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10 de octubre: todavía en reposo

Thursday, October 10th, 2019

Después del gozoso viaje de 48 hora al Comic Con, 17 y 18 de julio, en la compañía del amor de mi vida, quien vino desde Dundee para que su madre lo indujera al evento (yo tengo unos 8 años asistiendo), las semanas han sido de actividad frenética.

Antes de ese viaje dejé terminados la presentación y el texto de la conferencia que impartiré en Monterrey, dentro del 52 Congreso de la Sociedad Matemática Mexicana, incluso los envié a la coordinadora del área de Matemática Educativa, quien me hizo la invitación para participar. Nomás se me ocurrió ofrecer también un taller de 8 horas, para maestros de educación básica, y replicarlo en Guanajuato en este mismo mes de octubre. Y eso nomás lo dejé esbozado.

Agosto fue de atender a la invitación para asistir a las conferencias de celebración de la Logia Masónica en Guanajuato. Yo me divertí haciendo preguntas tontas y dando las respuestas no tan obvias; a ellos creo que no les quedaron ganas de “inducirme” o algo semejante. Por otro lado, las autoridades de la Universidad Santa Fé me invitaron a impartir la Lectio Brevis para dar inicio a su ciclo escolar.

Septiembre fue de ir casi una semana a Tepic, muy disfrutable y llena de antojos y apapachos con los amigos y parientes, aunque el motivo del viaje era celebrar el cumpleaños 69 “de l’homme auquel j’appartiens” y que hace casi 40 años que no habita en este mundo; la lluvia que cayó sobre nuestro pueblo natal, en mi camino a nuestro santuario, fue una bendición.

Y regresar a preparar otras conferencias (ahora fui invitada a participar en el congreso en la Florida Global University), otros cursos y mi participación en la discusión de un libro sobre formación docente en la UNAM, en el plantel de la ENES León UNAM, el lunes pasado.

Lo que yo nunca sé, previo a esos eventos, es quiénes participan junto conmigo (sí, leí sus nombres y los puestos que ocupan, pero eso a mí no me dice nada). Me leí las 510 páginas del libro, hice 40 páginas entre copias de fragmentos relevantes y mis comentarios, y traté de reducir semejante rollo  unas 30 páginas, pero ahí tronó mi sistema. El lunes, entre la sesión previa a la presentación y discusión del libro y el final de la jornada, al terminar la comida que nos ofrecieron, pasaron 7 horas de intenso intercambio de ideas sobre el libro, sobre “personalidades” en la educación que resultaron ser conocidos comunes (y no precisamente de esos que uno quisiera invitar a tomar café, por ejemplo), sobre la política dentro de las universidades y más.

Me dejaron en la puerta de mi casa. Entré en calidad de trapo, a subirme a mi cama. Una dermatitis se extendió por mis párpados y cuello y mis ojos amanecieron enrojecidos y casi cerrados, el martes. La presión y la glucosa en sus mínimos, tomando en cuenta que soy hipotensa e hipoglucémica. Puro estrés. Reposar, comer, reducir el estrés, trabajo casi nulo.

Pero hoy amanecí determinada a hacer la limpieza que no había hecho en los días anteriores. El congelador del refrigerador guarda bastimento suficiente hasta para concluir la semana, de manera que no tengo que salir a comprar ingredientes para mis comidas. Lo que no tengo, parece, es conciencia de que mi pila continúa en proceso de recarga.

Después de barrer y trapear pisos (sin lentes primero; con lentes para las correcciones inevitables), de barrer patio y calle, de poner las cosas en su sitio y de limpiar el único baño en uso tuve que recostarme, por exigencia de mi espalda. Dormité unos 10 minutos.

Me despertó bruscamente el pregón del hombre que anuncia frutas y verduras (que ni trae en su carreta) mientras recorre la colonia calle por calle; salir a comprarle las naranjas que anuncia, hizo que descubriera que se trata de una ruidosa grabación que no concuerda con la oferta. Sin embargo, ese ambulantaje con altavoz es algo que mi hijo extraña, no importa dónde se encuentre, porque era como traerle el mercado a la puerta de la casa en su último semestre de la carrera aquí en León, cuando ya había aprendido a cocinar estando en Canadá, de intercambio (le tomó menos tiempo que a mí). El de los camotes, el panadero con el pan (que tiene rato ausente), los lácteos de Lagos, el de las escobas y, hacia las 10 de la noche, el de los tamales.

Me levanté después de mil remilgos, preparé mi comida, comí y dejé limpia la cocina. La intención era subir a trabajar un rato, pero no parece que mi cuerpo esté dispuesto a semejante cosa.

Reposo es.

26 de diciembre: Tarea 1 del Taller de Poesía 2. Mi padre

Wednesday, December 26th, 2018

Mis tareas de la primera sesión salieron así. No precisamente lo que esperaba Jair, que había pedido descripciones. La primera, sobre la frugal cena cotidiana de mi padre.

Noche de un día cualquiera, en la vida de mi padre

Mi padre era el primero que se levantaba, hacia las 5 de la mañana, para asearse antes de irse a su clase matutina en una preparatoria. Las clases iniciaban a las 6 de la mañana para secundaria y preparatoria, y uno regresaba a desayunar a su casa de 8 a 9. De 9 a 2 trabajaba en la Oficina de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, en Tepic, de la que era responsable. Comíamos de 2 a 3 de la tarde y él se iba a dar una clase a la Normal Rural en Xalisco y estoy más que segura de que era lo que más disfrutaba del día. Al regresar a Tepic, hacia las 6 de la tarde, abría las puertas del local donde tenía una pequeña academia de inglés, 30 pesos al mes por una hora de clase al día. Cerraba después de que los alumnos que iban de 8 a 9 de la noche abandonaban el lugar. Todos los días hábiles excepto, tal vez, Semana Santa y las vacaciones de Navidad.

Llegaba a casa pasaditas de las 9:30 de la noche. Un hombre fuerte, de complexión robusta pero atlética gracias al ejercicio del tenis todos los fines de semana y al caminar incansable, a paso veloz, en sus recorridos por la ciudad; solamente abordaba el camión suburbano en el que se trasladaba a y desde Xalisco.

Mi madre tenía bien medido el tiempo y tenía casi servida la taza de leche caliente en la que mi padre disolvería una cucharada de Nescafé, con algo de azúcar. El pan fresco, traído de la panadería de mi padrino Carlos, estaría ya dispuesto sobre la mesa. Adicionalmente habría una cacerolita con guayabas o plátanos o camote o calabaza en almíbar, según la temporada o el antojo. Era la merienda regular de mi padre, todos los días, casi a la misma hora.

La entrada de esa casa “provisional” (y lo fue por más de 20 años) era por la cocina/comedor/estancia, pasando el pequeño patio que la separaba de la casa de mi tía Cuca, situada el frente del terreno. Nomás entrar, se lavaba las manos en el fregadero antes de sentarse a merendar. De paso jugueteaba con mi madre, a veces secándose las manos en las enaguas de ella, y conversaban sobre los hechos del día. Se sentaba siempre de frente al fregadero, el cual se situaba a la izquierda de la puerta de acceso.

En ese momento mi amá le acercaba la taza de leche caliente no sin antes probarla ella misma, para evitarle una quemadura, supongo. Nunca vi tristeza o hastío en sus ojos cafés; nunca vi su cabeza de cabellos lacios caída o agachada. El mentón de su cara ovalada siempre en alto, la espalda derecha, los codos casi pegados al cuerpo; las lecciones bien aprendidas de unos padres exigentes y vigilantes del comportamiento de sus dos hijos, de los cuales mi padre fue el menor y el único que sobrevivió a mis abuelos. La expresión de sus ojos y cejas, mientras cenaba, hablaban de la animación interior mientras, entre bocado y bocado, susurraba conversando con mi madre. Porque mi padre educaba con el ejemplo: no se habla mientras uno tenga algo en la boca, mucho menos se canta; no se manotea ni se molesta al de al lado invadiendo su espacio con los codos o las piernas o bailoteando mientras se come. Se utilizan los cubiertos excepto cuando se trata de antojos que tradicionalmente se comen con las manos. Uno no se levanta de la mesa antes de terminar de comer. Y nunca se maldice o se dicen palabrotas, independientemente del contexto o situación en la que uno se encuentre.  Cierto es que, particularmente yo, no respondimos a todas esas enseñanzas.

