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9 de septiembre: Un día más

Monday, September 9th, 2019

Es el tercer día.

Puedo cumplir satisfactoriamente con lo que me pidan:

  • Escribir un rollo
  • Resolver un problema
  • Arbitrar un artículo
  • Revisar una propuesta para un amigo o amiga
  • Limpiar la casa
  • Lo que sea, a petición de alguien

Fuera de eso no hay nada. No hay voluntad o deseo de hacer algo personal. Ni siquiera han ocurrido insights para darle continuidad al trabajo que tengo en proceso, y tampoco me preocupa. Es como si me hubiera quedado vacía. Pero no lo estoy porque entonces no lloraría.

Al ocuparme en algo todo funciona casi con normalidad hasta que un murmullo, el piar de Alguna de las aves del parque, una nota de cualquier pieza musical, incluso si es música clásica, rompe mi concentración. Todo se deshace en pedacitos. Hay que parar, dejarse fluir y, pasado un rato, volver a empezar. Una y otra vez.

No es algo que yo controle, y tal vez ni siquiera quiero controlarlo. Lo que sé es que gradualmente recuperaré la “normalidad”. Mientras, ¡música, Google Home!

6 de junio: Mayo en Tepic de Nervo

Thursday, June 6th, 2019

El Tepic tuyo y mío. La ciudad donde nacimos, donde te quedaste para siempre tú, que no querías vivir en un lugar tan lleno de sol. Tal vez todos esperaban que yo también regresara, tal vez tú lo pensaste. A mí nunca me pasó por la cabeza.

Llegué el 22 por la tarde, para descansar merendar algún antojo y estar lista temprano, el 23, para ir a nuestro sagrado santuario; tú y yo en la Alameda, que es el objetivo de esos viajes: estar presente una y otra vez para encontrarte en cada detalle y sentir que estás muy cerca.

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La confirmación de mensaje recibido llegó al día siguiente, mientras tomaba mi primer café en el portal. En una mesita al lado de la mía un grupo de adultos mayores, varones, conversaba sobre sus achaques y preocupaciones. Se integró uno más, a quien felicitaron por su desempeño cantando en alguna reunión el día anterior; entonó Cien años. Siempre, en cualquier lugar y en cualquier momento, como siempre. Lo felicité, se sentó frente a mí y me dijo que me cantaría, completa, otra canción; le dije que lo grabaría y estuvo de acuerdo. En el último momento me anunció: “le voy a cantar la misma canción, Cien años”. Lo escuché un momento pero no pude aguantar las lágrimas, le di las gracias y me fui al hotel.

Después de la Alameda visito a Raquel. Esta vez comí con ella en la fonda donde acostumbra. Me sorprendió la manera en que me presentó, haciendo referencia a las innumerables veces que ha hablado de mí con la dueña, como una hermana orgullosa. Nos tomamos una foto, lo cual fue algo extraordinario. Ya en su casa me puso en contacto telefónico con Lupita, con quien acordé vernos el 25, en Tlaquepaque. Por la mañana, muy temprano, había ido a saludar a mi tía y por la tarde regresé  para llevarle churros y tomar con ella un vaso de leche. De nuevo sorprendida: me contó cómo me presume con sus parientes y amigas, y no solamente ella sino hasta mi tío Chuy, dijo, a quien por cierto hace décadas que no veo. Se nos hizo de noche en la chorcha. Y es grato conversar de la vida con gente que ve la vida de manera semejante a como la veo yo, más allá de mis excentricidades. Gente que se alegra por uno y con uno. El afecto dado sin esperar recompensa. Casi a punto de llamar un taxi para ir al hotel, llegó mi primo Ocho y se unió brevemente a la conversación, para luego llevarme a tomar algo antes de irme a dormir.

El 24, centenario de la muerte de nuestro paisano, la ciudad se veía en calma y sin anuncios de ceremonias conmemorativas, ni siquiera frente al monumento al bardo, a un costado del Palacio Municipal.

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Temprano, después de ir a comprar mi provisión de café nayarita, había pasado frente a la escuela Amado Nervo, mi escuela primaria de la que he hablado en La escuela pública según sus maestros, páginas 153 a 169, y la había encontrado cerrada, sin actividades.  Luego mi primo y yo fuimos a San Blas para almorzar y caminar un rato por la playa. San Blas, ahora pueblo mágico, adicionado de detalles copiados y repetidos en cada localidad de las que integran este tipo de destinos turísticos y, por ende, con una sustancial alza de precios en los restaurantes del centro del pueblo. De regreso, ante la imposibilidad de entregársela digitalmente, fui a imprimir la foto que me tomé con Raquel mientras comíamos el día anterior, y a llevársela inmediatamente.

Era un muy buen día: me preguntó por ti por primera vez en 35 años, 30 de los cuales no quise ni verla (matando al mensajero que trajo la espantosa noticia de tu muerte); durante los cinco años que han pasado desde que volví a buscarla se había resistido a responder cualquier cosa sobre el tema, tratando de evitarme un dolor extra. Esta vez quiso saber si tú y yo habíamos «vivido» juntos, entre otras cosas. Le conté algunas vivencias, dando cuenta de nuestra inocencia, idiotez, falta de malicia, ignorancia y exceso de compromiso con nuestras familias. Le narré la historia de Una naranja cubierta en mayo de 1967. Inesperadamente, para mí, abrió su corazón y me contó de su relación con José Luis Laos, mientras estudiaba en Guadalajara, algo que doña Juanita, su madre, rechazó tajantemente condenándola a vivir sola, para siempre. Nos abrazamos. Dijo «soy testigo de tu historia». Prometí llamarla más frecuentemente.

Caminé hacia el hotel, ubicado sobre la misma calle, nomás pasando la Plaza Principal. Al pasar por la escuela vi que entraba gente vestida de gala, mujeres en trajes largos, negros y con adornos huicholes, hombres de riguroso traje formal. Pregunté de qué se trataba: la celebración del Centenario, respondieron permitiéndome entrar; dije que era exalumna, con mucho orgullo y alegría, y me indicaron que podía sentarme en la mesa que yo escogiera (porque habría cena). Recorrí con los ojos el espacio, me senté en una de las mesas al fondo del corredor, cerca del punto donde te ubicabas aquel 24 de mayo en que asistí al evento solamente para verte, hace 50 años.

Todo estaba decorado con suntuosidad, muchas flores, muchos trabajos elaborados por alumnos (ahora es escuela mixta) en honor al poeta nayarita.

Reviví mis impresiones cuando, siendo alumna, era participante en la ceremonia a la que asistía la sociedad en su conjunto. Una señora joven se sentó a mi lado, también era exalumna y también recordaba cuán grande le parecía el escenario en sus participaciones. Casi inmediatamente dio comienzo el evento, con la formación de la banda de guerra del Batallón de Infantería del Ejercito Mexicano, en Tepic; honores a la bandera en los que todos, siguiendo el comando de la banda, cantamos el Himno Nacional Mexicano. Siguieron las ofrendas florales y las guardias de honor. Para mí fue suficiente. Estuve donde debía estar y en el momento correcto. Hubo otras ceremonias, una a cargo del municipio, ese mismo día, por la tarde, y otras a cargo de gobierno estatal y hasta del nacional. La significativa, para mí, es esa a la que asistí por pura buena suerte que tengo.

