaba siempre de frente al fregadero, el cual se situaba a la izquierda de la puerta de acceso.

En ese momento mi amá le acercaba la taza de leche caliente no sin antes probarla ella misma, para evitarle una quemadura, supongo. Nunca vi tristeza o hastío en sus ojos cafés; nunca vi su cabeza de cabellos lacios caída o agachada. El mentón de su cara ovalada siempre en alto, la espalda derecha, los codos casi pegados al cuerpo; las lecciones bien aprendidas de unos padres exigentes y vigilantes del comportamiento de sus dos hijos, de los cuales mi padre fue el menor y el único que sobrevivió a mis abuelos. La expresión de sus ojos y cejas, mientras cenaba, hablaban de la animación interior mientras, entre bocado y bocado, susurraba conversando con mi madre. Porque mi padre educaba con el ejemplo: no se habla mientras uno tenga algo en la boca, mucho menos se canta; no se manotea ni se molesta al de al lado invadiendo su espacio con los codos o las piernas o bailoteando mientras se come. Se utilizan los cubiertos excepto cuando se trata de antojos que tradicionalmente se comen con las manos. Uno no se levanta de la mesa antes de terminar de comer. Y nunca se maldice o se dicen palabrotas, independientemente del contexto o situación en la que uno se encuentre.  Cierto es que, particularmente yo, no respondimos a todas esas enseñanzas.

Mi madre aprovechaba para hacer la lista de las travesuras y otros comportamientos de sus hijos, que según ella ameritaban castigo (y luego se arrepentía, cuando el castigo ya lo habían recibido mis hermanos). Mientras la escuchaba, mi padre solamente asentía mientras sorbía su café, o le daba ánimos a su Chata asegurándole que no volverían a ocurrir las desobediencias y rebeldías reportadas. Los perfiles de mis padres en esos intercambios los vi más cuando iba de vacaciones, ya estudiando en CDMX, que mientras viví en esa casa; el de él erguido, la nariz aguileña y la mirada cálida dirigidas hacia mi madre, mostrando la devoción que sentía por ella, explicitada en la última carta que me escribió.

Eran momentos preciosos entre ellos; a esas horas casi todos los hijos estarían ya en sus respectivas camas, leyendo, escuchando música o, de plano, dormidos. Algunos de mis hermanos no se percataron de ellos y no aprendieron cómo se vive el amor cotidiano, sin estridencias, sin exhibiciones para el mundo.  El simple detalle de probar la leche caliente, para servirla a la temperatura adecuada, y la recepción del regalo con ojos de agradecimiento, más elocuentes que el “gracias” expresado verbalmente, es un gesto que conservo en mi memoria.

 

 

 

 

 

5 de abril: última tarea del taller de poesía

Thursday, April 5th, 2018

La envié por la mañana. Se trataba de escribir un poema para cada una de las estaciones del año. Esto resultó:

Primavera
Llegas envuelta en el ala dulce de la chuparrosa; avecilla vibrante que surca mi jardín, revoloteando sobre mi cabeza inmóvil.
Te presentas en la mañana clara, cálida y llena de luz, mezclada con el suave aroma de las rosadas petunias, y en las blancas corolas de las margaritas que te saludan gustosas, elevando sus cabezas al sol.
Te exhibes en el armonioso canto de la dorada calandria, oropéndola que brinca de rama en rama y de maceta en maceta en busca de alimento, sin desdeñar el néctar destinado a esas mágicas criaturas que son los colibríes.
Habitas el pensamiento de un mayo cercano, siempre cargado de ilusiones y de sueños; resides en la memoria de mi juventud lejana, pendiente de una flor de plúmbago azul.

Verano
Irrumpes cálido, húmedo, lleno de recuerdos de una infancia dulce y placentera, de tardes de relatos, de antojos simples, de “ruido de uña’ mientras mi abuela nos contaba cuentos;
traes la torrencial lluvia vespertina que limpia mi tejado cubierto de palomas y que alimenta mi espíritu con el tintinear de sus gotas sobre los mismos charcos que ha formado y sobre las piedras tibias del patio de nuestros juegos tempranos.
Sueños de paseos amorosos, reposados, bajo los árboles frondosos, de altas siluetas, que se alinean bordeando un sendero iluminado por pequeñas y frágiles luciérnagas.
Tiempo de vacaciones largas, extendidas por semanas, esperadas siempre para volver a encontrar brevemente a los que amamos, para volver a visitar los sitios en los que hemos amado.