Mi madre aprovechaba para hacer la lista de las travesuras y otros comportamientos de sus hijos, que según ella ameritaban castigo (y luego se arrepentía, cuando el castigo ya lo habían recibido mis hermanos). Mientras la escuchaba, mi padre solamente asentía mientras sorbía su café, o le daba ánimos a su Chata asegurándole que no volverían a ocurrir las desobediencias y rebeldías reportadas. Los perfiles de mis padres en esos intercambios los vi más cuando iba de vacaciones, ya estudiando en CDMX, que mientras viví en esa casa; el de él erguido, la nariz aguileña y la mirada cálida dirigidas hacia mi madre, mostrando la devoción que sentía por ella, explicitada en la última carta que me escribió.

Eran momentos preciosos entre ellos; a esas horas casi todos los hijos estarían ya en sus respectivas camas, leyendo, escuchando música o, de plano, dormidos. Algunos de mis hermanos no se percataron de ellos y no aprendieron cómo se vive el amor cotidiano, sin estridencias, sin exhibiciones para el mundo.  El simple detalle de probar la leche caliente, para servirla a la temperatura adecuada, y la recepción del regalo con ojos de agradecimiento, más elocuentes que el “gracias” expresado verbalmente, es un gesto que conservo en mi memoria.

 

 

 

 

 

25 de diciembre: Navidades

Tuesday, December 25th, 2018

Es Navidad.
Es la primera vez que me desconecto del mundo casi totalmente. No estoy presente en Facebook y decidí desconectar WhatsApp por un rato y, a la luz de la asquerosa actitud de quienes se regocijan/tratan de sacar provecho de una tragedia ayer, decidí dejar de leer Twitter. Quienes me buscan lo hacen a través de Messenger, ya sea para pedirme una receta de cocina o para enviar sus buenos deseos y compartirme sus festejos. Son pocos, pero son los que más cuentan. El teléfono permanece desconectado durante la noche y de día solamente respondo a lo que es necesario.

El año pasado mi hijo estuvo en casa, por una semana, y fueron días muy ricos en vivencias y paseos, conversaciones e intercambios. Esta vez la visita anual ocurrió en noviembre, adelantando las festividades, y más rodeados de amigos. Supongo que es lo que debe ocurrir, y creo que la muy cercana relación madre-hijo ha durado muchos más años que lo que veo que duran en otras familias.

Mantenerme alejada de las redes no ha añadido tiempo a mis días, solamente calma y paz. Colaborar con grupos de gente que se ocupa por apoyar a los que menos tienen, caminar buscando los pequeños regalos para una muy próxima reunión con amigos cercanos, deambular por el mercado para encontrar ingredientes para un platillo solamente para mí y anticipar la preparación de otros antojos, recibir a algunos amigos en casa, han ocupado los últimos días. En esas andanzas, el reencuentro con mucha gente querida, de manera inesperada, pone el toque festivo. Nos prometemos cafés, comidas y visitas sabiendo cuán improbables son en esta ciudad.

De las conversaciones que hemos tenido surgen, inevitablemente, los recuerdos de las Navidades pasadas. Algunos sufren todavía las ausencias de los padres, hermanos o hijos. Otros, por las tristezas de cuando carecían de alguna cosa o de no haber tenido algún juguete u objeto que esperaban como regalo. Hay quienes quisieran estar rodeados de familia. Y, por supuesto, no faltan los que asumen que tenemos las mismas tristezas.

Recordé mis propias Navidades, que en ocasiones debo explicitar para que no me miren con lástima por estar sola en estos días, cuando ni siquiera me siento nostálgica.

En la casa en que crecí, en el pueblo en el que nací, no se recibía a Santa Claus (supongo que esa moda la introdujo la Coca Cola). Los regalos los traía el Niño Dios y era más usual que la gente pusiera un nacimiento en su casa que un pino (artificial en la época), excepción hecha del gran pino en el frente de la casa de mi tía Cuca, de unos 12 o 15 metros de alto, que ella mandaba engalanar para la temporada. En casa podíamos armar un arbolito con una rama seca, pintada de blanco, a la que le colgábamos pelo de ángel, decoraciones confeccionadas por nosotros mismos y algunas esferitas y luces, compradas en Ferretería Pantoja, donde mis padres adquirían los regalos de muy buena calidad.

Sé que mi primer regalo, antes de cumplir un año y cuando yo ya caminaba por toda la casa, fue una muñeca. Y sé que nunca jugué con ella y que terminó guardada en el arcón de mi abuela Hilaria.

El segundo regalo fue un piano pequeño. Yo recuerdo que lo tocaba con los pies. Mi madre dice que con los talones. Antier, una terapeuta que conocí en una de las reuniones me preguntaba por qué con los talones. No tengo idea pero supongo que ya entonces mis manos hacían una cosa y mis pies otra y que, si se trataba de hacer sonar el instrumento, los pies tenían más fuerza que los dedos de mis manos tan propensas a causarse lastimaduras (tengo dos dedos rebanados y uno astillado, resultado de mi participación rebanando jamón y jitomates).

Supongo que el tercero de los regalos, antes de cumplir tres años, fue una batería de aluminio muy completa, cacerolas y ollas, con las que tampoco jugué, algunos de cuyos elementos acabaron utilizándose en la cocina de mi madre. El recuerdo viene del que tengo de la casa que habitábamos en la época.

Vino el triciclo, que luego compartí con mi hermano Manuel, y del que sí hay fotos.

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Manuel tendría ya 2.5 años y yo 4, cuando le permití conducir.

No puedo recordar el orden con el que recibí otros regalos navideños, pero muy pronto supe que los compraban mis padres y los escondían en casa de mi tía Cuca (donde yo pasaba mucho tiempo, como ya he narrado). De los que recuerdo:

  • El trenecito eléctrico que mi padre compró para mis hermanos porque era algo que él siempre quiso tener, con el cual me entretenía más yo que Manuel o Juan, los dos que siguen de mí
  • Los patines de cuatro ruedas, que dejaron recuerdos en las espinillas de mis piernas
  • El Meccano, de metal (también pensado para mis hermanos), que me entretenía por horas
  • El juego de química completísimo, incluyendo microscopio
  • La bicicleta roja, solamente para mí, a los 10 años. Ese sí es un recuerdo preciso
  • El juego de bádminton profesional, traído de Estados Unidos, a los 12 años
  • Un radio de transistores, tal vez a los 13 años
  • Patines de hielo, a los 15

Después de los 15 y hasta los 18, el regalo de Navidad para los mayores era un billete de 50 pesos = 4 dólares, que cada uno invertía en lo que se le antojara. Yo, en discos de vinil y libros.

Adicionalmente yo recibía regalos de mi tía Cuca y de mi prima Licho, como los 100 pequeños libritos de cuentos, solamente texto en letra minúscula, que conservo. Mi abuela tejía o cosía para mí (no puedo hablar por los otros cinco) alguna prenda. Mi abuela María nos daba un aguinaldo sustancioso, para ir a gastarlo a la feria.

No recuerdo que me gustara salir a jugar con los vecinos en la calle, para mostrar los regalos y jugar con ellos en la mañana del 25 de diciembre. Tampoco creo que a mis vecinitas les gustara jugar con lo que a mí me interesaba, dentro de mi casa.

En Tepic no se tenían las tradiciones del centro del país. No recuerdo a nadie en mi barrio cantando y pidiendo posada, pero si recuerdo los bailes cada noche: posada de kilo, del suéter, de blanco y negro, de Leyes, de la Prepa, y así. Bailes a los que se traía un grupo de moda, generalmente de Guadalajara, que tocaba música bailable de diferentes épocas, pero nunca música tropical. Los bailes tenían lugar, generalmente, en el Casino de Tepic, ahora convertido en plaza comercial. A mí no me gusta que me saquen a bailar, pero asistía a esos eventos por dos razones: la insistencia de mi padre, a quien le encantaba el baile, y la presión de mis amigas de la época, a quienes no les permitían asistir si no era en compañía de mis padres. Por otra parte, había que vestirse de largo y peinarse “de salón”, y tampoco se me antojaba ni se me antoja.

La celebración de la Navidad o la de despedir el año tampoco era semejante a la que ocurría en otras familias o en otros lugares. Colaboraban mi tía Cuca, Licho (y luego se agregó Hermilo, su esposo), mis padres, mi abuela y mi tío Juan y mi tía Carmen, todos quienes compartíamos el gran patio/jardín/área de juegos que posteriormente sería el “Comedor Aldaco”. Alguno de mis tíos Aldaco nomás pasaba para aportar un lechón al horno, preparado por él mismo,

Mi tía Cuca criaba el guajolote y, llegado el momento, lo emborrachaba con tequila para luego darle cran, rellenarlo y cocinarlo deliciosamente. Mi abuela hacía los tamales, y mi hermano Manuel todavía extraña los de pollo, que llevaban dentro una pieza completa. Mi madre hacía los frijoles puercos o la ensalada. Probablemente Licho se encargaba de los buñuelos o de la ensalada. El tío, probablemente mi tío Chuy, llevaba el lechón. Nunca hubo pasteles. Bebidas: atole, ponche, aguas frescas, pero nunca refrescos/sodas. Para los mayores había, además, “Cuba libre”, cerveza, whisky, tequila, al gusto de cada uno.