Al día siguiente, 25, partí rumbo a Guadalajara y me reuní con Lupita, después de 54 años, para conversar de nuestras vidas.  Lupita vive en Guadalajara, a donde se fue a estudiar desde que terminamos la secundaria; me dijo que en pleno movimiento del 68 estuvo lista para irse a CDMX y unirse a la causa, a mi lado; pero su hermano la delató y su padre lo impidió. Recordamos los nombres de nuestros maestros y de nuestras excompañeras en la Secundaria Alemán, fundada en 1952 ; ella recuerda los de cada una de las que formamos parte de esos grupos de alumnas, porque, dijo, era la encargada de pasar lista en las clases de Biología que impartía el maestro Chucho Reyes, invidente. Recordamos algunas travesuras, como tronarle bolitas de eter al Prof. de Geografía, Francisco Villegas Loera (fundador y director de la Escuela Normal en Tepic), y las clases maravillosas de Historia de México y de Literatura Hispanoamericana, a cargo del Profe Everardo Peña Navarro, entonces cronista de la ciudad.

Con Raquel, formamos un trío que trasciende la amistad. Sharon era parte del grupo, pero no tengo idea de qué es de su vida.

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Lupita, Sharon, Yo, Raquel

El plan era salir de Guadalajara rumbo a León a más tardar a las 8 pm. La conversación hubiera podido seguir indefinidamente, pero cortamos pasadas las 10 de la noche y me quedé a dormir muy satisfecha de seguir recuperando a la gente que es como yo, con la que comparto el amor a nuestra tierra, la amistad entrañable que no requiere de reiteraciones, el lenguaje llano, y con quienes tengo historias maravillosas y recuerdos de todos sabores.

Muy disfrutable, mayo todavía me trajo gratas sorpresas en su última semana.

30 de diciembre: evento de cierre, en el Tec

Sunday, December 30th, 2018

Me contactaron por Messenger, cuando mi hijo acababa de llegar a casa a pasar sus vacaciones. Carla Pons quería saber en dónde andaba yo antes de enviarme una invitación a un evento del Tec Campus León. Imaginé de qué se trataba pero no quise adelantar vísperas, aunque se lo hice saber a Pako. Antes que cualquier otra cosa lo había felicitado por el premio que obtuvo el juego que estuvo produciendo para Outplay durante su primer año de trabajo en Dundee. Hacia el 16 de noviembre, me enviaron la invitación oficial:

Por medio del presente tenemos el gusto de comunicarle que usted ha sido de los profesores seleccionados por sus exalumnos como una persona que marcado su vida, siendo acreedor al reconocimiento Profesores que Dejan Huella.

La entrega de reconocimiento será el día 15 de diciembre del 2018 a las 9:00 horas en auditorio principal.

Nos encantaría que compartiera este momento con sus seres queridos por lo cual podrá asistir con 4 acompañantes al desayuno, favor de confirmar su asistencia.

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El evento

Siguieron tres mensajes de correo, uno del director del campus, para reiterar la invitación y asegurar mi asistencia. Pensé en quiénes podrían acompañarme al evento y decidí que quien ha estado siempre cerca de mí, apoyándome de muchas maneras y físicamente cerca, es mi hermano Manuel. Lo invité, junto con Alicia, mi cuñada, a acompañarme. Aceptaron. Luego me informaron que su hijo Víctor y la novia querían asistir también. Al final vino mi sobrina Daniela, la mayor de los dos hijos de Manuel y Alicia, con sus bebés, y Norita, sobrina de Alicia pero quien me ve como su tía. Por supuesto, el evento no era para chiquitos y terminaron acompañándome Manuel y Norita.

Es la segunda vez que se entregan estos reconocimientos, uno cada 5 años, y es la segunda vez que me lo otorgan. Viendo la lista de los reconocidos en esta ocasión y la de hace 5 años, comenté con algunos de mis excompañeros y exalumnos que va siendo hora de que se pongan las pilas y contraten a buenos profesores. Es satisfactorio que los exalumnos, sobre todo porque son excelente profesionistas y seres humanos y amigos, reconozcan el trabajo docente que hicimos … hace entre 15 y 25 años, pero esas listas no incluyen profesores nuevos y no es buena señal. Tristemente, mientras preparábamos las tortas para compartir con los familiares de enfermos en los hospitales públicos, el 23 de diciembre, una de las alumnas actuales de la institución, exalumna en el bachillerato del Colegio del Bosque, me comentó que no tenían buenos profesores, y no es la única que lo dice.

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La lista completa de profesores reconocidos en esta ocasión

Excepto por el que encabeza la lista, fallecido muy recientemente, muy joven y a quien no conocí, el resto pertenecemos al grupo de docentes que hizo que el campus tuviera primer lugar en calidad académica, a nivel nacional, hasta 2004. Entonces cambiaron las prioridades.

Cuatro de los trece profesores de profesional enlistados (los otros tres trabajaban en el bachillerato), yo incluida, formábamos parte del Departamento de Ciencias y Humanidades que yo creé y del que estuve a cargo hasta que renuncié a él por agotamiento, y entonces el director general desapareció esa entidad y reasignó a los docentes a otros departamentos académicos. Los cuatro, en las áreas “duras”: Muyshondt y Maritza solamente en temas de cálculo y álgebras; Garibay y yo, además de las matemáticas, en temas de estadística y sus aplicaciones, y de física. Muyshondt falleció hace unos años. Enrique Garibay desapareció en Los Ángeles después de aterrizar en esa ciudad y de rentar un carro, proveniente de Hungría, su lugar de residencia, hace unos 18 meses, sin que tengamos noticias de lo que le haya sucedido a él o al carro. Maritza vive en Estados Unidos, desde hace años. Yo salí del Tec en 2004.

Decidí portar las perlas que me regaló mi hijo en su primer viaje a la India, hace unos cuatro años, como manera de tenerlo a mi lado. Pako ya había regresado a Escocia después de sus vacaciones y de festejar su cumpleaños. Complementé mi atuendo con ropa sencilla y zapatos formales, y un rebozo guanajuatense, porque ese día amanecimos a 2° Celsius.

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Norita y mi hermano, acompañándome

A mi mesa llegaron a saludar muchos excompañeros y algunos exalumnos que ahora laboran en este campus, y hasta el director, a quien no conocía. Mis queridas Cony y Anita habían pedido acompañarme en mi mesa, lo cual fue una gratísima sorpresa.

Después del desayuno vino la entrega de reconocimientos (idénticos a los de hace 5 años). Saludé con mucho cariño a Aceves, a las hijas del Lic. Muyshondt, a Gerardo (quien además fue el orador por parte de los profesores reconocidos), y a otros más. Solamente evité a uno.

Las fotos del evento y mi agradecimiento se encuentran el álbum que publiqué en Facebook.

Después del evento regresamos a la casa, cambié mis zapatos por unos “de caminar”, para usar con calcetines, y la familia completa nos fuimos a recorrer los outlets de calzado, completitos. Comimos en el recién inaugurado Panteón Taurino, en los outlets, por la tarde recorrimos los locales de calzado y bolsas frente a la Central de Autobuses de León, y todavía hicimos un recorrido en camioneta por la Calzada de los Héroes, la calle Madero y luego la Pedro Moreno, para atravesar todo el centro y mostrarles los monumentos y edificios representativos de la ciudad. Era un hervidero de gente y salmos tan rápidamente como fue posible para regresar a casa. Ellos pidieron una pizza para cenar, la Norita y yo trabajamos sobre algunas dudas que tenía con su curso de matemáticas en la universidad a la que recientemente ingresó. Terminamos alrededor de las 11 de la noche.