Otoño
Alfombras de hojas que recojo para hacerme una mullida almohada con aroma de antaño (los migrantes deportados me enseñaron que unas tablas y unas llantas sirven para simular una cama que recuerde vidas menos duras).
Dorados atardeceres cuyas tonalidades traen a la memoria los naranjas y amarillos de las puestas de sol en playas suaves, lejanas y queridas; temporada de regalos inesperados recuperados del mar -una piedra, una concha o una almeja- o de los campos – las bellotas y las hojas multiformes, multicolores-, y que inspiran a ejercer manualidades aprendidas en otro tiempo.
Dulce olor de la cosecha recogida; antojo del elote blanco en su mazorca, de los higos maravillosos que se abren para descubrir la multitud de flores de su dulce cavidad, de rojas granadas formadas por pequeños rubíes que adornarán platillos, y de duros membrillos y tejocotes -frutos secos, astringentes- que con el calor sueltan su aroma a bosque y sus dulces sabores.
Remembranzas de escuelas y pupitres, de inquietudes compartidas en las tardes de lectura conducida por una diligente maestra en el largo pasillo donde anidaban las golondrinas en verano.

Invierno
Llegas sorprendiéndonos a veces, irresponsables en el manejo de los alegres y despreocupados días en los que plantar y recolectar nos conectan directamente con la vida;
nos encuentras desprovistos de reservas, sin recursos y, acaso, carentes de afectos y de mimos, ni una mano fresca que se pose dulcemente en nuestra frente, ni un cálido abrazo para mitigar el frío. 
Tardes de vientos helados, de granizo que lastima como balas, de lluvias que no invitan a caminar despacio para disfrutar del contacto con el agua; obligas a buscar cualquier refugio, a cubrirse, para conservarse, con oscuros y pesados trapos que impiden bailar al aire libre.
Nos presentamos frente a ti así: sin abrigo, sin fuego, solitarios, sin saber si habrá otro mañana.

Este taller se ha dado por concluido.

Lo que sigue es comenzar con mi proyecto del vestido (descrito en la Tarea 1 del taller):

  1. hacer el trazo del molde, en papel
  2. cortar las piezas en una tela sencilla, a modo de prueba, y coserlas a mano para poder armarlo y ajustarlo sin problemas
  3. ajustar lo necesario/corregir en el papel
  4. cortar el vestido definitivo y armarlo (primero hilvanado y luego a máquina)

La semana siguiente estaré ocupada en esto. Hace unos 42 años que no hago algo semejante. Si resulta, verán el proceso y el vestido.

25 de marzo: Tarea 1

Monday, March 26th, 2018

Mi vestido/mi proyecto

La ropa que me puse desde que nací y hasta los 22 años fue confeccionada por mi abuela, con algunas excepciones. No tengo idea de dónde conseguían las telas; sé que para hacerlos no utilizaba patrones pre hechos sino solamente su inspiración, y que al tacto de la tela decidía el corte. Mi abuela conocía mi cuerpo sin tener que tomarme medidas y, cuando llegaba a hacerlo, utilizaba sus manos (cuartas, dedos y gemes) como instrumentos de medición. Y nunca fallaba.

Con todo el aprendizaje y los instrumentos para trazar los moldes de todo tipo de prendas de ropa, a lo largo de los tres años de la secundaria, nunca alcancé a igualar siquiera su arte; porque ella cortaba la tela sin trazo previo, instalada en su máquina de coser, que ahora es mía, bajo una bella bugambilia que cubría el espacio entre la casa de mi tía y la nuestra, sintiendo el viento fresco que venía de su jardín, el olor de los cítricos, de la ruda y otras hierbas, y de sus flores. Ahí mismo cosía sin necesidad de hilvanar; desde ahí nos contaba historias o canturreaba; de vez en cuando, mientras trabajaba, nos compartía algún antojo de los que guardaba en los cajones. No recuerdo que tuviera que descoser un cierre mal pegado o que tuviera que fruncir una manga para ajustarla al cuerpo de la prenda en proceso.