La comida, con las tostadas y el pan para acompañar, se disponían sobre la barra entre la cocina  y el comedor en la casa de mi tía,  separada por un pequeño patio de la nuestra. Las bebidas, en la cocina. Los adultos pasaban la noche jugando dominó, conversando y escuchando música variada. Mi abuela podía sacar a bailar a cualquiera, particularmente el 31 de diciembre que era su cumpleaños. Los escuincles mayores podíamos ir a la feria navideña, instalada cerca del Río Mololoa, en aquel Tepic donde todos cuidaban de los hijos de los demás. Si alguno había sido invitado a otra casa, se iba sin problema. Cada uno comía lo que se le antojaba, cuando se le antojaba. Ir a Misa de Gallo (o algo así) era una actividad social a la que uno podía asistir con sus amigas, más que otra cosa. Nadie tenía que vestirse de gala. Conforme fuimos creciendo, algunos amigos de mis hermanos podían preferir acompañar esta tertulia. Nunca hubo en casa amigos de mi padre o de mis tíos.

Así sigue funcionando para mí. Sin reglas. Hay comida suficiente y variada, siempre, por si viene algún amigo. Pero, si estamos solos, puede ser que terminemos atendiendo una invitación o yendo al cine, o que nos subamos a la cama a comer palomitas y pizza. O así fue hasta el año pasado.

Estudiando en CDMX regresaba en cada período vacacional a estar en mi casa, la de mis padres. Después de casada algunas Navidades regresé a casa, con mi hijo. Otras las pasé en Tampico, y la verdad es que nunca fueron muy gratas.

¿Nostalgias en esta fecha? Ninguna. Tengo muchos bellos recuerdos. Por otra parte, creo que muchas de las “tradiciones” son copiadas de las películas mexicanas o gringas, con todo y los melodramas, y no se me antojan. Prefiero una verdadera noche de paz.

 

 

15 de junio: mi encuentro con mis excompañeras

Friday, June 15th, 2018

Febrero: me fui a pasar tres días a mi pueblo, para festejar mi cumpleaños a mi modo.

Previamente había soñado con Nely Robles y, durante el sueño, había recordado su teléfono (cinco dígitos, en la época) y pude recomponerlo en la marcación actual. Al tercer intento me contestó ella misma, inconfundible a pesar de los años, muchos, de no tener contacto con ella. Me contó que hacía poco se habían reunido las ex compañeras de la secundaria (éramos 70 en tercer año, en un solo grupo, y yo no podría identificar a más de una decena, por su nombre, de las cuales la mayoría serían de compañeras mías desde la primaria) y que hubiera sido bueno juntarme. Le pregunté si habían buscado a Raquel, mi verdadera amiga desde los 6 años, durante toda la primaria y secundaria, y respondió que no porque “ya sabemos que no está en condiciones”. Por supuesto que yo no hubiera asistido; ya lo habían intentado en algún momento del año 2000 para celebrar que todas (muchas, porque había algunas compañeras que eran hasta tres años mayores que nosotras) cumpliríamos 50 años en esa época. También entonces pregunté por Raquel, también entonces me dijeron que no la incluían. Y yo decidí que no tenía nada qué hacer en un grupo enorme de mujeres en crisis de la edad.

Acepté que nos reuniéramos “con las que puedan” sabiendo que sería difícil reunir a esa cantidad de mujeres y que muchas de ellas no querrían involucrarse conmigo dada la personalidad que ellas mismas me construyeron (pareces vago, eres comunista, tienes muchos amigos, etc.). La realidad es que SOY un vago, que nunca he sido ni comunista ni cosa que se le parezca y que sí tengo muchos amigos desde mis 16 años, para bien mío.

Llegué a Tepic y visité a mi tía Esperanza y a Raquel. Con Raquel comenté el probable encuentro con las excompañeras, invitándola, pero se negó. Conversamos un buen rato y quedamos de vernos al siguiente día para festejar nuestros cumpleaños (ella cumple el 9, yo el 18) comiendo en forma. Paseé un poco y me entretuve en la plaza escuchando un mariachi tradicional, lo que originalmente es el mariachi, surgido en Nayarit (no el modernizado por los jaliscienses) y tocando sones muy nayaritas, la Negra entre ellos. Por la noche me puse de acuerdo con Nely: había contactado a unas seis amigas que asistirían al día siguiente a tomar café en el restaurante del Hotel Fray Junípero, justo enfrente del hotel donde me hospedo habitualmente; la cita era a las 5 de la tarde.

Por la mañana acudí, como siempre, a almorzar al mercado y a comprar fruta en las carretas de las calles aledañas; compré café nayarita en tres partes distintas, aretes y pulseras huicholes; y pomada de peyote, para llevarle a mi comadre cuando vaya a TJ, en julio. La mañana se me fue en paseos; al medio día fui por Raquel y comimos en un restaurante vegetariano. A medio camino nos encontramos a una familia de músicos wixárika/huichol que me dedicó el “Corrido de Nayarit” para que lo grabara completo. Es tan grato sentirse envuelto por la cultura local y sentir que es ahí a donde uno pertenece, independientemente del lugar de residencia.

Dieron las 5 P.M. y me dirigí al restaurante para encontrar a las excompañeras. Las busqué sin éxito y me fui a esperarlas al lobby; les mandé un mensaje y un rato después me llamaron paa preguntar dónde estaba. Tampoco ellas me habían reconocido cuando entré a buscarlas. Nely y Billy (Luz Elvira) son las únicas dos con las que mantuve algún contacto hasta los 20 años, más o menos. Había otras dos, desconocidas para mí, aunque reconocí el nombre de una de ellas cuando se presentó. Jolgorio grande, y comenzamos a ponernos al día, o algo así. Yo había anticipado que, conociendo les mœurs, les daría información suficiente para que siguieran hablando de mí por los siguientes 50 años, y no me equivoqué. Querían saber todo de mi vida; por supuesto que no les daría acceso a Facebook para que se enteren de mis andanzas, pero siempre puedo dosificar lo que parece relevante para ellas y adicionarlo con fotos, anécdotas, etc. Mis exmaridos (“¿no estabas enamorada de Tony?”, NUNCA, “siempre lo creímos”, cada uno cree lo que le parece), mi hijo (mamá gallina saca las mejores fotos del escuincle y sus paseos, y hace un recuento de sus logros) y …

Y en ese punto alguien me llamó por mi nombre “Blanca Parra”, escuché y volteé a mi izquierda. No la reconocí, así que pregunté Y tú, ¿quién eres? “Yuya Rosales, ¿no me reconoces?”. No, dije, es que recordaba que eras más alta. “Siempre he medido lo mismo”, replicó, y ya no supe que otra mentira contar para disimular. En alguna parte en este blog conté de ella y su familia. Fuimos compañeras de kínder a secundaria y solíamos frecuentarnos mucho, viviendo sobre la misma calle, a escasos 30 metros una casa de la otra. Y sin embargo no recordaba su rostro.

Dijo que tenía que irse pronto por lo que a ella tendría que contarle todo rápidamente. Hice un recuento breve de lo que antes había compartido y comenté que en mi blog había mencionado a su familia por lo cual su hermano me había contactado de alguna manera y que me había pedido que corrigiera lo dicho en mi blog: en su casa había caballerizas y no solamente pasturería; y que lo hice sin problema. Ella confirmó el asunto y preguntó si recordaba que además de los coches, la camioneta y la bicicleta -en los cuales el Cano, el chofer e IBM de esa familia, nos llevaba y/o nos recogía a/de la escuela- también tenían una carreta en la que el mismo Cano nos llevó a pasear alguna vez. Tuve que hacer memoria, rápidamente. Cierto, dije; nos llevó a dar una vuelta por las calles alrededor de la casa en un cumpleaños de tu papá, en el que fuiste la reina del palenque (privado, en la casa) y yo fui tu princesa. Hasta recuerdo mi vestido azul, de falda de varias capas de gasa y la blusa de satín o tafeta, sin manga y de cuello redondo; y recuerdo que me peinaron con un chonguito. “Pero llegaste con la corona de María Luisa”, dijo con resabio.