Ellos regresaron a Guadalajara y Amatlán el domingo 16, muy temprano. Yo seguí empijamada todo el día, comí en mi cama, y todavía el lunes fue de acciones mínimas.

El martes retomé el estudio formal de la Teoría de grupos y compré un libro de Cédric Villani, Birth of a Theorem, que ha resultado un deleite a pesar de que la introducción podría desanimar a cualquier persona. El jueves 27 fui a la Librería del FCE y compré La tregua, de Benedetti, que terminé de leer en dos días; ayer, leyendo las últimas páginas lloré mucho; impensable que encontrara una descripción tan cabal de mi caso.

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Mañana será día de recogimiento. Se cumplen 49 años de que yo me alejé pensando en evitarle un conflicto, creía yo, pero también por ignorancia y estupidez de mi parte. Y son 37 años de su muerte a manos de uno de sus estudiantes. Sigue siendo todo, para mí.

El martes, comenzaré a poner en un disco duro externo todo el contenido útil de esa laptop para migrar a la que me dejó mi hijo.

Mucho por agradecer en este año. Y muchas conversaciones que han comenzado, augurando un excelente inicio del 2019.

Una vez más, ¡Gracias a la vida!

5 de agosto: Días de agosto

Sunday, August 5th, 2018

Días cargados de nostalgias, de buscar en las sombras, de sentir intensamente las ausencias. Días en que es mejor no estar muy expuesta al mundo. A ratos me asomo, cuando me siento un poco aligerada y la curiosidad me gana; generalmente caigo en cuenta, muy rápidamente, de que no hay mucho que valga la pena en las múltiples ventanas que se abren en cuanto enciendo uno de los muchos aparatitos que tengo al alcance. Retirarme definitivamente todavía no lo considero, porque hay asuntos de vida y familia que solamente se vehiculan por alguno de esos medios. Los teléfonos han dejado de cumplir esa función y, de cualquier manera, el sonido del timbre siempre me ha molestado, alterando mi estado, cualquiera que sea en ese momento; no suelo responder cordialmente porque preferiría que no sonara.

Antes, hace mucho tiempo, era el telegrama breve, no más de diez palabras, el que llevaba o traía el mensaje necesario o urgente; ni una palabra de más ni, mucho menos, adornos de cortesía. La comunicación cordial, afectiva, llena de detalles no necesariamente explícitos pero entendidos en el contexto y entre líneas era ideal para comunicarse con algún ser particularmente querido. Cada noche retomo esa práctica escribiendo pequeñas notas, a veces no tan pequeñas, a quien sigue ocupando mi alma y mi mente.

Pero los días de agosto parecen demasiado largos, las horas transcurren como con modorra y la noche tarda en llegar. Sin Importar en cuantas actividades de todo tipo me involucre, me sobran horas. Coso, leo, cocino, hago jardinería, barro, organizo,… y hay mucho tiempo antes de que el sol se ponga. Algunos días comienzan con tal carga emocional que el ritmo al que hago todo es muy intenso, para aturdirme, para no pensar ni, mucho menos, dejarme llevar por el sentimiento.

Hoy fue uno de esos y decidí huir, engentarme, responder a las incidencias de andar en el mercado grande, en día y horas de mercado, cuando el gentío se aglomera en algunos lugares impidiendo el paso de los transeúntes, entre empujones y cuidando el monedero y las compras. Toda la atención se concentra en deambular por los pasillos mientras hago una selección de lo que se ofrece en venta tomando en cuenta lo que creo que puedo necesitar durante la semana, en buscar un par de antojos que solamente ahí encuentro, en cuidarme de los carros y de la gente que carga bolsas grandes o de los comerciantes que cargan costales o cajas de productos buscando paso.

Antes de ir al mercado, al descender de la oruga, fui a dar de lleno al costado de Catedral, cuyas campanas repicaban llamando a misa de 12 o algo así. El antojo me hizo detenerme en la esquina de enfrente y pedir un tamal oaxaqueño de costilla (muy bien servido) y un atole de cajeta; luego busqué un lugar para sentarme a comer bajo un arbolito que no ofrecía mucha sombra, en la placita aledaña. Llegué a la esquina de la plaza principal; en los portales que la encuadran hay múltiples vendedores de esa ilusión llamada Lotería Nacional y recordé que tenía un cachito, comprado en el supermercado hace unos días: tiene un premio neto de 139.50 pesos, dijo la vendedora en el primer puesto que encontré, entrando al portal más cercano. ¡Loteria!, dije al recibir mi premio.

Decidí ir a la tienda de telas a buscar el material para un pantalón casi de tubo, pero lo que busco parece inexistente en esta ciudad. Al salir del local escuché la banda municipal, instalada en el quiosco de la plaza. Corrí para llegar a escuchar la siguiente melodía, que resultó ser el vals “Sobre las olas”. Encontré un lugar justo frente a la escalinata de acceso al quiosco y comencé a transmitir en vivo el evento. Soy muy despistada pero hay algún sentido que se activa de manera automática para percibir una especie de sombras.

Mientras grababa, sentí la mirada sobre mí; sin dejar de grabar me puse de pie para hacer una toma que incluyera los extremos de la plaza a ambos lados, pero observando el entorno a ojo limpio, por debajo del celular. Ahí estaba, observándome. Saludé con un gesto (intenté que fuera cordial, no sé qué resultó) y seguí con mi grabación. Se asumía, aparentemente, como una más de de las personas de la tercera edad, solitarios, sin otra cosa en qué emplear su tiempo, comiendo pepitas de calabaza y dejando que el día pase sobre sus cabezas.

No, no me causan tristeza, pero tampoco se me antoja ser parte de ese grupo al que parece que se le terminó el interés por la vida. Y no soy buena para escuchar la conmiseración que se tienen a sí mismos. Justamente ayer hablaba, con los amigos que vinieron de visita, de esa persona y de su manera de observarme casi obsesivamente, tratando incluso de inmiscuirse en mi vida. Me subí a la banca para hacer una toma de 360 grados de la plaza, mientras la banda tocaba íntegramente el vals. Cuando finalmente terminó busqué la mirada, que sabía que encontraría, para despedirme con un gesto similar al primero. Terminé de cruzar la plaza, pedí un café en el portal y, ahora sí, me dirigí al mercado.

Debo haber tardado un par de horas en todo mi recorrido, hasta regresar a mi casa.

Barrí el frente de la casa, cambié el agua de los bebederos, lave las fresas, guardé mis compras, comí, recogí la cocina, revisé mi proyecto de pantalón que ahora decidí que será falda, escribí este rollo y todavía le quedan unas cuatro horas de luz a este día.

El objetivo de mi huida se logró casi en su totalidad.

15 de junio: mi encuentro con mis excompañeras

Friday, June 15th, 2018

Febrero: me fui a pasar tres días a mi pueblo, para festejar mi cumpleaños a mi modo.