En cuanto a mí, nunca me preguntaron sobre los materiales ni sobre los modelos: o me mandaban el vestido/traje a Cd. de México o lo encontraba listo para ponérmelo cuando llegaba de vacaciones. Usualmente, sin embargo, se trataba de telas lisas o con diseños geométricos, algodones y mezclillas que no requerían de tratamientos especiales de lavado; dado que me conocían muy bien, tomaban en cuenta mis preferencias y mi estilo de vida: era la única mujer en un grupo de cincuenta hombres, en Voca 3, y me había convertido en un vago, al decir de las excompañeras de escuela de mi vida anterior; todavía soy incapaz de hacer un moño bien hecho y me atoro en cualquier saliente, clavo o rama que encuentre, de modo que los listones, olanes y encajes (que de por sí no me gustan) estuvieron siempre fuera de cualquier consideración, al igual que los estampados florales y los colores de la gama del rosa.

Era mayo de 1970 y, al llegar a Tepic para las dos o tres semanas de vacaciones entre dos semestres de la carrera, me esperaba el vestido que describiré.

Era de una especie de fina muselina estampada con pequeñas flores rojas y blancas sobre fondo negro; recto, sin mangas y con un cuello redondo que apenas dejaba ver los huesos de las clavículas. Recuerdo dos pequeños pliegues en el escote, simétricos con respecto al eje vertical del vestido, en sustitución de las pinzas habituales para crear el espacio para el busto; la tela caía suavemente sobre la rodilla. Por lo delgado del tejido tenía un forro blanco, seguramente de fresca tafeta; la prenda resultaba ideal para el clima caluroso de Tepic en esa temporada. El estampado fue una verdadera sorpresa que, sin embargo, me encantó.

Mucho tiempo después, cuando comencé a reconstruir mi historia con base en algunas fotografías de mis veinte años, caí en cuenta de que mi abuela cambió gradualmente las faldas rectas, simples, los pantalones de mezclilla (en la época no se vendían para mujeres) y las camisas, por una serie de vestidos bellos y de conjuntos de dos piezas confeccionados en telas mucho más suaves al tacto y con buena caída, algunos coloridos, todos mucho más “femeninos” que los que había usado hasta entonces. Mi abuela sabía lo que yo experimentaba y colaboraba de esa manera a mi transformación, pero nunca conversamos al respecto. De hecho fue en un sueño, hace poco más de dos años, que conocí la canción que cantaba con mucho sentimiento y supe de la relación que tenemos a propósito de ese sentimiento. Yo tardé mucho para percibir cómo fui cambiando de los 17 a los 20 años .

La ocasión para ponerme ese vestido, por primera vez, llegó el 23 de mayo, Día del estudiante. Con un par de amigas habíamos acordado ir a la Alameda de Tepic, mi dulce espacio de encuentros no acordados. Ellas iban a encontrarse con sus novios, yo solamente iba de chaperón (la historia alrededor de ese paseo la escribí hace poco más de un mes, en mi blog). Estrené sandalias blancas, de tacón; mi pelo probablemente lo llevaba suelto, o tal vez recogido con un broche de bambú, regalo de mi padre; probablemente llevaba los aretes de perlas pequeñas que mi madre se empeñaba en que usara; no usaba afeites ni perfume, pero me vestí deseando que sucediera el milagro de un encuentro, después de 143 días de ausencia. Sucedió. En la banca de siempre, bajo los árboles frondosos que rodean la fuente central, envueltos en los aromas de la florescencia primaveral y los cantos de las aves que ahí habitan. Solamente olí el mango verde,con chile y limón, que trajeron mis acompañantes para que me entretuviera, pero no llegué a probarlo: “Te va a hacer daño”, dijo mientras lo tiraba a la basura y se sentaba a mi lado. No pudimos conversar mucho por la interrupción de mis entonces amigas que debían devolver el carro que les habían prestado. En los minutos que haya durado la conversación mi aspecto, el vestido, los zapatos y mi pelo fueron lo menos importante, como siempre lo habían sido.

No recuerdo haberme puesto ese vestido en alguna otra ocasión. Seguramente se quedó guardado en el ropero de mis padres, con sus poemas, sus cartas y su foto, sobrante de alguno de los documentos estudiantiles. Los poemas me los entregó mi madre hace unos 12 años; los conservó sabiendo lo que significan para mí. Del vestido sólo tengo la imagen que guarda mi memoria; aunque sé que no conseguiré una tela idéntica, mi proyecto, que debo terminar antes del 23 de mayo, es hacer una réplica de él, para mi visita a la Alameda de Tepic.