¿Cómo?, pregunté; porque de eso sí no tenía ni tengo recuerdo alguno. “La corona de tu prima, que fue reina de un antro”. No; Licho fue reina del Carnaval en el barrio en el que vivíamos (barrio al cual pertenece su familia, por cierto) y la coronación fue en el casino Olímpico, también en el barrio, repliqué. “Pero llegaste con esa corona”. Me aguanté la risa, porque yo no recuerdo el hecho, pero puedo suponer que mi tía Cuca, mi segunda madre y madre de Licho, fue quien decidió ponerme el accesorio e imagino, dada su personalidad y su cariño por mí, que debió decir algo así como “princesa, ni madres; tú eres reina”, antes de mandarme al festejo.

Cambiamos de tema, las otras le hicieron saber de mis estudios en Francia a lo que respondió que ella hizo allá una maestría y la habían tratado muy mal, por lo que antes de regresar les advirtió lo equivocados que estaban con respecto a ella y que algún día se darían cuenta de que ella tenía razón. Los franceses. OK.

Me hicieron decir de quién había estado y sigo estando enamorada; no lo conocen, dije, pero describí brevemente al amor de mi vida. Pasamos a los asuntos de trabajo y Yuya dijo que había trabajado en el Tecnológico de Tepic. Entonces tú si lo conociste, dije, y di el nombre y la circunstancia de su muerte. “Sí, lo mató uno de sus alumnos, por una calificación”, dijo corroborado. Lo siguiente que recuerdo es que se puso de pie diciendo muy lentamente “Altísimo, guapísimo, moreno, de ojos verdes; ¿tú?”. Yo; yo que añoro la fina estampa, pero infinitamente más el ser.

No supe en qué momento se fue, porque luego pasamos al divertido asunto de repartir la cuenta según lo que cada un había consumido. Hora y media hasta que hice lo inusual: hacer yo la cuenta de cada una. No quiero imaginar la cara del mesero que escuchaba a un grupo de mujeres de la tercera edad que olvidaban lo que se les acababa de decir y se enredaban una y otra vez con los gastos.

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Georgina, Yuya, Bertha, Yo, Nely, Billy

Regresé al hotel y le mandé un mensaje a mi mamá para que me confirmara lo de la corona. Si yo no tengo recuerdo mi amá ni siquiera se enteró de que fui princesa ni de la fecha en la que Licho fue reina (y también fue reina de la playa, por cierto). Mandé un mensaje a Mari Cruz, la hija mayor de Licho; respondió con la foto de la coronación y la fecha: Carnaval de 1955; yo acababa de cumplir cinco años, un mes antes, y tenía razón en que había sido mientras estaba en el kínder y de que tenía el pelo largo para hacerme un chongo; porque la foto de la fiesta de coronación de mi prima me muestra con el pelo largo peinado en caireles, con un vestido blanco y con mangas largas. Y muestra la corona.

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Yo a los cinco años, y mi vestido de pincesa como lo recuerdo

1955 mi prima fue reina y yo su paje

Mi prima en su coronación. Yo en la esquina inferior. Imaginen esa corona en mi cabeza

Sigo divertida por lo que se refiere a ese punto. Sigo sorprendida por la otra reacción y esa pregunta de incredulidad “¿Tú?”. Yo, yo y mi enorme privilegio, el que agradezco a la vida.

El siguiente día, el día de mi cumpleaños, dediqué la mañana a estar a solas con mi dulce fantasma, mi fina estampa, en nuestra banca de la Alameda; conversé y le escribí, como siempre. Luego fui a San Blas a comer, acompañada por mi primo Alonso. En el malecón nuevo decidí caminar por un andador solitario. Ahí estaba mi regalo de cumpleaños:

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Mi regalo de cumpleaños, en mi camino solitario

Es similar al que encontré en mayo de 2017, también en San Blas, al comenzar a caminar en la playa. Un día antes, en la misma banca de la Alameda, había pedido una señal de que seguía caminado conmigo.

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A la iquierda, mi regalo de mayo de 2017; a la derecha, el de mi cumleaños 68

Yo y mi privilegio, que sigue siendo solamente mío.

12 de febrero: Nely

Monday, February 12th, 2018

Soñé con ella hace un par de noches. En mi sueño, compartido en Facebook el mismo día, viajábamos en un autobús por la costa de Bahía de Banderas, rumbo a Tepic. Yo había paseado con mi padre, recorriendo lugares que amábamos y que visitamos en familia hace muchos años, antes de la conversión turísticas de esas playas.

En el autobús, ya entrada la noche ¿o tal vez de madrugada?, dije “Nélida Robles, tenemos que venir a Chacala” como si mi amiga viajara a mi lado, pero simultáneamente me di cuenta de que había hablado dormida porque mi amiga estaba en otra fila de asientos, de modo que sonreí y comencé a pensar que a ese viaje deberíamos invitar a algunos amigos, mientras volvía a quedarme dormida en mi asiento.

El despertador sonó un rato más tarde, a las 6:45 A.M., para levantarme a poner el alimento para las palomas que llegan a mi patio buscando comida y agua para beber. Intenté volver a dormir, pero solamente me hice guaje un rato, acurrucada entre las cobijas; había llovido durante la noche y la temperatura andaba cerca de lo 6 grados Celsius.

Soñar con mi padre y pasear con él durante el sueño no es extraño; a veces nos acompañan, de lejos, otros miembros de la familia; a veces solamente somos él, mi hijo y yo, y puede ser para prevenirme de algo de manera muy explícita.

Lo extraordinario es soñar con una compañera de la secundaria (no de la primaria), a quien debo haber visto por última vez hace unos 30 años o algo así. Hasta recordé el número de teléfono de cinco dígitos de su casa, con lo cual es muy sencillo componer el número en la marcación actualizada. Esta mañana llamé pero solamente respondió una contestadora automática; dejé recado, identificándome y explicando brevemente la razón de mi llamada. Volví a llamar hace unos momentos con el mismo resultado.

Nely llegó a la Secundaria Alemán viniendo de la primaria del Colegio México, el único colegio católico en el Tepic de aquellos años, y creo que era solamente para niñas. Aunque yo estuve unos meses en la sección de maternal, al cumplir dos años, lo único que recuerdo eran las amenazas de las monjas porque mis vestidos eran cortos y sin mangas: “te va a llevar el demonio por descarada”. Supongo que el trauma que semejante cosa me causaba era muy evidente y rápidamente me sacaron de semejante lugar para ingresar al kinder público, mixto, cercano a mi casa, el “Rosa Navarro”.

Nely llegó pues, procedente de ese antro deformativo. Sorprendía que era la más traviesa y malhablada de todas (yo empecé a maldecir cuando aprendí a manejar en la Ciudad de México, hacia los 32 años). Con ella y Luz Elvira Basulto (la Billy) podíamos ir a la Alameda, a veces escapadas de la escuela, para que ellas encontraran a sus novios; o a la iglesia de El Carmen, durante los ejercicios Espirituales de la Cuaresma, para jóvenes, con el mismo fin (chicos de un lado del pasillo, las chicas en el lado opuesto), para nada se trataba de devoción.

En la época yo ni siquiera consideraba a los escuincles como algo más que productores de ruido y travesuras. Con tres hermanos menores y los amigos que acudían a jugar en nuestro enorme patio, asumía que el resto no podía ser muy diferente. Ninguno era capaz de conversar por dos minutos seguidos, y nunca se me ocurrió que pudieran ser objeto de otro tipo de mirada. Seguramente era atípica (“eres rara”, ya sé) porque cuando yo regresaba a mi casa de las clases de danza, por las tardes, algunas veces me interceptaba una escuincla para preguntarme, una y otra vez, si Tony (vecino, amigo de mis hermanos, compañero de fiestas en Tepic porque no me gusta que me saquen a bailar, adoración de mi familia entera, elegido por mi hijo como protección frente a su padre cuando planteamos el divorcio, por lo cual terminó siendo un marido -muy costoso por cierto) era mi novio. La respuesta era NO, una y otra vez, pero la chica no parecía comprender que no me interesara en lo absoluto y ofrecía presentarme amigos, primos, etc. ¡NOOOOO!

Con Nely y Billy también iba al cine, ocasionalmente, incluso en las vacaciones, cuando yo ya vivía en Ciudad de México. Alguna vez fuimos a una lunada en el rancho de algún pariente de alguna de ellas. Y un 23 de mayo, 1970, fui con ellas a la Alameda. Nely había conseguido que le prestaran el carro de su hermana y ambas iban a ver a los novios, como antes.