Previamente había soñado con Nely Robles y, durante el sueño, había recordado su teléfono (cinco dígitos, en la época) y pude recomponerlo en la marcación actual. Al tercer intento me contestó ella misma, inconfundible a pesar de los años, muchos, de no tener contacto con ella. Me contó que hacía poco se habían reunido las ex compañeras de la secundaria (éramos 70 en tercer año, en un solo grupo, y yo no podría identificar a más de una decena, por su nombre, de las cuales la mayoría serían de compañeras mías desde la primaria) y que hubiera sido bueno juntarme. Le pregunté si habían buscado a Raquel, mi verdadera amiga desde los 6 años, durante toda la primaria y secundaria, y respondió que no porque “ya sabemos que no está en condiciones”. Por supuesto que yo no hubiera asistido; ya lo habían intentado en algún momento del año 2000 para celebrar que todas (muchas, porque había algunas compañeras que eran hasta tres años mayores que nosotras) cumpliríamos 50 años en esa época. También entonces pregunté por Raquel, también entonces me dijeron que no la incluían. Y yo decidí que no tenía nada qué hacer en un grupo enorme de mujeres en crisis de la edad.

Acepté que nos reuniéramos “con las que puedan” sabiendo que sería difícil reunir a esa cantidad de mujeres y que muchas de ellas no querrían involucrarse conmigo dada la personalidad que ellas mismas me construyeron (pareces vago, eres comunista, tienes muchos amigos, etc.). La realidad es que SOY un vago, que nunca he sido ni comunista ni cosa que se le parezca y que sí tengo muchos amigos desde mis 16 años, para bien mío.

Llegué a Tepic y visité a mi tía Esperanza y a Raquel. Con Raquel comenté el probable encuentro con las excompañeras, invitándola, pero se negó. Conversamos un buen rato y quedamos de vernos al siguiente día para festejar nuestros cumpleaños (ella cumple el 9, yo el 18) comiendo en forma. Paseé un poco y me entretuve en la plaza escuchando un mariachi tradicional, lo que originalmente es el mariachi, surgido en Nayarit (no el modernizado por los jaliscienses) y tocando sones muy nayaritas, la Negra entre ellos. Por la noche me puse de acuerdo con Nely: había contactado a unas seis amigas que asistirían al día siguiente a tomar café en el restaurante del Hotel Fray Junípero, justo enfrente del hotel donde me hospedo habitualmente; la cita era a las 5 de la tarde.

Por la mañana acudí, como siempre, a almorzar al mercado y a comprar fruta en las carretas de las calles aledañas; compré café nayarita en tres partes distintas, aretes y pulseras huicholes; y pomada de peyote, para llevarle a mi comadre cuando vaya a TJ, en julio. La mañana se me fue en paseos; al medio día fui por Raquel y comimos en un restaurante vegetariano. A medio camino nos encontramos a una familia de músicos wixárika/huichol que me dedicó el “Corrido de Nayarit” para que lo grabara completo. Es tan grato sentirse envuelto por la cultura local y sentir que es ahí a donde uno pertenece, independientemente del lugar de residencia.

Dieron las 5 P.M. y me dirigí al restaurante para encontrar a las excompañeras. Las busqué sin éxito y me fui a esperarlas al lobby; les mandé un mensaje y un rato después me llamaron paa preguntar dónde estaba. Tampoco ellas me habían reconocido cuando entré a buscarlas. Nely y Billy (Luz Elvira) son las únicas dos con las que mantuve algún contacto hasta los 20 años, más o menos. Había otras dos, desconocidas para mí, aunque reconocí el nombre de una de ellas cuando se presentó. Jolgorio grande, y comenzamos a ponernos al día, o algo así. Yo había anticipado que, conociendo les mœurs, les daría información suficiente para que siguieran hablando de mí por los siguientes 50 años, y no me equivoqué. Querían saber todo de mi vida; por supuesto que no les daría acceso a Facebook para que se enteren de mis andanzas, pero siempre puedo dosificar lo que parece relevante para ellas y adicionarlo con fotos, anécdotas, etc. Mis exmaridos (“¿no estabas enamorada de Tony?”, NUNCA, “siempre lo creímos”, cada uno cree lo que le parece), mi hijo (mamá gallina saca las mejores fotos del escuincle y sus paseos, y hace un recuento de sus logros) y …

Y en ese punto alguien me llamó por mi nombre “Blanca Parra”, escuché y volteé a mi izquierda. No la reconocí, así que pregunté Y tú, ¿quién eres? “Yuya Rosales, ¿no me reconoces?”. No, dije, es que recordaba que eras más alta. “Siempre he medido lo mismo”, replicó, y ya no supe que otra mentira contar para disimular. En alguna parte en este blog conté de ella y su familia. Fuimos compañeras de kínder a secundaria y solíamos frecuentarnos mucho, viviendo sobre la misma calle, a escasos 30 metros una casa de la otra. Y sin embargo no recordaba su rostro.

Dijo que tenía que irse pronto por lo que a ella tendría que contarle todo rápidamente. Hice un recuento breve de lo que antes había compartido y comenté que en mi blog había mencionado a su familia por lo cual su hermano me había contactado de alguna manera y que me había pedido que corrigiera lo dicho en mi blog: en su casa había caballerizas y no solamente pasturería; y que lo hice sin problema. Ella confirmó el asunto y preguntó si recordaba que además de los coches, la camioneta y la bicicleta -en los cuales el Cano, el chofer e IBM de esa familia, nos llevaba y/o nos recogía a/de la escuela- también tenían una carreta en la que el mismo Cano nos llevó a pasear alguna vez. Tuve que hacer memoria, rápidamente. Cierto, dije; nos llevó a dar una vuelta por las calles alrededor de la casa en un cumpleaños de tu papá, en el que fuiste la reina del palenque (privado, en la casa) y yo fui tu princesa. Hasta recuerdo mi vestido azul, de falda de varias capas de gasa y la blusa de satín o tafeta, sin manga y de cuello redondo; y recuerdo que me peinaron con un chonguito. “Pero llegaste con la corona de María Luisa”, dijo con resabio.

¿Cómo?, pregunté; porque de eso sí no tenía ni tengo recuerdo alguno. “La corona de tu prima, que fue reina de un antro”. No; Licho fue reina del Carnaval en el barrio en el que vivíamos (barrio al cual pertenece su familia, por cierto) y la coronación fue en el casino Olímpico, también en el barrio, repliqué. “Pero llegaste con esa corona”. Me aguanté la risa, porque yo no recuerdo el hecho, pero puedo suponer que mi tía Cuca, mi segunda madre y madre de Licho, fue quien decidió ponerme el accesorio e imagino, dada su personalidad y su cariño por mí, que debió decir algo así como “princesa, ni madres; tú eres reina”, antes de mandarme al festejo.

Cambiamos de tema, las otras le hicieron saber de mis estudios en Francia a lo que respondió que ella hizo allá una maestría y la habían tratado muy mal, por lo que antes de regresar les advirtió lo equivocados que estaban con respecto a ella y que algún día se darían cuenta de que ella tenía razón. Los franceses. OK.

Me hicieron decir de quién había estado y sigo estando enamorada; no lo conocen, dije, pero describí brevemente al amor de mi vida. Pasamos a los asuntos de trabajo y Yuya dijo que había trabajado en el Tecnológico de Tepic. Entonces tú si lo conociste, dije, y di el nombre y la circunstancia de su muerte. “Sí, lo mató uno de sus alumnos, por una calificación”, dijo corroborado. Lo siguiente que recuerdo es que se puso de pie diciendo muy lentamente “Altísimo, guapísimo, moreno, de ojos verdes; ¿tú?”. Yo; yo que añoro la fina estampa, pero infinitamente más el ser.

No supe en qué momento se fue, porque luego pasamos al divertido asunto de repartir la cuenta según lo que cada un había consumido. Hora y media hasta que hice lo inusual: hacer yo la cuenta de cada una. No quiero imaginar la cara del mesero que escuchaba a un grupo de mujeres de la tercera edad que olvidaban lo que se les acababa de decir y se enredaban una y otra vez con los gastos.

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Georgina, Yuya, Bertha, Yo, Nely, Billy

Regresé al hotel y le mandé un mensaje a mi mamá para que me confirmara lo de la corona. Si yo no tengo recuerdo mi amá ni siquiera se enteró de que fui princesa ni de la fecha en la que Licho fue reina (y también fue reina de la playa, por cierto). Mandé un mensaje a Mari Cruz, la hija mayor de Licho; respondió con la foto de la coronación y la fecha: Carnaval de 1955; yo acababa de cumplir cinco años, un mes antes, y tenía razón en que había sido mientras estaba en el kínder y de que tenía el pelo largo para hacerme un chongo; porque la foto de la fiesta de coronación de mi prima me muestra con el pelo largo peinado en caireles, con un vestido blanco y con mangas largas. Y muestra la corona.

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Yo a los cinco años, y mi vestido de pincesa como lo recuerdo

1955 mi prima fue reina y yo su paje

Mi prima en su coronación. Yo en la esquina inferior. Imaginen esa corona en mi cabeza

Sigo divertida por lo que se refiere a ese punto. Sigo sorprendida por la otra reacción y esa pregunta de incredulidad “¿Tú?”. Yo, yo y mi enorme privilegio, el que agradezco a la vida.

El siguiente día, el día de mi cumpleaños, dediqué la mañana a estar a solas con mi dulce fantasma, mi fina estampa, en nuestra banca de la Alameda; conversé y le escribí, como siempre. Luego fui a San Blas a comer, acompañada por mi primo Alonso. En el malecón nuevo decidí caminar por un andador solitario. Ahí estaba mi regalo de cumpleaños:

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Mi regalo de cumpleaños, en mi camino solitario

Es similar al que encontré en mayo de 2017, también en San Blas, al comenzar a caminar en la playa. Un día antes, en la misma banca de la Alameda, había pedido una señal de que seguía caminado conmigo.

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A la iquierda, mi regalo de mayo de 2017; a la derecha, el de mi cumleaños 68

Yo y mi privilegio, que sigue siendo solamente mío.

25 de marzo: Tarea 1

Monday, March 26th, 2018

Mi vestido/mi proyecto

La ropa que me puse desde que nací y hasta los 22 años fue confeccionada por mi abuela, con algunas excepciones. No tengo idea de dónde conseguían las telas; sé que para hacerlos no utilizaba patrones pre hechos sino solamente su inspiración, y que al tacto de la tela decidía el corte. Mi abuela conocía mi cuerpo sin tener que tomarme medidas y, cuando llegaba a hacerlo, utilizaba sus manos (cuartas, dedos y gemes) como instrumentos de medición. Y nunca fallaba.

Con todo el aprendizaje y los instrumentos para trazar los moldes de todo tipo de prendas de ropa, a lo largo de los tres años de la secundaria, nunca alcancé a igualar siquiera su arte; porque ella cortaba la tela sin trazo previo, instalada en su máquina de coser, que ahora es mía, bajo una bella bugambilia que cubría el espacio entre la casa de mi tía y la nuestra, sintiendo el viento fresco que venía de su jardín, el olor de los cítricos, de la ruda y otras hierbas, y de sus flores. Ahí mismo cosía sin necesidad de hilvanar; desde ahí nos contaba historias o canturreaba; de vez en cuando, mientras trabajaba, nos compartía algún antojo de los que guardaba en los cajones. No recuerdo que tuviera que descoser un cierre mal pegado o que tuviera que fruncir una manga para ajustarla al cuerpo de la prenda en proceso.

En cuanto a mí, nunca me preguntaron sobre los materiales ni sobre los modelos: o me mandaban el vestido/traje a Cd. de México o lo encontraba listo para ponérmelo cuando llegaba de vacaciones. Usualmente, sin embargo, se trataba de telas lisas o con diseños geométricos, algodones y mezclillas que no requerían de tratamientos especiales de lavado; dado que me conocían muy bien, tomaban en cuenta mis preferencias y mi estilo de vida: era la única mujer en un grupo de cincuenta hombres, en Voca 3, y me había convertido en un vago, al decir de las excompañeras de escuela de mi vida anterior; todavía soy incapaz de hacer un moño bien hecho y me atoro en cualquier saliente, clavo o rama que encuentre, de modo que los listones, olanes y encajes (que de por sí no me gustan) estuvieron siempre fuera de cualquier consideración, al igual que los estampados florales y los colores de la gama del rosa.

Era mayo de 1970 y, al llegar a Tepic para las dos o tres semanas de vacaciones entre dos semestres de la carrera, me esperaba el vestido que describiré.

Era de una especie de fina muselina estampada con pequeñas flores rojas y blancas sobre fondo negro; recto, sin mangas y con un cuello redondo que apenas dejaba ver los huesos de las clavículas. Recuerdo dos pequeños pliegues en el escote, simétricos con respecto al eje vertical del vestido, en sustitución de las pinzas habituales para crear el espacio para el busto; la tela caía suavemente sobre la rodilla. Por lo delgado del tejido tenía un forro blanco, seguramente de fresca tafeta; la prenda resultaba ideal para el clima caluroso de Tepic en esa temporada. El estampado fue una verdadera sorpresa que, sin embargo, me encantó.

Mucho tiempo después, cuando comencé a reconstruir mi historia con base en algunas fotografías de mis veinte años, caí en cuenta de que mi abuela cambió gradualmente las faldas rectas, simples, los pantalones de mezclilla (en la época no se vendían para mujeres) y las camisas, por una serie de vestidos bellos y de conjuntos de dos piezas confeccionados en telas mucho más suaves al tacto y con buena caída, algunos coloridos, todos mucho más “femeninos” que los que había usado hasta entonces. Mi abuela sabía lo que yo experimentaba y colaboraba de esa manera a mi transformación, pero nunca conversamos al respecto. De hecho fue en un sueño, hace poco más de dos años, que conocí la canción que cantaba con mucho sentimiento y supe de la relación que tenemos a propósito de ese sentimiento. Yo tardé mucho para percibir cómo fui cambiando de los 17 a los 20 años .

La ocasión para ponerme ese vestido, por primera vez, llegó el 23 de mayo, Día del estudiante. Con un par de amigas habíamos acordado ir a la Alameda de Tepic, mi dulce espacio de encuentros no acordados. Ellas iban a encontrarse con sus novios, yo solamente iba de chaperón (la historia alrededor de ese paseo la escribí hace poco más de un mes, en mi blog). Estrené sandalias blancas, de tacón; mi pelo probablemente lo llevaba suelto, o tal vez recogido con un broche de bambú, regalo de mi padre; probablemente llevaba los aretes de perlas pequeñas que mi madre se empeñaba en que usara; no usaba afeites ni perfume, pero me vestí deseando que sucediera el milagro de un encuentro, después de 143 días de ausencia. Sucedió. En la banca de siempre, bajo los árboles frondosos que rodean la fuente central, envueltos en los aromas de la florescencia primaveral y los cantos de las aves que ahí habitan. Solamente olí el mango verde,con chile y limón, que trajeron mis acompañantes para que me entretuviera, pero no llegué a probarlo: “Te va a hacer daño”, dijo mientras lo tiraba a la basura y se sentaba a mi lado. No pudimos conversar mucho por la interrupción de mis entonces amigas que debían devolver el carro que les habían prestado. En los minutos que haya durado la conversación mi aspecto, el vestido, los zapatos y mi pelo fueron lo menos importante, como siempre lo habían sido.