Para mí fue una experiencia diferente, y no la esperaba. Mi vestido lo había confeccionado mi abuela, como siempre: éste era recto, sin cuello y sin mangas, largo hasta encima de la rodilla, flores blancas y rojas sobre fondo negro; llevaba sandalias de tacón, de color blanco. Tenía el pelo largo y suelto pero no usaba ningún tipo de maquillaje, labial, o cualquier otro afeite. Y seguramente llevaba los aretes de perla que mi madre me había regalado un par de años atrás.

Ellas se fueron, según la costumbre, a “los barrancos” de la Alameda (no sé si siguen existiendo y nunca he estado en ellos); yo me senté en la banca de siempre, la banca de nuestros encuentros, en la que invariablemente coincidíamos sin acuerdos previos durante nuestras vacaciones en el pueblo, dando continuidad a nuestras conversaciones en Zacatenco y los parques cercanos a mi casa, en el DF.

Habían pasado 143 días desde la noche de Año Nuevo en la que había decidido retirarme de aquella reunión a la que me había invitado Raquel, la única amiga de toda la vida que conservo todavía, y que tuvo lugar en la esquina de las calles Lerdo y Morelia. La brutal interrupción de nuestra muy grata conversación me dejó muy clara la oposición familiar con la que topaba. Con ese acto de abandonar la reunión declaraba, implícitamente, que no iba a buscar ni a responder a un enfrentamiento.

Ni siquiera pensaba en eso cuando, de repente, ellas vinieron acompañadas por los novios y me dejaron en las manos un mango verde, con sal , chile y limón, uno de los típicos snacks de todas las épocas en Tepic; luego regresaron a los barrancos sin decir nada. Seguramente pensaron que así me entretendría un rato más.

Iba a morder el mango cuando por mi lado derecho una mano lo tomó mientras lo escuchaba decir “te va a hacer daño”. Ni tuve que volver la cabeza. Se sentó a mi lado y conversamos como antes, como siempre. Duele recordar. Para mí ese lapso duró lo que un suspiro, y sin embargo debe haber pasado un rato porque supe que había estado enfermo y triste y comenzamos a reconectarnos como si no hubiera transcurrido un solo día desde nuestra última conversación, 143 días atrás, cuando yo tercamente quería una razón para aceptar su invitación a bailar, dado que ninguno de los dos disfrutábamos de semejante cosa.

También esta conversación fue interrumpida. Mis dos amigas regresaron corriendo, porque Nely tenía que regresar el carro. No pudimos más que despedirnos con la mirada.

No fue la última vez que nos vimos pero sí la última en que conversamos con palabras. Nuestros ojos siguieron conversando tanto como fue posible en los afortunados encuentros en los autobuses urbanos o en los pasillos entre nuestras escuelas. Tampoco fue la última vez que estuvimos muy cerca porque me cachó en plena caída, saliendo de espaldas de la casa de Raquel, en la Semana Santa de 1972.

A Nely volví a verla hacia 1988. Era el fin de año y con Pako había ido a pasar unos días con mi familia. La madre de mi amiga tenía poco de haber fallecido y el 31 de diciembre habría una misa en El Carmen, en honor de la señora; antes visité a Nely en su casa. Estaba yo realmente sorprendida: mi amiga estaba absolutamente metida en el papel de su mamá. El atuendo, los modales, los consejos y regaños a sus dos hijas, etc. Si me lo hubieran contado no lo hubiera creído. Y desde entonces no volví a verla o saber de ella.
De los tiempos de la secundaria, y hasta la graduación, tengo fotos con Billy, con Raquel, con Lupita Láscares y hasta con Sharon, incluso en grupo, pero ninguna con Nely.

Actualización, media hora después: conversé con Nely por 20 minutos. Nos veremos este fin de semana y hasta anda pensando en organizar reunión de ex compañeras de secundaria. Aparte de la Billy, no recuerdo a ninguna de las que mencionó, pero no importa.

30 de octubre: Mi “anillo de compromiso”

Monday, October 30th, 2017

Fue hace muchos años, supongo que en 2006 o algo así. Íbamos mi madre, mis dos hermanas y yo, y probablemente nos acompañaba mi sobrina Jessy que ahora se llama Renee. No recuerdo cuál de los grandes malls alrededor de Los Ángeles nos mostraba sus ofertas; en alguno de los pasillos encontramos una tienda de muebles y decoración, del tipo de cosas grandes y con pretensiones que a mí nunca se me ocurriría tener; entramos porque algo llamó la atención de mi hermana menor. En un cesto se mostraban pequeños accesorios.  Escuché la voz de mi amá al mismo tiempo que mis ojos se posaban en el contenido. Ella dijo “va a llorar”, pero para cuando las palabras encontraron sentido en mi cabeza yo estaba ya llorando, como ahora que regresa la vivencia.

Muy frecuentemente me escucharán decir que mi mamá me conoce poco; lo que quiero decir es que seguramente soy a la que menos conoce de sus tres hijas porque, desde hace 52 años, solamente pasamos juntas unas cuantas semanas al año; primero, en mis tiempos de estudiante, yo iba a Tepic en vacaciones pero no me quedaba encerrada en casa de mis padres, y me recuerdo conversando más con mi abuela y con mi padre que con ella, siempre ocupada en preparar antojos y hacerse cargo de los menores. Después, cuando comencé a trabajar, los periodos de vacaciones se redujeron; cuando me casé seguramente iba un par de semanas al año.

Nunca tuvimos pláticas “de mujeres” en las que me instruyera de alguna manera; nadie tuvo conmigo pláticas al respecto. Y tampoco se me ocurrió preguntar, porque no me pasaba por la cabeza que hubiera cosas que yo tuviera que saber. Mis amigas, bastante más avispadas que yo por lo que recuerdo, seguramente pensaban que no tenía caso compartir conmigo sus experiencias, a pesar de que mi compañía fuera requerida en sus escapadas con sus novios respectivos o que me pidieran asistir a un baile para que les dieran permiso de ir en sus casas. Muchos años después, cuando mi hijo pidió un psicólogo en preparación para la separación formal de su padre, el especialista tuvo una conversación conmigo; concluyó diciendo que era increíble que yo tuviera un hijo sin entender una palabra de la vida. Tenía yo 42 años.

No me sorprendí. Recordé que nadie contaba chistes delante de mí y que las conversaciones de las secretarias y algunos estudiantes cambiaban cuando escuchaban que yo me acercaba. Nunca entendí por qué y, la verdad, no me molestaba. No preguntaba por lo que, evidentemente, la gente creía que no me interesaba. Vivía y vivo en una burbuja en la que muchas cosas no entran o, si llegan a entrar, no les encuentro significado. Todo mundo se daba cuenta, excepto yo.

Entonces supongo que en mi entorno familiar ocurría lo mismo. No teniendo primas cercanas con quienes compartir mis pasatiempos ni mis conversaciones, nunca supe lo que significaba tener novio o las costumbres en los noviazgos o lo que se suponía que había que sentir. Para bien mío, nadie sembró prejuicios al respecto. Para mi mal, tampoco supe cómo reconocer ni interpretar mis sentimientos, menos aún cómo expresarlos.

De alguna manera mi madre me observaba en los pocos ratos que pasaba en Tepic. Se dio cuenta, indudablemente, de lo que me pasaba cuando en eventos deportivos a los que íbamos ella y yo con mi padre (partidos de básquet, torneos de lucha o box) o de otro tipo se hacía presente el amor de mi vida. Nos sabíamos sin ponernos de acuerdo; coincidíamos pero nos manteníamos separados intercambiando miradas y sonrisas que mi madre supo interpretar; se dio cuenta de lo que para mí significa desde entonces.

Éramos tal para cual, sin necesitar mucho más que esos intercambios de miradas o las conversaciones y risas en los jardines de Zacatenco (IPN), debajo de un árbol, o mientras me acompañaba a mi casa al regresar de la escuela, o algunas tardes paseando por la Alameda cercana. Tampoco él sabía de qué se trataba eso de ser novios, pero nos bastaba con lo que teníamos.

Mientras que yo administraba el dinero que mis padres me mandaban mensualmente para la renta y todos mis gastos, él vivía con sus dos hermanos teniendo la visita frecuente de su madre. Controlaban completamente sus acciones, excepto lo que ocurría en la escuela -los edificios contiguos de nuestras escuelas-, al no proporcionarle más que el dinero de los camiones del día (un camión de ida y uno de vuelta) y era imposible que lo destinara a otra cosa. Por mi parte, nunca cruzó por mi cabeza proponer salirnos de la ruta, irnos de pinta, tomar un refresco o un café o cualquier otra cosa.