No recuerdo haberme puesto ese vestido en alguna otra ocasión. Seguramente se quedó guardado en el ropero de mis padres, con sus poemas, sus cartas y su foto, sobrante de alguno de los documentos estudiantiles. Los poemas me los entregó mi madre hace unos 12 años; los conservó sabiendo lo que significan para mí. Del vestido sólo tengo la imagen que guarda mi memoria; aunque sé que no conseguiré una tela idéntica, mi proyecto, que debo terminar antes del 23 de mayo, es hacer una réplica de él, para mi visita a la Alameda de Tepic.

5 de marzo: rumiar

Saturday, March 10th, 2018

Pedazos de sueños, trozos de escritos, escenas de películas que nunca veo completas, sincronicidades, etc., tardan en organizarse en mi cabeza. Miles de piezas acumuladas sin orden a lo largo de los años y que de pronto se reúnen y organizan, como piezas de un enorme rompecabezas, para formar una imagen. Pueden pasar 42 años en este proceso, por ejemplo.

Hace unos meses soñé la fecha del 5 de marzo en varias ocasiones consecutivas; era como si la leyera en un calendario de oficina o en la pantalla de un reloj despertador, sin ninguna referencia adicional, ni siquiera la que sería obvia en mi caso. Escribí mis sueños, como siempre, y seguramente Facebook se encargará de recordármelo en algún momento.

Comencé marzo rumiando recuerdos y experiencias: alegrándome por tener a Pako, dándome cuenta de la forma en que la aceptación de un matrimonio “por compatibilidad de horarios” (el trabajo comenzaba a las 7 AM, y terminaba después de los periodos de estudios, pasadas las 10 PM; coincidíamos en el curso de francés, de 7 a 9 de la noche, cada día) definió/direccionó mi camino para bien y para mal. Agregué un comentario al álbum de fotos de ese día:

No aposté a nada; no necesitaba nada. Simplemente no encontré una razón para negarme. Tampoco surgió espontáneamente, sino como respuesta a las preguntas de los conocidos en CDMX (nadie en mi familia hubiera sugerido semejante cosa, y nadie lo aceptó gustoso; pero nunca nadie se opuso a mis decisiones).
A la gente (y lo acabo de constatar con las ex compañeras de secundaria, hace tres semanas) le parece que si uno sale con alguien durante un rato, el paso natural es el matrimonio. A eso respondió la pregunta (no propuesta en sentido de romance) de ¿Y si nos casamos?. Y no había razones lógicas para decir no.
No aposté a nada, no esperaba ganar nada y confié en que tampoco perdería; pero gané un güerejillo de ojos traviesos, cosido a mano y como por diseño. El amor de mi vida.
Algunos raspones en el juego, porque nada es gratis. Y un final prolongado que me hizo llegar tarde a mi juego perfecto.

Tornó en algo menos agradable; y sin embargo no fue mi peor experiencia. La deconstrucción de la segunda resulta en algo mucho más amargo, aunque haya sido la solución para el problema en turno: la seguridad emocional de mi hijo y, de paso, el aprendizaje que me hacia falta, según dijo su psicólogo. No se da lo bueno sin lo desagradable. Pero eso es otro trozo de vida por contar.

Instagram me trajo un trozo de texto: Siempre recuerda que el esfuerzo de alguien es un reflejo de su interés en ti.

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Sé que tuviste que caminar más de 20 veces del Casco a Tlatelolco para ahorrarte el pasaje del camión y poder juntar para invitarme al cine. O para ir a despedirme a la terminal de Omnibus de México cuando yo me iba a Tepic y tú te quedabas en CDMX. Eso dice tantas cosas.

Mi Tetris se organizó. Las piezas se acomodaron para dejarme ver la bella imagen. Escribí al calce: Y hasta ahora se me ocurre que tanta coincidencia en los camiones a Zacatenco desafían al cálculo de probabilidades.
Por eso y muchas cosas más … te sigo queriendo, como hace 51 años.
Y añadí que reconozco que soy muy despistada, muy tonta para darme cuenta de eso que, sin embargo, era un conocimiento sólido basado solamente en tu mirada.

Me ha tomado 42 años darme cuenta de que muchas coincidencias las provocaste tú.

Sears Lindavista, mis dos hermanas conmigo. Recuerdo hasta el top casi pañuelo, estampado en verde, atado a mi cuello y mi cintura, y algún pantalón de campana.
Nos entreteníamos revisando los casetes en un botadero. Levanté los ojos y te vi del otro lado del mismo, no más de un metro cuadrado entre nosotros.  No supe en qué momento llegaste y tardé unos segundos en darme cuenta de que estabas acompañado por una chica que, según mi recuerdo, llevaba un sombrero de sol.

Tu mirada hacia mí era elocuente: “que no me miras rodeado de flores, y nuevos amores me sabrán querer”. La canción la habías cantado completa aquel 31 de diciembre de 1969, y no sé si me sorprendió semejante mensaje o que fumaras y cantaras tocando la guitarra, evidenciando el trabajo de tu familia para convertirte en un “soltero deseable”, como si fuera necesario, para las jóvenes consideradas aceptables para ellos.

Para la charla en “Casa Cuatro”, en Guanajuato, hace unos meses, había seleccionado un texto de Lady Murasaki (CA. 978 – 1025): It wasn’t long before I repented of having distinguished myself. Even boys become unpopular if it’s discovered they are fond of their books. For a girl it’s worse. Eras el menor y tu madre tenía una idea muy clara de lo que era aceptable; así te transformaron en un soltero a modo, para casarte con quien habían decidido; yo crecí en otro entorno, en el que nadie me obligaba o manipulaba para que me comportara como lo que no era/soy. Duró muy poco su gusto, dice Raquel.

Vámonos, dije a mis hermanas, y salimos rápidamente. La única vez que el alacrán de los celos mordió mi corazón. Nada que reclamar.

Unas semanas antes un periódico de nuestro pueblo había publicado que habían pedido mi mano. En realidad solamente fue el anuncio del matrimonio civil a mis padres, notificado ya a los amigos más cercanos en invitaciones poco convencionales: la fecha fijada era el 5 de marzo. La nota del periódico no daba cuenta de las razones para llevarlo a cabo, obviamente.

Por eso los sueños de hace unas semanas, reiterativos, repitiendo esa fecha sin que apareciera cualquier otra referencia. Marcaba un cierre definitivo, o eso pareció.

Nos habíamos desencontrado unos tres años antes, después de cambiarme a vivir a Lindavista, perdiendo así los encuentros en el camión a Zacatenco -subías en la primera parada sobre Av. Politécnico y te quedabas de pie junto al par de asientos en los que viajaba acompañada; y supongo que te dabas cuenta del efecto.

Quedaron los encuentros a medio pasillo entre tú escuela y la mía, pero luego nos graduamos y también perdimos eso. Hasta ese encuentro en Sears, el último en el último lugar que compartíamos: la vida en este universo en el que permanezco de día, a ratos.

Apenas entendí que tantas coincidencias desafían el cálculo de probabilidades. Apenas entendí que aunque sí ocurrieron muchos muchos encuentros casuales, otros tantos los creaste tú para mí. Y de que te quiero, nomás así, lo tengo muy claro, aunque nunca haya sabido expresarlo.

Anoche, de casualidad, topé con una vieja película mexicana, “Azahares para tu boda”, y me atrapó la interpretación de “Un viejo amor” tocada en un organillo; la interpretación se repite una y otra vez. Llegué justo a la escena donde el galán pide permiso para visitar a la pretendida, pese a las objeciones de los padres por tratarse de un socialista (liberal, de izquierda, diríamos) y un soñador sin nada (material) para ofrecer. La negativa a que se casen los enamorados porque él se declara no creyente.

Lloré. Maldije cuando la vieja madre está muriendo y agradece a la hija, a la que le jodió la vida, por ser tan “buena”. Catarsis. Sentimientos nunca exteriorizados.

Dormí bien, amanecí llorando.

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6 de marzo: Mi única oferta

Tuesday, March 6th, 2018

Conversé contigo largamente la noche del 4 de marzo. Era la víspera del 42 aniversario de mi matrimonio, y necesitaba tu compañía.

Volví a repasar cómo llegamos a perdernos durante muchos años, y cómo volvimos a encontrarnos a través de los sueños y otras manifestaciones y coincidencias.

Regresé a la noche del 31 de diciembre de 1969, cuando entendí que tu familia nunca me aceptaría y decidí alejarme. No dije nada cuando terminaste de cantar, sentados todavía a la mesa en que tu madre nos sirvió algo para evitar que bailáramos y siguiéramos conversando, los platos en lados opuestos de la mesa. No entendí por qué esa letra pero tampoco me sentí mal por ella; te convencieron de algo que no era o se trataba de una manera de hacerme reaccionar. Me puse de pie, di las gracias y abandoné la reunión en la que coincidimos.

No soy de confrontaciones, por supuesto. Ni siquiera para defenderme de habladurías y juicios gratuitos. Mucho menos lo haría para ponerte en situación de elegir.

¿Qué podías ofrecerte yo? Entonces y ahora nada, excepto a mí misma, mi compañía y compartir contigo cualquier cosa. Tampoco podía darte certezas ni establecer plazos.

No podía ofrecerte una familia, por supuesto; hubiera sido estúpido dada la edad que teníamos, nuestra absoluta dependencia económica de nuestras familias respectivas, la etapa que vivíamos, y nuestro total desconocimiento de la vida.

Te lo repetí: entonces no podía ofrecerte nada más que lo que yo era: yo misma y nada más. Y lo mismo te hubiera dicho cuando decidí buscarte, suponiendo que fueras libre (y lo eras, en todos los sentidos, cuando una o varias balas te liberaron también del resto de las ataduras), y te habría dicho que era para siempre. Lo mismo te diría ahora: no tengo otra cosa que yo misma, y es la única oferta, válida hasta el fin de todos los tiempos.

Tiene que ver con uno de mis sueños: nosotros y nuestros hijos respectivos, viajando en una carreta, sin ninguna otra pertenencia. Sonreías, sonreíamos, y era un sueño feliz.

Al día siguiente encontré, en Instagram, que alguien había escrito una oferta semejante. Agradecí la coincidencia.

Ese es nuestro pacto. Y lo acepto.

26 de febrero: ayer estuviste conmigoo

Monday, February 26th, 2018
Abordaste conmigo el autobús, a las 7:10 A.M., y me di cuenta por la música. De Club Verde a 100 años, pasando por Entrega Total. Ahí te dije que me lleves cuando quieras, y supe que será un mango verde verde que algún día alguien me ofrecerá, como si fuera la manzana para Blanca Nieves, pero que no ha llegado el día porque hasta la vendedora de la carreta, en Tepic, decide que mejor me da uno sazón.
Me acompañaste en el almuerzo, y lo supe cuando el grupo que se instaló casi recién llegadas al restaurante, comenzó cantando “Hay unos ojos”, y cerró nuestra permanencia ahí con “La negra”.
Saliste conmigo, y tal vez te encontré en el anciano con quien compartí el pan recién comprado. Y mi recompensa fue que siguieras caminando conmigo.
Llegar al Jardín de San Marcos, porque el Google Maps se empeñaba en que estaba en la ruta para ir al Museo del Juguete, que en realidad quedaba para el lado opuesto, fue la sorpresa, la emoción y el dolor intenso de la punzada en mi pecho.
Benedetti escribió en “La tregua”, y se refiere a lo que dice Blanca, su mujer protagonista:
“Dijo: “Te quiero”. Entonces me di cuenta de que era la primera vez que me lo decía, más aún, que era la primera vez que lo decía a alguien. Quizá ya no precise decirlo más, porque no es juego: es una esencia. Entonces sentí una tremenda opresión en el pecho, una opresión en la que no parecía estar afectado ningún órgano físico, pero que era casi asfixiante, insoportable. Ahí, en el pecho, cerca de la garganta, ahí debe estar el alma, hecha un ovillo.” … El deleite frente al misterio, el goce frente a lo inesperado, son sensaciones que a veces mis módicas fuerzas no soportan. …
Esa opresión en el pecho significa vivir.”
Mutatis mutandis, fuiste tú quien dijo “Je t’aime”, bajo la sombra de un árbol cerca de las canchas, en Zacatenco. Y sí, era la primera vez que lo decías.
La punzada se fue conmigo y me acompañó hasta el momento de dormir; pero fue aquí, al entrar a este jardín, donde me quebró. Tuve que desviar la mirada y hacer una pausa en mi conversación con Celeste, a quien le tomé esta foto.
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Celeste me tomó ésta, en la que una paloma negra quiso dar testimonio de que no la tengo que buscar.
Este Jardín de San Marcos, que no conocía, me transportó a la Alameda de Santa María la Ribera. Nos vi caminando, riendo, bromeando. Y sí, significa que estoy viva. Y debo dar gracias por la compañía pese a la ausencia física. Pero duele.
Te quiero aunque pasen 100 años, y es para toda la eternidad. Y apenas van 51.
Extraño tu presencia física cada día, y te lo repito cada noche.
Je t’aime.

12 de febrero: Nely

Monday, February 12th, 2018

Soñé con ella hace un par de noches. En mi sueño, compartido en Facebook el mismo día, viajábamos en un autobús por la costa de Bahía de Banderas, rumbo a Tepic. Yo había paseado con mi padre, recorriendo lugares que amábamos y que visitamos en familia hace muchos años, antes de la conversión turísticas de esas playas.

En el autobús, ya entrada la noche ¿o tal vez de madrugada?, dije “Nélida Robles, tenemos que venir a Chacala” como si mi amiga viajara a mi lado, pero simultáneamente me di cuenta de que había hablado dormida porque mi amiga estaba en otra fila de asientos, de modo que sonreí y comencé a pensar que a ese viaje deberíamos invitar a algunos amigos, mientras volvía a quedarme dormida en mi asiento.

El despertador sonó un rato más tarde, a las 6:45 A.M., para levantarme a poner el alimento para las palomas que llegan a mi patio buscando comida y agua para beber. Intenté volver a dormir, pero solamente me hice guaje un rato, acurrucada entre las cobijas; había llovido durante la noche y la temperatura andaba cerca de lo 6 grados Celsius.