Una vez me invitó al cine, y eso debió costarle un buen número de caminatas para ahorrarse lo del camión. No sé qué película vimos porque pasé el tiempo en suspenso, sin saber qué podría pasar; y supongo que le ocurrió lo mismo. No conversamos sobre la película, por supuesto; lo hicimos como siempre, sobre nosotros, sin un antes ni un después. Lo que importó siempre, en cualquier parte y en cualquier punto en el tiempo en que coincidiéramos, era el momento presente y nosotros dos de manera exclusiva.

No hubo regalos comprados, y no creo que hubiéramos gastado en ellos. Apenas alguna foto sobrante de los trámites escolares, cartas cuando uno estaba en Tepic y el otro en el D.F., una flor de plúmbago cortada al pasar, poemas sin más pretensión que dar cuenta del cariño, una pulsera amarilla de plástico encontrada en la caja del Fab …

Así llegó a mis manos el único objeto tangible que representa lo que nos une.

Mi madre guardó los poemas todo el tiempo que estuve casada. Me los entregó justo cuando puse fin al último compromiso, sin que yo esperara semejante regalo o intuyera su existencia. Supuse entonces que habría guardado también las cartas, la foto, la pulsera, pero no; eso desapareció en alguno de sus cambios de residencia, supongo. Ella conservó también la certeza de que nunca nadie ha significado para mí algo comparable a ese único, primer y definitivo amor. Y tal vez no me conozca mucho más, pero sabe lo más importante de mí y lo entiende. Y por eso estaré siempre agradecida. Por cierto, el otro gran amor de mi vida, mi hijo, también lo sabe y lo entiende.

Hace unos dos o tres años fui invitada al festejo de cumpleaños número 15 de una amiguita; antes de salir de su fiesta me entregó un cucurucho con dulces que abrí al llegar a mi casa. Había una delgada pulsera amarilla al fondo, misma que uso permanentemente desde entonces. Lilí se disculpó por la sorpresa cuando compartí el hallazgo en Facebook; al contrario, le dije, era para mí y te lo agradezco.

La pulserita se ha ido resquebrajando y era momento de pensar en el reemplazo. Ayer encontré en el Mercado de San Juan de Dios, en Guadalajara, cinco ejemplares. Como las del Fab, sencillas y sin más valor que el que yo les concedo, que es muy grande.

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La quinta la tengo puesta. Mi “anillo de compromiso”.

17 de julio: Tepic 2017

Monday, July 17th, 2017

Tepic: el lugar donde reside mi alma, el lugar de mi santuario y cuyo ambiente me devuelve la paz. La ciudad en la que nací y en la que circulo sin que nadie me reconozca, después de tantos años viviendo fuera y visitando solamente de cuando en cuando; antes, durante las vacaciones escolares de 1966 a 1975, más o menos, porque luego vinieron los años en que estudiaba una maestría de tiempo completo y trabajaba 20 horas además de las que empleaba como asistente de investigación sin sueldo pero que sirvieron mucho para mi formación. Después de esos años las visitas combinaron breves encuentros con la familia y trabajo (creé, junto con Shirley Bromberg y Papini, la Maestría en Matemática Educativa/Educación Matemática para la Universidad Autónoma de Nayarit, coordiné el primer año y fuimos los primeros profesores, antes de que cayera en otras manos). Escasearon los viajes cuando mi madre y mis hermanas se establecieron en Los Ángeles.

En lo que va de este año he ido tres veces, las tres ocasiones por cosas relacionadas con mi madre. La primera, en febrero, convocada por ella al igual que la última, apenas hace unos días. La de mayo para celebrar el Día de las Madres yendo a la playa, a San Blas, y para correr como loca por varias dependencias recolectando documentos para las formalidades de mi curso en Chihuahua.

En las tres ocasiones el apoyo de mi primo Alonso ha sido invaluable. Aunque lo conozco desde que éramos niños, nunca habíamos conversado o compartido una comida o un café; yo, porque soy una despistada y me mantengo generalmente alejada del mundo, particularmente de esos entes que jugaban a patear botes, a hacer travesuras, a conseguir víboras de agua para llevarlas a la casa -o sea mis hermanos y primos y sus amigos; él confiesa que yo le daba miedo, y no es algo extraordinario en mi vida. Ocurre con alumnos, con familiares y con otras personas. En algunos casos ese temor se desvanece cuando comprueban que medio me sé comportar y que hasta puedo conversar, excepto cuando las personas de plano pertenecen a una esfera que no tiene intersección con la mía.

En las tres ocasiones he podido compartir más de un momento con Raquel, la única amiga de infancia con la que tengo contacto y a quien de verdad quiero fraternalmente y sé que soy correspondida. La amiga que rehuí por 30 años y que siempre me recibe como si nos hubiéramos visto horas antes. Esta vez me contó que otra ex compañera de primaria y secundaria había estado justo antes de que yo llegara pero que había regresado a Guadalajara para una intervención quirúrgica. Lo ridículo es que no tenemos manera de comunicarnos, en estas épocas. 

En este viaje encontré y compartí el desayuno con Atzatiani, una paisana y ex alumna del Tec que radica cerca de Houston y a quien no veía desde hace unos 18 años, aunque nos encontramos frecuentemente en Facebook.

Las familias de los primos de mi madre forman un gran grupo, pero yo no puedo decir que los conozco, particularmente a los que son menores que yo. En este último viaje reencontré a mi prima Amparo después de alrededor de 52 años;  conocí a su hermana menor, Esperanza, aproximadamente de la edad de mi hermana Irma, la menor de mi familia; conocí también a dos sobrinas y dos sobrinos Aldaco y a la familia de Alonso. Prometieron contactarme con los otros primos, los descendientes de mi tío Pedro Aldaco, fundador de las mejores panaderías de la ciudad, para que me enseñen a hacer algunos de los panes cuya receta solamente ellos conocen bien. Digamos que éste viaje fue familiar, y hasta cociné y comí en casa de mi tía Esperanza. El motivo del viaje, por otra parte, no llegó a concretarse aunque estuve tres días (iba solamente por una noche) esperando por la solución.

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Ir a Tepic es reencontrar mi paz, poder caminar la ciudad vieja, lo que ahora se llama centro, de lado a lado,  o recorrer en autobús urbano las calles en las que nací y crecí; recorrer los mercados y las calles aledañas con las carretas de fruta de temporada, churros, lácteos que nunca me hacen daño, y comer antojos que tampoco me provocan agruras o indigestión sin importar la cantidad o la hora en que los coma. En cada viaje encuentro nuevos recorridos. En este último, el paseo en el turibús me permitió darme cuenta del crecimiento de la ciudad, desde el Mirador Zitacua o Rey Nayar y, desde ahí mismo, admirar un bello atardecer que no hubiera imaginado sin hacer esa subida, pues la ciudad está rodeada por cerros.

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Disfruté mucho una breve caminata bajo la lluvia, cruzando la plaza principal: recordé mi infancia durante las vacaciones de verano (julio y agosto) en las que la lluvia nos convocaba a jugar haciendo barquitos de papel para ponerlos a navegar en la corriente frente a la casa que habitábamos, o a bañarnos en los chorros de agua que bajaban de las azoteas, por ejemplo. El agua se siente tibia y no hay manera de que uno pesque un resfriado.

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En cada ocasión encuentro aretes, morrales, blusas y medicamentos producidos por las culturas Cora y huichola (más de esta última) y que se expenden afuera del mercado principal y, en esta ocasión, en una muestra extraordinaria en la plaza principal. La sorpresa fue encontrar un establecimiento que expone plantas de peyote con los frutos en diferentes etapas de desarrollo, pero que no están a la venta; dijeron que tienen ahí 50 años, y yo nunca había pasado frente a esas vitrinas.

La blusa guinda, aunque me costó casi una hora de negociación (su dueña no quería venderla), ¡es mía!

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Cada viaje a Tepic es también un viaje a mi santuario, en la Alameda; un lugar al que siempre acudo sola excepto por la respetuosísima compañía de Pako hace dos años, a petición de él. Son ya 4 años de acudir a ese lugar, haciendo el viaje a Tepic a veces de manera expresa, para conectar con mi alma y con quién amo a pesar del tiempo y las inconveniencias de estar en diferentes dimensiones. Aunque normalmente le escribo desde cualquier parte y a cualquier hora, los “encuentros” ahí tienen un carácter especial. Algunas de las experiencias las he relatado en estos espacios, otras se quedan entre los dos. En cada ocasión mi llamado tiene una suerte de respuesta. Instantes y experiencias que atesoro.