Soñar con mi padre y pasear con él durante el sueño no es extraño; a veces nos acompañan, de lejos, otros miembros de la familia; a veces solamente somos él, mi hijo y yo, y puede ser para prevenirme de algo de manera muy explícita.

Lo extraordinario es soñar con una compañera de la secundaria (no de la primaria), a quien debo haber visto por última vez hace unos 30 años o algo así. Hasta recordé el número de teléfono de cinco dígitos de su casa, con lo cual es muy sencillo componer el número en la marcación actualizada. Esta mañana llamé pero solamente respondió una contestadora automática; dejé recado, identificándome y explicando brevemente la razón de mi llamada. Volví a llamar hace unos momentos con el mismo resultado.

Nely llegó a la Secundaria Alemán viniendo de la primaria del Colegio México, el único colegio católico en el Tepic de aquellos años, y creo que era solamente para niñas. Aunque yo estuve unos meses en la sección de maternal, al cumplir dos años, lo único que recuerdo eran las amenazas de las monjas porque mis vestidos eran cortos y sin mangas: “te va a llevar el demonio por descarada”. Supongo que el trauma que semejante cosa me causaba era muy evidente y rápidamente me sacaron de semejante lugar para ingresar al kinder público, mixto, cercano a mi casa, el “Rosa Navarro”.

Nely llegó pues, procedente de ese antro deformativo. Sorprendía que era la más traviesa y malhablada de todas (yo empecé a maldecir cuando aprendí a manejar en la Ciudad de México, hacia los 32 años). Con ella y Luz Elvira Basulto (la Billy) podíamos ir a la Alameda, a veces escapadas de la escuela, para que ellas encontraran a sus novios; o a la iglesia de El Carmen, durante los ejercicios Espirituales de la Cuaresma, para jóvenes, con el mismo fin (chicos de un lado del pasillo, las chicas en el lado opuesto), para nada se trataba de devoción.

En la época yo ni siquiera consideraba a los escuincles como algo más que productores de ruido y travesuras. Con tres hermanos menores y los amigos que acudían a jugar en nuestro enorme patio, asumía que el resto no podía ser muy diferente. Ninguno era capaz de conversar por dos minutos seguidos, y nunca se me ocurrió que pudieran ser objeto de otro tipo de mirada. Seguramente era atípica (“eres rara”, ya sé) porque cuando yo regresaba a mi casa de las clases de danza, por las tardes, algunas veces me interceptaba una escuincla para preguntarme, una y otra vez, si Tony (vecino, amigo de mis hermanos, compañero de fiestas en Tepic porque no me gusta que me saquen a bailar, adoración de mi familia entera, elegido por mi hijo como protección frente a su padre cuando planteamos el divorcio, por lo cual terminó siendo un marido -muy costoso por cierto) era mi novio. La respuesta era NO, una y otra vez, pero la chica no parecía comprender que no me interesara en lo absoluto y ofrecía presentarme amigos, primos, etc. ¡NOOOOO!

Con Nely y Billy también iba al cine, ocasionalmente, incluso en las vacaciones, cuando yo ya vivía en Ciudad de México. Alguna vez fuimos a una lunada en el rancho de algún pariente de alguna de ellas. Y un 23 de mayo, 1970, fui con ellas a la Alameda. Nely había conseguido que le prestaran el carro de su hermana y ambas iban a ver a los novios, como antes.

Para mí fue una experiencia diferente, y no la esperaba. Mi vestido lo había confeccionado mi abuela, como siempre: éste era recto, sin cuello y sin mangas, largo hasta encima de la rodilla, flores blancas y rojas sobre fondo negro; llevaba sandalias de tacón, de color blanco. Tenía el pelo largo y suelto pero no usaba ningún tipo de maquillaje, labial, o cualquier otro afeite. Y seguramente llevaba los aretes de perla que mi madre me había regalado un par de años atrás.

Ellas se fueron, según la costumbre, a “los barrancos” de la Alameda (no sé si siguen existiendo y nunca he estado en ellos); yo me senté en la banca de siempre, la banca de nuestros encuentros, en la que invariablemente coincidíamos sin acuerdos previos durante nuestras vacaciones en el pueblo, dando continuidad a nuestras conversaciones en Zacatenco y los parques cercanos a mi casa, en el DF.

Habían pasado 143 días desde la noche de Año Nuevo en la que había decidido retirarme de aquella reunión a la que me había invitado Raquel, la única amiga de toda la vida que conservo todavía, y que tuvo lugar en la esquina de las calles Lerdo y Morelia. La brutal interrupción de nuestra muy grata conversación me dejó muy clara la oposición familiar con la que topaba. Con ese acto de abandonar la reunión declaraba, implícitamente, que no iba a buscar ni a responder a un enfrentamiento.

Ni siquiera pensaba en eso cuando, de repente, ellas vinieron acompañadas por los novios y me dejaron en las manos un mango verde, con sal , chile y limón, uno de los típicos snacks de todas las épocas en Tepic; luego regresaron a los barrancos sin decir nada. Seguramente pensaron que así me entretendría un rato más.

Iba a morder el mango cuando por mi lado derecho una mano lo tomó mientras lo escuchaba decir “te va a hacer daño”. Ni tuve que volver la cabeza. Se sentó a mi lado y conversamos como antes, como siempre. Duele recordar. Para mí ese lapso duró lo que un suspiro, y sin embargo debe haber pasado un rato porque supe que había estado enfermo y triste y comenzamos a reconectarnos como si no hubiera transcurrido un solo día desde nuestra última conversación, 143 días atrás, cuando yo tercamente quería una razón para aceptar su invitación a bailar, dado que ninguno de los dos disfrutábamos de semejante cosa.

También esta conversación fue interrumpida. Mis dos amigas regresaron corriendo, porque Nely tenía que regresar el carro. No pudimos más que despedirnos con la mirada.

No fue la última vez que nos vimos pero sí la última en que conversamos con palabras. Nuestros ojos siguieron conversando tanto como fue posible en los afortunados encuentros en los autobuses urbanos o en los pasillos entre nuestras escuelas. Tampoco fue la última vez que estuvimos muy cerca porque me cachó en plena caída, saliendo de espaldas de la casa de Raquel, en la Semana Santa de 1972.

A Nely volví a verla hacia 1988. Era el fin de año y con Pako había ido a pasar unos días con mi familia. La madre de mi amiga tenía poco de haber fallecido y el 31 de diciembre habría una misa en El Carmen, en honor de la señora; antes visité a Nely en su casa. Estaba yo realmente sorprendida: mi amiga estaba absolutamente metida en el papel de su mamá. El atuendo, los modales, los consejos y regaños a sus dos hijas, etc. Si me lo hubieran contado no lo hubiera creído. Y desde entonces no volví a verla o saber de ella.
De los tiempos de la secundaria, y hasta la graduación, tengo fotos con Billy, con Raquel, con Lupita Láscares y hasta con Sharon, incluso en grupo, pero ninguna con Nely.

Actualización, media hora después: conversé con Nely por 20 minutos. Nos veremos este fin de semana y hasta anda pensando en organizar reunión de ex compañeras de secundaria. Aparte de la Billy, no recuerdo a ninguna de las que mencionó, pero no importa.