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En mayo, en mi mensaje dije que “cada día estoy atenta a cualquier cosa que pueda indicarme que estás y acompañas mi camino.” Al día siguiente encontré una estrella, inesperada, inusual, justo en mi camino al bordo del mar, en San Blas.

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En esta ocasión la convocatoria simplemente decía “añorando tu presencia, buscando tus ojos, tratando de encontrar tu sonrisa.”  Luego caminé hacia la salida cercana a la biblioteca, rumbo al Café Chilindrón. Ahí estaba la fruta, perfecta, madura, en su punto. La guardé para comerla en privado y le agradecí la muestra de cercanía (el mango tiene un significado especial, relacionado con el cuidado que siempre tuvo hacia mí):

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“Apenas esta mañana lo saboree plenamente. Dulce, dulcísimo, como imagino sería besarte, poniendo todos mis sentidos en el disfrute, pensando absolutamente en ti, en el antojo de tu boca. Todavía tengo el sabor en mis labios. Cuánto me gustaría repetir ese placer una y otra vez.”

El más dulce desayuno que haya tenido. Único, por supuesto, que remite a otros momentos únicos e inolvidables. El éxtasis de la degustación del dulcísimo fruto solamente se compara con el momento de gozo que experimenté hace unas seis semanas justo al mirar hacia mi patio bañado por la  luz del medio día. Lo que sigue es una placidez extraordinaria.

Hay por lo menos una nueva visita, en agosto. Y será, como siempre, un disfrute. Llevaré una maleta, para traer el frijol, el café, los bolillos, y los muchos antojos y regalos de mi madre.

 

P.D. Hace un mes, el 16 de febrero de 2018 regresé a Tepic para celebrar mi cumpleaños.  Tenía en mente tres cosas:

  1. Acudir a mi santuario, para mi festejo personal, conversando con mis ojos verdes;
  2. Festejar el cumpleaños de Raquel, ocurrido el día 9;
  3. Volver a ver a mi prima Amparo, porque en ese breve encuentro dijo que acababa de salir del hospital porque la habían desahuciado (cáncer); yo no la veía próxima a la muerte

Los primeros dos puntos se cumplieron más que satisfactoriamente; el tercero ya no pudo ser. Mi prima falleció en noviembre. Lo supe al llegar.

 

26 de marzo: el caprichoso azar

Sunday, March 26th, 2017

Hace 50 años, un 26 de marzo, era Domingo de Resurrección. El dulce período de mi vida había comenzado con la escapada vacacional a nuestro pueblo, saliendo el viernes 17 en el Ómnibus de México de las 5:45 de la tarde. El azar nos puso en los asientos 3 y 4 para compartir las casi 15 horas de viaje, inevitablemente.

No nos vimos durante esos días de vacaciones pero al regresar a la escuela, ya en Ciudad de México, comenzamos a pasar los tiempos libres entre clases acodados en el barandal y recorriendo en los dos sentidos el espacio entre las dos columnas frente al salón, mientras conversábamos; en las clases en las que era posible, como en Dibujo, ocupábamos asientos/restiradores contiguos. Era una necesidad de conocernos y de reconocernos a través del otro.

Comencé a asistir a los partidos de basquetbol de la selección de la escuela a la que pertenecía, en el Plan Sexenal; desde la banca pegada a la cancha seguía el encuentro y podía prestarle apoyo cuando se producía una pequeña herida o mitigando el moretón producido por un golpe. Éramos amigos pero con ninguna amistad había tenido esa cercanía. Y no la he tenido después con ninguna otra persona, excepto con mi hijo.

Caminábamos al salir de clases; al principio hasta donde debíamos separarnos para tomar cada uno el autobús a nuestras viviendas, sobre las cuales nunca nos preguntamos. Cuando me cambié a vivir a Santa María la Ribera, muy cerca del Casco de Santo Tomás, en la calle de Laurel, la caminata se extendió hasta allá y, en ocasiones, se prolongaba a la Alameda de la colonia.

Algunas veces yo conversaba con algunas de mis compañeras y caminaba con ellas hasta la parada del autobús, especialmente cuando la selección de basquet entrenaba; entonces era caminar con Merchand y Sandra, la mayor parte de las veces (Marco Pardavé, compañero de grupo pero con quien hice amistad ya en la carrera, recuerda esa amistad entre nosotras tres).

Desde ese regreso de vacaciones y hasta que terminó el curso, hacia noviembre, desarrollamos una amistad entrañable, sincera y muy abierta que nos permitía conversar sobre nosotros mismos y nuestros sueños/planes y responder con total honestidad a cuanta pregunta surgía. Supimos así todo lo que nos identificaba, nos reímos de nuestras tonterías y de los incidentes ridiculos y/o bochornosos que habíamos vivido en nuestro pueblo, como alumnos de las escuelas a las que cada uno asistió. Supimos que nos habíamos encontrado antes, en el auditorio de la secundaria a la que yo asistía, en uno de los patéticos concursos de coros a los que estábamos obligados, o en los eventos interescolares a los que éramos convocados, en los estadios de la ciudad. Nada para presumir desde nuestro común punto de vista.

Nunca intercambiamos teléfonos y nunca nos pusimos de acuerdo para encontrarnos durante las vacaciones que ambos pasábamos en Tepic, pero coincidíamos en la Alameda, el Parque Juan Escutia o la Biblioteca que se encontraba en Palacio de Gobierno; se volvieron nuestros lugares de encuentros no programados. Y eran un verdadero disfrute: conversar y vagabundear un poquito. Excepto por una vez en que mis dos hermanas me acompañaron al parque, después de visitar a mi abuela paterna que vivía en el mismo bloque de casas que la familia de él, nunca mezclamos a nuestrás familias o amigos. Nuestro tiempo juntos no daba para incluir a otros.

Durante ese año volvimos a viajar en asientos contiguos a Tepic, de nuevo por casualidad; juntos reprobamos Física y Química, no por casualidad; y juntos aprobamos los respectivos exámenes extraordinarios con los que terminábamos el bachillerato.  Fue después de ver los resultados, al llegar a la puerta de la casa donde yo vivía, en el número 3 de la calle de Laurel, que me pidió ser su novia: me tomó desprevenida y no supe qué decir; prometí contestar por carta. Entre mis limitaciones severas está la incapacidad para responder emocionalmente de manera adecuada, todavía. La respuesta, por supuesto, fue sí.

Hace 50 años. Y sigue vivo en mí.

17 de septiembre 2016: La zarzamora

Saturday, September 17th, 2016
No me recuerdo llorando
Ni siquiera cuando me llevaron para vivir, sola, en Ciudad de México;
ni siquiera después de la masacre de Tlatelolco:
entonces quedé aturdida, dolida,
incapaz de comprender el tamaño y la fuerza del odio.
Tampoco lloré al dar por terminada la más bella relación;
esperaba que fueras feliz,
sin conflictos con tu familia,
pero esperaba también verte cada día, aunque fuera a lo lejos;
que tu mirada y la mía se quedaran enganchadas
aunque fuera un instante;
No lloré nunca … hasta que me rompieron el corazón con tu muerte.
Con la noticia de tu muerte.
Entonces sí lloré, mucho, y me quedé muda para cualquier cosa;
muda excepto para permitirme funcionar en cada uno de mis roles.
Fui aceptando que era irremediable,
pero nunca me resigné.
Después de que me dieran la noticia regresé sobre mis pasos a la Alameda;
no podía ser cierto, tenían que estar mintiendo, pensaba.
Se acercaron dos evangelizadores a hablarme de Dios y exploté:
era y es injusta y estúpida la circunstancia de tu muerte.
Blasfemé, dirían los creyentes, y lloré en medio de la Alameda.
Mi hijo me preguntó la causa de mi llanto,
ni siquiera recuerdo la respuesta que le di
pero no volví a llorar en público.
Mi fuente de alegría ha sido Pako, y más desde entonces.
A partir de ahí me volví llorona, estoy segura,
aunque durante mucho tiempo lo controlé:
ocupándome más, sintiendo menos.
Gradualmente fui largando lo que me impedía manifestar mi sentir.
Ayer hice conciencia de esto;
hablar con mi tía Lola destrabó mi memoria;
la luna llena de septiembre hizo el resto.
Aprender a reconocer mi sentimiento llevó mucho tiempo,
aunque el mundo -mi mundo- supiera mi sentir
a través de mi explícita obsesión, desde el inicio de esos tiempos.
Para mostrar mi sentimiento he recorrido un muy largo camino,

el hacer conciencia de mis trabas es parte de lo que hago apenas ahora.

Tal vez mi madre o mi prima Licho -las únicas personas vivas que acompañaron mi crecimiento desde el día en que nací- recuerden mejor mi naturaleza “desprovista” de la parte emocional; por mi parte recuerdo a una de mis hermanas diciéndome que yo no tenía sentimientos y a alguna compañera que pensaba que la ausencia de manifestaciones afectuosas comunes, entre nosotros dos (iguales en muchos aspectos), era síntoma de falta de interés.

Postdata: Hace un par de noches, ante la recurrente palabra “soledad” escuchada en varias canciones y comentarios, llegué a la conslusión de que lo que más me duele es saber (porque así me lo contaron) que estabas solo en el momento en que ocurrió. Nadie cerca de ti para escucharte, para interponerse, para sostenerte. Eso es lo más terrible. (23 de octubre 2016)

15 de junio: Actualización de perfil

Wednesday, June 15th, 2016

He vivido tiempos privilegiados, sin duda.
Ayer, actualizando mi perfil en Facebook, agregué uno de los hechos más relevantes en mi vida el cual, por alguna razón, no había incluido: mi llegada a la Ciudad de México a los 15 años para estudiar el bachillerato, en principio. Me quedé ahí poco más de 25 años y en ese tiempo todo llegó a mi vida además de las oportunidades de formación y trabajo. Ese cincuentenario lo celebré el año pasado, en agosto, caminando de la mano de mi memoria.

Es interesante recordar que antes de mi nacimiento (1950) ya existían:

  •          1911 Aire acondicionado, de W.H. Carrier
  •          1911 Vitaminas, de Casimir Funk
  •          1911 Lámpara de neón, de Georges Claude
  •          1921 Insulina, de Frederick Grant Banting, Charles Herbert Best, John James Rickard
  •          1922-26 Películas cinematográficas con sonido de T.W. Case
  •          1928 Penicilina de Sir Alexander Fleming
  •          1933 Modulación de frecuencia (FM), de Edwin Howard Armstrong
  •          1935 Buna (caucho sintético), de Científicos alemanes
  •          1935 Radiolocalizador (radar), de Sir Robert Watson-Watt
  •          1935 Cortisona, de Edward Calvin Kendall, Tadeus Reichstein
  •          1940 Televisión en colores, de Guillermo González Camarena
  •          1946 Computadora digital electrónica, de John Presper Eckert, Jr. y John W. Mauchly
  •          1947 Cámara Polaroid Land, de Edwin Herbert Land
  •          1947 Horno de microondas, de Percy L. Spencer

En mi primera década aparecieron:

  •     1954 Vacuna contra la poliomielitis, de Jonas Salk
  •     1956 Videocinta, de Charles Ginsberg y Ray Dolby
  •     1958 Satélite de comunicaciones, de Científicos del gobierno de EEUU
  •     1959 Circuitos integrados, de Jack Kilby y Robert Noyce
  •     1960 Píldora anticonceptiva, de Gregory Pincus, John Rock y Min-chueh Chang

Y a partir de los 60 se sucedieron muchos y muy importantes descubrimientos, como

  •      1962 Diodo emisor de luz (LED), de Nick Holonyak, Jr.
  •      1964 Pantalla de cristal líquido, de George Heilmeier Estadounidense
  •      1966 Corazón artificial (ventrículo izquierdo), de Michael Ellis DeBakey
  •      1967 Trasplante de corazón humano, por Christiaan Neethling Barnard
  •      1970 Primera síntesis completa de un gen, por Har Gobind Khorana

Estudiando la licenciatura en el Instituto Politécnico Nacional, a partir de 1968, conocí y utilicé las primeras computadoras, enormes máquinas de diferentes tipos para las que había que generar el código, en alguno de los lenguajes de la época, para resolver algunos problemas de álgebra, por ejemplo. Pero esa es otra historia.

Para cuando me fui al DF, a finales de 1965, ya había estado dos veces de vacaciones en Tijuana, con mi madre y mis hermanos. Había estado en el Zoo de San Diego y en Disneylandia, en donde lo que más me gustó fueron el submarino y el monoriel. Recuerdo cuando regresamos de ese viaje y le conté al Profe Villalobos (clase de inglés, inicio de tercero de secundaria) mi escapada cuando un gringuito me invitó a subirnos juntos a Magic Mountain. Se rió de mi simpleza y me dijo que debí aprovechar la oportunidad de practicar mi inglés; como parte de las actividades en su clase teníamos pen pals en los Estados Unidos, con quienes intercambiábamos experiencias y regalos. Así que cuando llegué al DF no me maravillé tanto. Era una gran ciudad pero la gente, en general, no conocía ni el estilo ni las comodidades americanas.

A Tepic la televisión llegó en 1968 y el enorme televisor a colores que compró mi padre hizo que los chiquillos del vecindario se congregaran para ver los Juegos Olímpicos que se celebraban en nuestro país. Afortunadamente yo ya no vivía ahí.

En el DF no tenía tele ni la necesitaba, pero sí mi radio de transistores que supongo me regalaron en algún momento mientras estudiaba la secundaria. Fue parte de los juguetes tecnológicos que pude conocer y disfrutar con mis hermanos, que incluyen el avión de motor de Manuel y la muñeca enorme con grabadora integrada de Irma. Por supuesto, la cámara Súper 8 con la que mis padres registraron muchos de los eventos familiares. El chiquillo de Velarde también tenía una y a veces, en el aserradero, veíamos las películas grabadas. Los patines, el Meccano, el tren, la bicicleta y el juego de química fueron parte de los juguetes de mi infancia. Cuando me fui al D.F. me regalaron mis patines para patinar en hielo.

La ropa que me confeccionaba mi abuela era tomada de los libros de modas americanos: minifaldas toda la vida, bikinis, colores psicodélicos, pantalones antes de que fueran moda en México, etc. Algunas veces hasta las prendas llegaban directamente de allá. El contacto de mi padre con sus amigos americanos nos acercaba mucho al estilo de vida americano: las lecturas en inglés, comenzando por la Encyclopædia Britannica y la serie de libros The Children’s Classics, siempre a estuvieron presentes al igual que la música; primero la clásica, las grandes bandas, el swing, el rockandroll y luego el twist. Tuve mi tocadiscos (americano, por supuesto) y mi propia colección de discos. A la muerte de mi padre heredé la Encyclopædia, que doné a una escuelay la colección de libros para niños, que conservo.

En Ciudad de México la gente, las familias, era mucho más tradicional y convivían y celebraban mucho como se muestra en las películas costumbristas del cine mexicano (las cuales he ido conociendo en los últimos años a través de cable): madres sufridas y abnegadas, mujeres abandonadas por cometer “el pecado” que las dejaba embarazadas y cuya “vergüenza había que ocultar regalando o abandonando a las criaturas o criándolos como si fueran sobrinos, hijos que veneraban a sus padres a quienes obedecían sin chistar, etc. Las cosas y las personas eran como esas películas: en blanco y negro sin posibilidad de aceptar que hay una gama de grises y que nadie está en los extremos de ese espectro.

Tepic era otra cosa. Una ciudad pequeña en la que cada uno de sus habitantes cumplía un rol, por su trabajo, el cual no lo confinaba a ningún gueto; la convivencia y la colaboración no encontraban restricciones de tipo alguno. En mi familia, particularmente, crecimos con la influencia de la rebelión y de lucha obrera de mi abuelo que lo llevó a asilarse en los Estados Unidos siendo mi padre un bebé, y de la formación integral de mi padre en aquellas tierras. Su manera de ver la vida era muy diferente a la de la gran mayoría de los padres de mis amigas y compañeras. Nunca se trató de veneración sino de respeto; y nunca se trató de obediencia ciega sino de discusión, diálogo y colaboración.

En mi comunidad (todo el pueblo) había solteras mayores, madres solteras y solteras que conseguían marido a través de los pequeños anuncios en la revista Confidencias. Y había las que se casaban embarazadas y, seguramente, las que abortaban, aunque el primer caso de aborto lo conocí en el D.F. hacia 1973.   También había homosexuales -hombres y mujeres- y, excepto por los vagos que se metían a hacer desatinar a Chayo el tostadero, la comunidad los respetaba y eran personas respetables que aportaban su talento y su trabajo, como un par de los excelentes maestros que tuve en la secundaria.

Este año celebro el cincuentenario de mi filiación politécnica.

 

Dicen que pa los toros del Jaral los rancheros de allá mismo y … sí. La única persona totalmente compatible conmigo vino a ser mi paisano, encontrado en mi segundo año de bachillerato, en el mismo grupo, y que resultó ser vecino de Raquel, de Lupita Láscares, de mi abuela María y hasta de mi tía  Elena. El amor de mi vida, mi santísima Trinidad.

El cincuentenario está a unos meses.